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Javier Aguirre, el DT que hundió a México en dos Mundiales, luego de haberlos salvado

Javier Aguirre en los días previos al arranque del Mundial Corea-Japón 2002. (REUTERS/Andrew Winning)
Javier Aguirre en los días previos al arranque del Mundial Corea-Japón 2002. (REUTERS/Andrew Winning)

La imagen era desoladora. Javier Aguirre, siempre enérgico y dicharachero, llegó a la conferencia de prensa con la mirada abajo y una gorra que le cubrió la mirada en todo momento. Nadie entendía por qué. México estaba instalado el merecido rol de víctima: enfrente estaba Argentina. Pero la vocación motivadora del Vasco, ese refugio en el que siempre ha sustentado su rol de entrenador, servía como reserva de ánimo nacional. Algo podía hacer para que el Tri supusiera, cuando menos, una amenaza para la selección de Messi y Maradona.

Fue una premonición infalible y una muestra más del carácter contradictorio del Vasco. A semejanza de los héroes caídos, Aguirre subió dos veces al pedestal y las dos veces se cayó. Entre fracasos dentro del campo e infortunios ante los micrófonos, mató el amor que le tenían. Lo atípico, en todo caso, es que haya sucedido dos veces. La afición mexicana, aún con su tendencia a la bipolaridad, le otorgó un perdón: clamó por su vuelta cuando todo estaba perdido y, consumada la segunda decepción, no dudó en tacharlo hasta de traidor.

El primer bomberazo

La Eliminatoria rumbo a Corea-Japón fue una calamidad para los verdes. Con el autoestima por los suelos y sin margen de error, Aguirre entró como bombero en 2001 para suplir a Enrique Meza. Levantó a un equipo derrotado y, en cuestión de meses, hizo que todo el país se contagiara de su fiebre. A las órdenes del general Aguirre nadie podía salir mal. Las dudas no faltaron: ¿Por qué dejó fuera a Tato Noriega?, ¿en qué universo era aceptable jugar un Mundial con Manuel Vidrio y Sigifredo Mercado en la defensa?

Pero todo era matizable porque las decisiones del salvador tenían, seguramente, una razón de ser que sólo sería entendida cuando los frutos estuvieran a la vista de todos. Y todo marchaba a la perfección. 1-0 a Croacia; 2-1 a Ecuador y un empate contra Italia (1-1), en el que México fue mejor y, además, marcó un gol irrepetible, obra de Borgetti.

El clima triunfalista, con Estados Unidos en el horizonte, fue el inicio del sepelio. México pensó que podía ganar sin presentarse. Durante 90 minutos en Joenju, Corea del Sur, sólo hubo un equipo. El eterno rival venció 2-0 y el imperio de Aguirre se derrumbó. Las nulas soluciones propuestas desde la banca y los incomprensibles cambios (Luis Hernández por Ramón Morales, un 'homenaje' a García Aspe con el partido perdido) pusieron la mira en Javier Aguirre. "Me dolió en el alma. Me sentí el peor entrenador de la tierra. Hasta hoy me acuerdo de mis lágrimas, las lágrimas de Silvia (su esposa). Lloré amargamente por mi negligencia, por no hacer caso a Memo (Vázquez padre, auxiliar), por mi incapacidad", contó el Vasco este año a ESPN.

Aguirre se fue a España. Hizo la mejor carrera en el extranjero de un entrenador mexicano y volvió al Tri siete años más tarde. Era parecido a la primera vez: México con el boleto comprometido al Mundial. La afición exigió su regreso y la Federación Mexicana lo buscó, le rogó y lo trajo de vuelta. Consiguió el boleto y, otra vez, levantó el autoestima nacional.

Esta vez la comunión no se extendió por tanto tiempo. De hecho, murió antes del Mundial de Sudáfrica. En febrero de 2010, el Vasco dio una entrevista a la Cadena Ser en la que le preguntaron por la situación del país y por sus perspectivas futuras.

Javier Aguirre dando indicaciones a Sergio 'Kun' Agüero. (REUTERS/Andrea Comas)
Javier Aguirre dando indicaciones a Sergio 'Kun' Agüero. (REUTERS/Andrea Comas)

“¿Cómo está México? jodido. Jodido, jodido porque llueve mucho y mucha gente la ha pasado mal. Hombre, no es Haití, evidentemente. Hoy no puede uno andar en la calle tranquilamente porque de repente hay líos y te pilla un medio. Yo, desde luego, soy gente conocida, respetada, aunque uno nunca sabe. Tomo mis precauciones. Mis hijos mayores viven en Madrid. Llevamos casi un año y bueno, esperaremos hasta el mundial y una vez que acabe me vendré para Europa a ver qué hay. Acabando el Mundial, directo para acá. Si no hay nada, buscaremos en Inglaterra, en Italia", dijo entonces.

No dijo ninguna mentira. Incluso fue sincero en todos los ámbitos: también reconoció que alcanzar el Quinto Partido era muy complicado. Pero las formas podían entrar en la categoría de insensibles y antipáticas. La crítica fue implacable y Aguirre tuvo que pedir disculpas. Cuatro meses después, a unos días de que México se presentara contra Sudáfrica para abrir el Campeonato Mundial, el entrenador azteca salió en un comercial de Iniciativa México, un proyecto mediático que pretendía relucir el lado bueno del país en el marco de las fiestas por el Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución.

"Soy Javier Aguirre y amo a México". Así arrancaba aquel comercial pleno de optimismo. Aguirre repasó los aspectos fundamentales del Bicentenario y, aunque no hizo referencia a la Selección, su discurso se entendía como una analogía: "Por alguna razón, cada cien años México se propone a hacer algo imposible. Se lo propone y lo logra". El tono plano y sobreactuado no cayó bien en la opinión pública, que se lanzó contra él contrastando esa actitud con la del 'Otro Aguirre', el que llamaba jodido al país.

Y llego su segundo Mundial. La Fase de Grupos fue agridulce: empate de urgencia ante los locales, triunfo ante una Francia declinante, y derrota a manos de Uruguay. Guillermo Franco como titular, en todos los partidos, en detrimento de Javier Chicharito Hernández, joven sensación del momento y autor del primer gol contra los galos. Argentina, otra vez, en Octavos. La conferencia de prensa de la mirada gacha anticipó todo lo que pasó el día siguiente.

México perdió 3-1 y nunca estuvo cerca de ser una molestia. Un gol en fuera de juego, otro con pifia garrafal y un bombazo de Tévez. El tanto solitario de Chicharito, por primera vez titular, en el certamen, solamente sirvió para inflamar la indignación contra Aguirre: cómo fue posible que no lo metiera de titular desde el principio. Adolfo Bautista, insólito en la alineación, corrió menos que Óscar Pérez, el portero. Si lo que quería Aguirre era que el Bofo tuviera una noche de inspiración como cuando borró del campo a Boca Juniors, su equivocación no pudo ser más grotesca.

Lo dijo y lo cumplió: se marchó a España. Salvador y enterrador, nadie ha compilado tantas contradicciones en el banquillo del Tri como él. El museo mexicano de derrotas mundialistas tiene en Javier Aguirre a una pieza irrepetible.

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