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Independiente perdió contra Gimnasia y en su cancha, un símbolo de lo que pasa en la Copa de la Liga

Festeja Gimnasia y sufre Independiente, que la pasó mal en Avellaneda, en su primer partido en su estadio por la Copa de la Liga 2024 y el primero que perdió allí con Carlos Tevez como entrenador.
Festeja Gimnasia y sufre Independiente, que la pasó mal en Avellaneda, en su primer partido en su estadio por la Copa de la Liga 2024 y el primero que perdió allí con Carlos Tevez como entrenador. - Créditos: @LA NACION/Gonzalo Colini

Un cabezazo de Gabriel Ávalos chocó con el travesaño a los 46 minutos de la segunda mitad, a la salida de un córner. Habría sido una confirmación estelar de la fortuna en continuado, luego de las híbridas victorias en Mendoza y Liniers, con cierta dosis de suerte. Independiente es un equipo en formación, no tiene figuras y verdaderamente hace lo que puede con el peso de su historia. Que es demasiado grande.

Con Sergio Kun Agüero mate en mano como un hincha más en un palco, inquieto por una producción errática casi de principio a fin, el Rojo perdió por 1 a 0 contra Gimnasia, que aprovechó un error y, sobre todo, se hizo cómplice de un escenario convertido en un infierno. El calor, primero. Y los hinchas, más tarde. Independiente gana fuera de casa, Gimnasia gana fuera de casa. Se marean, se pierden como locales. Un símbolo de los primeros capítulos de la Copa de la Liga Profesional.

Desde el primer pitazo Independiente corrió, luchó, intentó jugar, pasado de revoluciones. Como si tratara de mostrar en un puñado de minutos de qué está hecho. Los dos triunfos como visitante (sobre Independiente Rivadavia y Vélez) le abrieron una pequeña muestra de optimismo de escritorio. Dos resolutivos 1-0 entusiasmaron tanto a su público (ávido de victorias, de gestas como las de los buenos viejos tiempos), que llenó el estadio en el estreno del 2024 para el Libertadores de América. Y se preparó para el banquete.

Corrió, metió y se volvió un poco loco Independiente en buena parte del tramo inicial frente a Gimnasia. Lucas González y Matías Giménez fueron amonestados durante los primeros seis minutos de juego: aquél, sin necesidad del VAR, debió ser expulsado. La tecnología ni se inmutó, y mucho menos el árbitro Sebastián Zunino, frágil de tarjetas cuando a continuación unos y otros, rojos y blancos, se entretuvieron a patadas. González aprovechó que no sufrió la tarjeta roja y exhibió un remate fortísimo, que Nelson Insfrán sacó al córner. Duró un suspiro: Independiente pasó de correr a cualquier parte a convertirse en una imagen fantasmal. Casi en puntas de pie.

Con poco, casi nada, el Lobo olfateó la herida. Y tras un pase del colombiano Felipe Aguilar hacia atrás sin sentido, el uruguayo Rodrigo Saravia se avivó, se convirtió en un clásico número 9 y definió con clase. Con medias bajas y un tranco parecido al de Fito Rinaudo, como si llevara la camiseta de Gimnasia de toda la vida, lo gritó con alma. De 23 años, se disfrazó de motor de la zona media. Y estaba solo.

Porque Independiente no le hacía sombra. Tanto fue así que cuando el primer capítulo fue frenado para calmar el infierno del clima, a los 28 minutos, Carlos Tevez dio un grito de director de escuela. Reunió a sus jugadores cerca del banco de suplentes mientras se refrescaban del agobio (de la temperatura y del desarrollo), y les recriminó de todo, a viva voz, frente al estadio y a las cámaras de televisión. ”¡Están parados!”, advertía. “¡Despiértense!”, enfatizó. No le alcanzaría: por primera vez cayó como entrenador del anfitrión en ese escenario.

Desde hacía tiempo Independiente no se iba cabizbajo del Libertadores de América; este sábado cayó por primera vez allí con Carlos Tevez en la dirección técnica.
Desde hacía tiempo Independiente no se iba cabizbajo del Libertadores de América; este sábado cayó por primera vez allí con Carlos Tevez en la dirección técnica. - Créditos: @LA NACION/Gonzalo Colini

Un atorrante, Santiago Toloza capturó el balón, ensayó algunas destrezas e hizo que el empate merodeara la escena, pero no supo. Cuando falla en su casa, Independiente la pasa verdaderamente mal. No le sobra fútbol y bajo el fuego de su gente siente cierta timidez. Le pesan las piernas.

Y si toma nota de esa traumática situación, otra vez se pasa de revoluciones. El pibe Javier Ruiz, un mediocampista de 19 años, estuvo ocho minutos sobre el terreno de juego. Fue expulsado tras un aviso del VAR, por una plancha contra Pablo De Blasis, que dejó el campo de juego. Independiente afrontó los últimos 20 minutos con un jugador menos –debieron ser dos, tras aquel exceso previo de Lucas González–, mayor desesperación y la presión de los hinchas, que aunque está comenzando la Copa de la Liga viven con un nerviosismo mayúsculo.

La locura de los hinchas, del entusiasmo a la desesperación durante el desarrollo y la decepción final.
La locura de los hinchas, del entusiasmo a la desesperación durante el desarrollo y la decepción final. - Créditos: @LA NACION/Gonzalo Colini

Equipo que no gana como local, equipo que es cuestionado, silbado. Grande, mediano o pequeño, lo mismo da. Pelee por el título de campeón o por evitar el descenso. La locura en la que se sufre el juego doméstico es alarmante: apenas transcurre el segundo mes del año, el amanecer de una temporada.

Compacto de Independiente 0 vs. Gimnasia 1

Independiente fue. Con los ojos vendados, es cierto, pero fue, con la ilusión de un empate del que siempre estuvo a tiro. A Gimnasia, con una tarea digna y con todo en favor (el resultado, un hombre más y la exaltación de los hinchas rojos), le costó definirlo. Pero ganó. Lo que no es poco en estos tiempos.