Dagoberto Gutiérrez, excomandante de la guerrilla salvadoreña: Reflexiones para entender a El Salvador y Honduras

Fuerzas Especiales de la Policía Nacional Civil trasladan a hombres detenidos por sus posibles vínculos con pandillas en Comasagua, El Salvador, el lunes 3 de octubre de 2022. Más de 2.000 soldados y policías rodearon y cerraron Comasagua el domingo para buscar pandilleros callejeros acusados de asesinato. (Foto AP/Salvador Meléndez)
En su lucha contra las pandillas, el Estado salvadoreño esta recuperando los espacios cedidos por el neoliberalismo", dice Dagoberto Gutiérrez, excomandante de la guerrilla salvadoreña. En la foto, fuerzas Especiales de la Policía Nacional Civil trasladan a hombres detenidos por sus posibles vínculos con pandillas en Comasagua, El Salvador, el lunes 3 de octubre de 2022. (Salvador Melendez / Associated Press)

La izquierda. ¿Qué es la izquierda, hoy en día, en las antiguas trincheras centroamericanas de la guerra fría? ¿Y cuáles son las aspiraciones reales de las sociedades centroamericanas del presente?

La actualidad política de esta región fragmentada en pequeños países confunde a muchos por la reestructuración política que éstos atraviesan.

Cuesta discernir en qué dirección sopla el viento del cambio social en esta estrechez de montañas y volcanes entre océanos que en el pasado reciente fue punto de choque entre superpotencias mundiales.

Un segmento de este puente de tierra es compartido por dos países: Honduras y El Salvador. Sus poblaciones comparten un acento casi indistinguible entre sí y reverencian al hondureño Francisco Morazán —enterrado en San Salvador por voluntad propia— como prócer unificador de Centroamérica.

Pero su evolución política ha sido muy distinta. Si bien en la última década ambas naciones viven acontecimientos de cambio provocados por un malestar civil contra las formas establecidas, lo hacen a una velocidad y con culturas de poder y alternativas de gobierno que contrastan entre sí.

En El Salvador, el partido emergente Nuevas Ideas, del presidente millenial Nayib Bukele, ha logrado algo impensable en dos años en el gobierno. Apresó a cerca de 60,000 supuestos mareros. Las cifras de criminalidad y violencia en el 2022 se desplomaron.

El Salvador ha dejado de tener estadísticas de criminalidad y violencia propias de un país en guerra tras controlar a las maras, que son el flagelo reciente que más ha dañado al pueblo salvadoreño.

Sin embargo, el instrumento legal para facultar la acción de combate del estado ha sido la declaratoria de un estado de excepción.

Éste ha sido muy cuestionado por los partidos políticos tradicionales y la comunidad internacional, pero respaldado por 88% de la población, según una encuesta publicada hace una semana por el periódico opositor a Bukele La Prensa Gráfica.

Bukele asfixia con este capital político consolidado al bipartidismo de derecha e izquierda —ARENA Y FMLN, respectivamente— que fue establecido tras el fin negociado de la guerra civil salvadoreña que puso fin a los gobiernos militares.

La vida pública salvadoreña de hoy, pues, manifiesta un enconado debate entre legalidad y legitimidad en este escenario, y ante un eminente intento de reelección por parte de Bukele.

En Honduras, por el otro lado, hace un año ganó el poder por primera vez la izquierda a través de una alianza de oposición multipartidista. Ésta se formó para derrocar al bloque conservador del expresidente Juan Orlando Hernández, hoy preso en Nueva York acusado de narcotráfico a gran escala.

Es la oportunidad de la izquierda en Honduras —LIBRE— para facilitar la evolución política del país. Pero existe, en este novel ejercicio hondureño de gobierno de coalición presidido por Xiomara Castro, el riesgo de fragmentación de las fuerzas por falta de una agenda común consensuada.

Y también se presenta como una amenaza la posible falta de efectividad a la hora de afrontar la epidemia de corrupción, violencia y criminalidad común que tanto aqueja al pueblo llano.

En el afán de encontrar soluciones a la creciente extorsión, que ha aumentado tras el cambio de gobierno, Castro ha declarado un estado de excepción que, en papel, emula al salvadoreño.

Así, la derecha, o bipartidismo conservador hondureño, está en bancarrota política tras la última década. Pero si la izquierda y la alianza que la llevó al poder flaquea, y no logra resolver problemas reales de la población, el espectro político entero de Honduras corre el riesgo de vaciarse de credibilidad.

