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Por qué algunos colombianos llaman a sus madres ‘sumercé’

Un recuerdo en el que se lee “Sumercé”. Para algunas personas, este término se ha convertido en una forma de expresar respeto y afecto en algunas zonas de Colombia. (Nathalia Angarita/The New York Times)
Un recuerdo en el que se lee “Sumercé”. Para algunas personas, este término se ha convertido en una forma de expresar respeto y afecto en algunas zonas de Colombia. (Nathalia Angarita/The New York Times)

Dos siglos después de la independencia de España, muchos colombianos siguen usando en su vida diaria un honorífico usual en aquella época.

Cuando Altair Jaspe se mudó de Venezuela a Bogotá, la capital colombiana, le sorprendió la manera en que se dirigían a ella al entrar en cualquier tienda, cafetería o consulta médica.

Aunque ambos lugares formaron parte del Imperio español, la ciudad colombiana parecía más en sintonía con su pasado imperial. Jaspe ya no era una “señora”, como la habrían llamado en Caracas o quizá, en su juventud, “muchacha” o “chama”.

En cambio, le otorgaban un tratamiento honorífico que parecía más propio de una mujer con capa y corona: “su merced”.

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Permiso, sumercé, le decía la gente con la que se cruzaba en una puerta o en un ascensor.

“Me llevó a la época colonial, automático”, dijo Jaspe, de 63 años, directora de logística jubilada, expresando su incomodidad inicial con la frase. “A la carreta, los caballos”, continuó, “a lo mejor un poco a la esclavitud”.

“Pero después de vivirlo”, continuó, “entendí”.

En la mayor parte del mundo hispanohablante, los pronombres más usados son el informal “tú” y el formal “usted”. Pero en Colombia existe una variante: “su merced”, que significa “su misericordia”, “su gracia” o incluso “su excelencia”, y que ahora se contrae como “sumercé”.

(En algunas regiones del mundo hispanohablante también se emplea el “vos”).

En Bogotá, ciudad de 8 millones de habitantes enclavada en la cordillera de los Andes, el “sumercé” es omnipresente, no solo entre taxistas y tenderos para atender a los clientes (con frases como: “¿En qué puedo ayudar a ‘sumercé’?”), sino también entre niños para referirse a sus padres o cuando los padres hablan de sus hijos (a veces con tierna ironía) e incluso entre maridos, esposas y amantes para referirse el uno al otro (“¿’Sumercé’ me pasa la sal?” o “‘Sumercé’, ¿qué dice, hoy me pongo este pantalón?”).

Lo usan jóvenes y mayores, urbanitas y campesinos. Claudia López, la última alcaldesa de Bogotá, fue captada en cámara cuando le gritó a una vendedora ambulante: “¡Trabaje juiciosa, ‘sumercé;!”, e incluso la vocalista de uno de los grupos de rock más conocidos del país, Andrea Echeverri, de Aterciopelados, suele utilizarlo.

Los españoles fundaron Bogotá en 1538 tras una brutal conquista del pueblo indígena muisca, y pronto la ciudad se convirtió en un centro de poder colonial.

“Sumercé” es, en efecto, una reliquia de esa época, y los estudiosos han documentado su uso como una muestra de cortesía en las relaciones institucionales (fue utilizado en una carta del gobernador de Cuba al conquistador Hernán Cortés en 1518); también era una señal de respeto en las familias (de un cuñado a otro en 1574); y, en particular, como un signo de servidumbre en las relaciones de los esclavos o en las comunicaciones de los siervos con sus amos.

Altair Jaspe, de Venezuela, y su marido, Frank Lares, en el barrio de Usaquén, en Bogotá. Tras mudarse de Venezuela a Bogotá, Jaspe dice que le sorprendió la frecuencia con que la gente se dirigía a ella usando “sumercé”.  (Nathalia Angarita/The New York Times)
Altair Jaspe, de Venezuela, y su marido, Frank Lares, en el barrio de Usaquén, en Bogotá. Tras mudarse de Venezuela a Bogotá, Jaspe dice que le sorprendió la frecuencia con que la gente se dirigía a ella usando “sumercé”. (Nathalia Angarita/The New York Times)

Pero los defensores modernos del “sumercé” afirman que su popularidad actual radica en el hecho de que ha perdido esa connotación jerárquica y hoy en día significa respecto y afecto, no reverencia o una distinción de clase social.

Jaspe afirmó que con el tiempo terminó considerando al “sumercé” una expresión casual de cariño, como en “‘sumercé’, qué bonito le queda ese sombrero”.

Luego de que Colombia se independizara de los españoles a principios del siglo XIX, la expresión “sumercé” permaneció vigente en el departamento de Boyacá, una exuberante región agrícola en el centro de Colombia, al norte de Bogotá.

Jorge Velosa, un cantautor y famosa voz de Boyacá (en una ocasión se presentó en el Madison Square Garden vestido con la tradicional ruana de la región), recordó que en la casa de su infancia, “sumercé” era la manera en que él y sus hermanos se referían a su madre, y su madre a ellos.

“‘Sumercé;”, contó, servía como una especie de término medio entre el rígido “usted” —utilizado en casa solo como preámbulo a una reprimenda— y el casi demasiado informal “tú”.

