La COVID-19 afecta más a la población negra e hispana en las zonas rurales de Estados Unidos

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Los pacientes esperan para hacerse una prueba de COVID-19 en el Centro Médico North Sunflower en Ruleville, Misisipi. 6 de enero de 2022. (Rory Doyle/The New York Times)
Los pacientes esperan para hacerse una prueba de COVID-19 en el Centro Médico North Sunflower en Ruleville, Misisipi. 6 de enero de 2022. (Rory Doyle/The New York Times)

La pandemia de coronavirus asoló las zonas rurales de Estados Unidos el año pasado, lo que ocasionó un aumento en los fallecimientos de los habitantes de raza blanca, ya que el virus agravó las deficiencias sanitarias que existían desde hacía tiempo.

No obstante, una nueva investigación reveló que, en pequeños poblados y zonas agrícolas, la COVID-19 provocó el fallecimiento de personas negras e hispanas en proporciones mucho mayores que de sus vecinos de raza blanca. Incluso al final del segundo año de la pandemia, en febrero de 2022, los sistemas de salud sobrecargados, la pobreza, las enfermedades crónicas y los reducidos índices de vacunación obligaban a las personas no blancas a soportar la carga del virus.

La población negra e hispana de las zonas rurales presentó un número excepcionalmente alto de víctimas, que fallecieron a un ritmo mucho mayor que quienes lo hicieron en las ciudades durante ese segundo año de la pandemia.

En poblados y ciudades de todos los tamaños, las diferencias raciales en las muertes por COVID-19 se han reducido. Esto ha ocurrido sobre todo en los últimos tiempos, cuando los avances importantes en la inmunidad de la población de todo el mundo han atenuado el tipo de presión sobre los sistemas sanitarios que parece perjudicar más a los estadounidenses que no son blancos.

Sin embargo, ahora que hay un aumento de las muertes por coronavirus y las autoridades sanitarias se preparan para un invierno aún más mortífero, los científicos advirtieron que las acciones realizadas hasta ahora para cerrar la brecha racial en los índices de vacunación no habían sido suficientes para aislar a la población no blanca de los estragos de las grandes olas de COVID-19.

En ningún lugar esas dificultades fueron más pronunciadas que en las zonas rurales. Los negros, hispanos e indígenas estadounidenses de esos lugares registraron el segundo año de la pandemia más mortífero de todos los grandes grupos raciales o étnicos de Estados Unidos, según la nueva investigación, dirigida por Andrew Stokes, profesor adjunto de salud global de la Universidad de Boston.

En esas comunidades, las garantías del gobierno de Biden de que todas las muertes por COVID-19 ahora son evitables se juntan con las dificultades para obtener atención médica.

Una dosis de refuerzo de la vacuna contra la COVID-19 es administrada en la Farmacia Gurley en Durham, Carolina del Norte, el 5 de mayo de 2022. (Veasey Conway/The New York Times)
Una dosis de refuerzo de la vacuna contra la COVID-19 es administrada en la Farmacia Gurley en Durham, Carolina del Norte, el 5 de mayo de 2022. (Veasey Conway/The New York Times)

Con frecuencia, las farmacias rurales son escasas y están muy alejadas entre sí, lo que dificulta que los habitantes más pobres y con menos movilidad reciban las píldoras antivirales primordiales.

Los médicos aseguran que algunos pacientes negros, en especial los que no tienen seguro o están lejos de los hospitales, esperan demasiado tiempo antes de buscar ayuda para beneficiarse de los nuevos tratamientos.

Las personas negras e hispanas recibieron las dosis de refuerzo en menor proporción, lo que es una consecuencia de lo que algunos médicos describen como una falta de consciencia derivada de los recortes en la comunicación pública, sobre todo en los estados conservadores.