Xiomara Castro se dirige a sus seguidores en Tegucigalpa, la capital de Honduras.
Xiomara Castro se dirige a sus seguidores en Tegucigalpa, la capital de Honduras. (Luis Acosta / AFP/Getty Images)

En este contexto, Los Angeles Times en Español ofrece una entrevista con Dagoberto Gutiérrez: una de las figuras históricas más pragmáticas y trascendentes de la izquierda centroamericana en el siglo XX. Fue el representante de la guerrilla que firmó el tratado de paz que puso fin a la guerra civil salvadoreña.

Gutiérrez es cuestionado por algunos de sus contemporáneos por su interpretación de que fue la guerrilla quién ganó la guerra. Es cuestionado también por la estructura del FMLN, pues fue la primera figura de peso en abandonar sus filas y señalarlo como un partido político caduco, fracasado en su misión.

Pero el papel histórico de Gutiérrez al poner un fin consensuado a una guerra civil en Centroamérica es incuestionable. Con su firma facultó el inicio de una era de paz democrática bipartidista que duró 30 años.

Ésta, cabe mencionar, fue también una recomendación del influyente informe Kissinger de 1983, escrito por una Comisión del congreso estadounidense presidida por Henry Kissinger. Aunque nunca pasó a la aplicación completa, quizá es éste el documento sobre la región más importante de la modernidad.

El informe Kissinger recomendaba abrir una era de democracia bipartidista y emprender cambios estructurales necesarios en las naciones centroamericanas. Fue un diseño para crear un futuro más próspero, estable y pacífico, como en buena medida ha sucedido en Costa Rica.

Pero en El Salvador, esa era bipartidista de 30 años llegó a su fin porque ese futuro nunca llegó. Es éste el fracaso de la izquierda y la derecha, de acuerdo con el entrevistado —un marxista clásico.

A continuación, la voz de Dagoberto Gutiérrez, el Comandante Logan, ofrece una perspectiva singular acerca del cambio social en el presente de Centroamérica que escapa a la pertenencia ideológica y a las categorías previamente concebidas para entender la realidad social de la región.

Usted vivió la Centroamérica de la guerra fría y también la posterior a la caída del muro de Berlín. ¿Cómo describir la evolución de esta región del mundo? 

La historia política de cada país tiene que ver con cómo están integradas y se manejan sus clases dominantes y dominadas. En el Salvador, la guerra civil fue una reacción de campesinos y pequeña burguesía intelectual contra dictaduras militares que eran el instrumento de gobierno de la oligarquía.

No se necesitó afinidad ideológica completa, sino un conjunto de acuerdos políticos que sintonizaran las acciones contra ese enemigo común. El objetivo era la derrota política de ese bloque dominante. Éramos comunistas, anticomunistas y no comunistas aliados contra los gobiernos militares.

Pero no se logra. La oligarquía siguió siendo dominante y el enemigo pasó a ser su instrumento: las fuerzas armadas. La victoria política de la guerrilla fue una sola: convertirse en clase gobernante.

Aquella dictadura militar vigente desde 1932 fue derrotada. Pero el acuerdo entre nosotros llegó hasta allí. El objetivo no era el cambio social, sino poder gobernar.

Guerrilleros pasaron a ser alcaldes, diputados, ministros, presidentes. ARENA y FMLN pasaron a administrar el poder de los oligarcas. Pero no a ser clase dominante, que siguió y sigue siendo la misma.

Por eso el pueblo, 30 años después de ese acuerdo, así como los apoyó los echó a la calle. Hoy, con Nuevas Ideas de Nayib Bukele cambió la clase gobernante. Ésta también es pequeña burguesía, igual que la guerrilla, pero empresarial. Son empresarios. Negociantes. Hacen las cosas de otro modo.

Con la oligarquía no tienen guerra, aunque ésta persiste como clase dominante. Pero ya no es dueña del aparato del Estado. Son éstos los nuevos dueños. Antes los oligarcas mandaban los gobiernos. Hoy no.

Hombres detenidos por la policía nacional son trasladados a un centro de detención el miércoles
Hombres detenidos por la policía nacional son trasladados a un centro de detención el miércoles 12 de octubre de 2022, en Soyapango, El Salvador, durante el estado de excepción. (AP Foto/Moisés Castillo) (Moises Castillo / Associated Press)

¿El gobierno de Bukele está haciendo retroceder a la oligarquía en su cuota de poder en el control del estado y la economía, abriendo espacios para otros?