Con el tiempo, “sumercé” migró al sur junto con muchos boyacenses, a Bogotá, convirtiéndose en una parte tan importante del léxico del centro de Colombia como “bacano”, “chévere”, “parce”, “paila”, “qué pena” y “dar papaya”. (Como cuando se dice: “Sumercé, no dé papaya en la calle, le van a robar”).

En mayor parte, “sumercé” sigue siendo una característica del centro de Colombia, y rara vez se utiliza en la costa del país, donde el “tú” es más común, o en ciudades como Cali (“vos”) y Medellín (“tú”, “usted” y a veces “vos”).

Hasta en atuendos

Pero en la capital y sus alrededores, el “sumercé” aparece estampado en gorros, broches y camisetas y está incorporado en los nombres de restaurantes y mercados. Es el título de un nuevo documental sobre activistas ambientales colombianos. Es celebrado en canciones, pódcast, y lecciones de español colombiano en Spotify y YouTube.

“En este momento no marca ninguna clase social”, afirmó Andrea Rendón, de 40 años, de Bogotá. “Todos somos ‘sumercé’”.

Un video musical estrenado recientemente, “Sumercé”, del rapero Wikama Mc, refleja el estatus folclórico y genial que la frase ha alcanzado.

En una escena de una fiesta casera que podría estar ambientada en cualquier lugar de los Andes colombianos, el artista viste una ruana mientras celebra el “flow colombiano” de la mujer objeto de su afecto, quien, se jacta, “baila carranga” —música folclórica popularizada por Velosa— y también reguetón, ritmo fiestero moderno popularizado por celebridades internacionales como J. Balvin.

“Hábleme claro ‘sumercé’”, rapea, antes de saludar cordialmente a su novia quitándose su tradicional sombrero de fieltro.

La canción ha recopilado más de 18.000 vistas desde que fue subido a YouTube en diciembre. Una cifra admirable, considerando que el artista tiene 500 seguidores en la plataforma.

[Video: Watch on YouTube.]

Echeverri, la estrella de rock, vinculó su uso de la frase con una estética punk, la cual busca una relación “horizontal” con la gente cotidiana. (En una entrevista en video reciente, la utilizó para conectar con la presentadora del programa, cuando habló de una nueva versión de una de “esas canciones que tan pronto ‘sumercé’ las ha oído tantas veces”).

La palabra sumercé, explicó en otra entrevista, “es cariñosa, pero a la vez es respetuosa y a la vez es como cercana, pero tampoco tanto”.

Por supuesto, no todos lo perciben de esa manera. Carolina Sanín, una escritora reconocida, ha criticado a quienes alegan que “sumercé” es tan omnipresente en Colombia que debería ser aceptado, sin ninguna crítica, como norma cultural.

Incluso en una región conocida por su pronunciada desigualdad, las divisiones de clases en Colombia siguen particularmente arraigadas. Al colombiano pobre promedio le toma 11 generaciones llegar al ingreso nacional promedio, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, dos más que en Brasil, tres más que en Chile y cinco más que en Argentina.

Décadas de violencia han reforzado estas barreras, permitiéndole a un pequeño grupo acumular capital y territorio. Para algunos, “sumercé” puede sentirse como una perpetuación o incluso una celebración de estas relaciones jerárquicas.

“También no pagar prestaciones sociales o la acumulación de la tierra es ‘vuestra costumbre’”, escribió Sanín en Twitter.

“Las palabras importan”, continuó. “Con las palabras se hacen los caminos a la justicia”.

Javier Guerrero-Rivera, un lingüista de Bogotá, encuestó recientemente a 40 estudiantes universitarios colombianos, y encontró que el 85 por ciento afirmó que no les molestaba el término, y sentían respeto y cariño cuando se les dirigía a ellos. Otro 10 por ciento se sentía indiferente ante la frase. Solo el 5 por ciento dijo que el término era despectivo o los incomodaba.

Juan Manuel Espinosa, subdirector del Instituto Caro y Cuervo, el cual se dedica a estudiar las particularidades del español colombiano, afirmó que creía que la división social descrita por personas como Sanín era precisamente lo que atraía a tantos colombianos hacia la palabra.

“El ‘sumercé’ es una manera de crear una conexión en una sociedad muy fragmentada”, dijo.

Jhowani Hernández, de 42 años, que opera máquinas de limpieza de oficinas, describió usar “sumercé” con su esposa, Beatriz Méndez, una ama de casa de 50 años, “cuando me saca la piedra” (expresión para denotar molestia), pero en su mayoría “para dar cariño”.

Aún así, Daniel Sánchez, un documentalista de 31 años en Bogotá, afirmó que había dejado de utilizar “sumercé” luego de que comenzó a pensar en “todo el trasfondo de la frase”, es decir, “esa cosa servil y colonialista que no es tan chévere”.

Ahora, cuando quiere transmitir respeto y cariño, utiliza un colombianismo diferente y menos cargado: “Veci”, diminutivo de “vecino”:

“Veci, no dé papaya en la calle, le van a robar”.

Simón Posada colaboró con reportería desde Bogotá.

c. 2024 The New York Times Company

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