“La sensación nacional es que todo el mundo debería estar en condiciones de hacer lo necesario para protegerse del virus”, afirmó Bobby Jenkins, alcalde de Cuthbert, Georgia, una ciudad con población mayoritariamente negra cuyo único hospital cerró a los seis meses de la pandemia. “Pero no todo el mundo está en condiciones de hacerlo todavía”.

Las disparidades raciales en los fallecimientos por COVID-19 se han reducido por varias razones, según los científicos. El primer despliegue de la vacuna le dio prioridad a los estadounidenses de edad avanzada, que son desproporcionadamente blancos, pero en el último año, la vacunación primaria de la población negra e hispana aumentó cerca del doble del ritmo de los índices de la población blanca.

El índice de los hispanos, del 54 por ciento, ahora supera al de los blancos, que es del 50 por ciento. El índice de vacunación de la población negra, del 43 por ciento, sigue siendo inferior, pero la diferencia ha disminuido.

El virus también infectó y provocó la muerte de personas negras e hispanas a un ritmo tan elevado en el primer año de la pandemia (en un momento de 2020, los habitantes negros de las zonas rurales morían a un ritmo unas 6 veces superior al de los blancos), que el virus pudo haber tenido menos población vulnerable que infectar en el segundo año.

Esos cambios han sido tan profundos que, entre los estadounidenses de más edad, los índices de mortalidad por COVID-19 de las personas blancas han superado a los de las negras en fechas recientes, de acuerdo con los datos de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés).

No obstante, la reducción de la brecha racial se debe en parte a un empeoramiento de la pandemia para la población blanca, más que a los importantes avances para los estadounidenses negros o hispanos. Los índices de mortalidad por COVID-19 de la población blanca aumentaron un 35 por ciento del primero al segundo año de la pandemia, según los CDC. Durante ese periodo, los índices de mortalidad descendieron solo en 1 por ciento en las personas hispanas y en 6 por ciento en las negras.

“No es un movimiento hacia la equidad”, señaló Alicia Riley, socióloga de la Universidad de California, campus Santa Cruz. “Sucedió que las personas blancas empezaron a contagiarse más de COVID-19 y a morir en mayor número a causa de esta enfermedad”.

El panorama nacional también ha ocultado un cambio que está relacionado tanto con la geografía como con la raza, dijo Stokes. Cuando el peso de la pandemia se desplazó a finales del 2020 de las grandes ciudades a las zonas rurales, que tienen una mayor proporción de habitantes blancos, el recuento nacional de muertes por COVID-19 pasó a incluir a más personas blancas.

No obstante, el equipo de Stokes reveló que, dentro de las zonas rurales, las muertes por COVID-19 se repartieron en mayor proporción entre las personas no blancas, al igual que en las grandes ciudades y en las pequeñas o medianas. Stokes utilizó los recuentos de los CDC de los certificados de defunción por COVID-19 hasta febrero, con lo que evitó datos más recientes y potencialmente incompletos, y tuvo en cuenta la mayor edad de la población blanca.

En el peor momento de la ola de ómicron durante este invierno, los índices de mortalidad de personas negras e hispanas superaron a los de la población blanca en pueblos y ciudades de todos los tamaños, al igual que en el pico de cada brote viral anterior.

Los índices de mortalidad de las personas negras en el pico de este invierno fueron mayores que las de los blancos en un 34 por ciento en las zonas rurales, en un 40 por ciento en las ciudades pequeñas o medianas, y en un 57 por ciento en las grandes ciudades y sus suburbios. La brecha racial era muy grande en las ciudades porque los habitantes blancos urbanos han muerto de COVID-19 en índices mucho menores que los blancos de las zonas rurales durante la mayor parte de la pandemia.

Stokes aseveró que los resultados demostraban que el hecho de que las personas vivieran en una gran ciudad o en un pueblo pequeño a veces estaba tan relacionado con su experiencia con la COVID-19 como con la parte del país en la que vivían. En el segundo año de la pandemia, que terminó en febrero de 2022, las zonas rurales del oeste, el sur y el noreste presentaron un aumento de los fallecimientos por COVID-19, a pesar de las grandes diferencias en las estrategias de contención de esas regiones.