Exactamente. Y hacen un proceso de modernización del capitalismo atrasado e intentan recuperar el aparato del Estado. Por ejemplo, la guerra contra las pandillas. Eso es el Estado recobrando su lugar.

Esta guerra tiene una base económica porque las pandillas son un poderoso bloque con inversiones en diferentes negocios y capital en la banca. Todo el mundo paga renta —impuesto de guerra— a nivel nacional. Desde la señora que vende verduras en un andén del mercado hasta el banco.

Son millones de millones de dólares. Ahora que tienen presos a cerca de 60,000 pandilleros ese dinero ya no va a las arcas de la pandilla, lo que tiene un gran impacto económico en el pueblo y los negocios. Las empresas funcionan normalmente.

Y esto se debe a este gobierno. No es revolución. Ni siquiera una cosa popular. Pero cuando un país tiene un capitalismo atrasado, como El Salvador, el rompimiento de esa estructura es progresista.

En Honduras, ¿qué claridad puede tener una coalición de oposición con cuatro años de gobierno por delante sin nadie a quién oponerse, y qué riesgo supondría la falta de un proyecto político legitimado?

El acuerdo político de la coalición de oposición en Honduras no fue unidad, sino alianza, al igual que con la guerrilla del FMLN. Un acuerdo político fraguado con cemento político, y no ideológico. Surgieron para derrotar a una gente que estaba en la presidencia.

El gobierno de Xiomara Castro surgió de una alianza de bastantes colores construida para derrotar ese poder. Eso implicó ensancharse con las fuerzas interesadas en ese cambio a un costo político en el cambio de gobierno. Entre más ancha es la conjunción de intereses, más limitado es el programa.

Sacar al bloque de Juan Orlando Hernández se logró, aunque el partido liberal y el conservador siguen vivos. Pero la alianza capturó el gobierno y ahora, desde él, funciona distinto. Es otro momento.

Cada sector juega sus cartas. El futuro depende de quién va a ganar el respaldo del pueblo. Buena cuota del curso y desenlace del proceso depende de la forma y cuantía en la que el gobierno cumpla los 30 puntos que planteó Xiomara Castro en su discurso inaugural. Ese es el compromiso.

Xiomara puede cumplirlos. Ganaría el apoyo del pueblo de cara a la negociación con los aliados. Pero si no cumple con esos puntos se debilita y será más difícil negociar. Si no cumple, que deje claro por qué no fue por decisión de su gobierno.

¿En cuánto se agota un objetivo político, se tiene que pasar al siguiente, o se pierde la razón de ser?

Claro. Por ejemplo, la lucha contra las pandillas en El Salvador es la parte represiva exitosa. Pero el fondo de esa guerra es la recuperación de los territorios que el estado neoliberal abandonó y fueron ocupados por las pandillas. Esa recuperación no es cosa de la policía o el ejército, sino del gobierno.

¿Por qué dice que el modelo neoliberal hizo que se abandonaran esos territorios?

Porque en el neoliberalismo el mercado es el rey y la reina. Todo es mercancía. Al Estado se le arrincona. Funciona sólo como facilitador de la actividad mercantil y no se preocupa del trabajo, educación, salud y desarrollo. Eso lo hace el mercado, que actúa sobre todos esos territorios privatizados.

Cuando el Estado se retira de los territorios, las pandillas quedaron con la cancha libre y lo sustituyeron. Hoy, que se lucha militarmente contra las pandillas, se recupera el papel del Estado. Esa es una línea inevitable. O recuperas al Estado, o tendrás más pandillas.

Recuperar al Estado es algo que tiene que tener claro el gobierno en Honduras, que tiene una dirección de movimiento popular y está trabajando en todo el territorio.

¿Qué errores del FMLN le recomendaría a LIBRE de Xiomara Castro evitar para no ser efímeros gobernando y para poder hacer cambios estructurales necesarios?

El FMLN es la escuela mayor de rompimiento de las relaciones directas con la gente. Cuando capturaron el aparato del Estado se convirtieron en moradores de las alturas. Perdieron la comunicación con la gente. La buscaron nada más en campañas electorales. Es el viejo error.

En Honduras es importante saber qué piensa la gente, tanto para el gobierno como para los que están en contra. Los amigos y también los enemigos. En todos los casos eso resulta clave. Es el gran desafío de Xiomara. Si lo logra, negociará con sus aliados desde una posición de poder.

