Anuncios

Cuando desahuciaron a las familias migrantes, los vecinos las invitaron a casa

Varias familias de inmigrantes viven ahora temporalmente con los compañeros de clase de sus hijos en Brooklyn, Nueva York, el 22 de enero de 2024. (Victor J. Blue/The New York Times).
Varias familias de inmigrantes viven ahora temporalmente con los compañeros de clase de sus hijos en Brooklyn, Nueva York, el 22 de enero de 2024. (Victor J. Blue/The New York Times).

NUEVA YORK — La misión de rescate de familias migrantes comenzó con una petición sencilla pero inusual justo antes de Navidad.

Apareció en un chat grupal de WhatsApp para los padres de los niños que asisten a la clase bilingüe de segundo grado en la Escuela Pública 139 de Brooklyn.

“Hola a todos”, comenzaba el mensaje en español. “Perdonen. ¿Quién podría darme dos maletas grandes?”. La mujer que hacía la petición, Suerkis Polanco, explicaba que su familia estaba en bancarrota y se enfrentaba al desalojo de su “chete” a principios de enero.

Un padre hispanohablante escribió que tenía una maleta que podía donar, pero primero quería saber qué significaba “chete”. Otros padres respondieron con una explicación: era la representación fonética en español para decir “shelter” (refugio en inglés).

Lo que ocurrió a continuación pone de relieve los muchos gestos invisibles y desapercibidos que los neoyorquinos de a pie hacen cada día para ayudar a aliviar la crisis migratoria que ha sacudido el presupuesto de la ciudad y su política en el último año.

Usan su propio dinero, abren sus casas, compran alimentos, rebuscan en armarios abarrotados, usan su auto, donan su tiempo e incluso proporcionan medicinas.

Suerkis Polanco, a la izquierda, y Laura Sosa miran un departamento al que posiblemente se mudarán en Brooklyn, Nueva York, el domingo 28 de enero de 2024. (Victor J. Blue/The New York Times)
Suerkis Polanco, a la izquierda, y Laura Sosa miran un departamento al que posiblemente se mudarán en Brooklyn, Nueva York, el domingo 28 de enero de 2024. (Victor J. Blue/The New York Times)

Para Polanco, de 33 años, quien pidió las maletas, el reloj de la crisis empezó a correr a principios de noviembre. Fue entonces cuando alguien llamó a su puerta en el Hotel Brooklyn Vybe de Flatbush, que albergaba a casi 200 inmigrantes, y le entregó una notificación de desalojo de 60 días.

El volante, escrito en español, la animaba a explorar “otras redes” en busca de ayuda y se ofrecía a “facilitarle el viaje a otro destino”. Se le encogió el corazón.

No es que no estuviera acostumbrada a las dificultades. Junto con su pareja y su hija de 8 años, Polanco salió de Venezuela y cruzó en primavera el traicionero Paso del Darién, entre Sudamérica y Centroamérica, y vendió caramelos en las calles de Panamá con el fin de conseguir dinero para el viaje hasta la frontera entre Estados Unidos y México.

En verano, encontraron un refugio del sistema de albergues de Nueva York y creyeron que por fin lo habían logrado.

Entonces llegó el aviso de desalojo, justo cuando su hija Camila, una niña saltarina que suelta palabras en inglés con un fuerte acento estadounidense, se estaba adaptando por fin a su nueva vida. Sabían que no podían permitirse permanecer cerca de su refugio en el distrito de Ditmas Park, conocido por su frondoso ambiente suburbano y sus casas victorianas. Pero ¿adónde irían y cómo llegarían?

Un rayo de esperanza apareció el 19 de diciembre, cuando Polanco por fin se armó de valor para pedir unas maletas.

De repente, en esta burbuja del centro de Brooklyn, los padres neoyorquinos se enfrentaron a las implicaciones en el mundo real de la política del alcalde Eric Adams que consiste en desalojar los refugios y, como consecuencias, las familias tienen que volver a solicitar refugio al cabo de 60 días.

Un grupo de padres inició una campaña de recolección de ropa de invierno y se apuntó al voluntariado de preparación de comidas para compensar la inadecuada alimentación del Vybe de Brooklyn.