“No basta con comparar a Massachusetts con Texas”, dijo Stokes. “Hay que analizar la zona rural de Massachusetts frente a la zona rural de Texas”.

De cara a la importante campaña de refuerzo de otoño, dijo Stokes, los resultados hablan de la necesidad de tener planes de vacunación mucho más proactivos y adaptados a los estadounidenses de raza negra, en especial los que viven en las zonas rurales. “Adoptar estrategias de vacunación equitativas requiere que vayamos más allá de solo ponerlas a disposición de la gente”, dijo.

Según Stokes, en las ciudades pequeñas y medianas y en las zonas rurales del sur, donde las políticas de protección eran escasas, la población negra presentó uno de los índices de mortalidad por COVID-19 más altos de todos los grupos raciales o étnicos de cualquier región en el segundo año de la pandemia.

Entre las víctimas mortales se encontraba Jackqueline Lowery, de 28 años, profesora de ciencias de secundaria y madre soltera de dos hijos en Darlington, Carolina del Sur, una ciudad de 6000 habitantes en su mayoría de raza negra. Después de dar a luz a un hijo, Lowery dudó en vacunarse porque le preocupaba (sin motivos) que la vacuna contaminaría su leche materna.

Cuando en septiembre llamó a una prima enfermera, Jessica Brigman, para decirle que se había enfermado, Brigman la instó a ir al médico, pero Lowery, quien padecía obesidad y diabetes gestacional, tenía otra prioridad: todavía no tenía un resultado positivo en la prueba del virus y lo necesitaba para poder recibir el pago por COVID-19 de su empresa. Mientras tanto, utilizaba sus valiosos días de incapacidad por enfermedad.

“Era la única proveedora de su hogar, tenía que pagar las cuentas y no iba a cobrar porque había perdido una semana completa de clases”, comentó Brigman sobre las preocupaciones de su prima. “Le decían, una y otra vez, que necesitaba una prueba de COVID-19 positiva”.

Para cuando obtuvo el resultado positivo de COVID-19, Lowery estaba hospitalizada, dijo Brigman. Una semana después, con la sangre coagulada cerca de los pulmones, falleció de COVID-19 mientras la trasladaban a un hospital mejor equipado de Carolina del Norte. Brigman recordó la ansiedad de su prima por conseguir la incapacidad por COVID-19 mientras se debilitaba.

“Ella pensaba: ‘Tengo que conseguir un resultado positivo, tengo que hacerme una prueba’”, narró Brigman. “Nunca se concentró en otra cosa”.

Por lo general, las personas que no son de raza blanca, con edades tempranas y en la mediana edad, son las que se enfrentan a las mayores desventajas a la hora de sobrevivir a la COVID-19, en parte debido a las diferencias en la carga de las enfermedades crónicas y los riesgos laborales.

En algunos lugares, incluso los avances en la vacunación de las comunidades no blancas han sido insuficientes.

En Minnesota, había más adultos de raza negra, hispana y asiática menores de 65 años vacunados que los habitantes blancos durante la primera oleada de la variante ómicron, según una investigación dirigida por Elizabeth Wrigley-Field, profesora adjunta de sociología de la Universidad de Minnesota; sin embargo, las personas de mediana edad que no eran blancas murieron con más frecuencia a causa de la COVID-19. En la población negra hubo el doble de muertes que en la blanca.

“La manera en que ahora los líderes políticos explican la pandemia consiste en gran medida en que la gente puede elegir su nivel de riesgo”, señaló Wrigley-Field; sin embargo, dijo que “el riesgo que corren los grupos sociales no va en consonancia con su vacunación. Está desvinculado de eso debido a todas las otras cosas en nuestra sociedad que ponen a algunas personas en mayor riesgo que otras”.

© 2022 The New York Times Company

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