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En la frontera de México, una arquitecta da pequeños pasos hacia el futuro

La entrada a Agua Prieta, México, el 17 de febrero de 2024, y su calle principal, que está a una manzana de la nueva biblioteca. (Adam Perez/The New York Times)
La entrada a Agua Prieta, México, el 17 de febrero de 2024, y su calle principal, que está a una manzana de la nueva biblioteca. (Adam Perez/The New York Times)

AGUA PRIETA, México — En julio de 2020, la arquitecta residente de Ciudad de México Fernanda Canales se enfrentó a una decisión difícil. Al ser seleccionada para participar en una nueva iniciativa federal que se propone construir cientos de instalaciones cívicas (como bibliotecas, parques y paisajes urbanos) en ciudades con pocos recursos de todo México, podía trabajar en lugares más o menos conocidos de la periferia de su ciudad o encargarse de un puñado de estructuras a 1931 kilómetros al norte, en Agua Prieta y Naco, dos ciudades pequeñas y pobres con altos índices de delincuencia junto a la frontera con Estados Unidos.

Agua Prieta tiene la mala fama de ser el lugar donde Joaquín el “Chapo” Guzmán construyó el primer túnel fronterizo para introducir drogas y armas en Estados Unidos. Naco tiene más carreteras de terracería que asfaltadas. Dada su población (unos 92.000 habitantes en Agua Prieta y 6000 en Naco), ambas ciudades han sido testigos de una enorme cuota de violencia, feminicidios y desilusión relacionados con los cárteles.

Al principio, Canales le dijo “No, gracias” a la frontera y optó por un destino más seguro, a unas dos horas de casa. Pero algo la motivó a aceptar el reto. Canales, de 49 años, había enseñado soluciones de diseño centradas en la frontera en Yale y Princeton y había escrito mucho sobre el tema. “No puedo seguir quedándome en la teoría”, recuerda haber pensado. Le dijo a su familia que había decidido irse por la opción más difícil.

Tres años y medio después, los edificios de su equipo están terminados. Muchos son hermosos, logros notables que han satisfecho las necesidades locales y reforzado los lazos sociales. También son casos de estudio sobre los profundos retos y las oportunidades casi inalcanzables de intentar rehabilitar comunidades mediante la construcción.

El Programa de Mejoramiento Urbano, o PMU, el programa de mejora urbana creado en 2018 por la poderosa Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) de México, es uno de los programas de construcción pública ideados por el gobierno mexicano. Según Román Meyer Falcón, secretario de la Sedatu, mientras que las principales iniciativas gubernamentales se habían centrado en el pasado en proporcionar viviendas, escuelas y otras necesidades básicas a los pueblos marginados, los espacios cívicos accesibles para todos habían sufrido durante mucho tiempo la falta de recursos. “Hablamos de barrios que durante décadas no tuvieron una cancha, instalaciones deportivas, un mercado público, una plaza, un camino”, dijo (Meyer Falcón, de apenas 40 años, estudió Arquitectura, una profesión que no se ve mucho entre los miembros del gabinete).

Conocido por su incansable agenda, Meyer Falcón afirmó que el PMU ha construido edificios públicos e infraestructuras comunitarias con un valor de alrededor de 2000 millones de dólares. Las ciudades solicitan ayuda a través de un riguroso proceso. Una vez terminados sus proyectos, son responsables de su mantenimiento. Los arquitectos y diseñadores seleccionados —muchos de ellos despachos pequeños y muy reconocidos— ya terminaron alrededor de 1035 proyectos, a menudo en zonas remotas, y algunos han ganado premios internacionales de arquitectura. No se limitan a diseñar una estructura en una ciudad, sino tres, cuatro, cinco o seis. A cambio de esta oportunidad tan poco común, los diseñadores tienen que actuar con una rapidez absurda y con relativamente poco control. Cada uno trabaja bajo las órdenes de un constructor. Canales arrancó sus proyectos con una visita a las obras en agosto de 2020; ella y su equipo tenían que terminar el diseño inicial a finales de octubre. Los primeros edificios abrieron en otoño de 2022.

El patio central del centro para mayores de Naco, México, el 16 de febrero de 2024, diseñado por Canales, proporciona luz y ventilación en todas las habitaciones. (Adam Perez/The New York Times)
El patio central del centro para mayores de Naco, México, el 16 de febrero de 2024, diseñado por Canales, proporciona luz y ventilación en todas las habitaciones. (Adam Perez/The New York Times)

“Era una locura”, comentó Canales, quien diseñó cinco proyectos en Naco (un pabellón para la plaza del pueblo, un mercado, una guardería/centro cultural, un centro para adultos mayores y un gimnasio) y dos en Agua Prieta (un complejo deportivo y una biblioteca). Para su pequeña empresa, que suele tener entre dos y cuatro personas, habría sido imposible realizar semejante inversión. Así que no tardó en reunir a un gran equipo de arquitectos y consultores. Muchos no se conocían y mucho menos habían trabajado juntos. Alberto García, su antiguo alumno y colaborador durante muchos años, asumió una función de supervisión. Nunca había estado en el estado de Sonora. Ahora, ha estado 15 o 20 veces. “He perdido la cuenta”, dice.