Sin embargo, el problema más apremiante para Polanco y otras familias era encontrar la manera de permanecer cerca de una fuente de estabilidad poco frecuente: la escuela de sus hijos.

“La escuela es un oasis esencial: es el centro de nuestras comunidades”, comentó Holly Spiegel, una madre de la Escuela Pública 139 y una de las organizadoras de la ayuda a los inmigrantes. “Si queremos que sean neoyorquinos de éxito, debemos hacerlos parte de nuestras comunidades y no ignorar los lazos comunitarios que han creado en los últimos meses”.

Los miembros de la familia Polanco tuvieron un golpe de suerte en el nuevo año, cuando la ciudad retrasó su desalojo hasta el 21 de enero. Eso dio tiempo a los organizadores para lanzar una página de GoFundMe titulada “¡Ayudemos a las familias refugiadas a encontrar vivienda!”, que responsabilizaba a los “crueles cambios del alcalde a las leyes de derecho a la vivienda de Nueva York” por los desalojos inminentes.

El gobierno de Adams y otros altos funcionarios demócratas se oponen a aplicar la ley a los inmigrantes recientes. Se ha interpretado en el sentido de que cualquiera que solicite refugio puede obtenerlo.

Sin embargo, entre los padres de los alumnos de segundo, donde asiste Camila y muchos otros, la recaudación de fondos tocó una fibra sensible. Dos días después, en vísperas del desalojo, el fondo había recaudado 15.000 dólares.

Al día siguiente, tres familias de inmigrantes salieron del Vybe de Brooklyn y se dirigieron a los autos de los padres de los alumnos.

Bianca Bockman llevó a tres personas al Hotel Roosevelt, en el centro de Manhattan, donde se encuentra el principal centro de tramitación, para que volvieran a solicitar refugio. Su hija, Amí, asiste a la clase bilingüe con Camila y otros dos niños inmigrantes.

Bockman, que habla español y es hija de un inmigrante colombiano, dijo a dos de sus invitadas —Laura Sosa y su hija, Megan— y a otras familias desplazadas que le enviaran actualizaciones cada hora.

Según Sosa y Polanco, los asistentes sociales les dijeron que harían todo lo posible para encontrarles un refugio cerca de su colegio, a fin de que la educación de sus hijos no se vea interrumpida. Pero cuando la mañana se convirtió en tarde, el tono y las posibilidades cambiaron.

A una madre cuyo hijo asiste a la Escuela Pública 139 le ofrecieron un refugio lejano en Queens. Cuando la madre preguntó por qué, recordó Sosa, un asistente social le dijo que el mensaje que se transmitía “arriba” era distinto de “la realidad que está ocurriendo aquí”.

Eso no sentó bien a los padres de Ditmas Park, así que decidieron abrir temporalmente sus casas a las familias inmigrantes.

“Pensamos que quizá debían volver aquí y descartar todo ese proceso”, explicó Bockman. “Y entonces vinieron aquí”.

Bockman y sus compañeros de casa acogieron a dos familias durante la noche, mientras que Spiegel, otro padre de familia, acogió a la familia de Polanco. A medianoche, el GoFundMe había alcanzado los 17.000 dólares.

La recaudación se actualizó al día siguiente para reflejar que las tres familias de inmigrantes habían decidido alojarse con tres familias del barrio.

“No estamos seguros de cuánto tiempo podremos hacerlo”, decía el discurso de recaudación, “pero nos alegramos de haber podido encontrarles buenos lugares donde puedan llegar”.

Para entonces, las donaciones se habían duplicado, y el monto de lo recaudado rondaba los 30.000 dólares. Una semana más tarde, la recaudación de fondos superó los 50.000 dólares, más de la mitad del camino hacia el objetivo de 80.000 dólares.

A finales de enero, dos familias se ofrecieron a proporcionar vivienda —un sótano y un departamento en una casa de tres plantas— a las tres familias inmigrantes, asegurando que permanecerán en el barrio y en la Escuela Pública 139 hasta el final del curso escolar en junio. Una de las familias ya se mudó.

Sosa, Polanco y sus familias compartirán el departamento en Flatbush a finales de este mes. Su futuro a largo plazo es incierto, pero, al menos por ahora, tienen un hogar.

c.2024 The New York Times Company