De nuevo, el horror de memorizar para la EBAU, y la que debería ser alternativa.

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Cuando eres profesor y tienes vocación de enseñar, preparar a alumnos para la EBAU puede ser de una tristeza y rabias infinitas, porque no preparas a los alumnos para que comprendan, para que disfruten y para que sepan manejar lo aprendido en la vida. Preparas a los alumnos para que aprueben un examen muy memorístico como si fueran oposiciones a notario o abogado del Estado.

Mi amiga Y. empieza este mes de septiembre a dar clases a alumnos de segundo de Bachillerato, es su primer año en este curso, y le ha tocado geografía. Es la asignatura con la nota más baja de las últimas convocatorias de la EBAU, ni siquiera llega a un seis. Y sólo seis de cada diez alumnos que se presentaron al examen de esta asignatura lo han aprobado.

Porque se trata de memorizar. De empollar conceptos como diversidad territorial, política agraria comunitaria, dominios climáticos en España, factores de actividad industrial... Todo, casi de carrerilla. El alumno debe responder en el examen a las definiciones de los conceptos por los que se le pregunta, como si fuera un diccionario.

Al día siguiente lo olvidarán y ya está.

¿De qué sirven esos conceptos que hoy tenemos al alcance del móvil si no sabemos ponerlos en contexto y aplicarlos? Estamos educando en escuelas del siglo XIX con temarios del siglo XX a niños del siglo XXI.

Aprender de memoria, saberse listas interminables de carrerilla.

¿Qué hay de ser lógicos, prácticos o deductivos?

En una de las escuelas privadas más elitistas y prestigiosas del Reino Unido,, el examen para que ingresen los niños de 13 años no tiene nada de memorístico. Es una prueba para chicos de 13 años, que quieran entrar becados en el centro donde estudia la élite del país. Lo que se intenta descubrir con esta prueba es el potencial del alumno: no lo que es capaz de memorizar de carrerilla sino lo que es capaz de extraer del mundo que le rodea y cómo aplica la capacidad de su mente para conectar ideas y resolver problemas. Es decir, lo que su cerebro es capaz de hacer para encontrar soluciones.

Por ejemplo:

El examinador se inventa un lenguaje, el Jangli, y sólo con la traducción de unas pocas frases del Jangli al Inglés, les pide a los chicos, entre otras cosas, que deduzcan qué palabras equivalen a otras en cada lengua, o que encuentren patrones verbales.

Más (y ésta ha levantado polvareda). Tras leer un texto, el examinador plantea tres supuestos para que lo comenten. El último, el que reproduzco, ha creado una enorme polémica por lo que se les pide a los chicos:

Es el año 2040. Hay altercados en las calles de Londres después de que Gran Bretaña se haya quedado sin petróleo por una crisis en Oriente Próximo. Los manifestantes han atacado edificios públicos. Han muerto varios policías, y el gobierno se ha visto obligado a utilizar el ejército para sofocar la revuelta. Dos días después se consigue parar las protestas, pero han muerto 25 manifestantes a manos del ejército. Supón que eres el Primer Ministro. Escribe el parlamento con el que te dirigirás a la nación en el que expliques por qué usar el ejército contra los violentos manifestantes era la única opción viable para ti y la única además que era necesaria y moral.

Es decir, se les pide a los chicos no sólo que imaginen un futuro, sino que se pongan en la piel de alguien difícilmente defendible y que escriban un discurso televisado que consiga convencer a la población.

Niños de 13 años, insisto. Es un examen para niños de 13 años.

Además, hay otras pruebas de lógica deductiva más matemáticas.

En definitiva, nada de fechas, ríos o listas de reyes.

El examinador les está diciendo a los chicos: decidme de qué sois capaces. Decidme hasta dónde puede llegar vuestro cerebro. Decidme si os podemos pedir que seáis creativos y busquéis por donde nadie más ha buscado.

De ahí, de esa escuela, salen líderes y premios Nobel, les recuerdo. Una escuela que no mata la creatividad, sino que la potencia. Porque la creatividad es la que hace avanzar al mundo.

Y no los tropecientos tomos que hay que aprenderse de carrerilla para ser, por ejemplo, registrador de la propiedad. O para aprobar algunas asignaturas de la EBAU.