“La primera vez que vine estaba muy preocupado”, recordó García, quien tiene dos hijas pequeñas y cuya esposa, también arquitecta, ayuda a dirigir su despacho de arquitectura en Ciudad de México, Viga Arquitectos. Los retos no se hicieron esperar: equilibrar visiones locales contrapuestas, lidiar con el escepticismo de toda la ciudad, las restricciones de la Patrulla Fronteriza estadounidense, los retrasos relacionados con la pandemia de COVID-19, los aumentos de costos y la escasez de trabajo. Un día, dijo, un nuevo constructor empezó a trabajar en el proyecto sin previo aviso. Los pagos eran impredecibles. Pero con la ayuda de Alan Zamora, responsable local de Sedatu, los miembros del equipo trabajaron sin descanso, integrándose en cada comunidad, conociendo sus necesidades, sus actores y su política.

En un recorrido reciente, García me llevó en auto por cada ciudad como un lugareño, pasando a toda velocidad por barrios desordenados, tiendas raquíticas y lotes baldíos a lo largo de carreteras irregulares. Los nuevos edificios, que a todas luces son las mayores inversiones públicas en la historia de ambas ciudades, no parecen edificios municipales, con paredes de yeso, fachadas de vidrio y aire acondicionado a todo lo que da. Son atemporales, táctiles y elementales, dominados por el ladrillo rojo, el hormigón arenoso y el acero corten oxidado, dispuestos en amplias arcadas, celosías elaboradas, tejados en ángulo y rampas serpenteantes. Algunos carecen de ventanas, iluminación o aire acondicionado.

Canales explicó que los diseños sólidos son el resultado de un cúmulo de exigencias, como el deseo de reflejar el contexto y la historia locales, la necesidad de construir de forma rápida, barata y resistente con materiales y mano de obra de Sonora y la necesidad de responder a presupuestos limitados y a un clima extremoso, por no hablar de la delincuencia y el vandalismo.

“Hay que hacer estructuras que no se puedan romper, robar o destrozar con facilidad”, explicó Canales, quien ha aprendido por las malas en otros proyectos públicos cómo hacer que cada edificio sea flexible y se adapte a las circunstancias si los ayuntamientos no pueden o no quieren pagar los servicios básicos, como el agua, la electricidad o el mantenimiento. “Intento pensar que el programa real es el peor de los casos”, añade. También son multifacéticos. Una cancha de baloncesto puede utilizarse para jugar al voleibol, boxear o dar conciertos. Las bancas de concreto se convierten en estructuras de juego. Las escaleras se convierten en asientos.

Otra estrategia clave: crear lugares que atraigan a la gente. Las plazas y los patios contienen mezquites frondosos y palos verdes azulados y emplean mampostería que se funde con los propios edificios. Los muros parciales invitan a entrar y limitan la necesidad de pagar (o arreglar) la calefacción y el aire acondicionado, al tiempo que mantienen a la gente dentro más a salvo de la delincuencia gracias a una mayor visibilidad. Las celosías, inspiradas en los tradicionales biombos mexicanos, proporcionan intimidad al tiempo que dejan pasar la brisa y la luz.

Algo tan importante como los aspectos prácticos es que los edificios están diseñados para crear vínculos sociales. Están concebidos como lugares donde permanecer y sentirse orgulloso de ello, en lugares que a menudo se consideran de paso, eclipsados por la cada vez más tumultuosa frontera y lo que hay al otro lado.

“Sin oportunidades de interacción social, hay más inseguridad, división y aislamiento”, afirmó Canales. “Sí, se necesitan muchas más cosas. Hospitales, vivienda, educación, la lista es interminable. Pero si ni siquiera puedes salir de tu casa y sentirte seguro, entonces las otras cosas tampoco funcionarán”. A continuación, enumeró sus muchos objetivos: “¿Cómo se puede dar valor a un paisaje que está descuidado? ¿Cómo ofrecer la oportunidad de ver tu ciudad de una forma nueva?”. Zamora añadió: “No importa lo pequeña que sea una ciudad, su gente merece espacios de cierta calidad”.

Es probable que ningún proyecto aborde estas cuestiones fundamentales de manera tan dramática como la biblioteca de Agua Prieta, un edificio tejido con forma de barra, cuyos bordes arqueados se sitúan en paralelo al muro fronterizo de acero estriado y saturado de murales, a unos 3 metros de distancia y justo al oeste del paso fronterizo internacional de la ciudad (el equipo de construcción tuvo que limitar el uso de grandes escaleras durante las obras, para evitar que la gente trepara por ellas, explicó García).

