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El Kremlin aborda la masacre con sumo cuidado ante la preocupación por las tensiones étnicas

Un mercado donde los tayikos étnicos representan una gran parte de la mano de obra, en Moscú, el 26 de marzo de 2024. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Un mercado donde los tayikos étnicos representan una gran parte de la mano de obra, en Moscú, el 26 de marzo de 2024. (Nanna Heitmann/The New York Times)

Esta semana, en una vigilia fuera de la sala de conciertos donde se sospecha que los extremistas islámicos perpetraron un mortífero atentado terrorista, uno de los raperos pro-Kremlin más populares de Rusia les advirtió a los “grupos de derecha y extrema derecha” que no deben “incitar al odio étnico”.

En una reunión televisada sobre el atentado, el fiscal general de Rusia, Igor Krasnov, prometió que su servicio prestaba “especial atención” a prevenir “conflictos interétnicos e interreligiosos”.

Y el presidente Vladimir Putin, cuando realizó sus primeros comentarios sobre la tragedia el fin de semana pasado, señaló que no permitiría que nadie “siembre las semillas venenosas del odio, el pánico y la discordia en nuestra sociedad multiétnica”.

Después del atentado cerca de Moscú en el que murieron 139 personas el viernes, ha habido un tema recurrente en la respuesta del Kremlin: el temor a que la tragedia pueda incitar luchas étnicas dentro de Rusia. Mientras Putin y sus jefes de seguridad acusan a Ucrania —sin pruebas— de haber ayudado a organizar la matanza, el hecho de que los cuatro sospechosos detenidos en el atentado procedan del país centroasiático de Tayikistán, el cual tiene una población mayoritaria musulmana, está avivando la retórica antimigrantes en línea.

Para Putin, las prioridades contrapuestas de su guerra en Ucrania magnifican el problema. Los miembros de los grupos minoritarios musulmanes constituyen una parte significativa de los soldados rusos que luchan y mueren. Los migrantes de Asia central proveen gran parte de la mano de obra que mantiene en marcha a la economía rusa y que hace funcionar a todo vapor su cadena de suministro militar.

Sin embargo, muchos de los partidarios más fervientes de la invasión de Putin son nacionalistas rusos cuyos blogs populares a favor de la guerra en la aplicación de mensajería Telegram se han rebosado de xenofobia en los días posteriores al ataque.

Hombres con sombreros tradicionales kirguises dejan ofrendas florales en un monumento improvisado cerca de Crocus City Hall, la sala de conciertos donde se sospecha que extremistas islamistas realizaron un atentado terrorista mortal, a las afueras de Moscú, el domingo 24 de marzo de 2024. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Hombres con sombreros tradicionales kirguises dejan ofrendas florales en un monumento improvisado cerca de Crocus City Hall, la sala de conciertos donde se sospecha que extremistas islamistas realizaron un atentado terrorista mortal, a las afueras de Moscú, el domingo 24 de marzo de 2024. (Nanna Heitmann/The New York Times)

“Hay que cerrar las fronteras en la medida de lo posible, si no es que por completo”, opinó uno. “La situación actual ha demostrado que la sociedad rusa está al borde del abismo”.

Como resultado, el Kremlin camina por una cuerda floja, al intentar mantener contentos a los partidarios de la guerra prometiendo medidas más duras contra los migrantes y, al mismo tiempo, evitar que las tensiones se exacerben en toda la sociedad. El potencial de violencia quedó enfatizado en octubre, cuando una turba antisemita irrumpió en un aeropuerto de la región rusa de Daguestán, de mayoría musulmana, para enfrentarse a un avión de pasajeros que venía de Israel.

“Las autoridades consideran esto como una amenaza muy grande y grave”, comentó en una entrevista telefónica Sergey Markov, analista político pro-Putin en Moscú y exasesor del Kremlin. “Por eso se está haciendo todo lo posible por calmar la opinión pública”.

