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Clases de ballet dan algo de alivio a niñas ucranianas en medio de la guerra

Una clase de ballet en Járkiv, Ucrania, el 18 de marzo de 2024. (Foto AP/Efrem Lukatsky)

JÁRKIV, Ucrania (AP) — En un estudio de danza que sirve también de refugio antibombas en el noreste de Ucrania, las niñas practican en sus tutús rosados.

Mientras suena una música clásica, las niñas de 9 años brincan y se estiran. Ocasionalmente se portan mal, lo que provoca un reproche de la instructora, Marina Altukhova.

El Estudio de Ballet Princesa es un espacio espartano y sin ventanas debajo de un complejo residencial, pero al menos por una hora, la clase de ballet ofrece liviandad y distracción de los horrores cotidianos acaecidos en la ciudad nororiental de Járkiv.

Los recordatorios de la invasión rusa están por doquier: los edificios reducidos a escombros, las constantes sirenas de los vehículos de emergencia. Al practicar en un refugio subterráneo, las niñas pueden seguir bailando, incluso cuando suenan las alertas antiaéreas.

La propietaria del lugar, Yulia Voitina, ha hecho lo que puede para darle un tono ligero al lugar: zapatillas rosadas guindadas de la manilla de una puerta, un sillón para que los padres esperen cómodamente a sus hijas.

Altukhova instruye a las niñas a hacer un plié, y las aprendices doblan las rodillas contemplándose en el espejo para asegurarse de que lo hacen bien. Al compás de la música, también les enseña a estirar los pies y subir los brazos. Algunas pierden el equilibrio.

“Muy bien”, les dice.

La región de Járkiv atraviesa el frente de 1.000 kilómetros (620 millas), donde las fuerzas rusas y ucranianas llevan más de dos años enfrascadas en encarnizadas batallas.

Voitina administraba una cadena de estudios de ballet antes de la guerra, pero los cerró cuando huyó a buscar refugio en el oeste de Ucrania. Cuando regresó en marzo de 2023, se dio cuenta de que no tenía ni el dinero ni las alumnas para reabrirlos. Pero decidió mantener abierto a uno, aunque apenas si le da ganancia. Antes de la guerra tenía unas 300 alumnas y hoy en día tiene 20.

Sintió que tenía que hacerlo. “No hay nada para los niños en Járkiv. No hay escuelas ni kindergarten, los niños se la pasan en internet”, comentó. “Necesitan verter sus energías en algún lugar donde reciban emociones positivas. Y el ballet, en particular, es como una salvación para ellos”.

En toda Járkiv, los civiles están rearmando sus vidas de la mejor manera que pueden.

En la cercana Izium, prácticamente destruida tras meses de ocupación rusa, Hanna Tertyshna cuida su jardín. El frente de batalla no está lejos, pero ya está harta de estar desplazada, luego de huir de los rusos una vez. “Es totalmente impredecible”, dijo, “pero es bueno estar en casa. Los pájaros están trinando y los niños están jugando”.

A poca distancia, Evgeny Nepochatov contempla las ruinas de lo que una vez fue su casa. “Es tan triste”, es lo único que puede decir.