La Cumbre de las Américas y el sacudón de conciencias | Opinión

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Mucha tela se ha cortado desde la primera Cumbre de las Américas en 1994.

En aquel entonces era Estados Unidos, en cabeza del presidente Bill Clinton, quien lideraba la iniciativa política con el propósito de sentar bases sólidas que permitieran una mayor integración económica y el fortalecimiento de la democracia en nuestro hemisferio.

La reunión que congregó a la gran mayoría de naciones de la región, excepto Cuba por ser considerada una dictadura, se dio en un ambiente en donde el mundo abrazaba la democracia como sistema político, luego de la caída del Muro de Berlín y el desbordamiento de la Unión Soviética.

Lejanos parecieran aquellos vientos, casi que la única similitud de aquel entonces con el presente es que el anfitrión es el mismo: Estados Unidos.

Esta Cumbre de las Américas que se efectúa entre el 6 y el 10 de junio en Los Ángeles, California, se desarrollará en el marco de un contexto donde la región se encuentra asediada por el germen autoritario, donde la democracia ya no es el único camino, donde parece que regresamos a la época de las cavernas en materia de Derechos Humanos, donde la unión latinoamericana y caribeña se fundió y ahora presenciamos un campo de luchas ideológicas, y donde no se comprende con claridad el tamaño de la amenaza que significa la presencia de actores con agendas antioccidentales y proyectos guerristas en nuestro suelo. En fin, el escenario que acoge a esta cumbre es ampliamente retador y diametralmente distinto al de la primera edición.

En una decisión acertada y valiente, el gobierno del presidente Joe Biden confirmó el lunes que había excluido a las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela de este magno evento. Son tres regímenes que precisamente representan los males que recién describo, son una fiel expresión de lo que significa subvertir el orden democrático; y no representan el espíritu de la libertad y la unión que dio origen a la Cumbre de las Américas.

Cuando digo que fue valiente la posición del Gobierno de Estados Unidos de no invitar a estas dictaduras a dicha cita, lo digo porque soy consciente de las presiones y de las voces disidentes que se levantaron en contra de dicha postura.

Argentina, y principalmente México, se encargaron de cuestionar la decisión del presidente Biden, al punto de amenazar con boicotear el encuentro multilateral si Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Miguel Diaz-Canel no contaban con una silla. Es verdaderamente lamentable que estos dos países hayan decidido militar en la acera del mal, ofendiendo la historia vibrante de dos pueblos, como el argentino y el mexicano, que nunca han dudado en defender la democracia y desafiar a los tiranos.

Por eso me atrevo a señalar que Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández son cómplices de las peores violaciones a los DDHH que se hayan conocido en América, se esconden en falsos discursos de no injerencia y en posiciones ideológicas para no llamar las cosas por su nombre. En Venezuela, Cuba y Nicaragua hay unas maquinarias de muerte que secuestran, torturan y asesinan para mantener un régimen de oprobio en el poder.

Siguiendo esta misma línea, y sin ánimos de interferir en la agenda de la cumbre, quiero pedirles a todos los países participantes que no se olviden de la crisis venezolana.

El régimen de Maduro invierte ingentes recursos en tratar de mercadear un mito: Venezuela se arregló y ahora nos estamos recuperando. Nada de esto es verdad, se trata de una burda propaganda para confundir a la opinión pública internacional. La única realidad es que cada día que pasa el sufrimiento de nuestro pueblo se acentúa y, por ello, la migración no cesa.

Se estima que más de 3,000 venezolanos salen diariamente por las fronteras buscando un mejor futuro. Muchos de ellos llegan a sus países, con fríos en los huesos y casi desvanecidos después de caminar kilómetros para encontrar ese sueño que la dictadura les robó.

Ni este, ni los otros problemas que representa Maduro como el narcotráfico, el crimen organizado y el autoritarismo, se van a aliviar hasta tanto no se logre una solución democrática para nuestro país; y por eso, la comunidad internacional, especialmente la región, debe continuar presionando por un cambio que permita a los venezolanos elegir libremente su destino.

Mi mayor deseo es que esta Cumbre de las Américas sirva para hacer un sacudón de conciencias y nos permita trazar un camino que nos ayude a tener una América Latina que ponga el foco en la prosperidad, la justicia social y la democracia.

Por otro lado, Estados Unidos debe asumir nuevamente su liderazgo en toda América frente a China, Rusia y países como Irán que están instalados en Venezuela. Es este un reto no solo económico, sino cultural.

Por último, cierro diciendo que lo que debe prevalecer hoy no es la indiferencia frente a los abusos de poder, la corrupción, y el autoritarismo; lo que necesitamos hoy es que reverdezcan nuestras democracias y eso solo será posible si nos unimos y remamos juntos por ese futuro que nos merecemos los americanos.

Julio Borges es un político venezolano, miembro del partido Primero Justicia, y es expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela. Actualmente, cursa el doctorado en Filosofía en la Universidad Santo Tomás en Colombia.

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