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La emasculación de Ron DeSantis a manos del bravucón Donald Trump

Miembros del personal de la campaña presidencial de Ron DeSantis se reúnen en The Farm Bar and Grille en Mánchester, Nuevo Hampshire, horas después de que el gobernador de Florida retiró su candidatura a la Casa Blanca, el 21 de enero de 2024. (Sophie Park/The New York Times)
Miembros del personal de la campaña presidencial de Ron DeSantis se reúnen en The Farm Bar and Grille en Mánchester, Nuevo Hampshire, horas después de que el gobernador de Florida retiró su candidatura a la Casa Blanca, el 21 de enero de 2024. (Sophie Park/The New York Times)

MÁNCHESTER, Nuevo Hampshire — Donald Trump exploró nuevas profundidades de degradación en su salvaje menoscabo dirigido al gobernador de Florida, Ron DeSantis, una campaña de emasculación y humillación que durante un año ayudó a forzar a una de las estrellas emergentes del partido a abandonar la carrera presidencial después de un solo enfrentamiento y lo dejó atrás, lidiando por su cuenta con las consecuencias de su futuro político.

Frente a mítines con enormes audiencias, Trump retrató a DeSantis como un quejica sumiso, al insistir en que había llorado y rogado “de rodillas” por un respaldo en la carrera por la gobernación de Florida en 2018.

En una serie de ataques con carga sexual, Trump sugirió —sin la menor prueba— que DeSantis usaba tacones altos, que tal vez era gay y que quizá era pedófilo.

Trump prometió que el intenso escrutinio nacional dejaría a DeSantis lloriqueando por su “mamá”.

DeSantis evitó contraatacar, una maniobra que tan solo le infligió más sufrimiento a su campaña. El gobernador se había retratado a sí mismo como uno de los luchadores políticos más feroces del Partido Republicano, pero no se defendió en la carrera más importante de su vida.

Ahora está derrotado y arruinado. La salida de la carrera el domingo fue una gran caída en desgracia después de iniciar su campaña como el heredero evidente en un Partido Republicano trumpificado. Rehabilitar esa reputación mientras considera su próxima maniobra política requerirá mucho trabajo de reparación con los contribuyentes y los votantes republicanos, gracias al despiadado desfile de insultos que Trump le lanzó durante 242 días de campaña.

El gobernador de Florida, Ron DeSantis, en un evento en Hanover, Nuevo Hampshire, días antes de suspender su campaña para la nominación presidencial republicana, el 18 de enero de 2024. (John Tully/The New York Times)
El gobernador de Florida, Ron DeSantis, en un evento en Hanover, Nuevo Hampshire, días antes de suspender su campaña para la nominación presidencial republicana, el 18 de enero de 2024. (John Tully/The New York Times)

Sin embargo, algo todavía más aplastante fue la respuesta de DeSantis… o la falta de una.

Después de publicar un video de campaña en 2022 en el que se presentaba como un luchador político enviado desde el cielo, parecía reacio o incapaz de responder a Trump o pasar al ataque. Incluso los ayudantes de Trump se sorprendieron de que la campaña de DeSantis no fuera más dura con el expresidente en temas en los que podría ser vulnerable con los conservadores, como el aborto.

Y la naturaleza irritable de la personalidad de DeSantis, la cual pudo manifestarse en una incómoda mezcla de distanciamiento, mal humor y tics faciales, terminó por convertirse en un objetivo irresistible para Trump, que parecía disfrutar intimidando a DeSantis como si estuviera metiendo a un estudiante de primer año en un casillero de bachillerato.

No obstante, DeSantis sigue siendo popular en su estado natal y más allá de Florida hay una opinión relativamente favorable de él. Como candidato presidencial, necesitaba tener éxito donde habían fracasado todos los republicanos antes que él: alejar del expresidente a los simpatizantes leales a Trump sin alienarlos.

Desde hace tiempo, Trump ha pisoteado los límites de lo que por lo general era aceptado como una buena conducta política, al promover de manera implacable la mentira racista sobre el lugar de nacimiento del expresidente Barack Obama y al instar a sus simpatizantes a encarcelar a Hillary Clinton. Sin embargo, su campaña alcanzó nuevos niveles de crueldad en contra de un compañero republicano.

El encargado de liderar las misivas a menudo fue el vocero jefe de Trump, Steven Cheung, quien aprovechó su experiencia como representante de relaciones públicas en Ultimate Fighting Championship para asestar golpes brutales con la fuerza de la asfixiante llave de guillotina de ese deporte.

En noviembre, Cheung le comentó a The Wall Street Journal que, en Iowa, DeSantis iba a enfrentar “un dolor inimaginable que nunca ha sentido en su vida”.

En un comunicado de prensa, puso en duda la masculinidad de DeSantis, al afirmar que caminaba como “una niña de 10 años que acababa de asaltar el armario de su madre y descubrió los tacones por primera vez”.

DeSantis respondió con una estrategia más tradicional.

Su campaña puso en marcha un “Rastreador de accidentes de Trump” en un correo electrónico diario a los medios de comunicación que destacaba los tropiezos de Trump en la campaña. Criticó los “insultos juveniles” de Trump y aseguró que no era del agrado de los votantes. (El estallido de risas en los mítines de Trump sugería lo contrario).

Por último, DeSantis intentó pulir su estrategia.

En respuesta a las acusaciones de que usaba tapas en sus botas vaqueras para parecer más alto, DeSantis cuestionó la hombría de Trump.

“Si Donald Trump tiene la valentía de presentarse al debate, me pondré una bota en la cabeza”, comentó DeSantis.

Al parecer, la frase no tuvo un gran impacto. El propio DeSantis ha admitido que, a diferencia de Trump, él “no es un artista del espectáculo”.

Las diferentes estrategias se originaron, en parte, de una fijación por DeSantis en la sede de Trump, donde había una alta animosidad hacia el gobernador.

Trump no solo estaba enfurecido por lo que consideró una sorprendente falta de lealtad de DeSantis, sino que la campaña de Trump también incluye a antiguos colaboradores de campaña de DeSantis que habían sido despedidos por el gobernador de Florida o habían sentido que los había maltratado, incluida Susie Wiles, una de las confidentes más cercanas del expresidente. Muchos todavía tenían cuentas que saldar.

“Adiosito”, publicó Wiles el domingo en redes sociales sobre su antiguo jefe, quien había intentado excluirla de la política republicana.

El rápido respaldo que DeSantis ofreció el domingo puede ayudar a curar algunas de esas heridas. Horas después, Trump prometió que retiraría el apodo de “DeSanturrón” y sus aliados comenzaron a publicar mensajes en los que le daban la bienvenida a DeSantis de vuelta al redil de Trump.

Sin embargo, según ayudantes, Trump y DeSantis todavía no habían hablado.

Cuando le preguntaron si los dos hombres podrían reparar su relación, Cheung se contuvo.

“Estamos concentrados en Nuevo Hampshire”, respondió.

c.2024 The New York Times Company

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