La planta baja es una zona de esparcimiento al aire libre, con escaleras en semicírculo de concreto que sirven de gradas y un escenario cubierto con un mural pintado por los alumnos con plantas y criaturas míticas de vivos colores. En esta área, se realizan celebraciones y espectáculos, al tiempo que sirve de lugar fresco y sombreado para que los padres esperen a sus hijos, que suelen ir a la escuela al otro lado de la frontera.

Una ondulante rampa de concreto conduce al segundo piso recubierto de vidrio de la biblioteca que da acceso a sillas de ruedas y ofrece un punto de vista excepcional desde el que se puede contemplar Agua Prieta y Douglas, Arizona. Canales comentó que asumió un riesgo al situar el edificio y un largo parque adyacente tan cerca de la frontera. Pero quería crear un diálogo con una infraestructura que durante tanto tiempo ha sido un símbolo intimidatorio de separación y miedo.

“Podemos tocarlo”, dijo sobre el muro. “Es parte del lugar donde vamos a jugar, andar en bicicleta y leer”.

El parque deportivo de Agua Prieta, un espacio totalmente abierto que contrasta con la mayoría de las instalaciones recreativas de la ciudad, cerradas por muros de hormigón o piedra, recibe a los vecinos con una plaza frente a un gimnasio hundido. Su techo de acero irregular atrae la luz y crea sombras angulosas. Los niños juegan al baloncesto en el gimnasio, que se extiende hasta los campos de césped en los que se disputan partidos de fútbol. Los residentes se sientan en las gradas de cemento para ver jugar a los equipos.

“Es el centro de nuestra vida social. Un lugar donde la gente y las familias vienen y pasan un buen rato juntos”, comentó Marcia Gerardo, maestra, que señaló que mientras los niños mayores juegan al fútbol, sus hermanos pequeños pueden jugar en el parque infantil y el área de patinaje del complejo “para mantener la mente ocupada”, dijo. Esta frase es habitual aquí, un recordatorio de que los niños a menudo son atraídos por el narcotráfico u otras actividades delictivas.

En Naco, algunos proyectos están teniendo un impacto benéfico similar. Pero las peores hipótesis de Canales también se han hecho realidad, al menos de momento.

El nuevo gimnasio de Naco, rematado con un tejado de malla metálica en pico que tiene un perfil monumental por un lado y una escala más íntima por el otro, se encuentra en el cruce de tres barrios y una línea de tren local. Es un lugar concurrido después del horario escolar, donde las luces permiten jugar hasta la noche. Pero sus canastas de baloncesto ya se quedaron sin los tableros de cristal, a causa del vandalismo (la comunidad los sustituyó por madera contrachapada y mantiene el espacio limpio de maleza y basura).

Un nuevo mercado, pensado como puerta de entrada a la ciudad, combina una plaza de ladrillo texturizado con estructuras abovedadas de cañón que se elevan de manera asimétrica para formar una torre de tres pisos, pensada como mirador. Pero ha sufrido graves actos de vandalismo y ahora está rodeada por una malla ciclónica.

Aunque los innovadores diseños de PMU y su impacto en la comunidad han sido bien recibidos, el programa ha recibido críticas. Una periodista de investigación, Alejandra Crail, que escribe en el periódico El Universal de Ciudad de México, descubrió que más de 50 proyectos en 20 municipios de todo México han sido denunciados por problemas de seguridad, grietas, fugas de agua, materiales de baja calidad, falta de accesibilidad para personas con discapacidad y escasa respuesta a las condiciones climáticas locales.

Canales, cuyos proyectos no han sido señalados por la crítica, comentó que la mayoría de los proyectos arquitectónicos en México, en especial en lugares remotos, luchan “por obtener precisión, calidad en los detalles, supervisión y altos estándares” y añadió que teniendo en cuenta la gran cantidad de proyectos de PMU —y la velocidad a la cual se realizaron— el número de problemas es bastante menor. Agregó que, ante la proximidad de las elecciones mexicanas de junio, el programa ha sido un objetivo popular para los opositores políticos del actual gobierno federal.

Meyer Falcón dijo que si bien los municipios que participan en el programa PMU son responsables de su mantenimiento, la secretaría trabaja con las autoridades municipales para garantizar que todos los proyectos sean exitosos. “Tenemos que ir a cada lugar una y otra vez hasta que los gobiernos locales entiendan”, dijo.

“La calidad arquitectónica de estos proyectos es muy importante”, agregó, “pero el principal objetivo es reforzar un sentimiento de comunidad y seguridad. No hay que ser arquitecto ni planificador urbano para entenderlo”.

c.2024 The New York Times Company