En medio de esto están atrapados millones de trabajadores migrantes y minorías étnicas rusas que, en las calles de las ciudades, ya enfrentan un aumento en el tipo de discriminación por perfil racial que era común incluso antes del atentado. Svetlana Gannushkina, quien ha sido defensora rusa de los derechos humanos durante mucho tiempo, declaró el martes que estaba luchando por ayudar a un hombre tayiko que acababa de ser detenido porque la policía “busca tayikos” y “vio a una persona con ese aspecto”.

“Necesitan a los migrantes como carne de cañón” para el Ejército ruso “y como mano de obra”, comentó Gannushkina en una entrevista telefónica desde Moscú. “Y, cuando necesiten cumplir el plan de lucha contra el terrorismo, también se centrarán en este grupo” de tayikos, agregó.

Casi un millón de ciudadanos de Tayikistán, país con una población de unos 10 millones de habitantes, se registraron en Rusia como trabajadores migrantes el año pasado, según las estadísticas del gobierno. Forman parte de los millones de trabajadores migrantes en Rusia provenientes de todas las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central, un motor de la economía rusa, desde el reparto de alimentos y la construcción hasta el trabajo en fábricas.

La gerente de una empresa de alimentos en Moscú que emplea a tayikos señaló en una entrevista que el ánimo en la capital rusa le recordaba a la década de 2000, cuando los musulmanes de la región del Cáucaso enfrentaban una discriminación generalizada después de atentados terroristas y las guerras en Chechenia. Los tayikos de Moscú son tan aprensivos que apenas salen a la calle, comentó la gerente, quien solicitó permanecer en el anonimato pues temía repercusiones por hablar con un periodista occidental.

“Ya no hay suministro de mano de obra debido a la SVO”, agregó, utilizando la abreviatura rusa común para la “operación militar especial” del Kremlin contra Ucrania. “Y ahora será aún peor”.

En sus discursos sobre la guerra, Putin a menudo se ha referido de manera superficial a Rusia como un Estado multiétnico, un legado de los imperios ruso y soviético. En marzo de 2022, después de describir el heroísmo de un soldado de Daguestán, Putin enumeró algunos de los grupos étnicos de Rusia: “Soy un lak, soy un daguestaní, soy un checheno, un ingusetio, un ruso, un tártaro, un judío, un mordoviano, un osetio”.

En su retórica sobre su conflicto con Occidente, Putin ha acusado con frecuencia a los adversarios de Rusia de intentar atizar las luchas étnicas en Rusia. Esa fue su respuesta frente a los disturbios en el aeropuerto de Daguestán en octubre, de los cuales culpó sin fundamento a las agencias de inteligencia occidentales y a Ucrania. También es cada vez más el centro de su respuesta para el atentado terrorista del viernes, cuya autoría reclamó el Estado Islámico y que, según funcionarios estadounidenses, lo realizó una rama del grupo extremista. El martes, el director de la agencia rusa de inteligencia nacional afirmó que tal vez haya habido espías ucranianos, británicos y estadounidenses detrás del atentado.

El resultado parece ser que el Kremlin está intentando reorientar la ira por el ataque hacia Ucrania, mientras intenta mostrarle a la opinión pública que está teniendo en cuenta las preocupaciones sobre la migración.

“Van a arrestar a los tayikos y a culpar a los ucranianos”, comentó Gannushkina, la defensora de los derechos humanos. “Estaba claro desde el principio”.

Sin embargo, Markov, el analista pro-Kremlin, comentó que observaba tensiones respecto a la política migratoria incluso dentro del poderoso sistema de seguridad de Putin. Según Markov, las fuerzas del orden y los servicios de inteligencia antiinmigrantes están en desacuerdo con un complejo militar-industrial que necesita mano de obra migrante.

“Es una contradicción”, opinó. “Y este atentado terrorista ha agravado profundamente este problema”.

c.2024 The New York Times Company