¿Qué riesgos corre la izquierda hondureña si no reconoce que lo que la llevó al poder es un reclamo civil de adecentamiento y puesta en orden a corruptos y criminales, como en El Salvador, y no la ideología?

En El Salvador no hay una revolución. Las fuerzas en el gobierno no son de izquierda. Lo que hay es un proceso de cambio, pero no de transformación. El cambio es cuantitativo. Superficial. La transformación es cualitativa: de adentro para afuera y de abajo para arriba. Esto no es simple semántica.

En la lucha política no se usa la palabra transformación sino cambio, que puede ser en beneficio o en contra de la gente. Pero es siempre cambio. Y más allá de la transformación está la mutación: una negación de una realidad y la construcción de otra realidad. Una mutación es una revolución.

En el Salvador lo que hay es un proceso de cambio que busca una modernización del capitalismo oligárquico a uno más burgués. Pero aquí hubo una victoria electoral aplastante que sepultó a los partidos políticos y en Honduras no. Las fuerzas conservadoras mantienen poder.

Tienen oxígeno. El pueblo los ha golpeado, pero dejado vivos. Y sus fuerzas armadas son un poder gravitante y en El Salvador no porque no ganaron la guerra. En esa medida la perdieron. Y nosotros —la guerrilla salvadoreña— no perdimos la guerra. En esa medida la ganamos.

Hoy en El Salvador el pueblo valora mucho lo que se haga en contra de los políticos partidarios y ladrones por los 30 años de historia a los que me referí. Pero también presiona por cambiar su vida. Por los puntos de raigambre social —trabajo, salud, salario, pensiones—, lo decisivo en la relación del gobierno con la gente. Eso está pendiente.

Quienes se oponen a Bukele lo acusan de despótico y de infringir el orden constitucional. ¿Como superar legalmente la putrefacción de lo público en Centroamérica sin romper con los pesos y contrapesos?

Ahora, como en todo momento grande, el problema no es la Constitución, sino que 90% de la población apoya al gobierno —la semana anterior a la publicación de este trabajo, el periódico opositor La Prensa Gráfica revelaba una encuesta con un 88% de aprobación al gobierno de Nayib Bukele y el estado de excepción que instauró.

Este bloque opositor no descifra la razón. Todo discurso ideológico fracasa. Los discursos de los aparatos ideológicos —radio, prensa y televisión— hablan de la Constitución las veinticuatro horas.

Pero no levantan la bandera del trabajo, salud, vivienda, educación y bienestar de la gente. No habla de la gente ni en su nombre, sino de la Constitución. Y del artículo tal del régimen de excepción. Y del artículo cuál del poder judicial. Y eso no le importa a la gente.

¡Mirá el drama! No tienen comunicación con la gente y el gobierno sí. ¿Cuánta gente mataban las pandillas? Hoy la gente sale a la calle tranquila a tomar microbuses. Se acabó esa amenaza.

La gente lo apoya y los gringos no lo entienden. También hablan contra el régimen de excepción. No saben qué pasa. Y Bukele va a Nueva York —Naciones Unidas— a exigirles respeto a la soberanía.

Su discurso aquí es apoyado por la gente, pero criticado por el mismo grupo opositor que pide respeto por EE. UU. Es la derrota política anunciada. No tienen capacidad de ganar en elecciones.

¿Podrá la alianza gobernante en Honduras, liderada por la izquierda, sobrevivir la próxima década si no soluciona problemas reales de la población, como sucede hoy en El Salvador?

La izquierda en Honduras necesita un conocimiento preciso de la correlación de fuerzas real con la que cuenta. Cada gobierno tiene una determinada misión histórica.

Mirá lo de Chile. Boric terminó con el gobierno de la dictadura, pero no con la dictadura. El cargo lo asumió a él. Reprime a los estudiantes. Los carabineros golpean como en tiempos de Piñera. Por eso en el referéndum de la constitución la gento votó contra él.

El gobierno de Xiomara es el fin de ese gobierno de los narcotraficantes. Eso es muy importante. ¿Pero cuáles son los objetivos de la izquierda? Han de tener su propio plan y proyecto, porque un gobierno incluso puede terminar en cualquier rato y cualquier día, pero los planes de la izquierda no.

Gustavo Peña es un periodista hondureño especializado en análisis politico centroamericano. Actualmente estudia el doctorado en Teoría de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid.

Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.