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Cisjordania, cada vez más ocupada por colonias judías promovidas por Israel

Givat Harel (Cisjordania), 20 mar (EFE).- Los pétalos blancos de los almendros recién floreados alfombran los terrenos rurales de olivos añejos en Cisjordania ocupada. Un bucólico paisaje que contrasta con la guerra, cada vez más sangrienta y desigual, entre israelíes y palestinos por esta tierra en eterna disputa.

El Gobierno de Benjamín Netanyahu -el más derechista de la historia de Israel con ministros colonos y antiárabes- ha movilizado todo su aparato para acaparar cada vez más territorio cisjordano: recientemente aprobó la legitimación de nueve asentamientos ilegales, dio luz verde a más de 7.000 nuevas viviendas y tramita la derogación de la Ley de Retirada, que ordena la evacuación de cuatro colonias israelíes en Cisjordania.

La ONU y la comunidad internacional consideran ilegales todas las colonias levantadas en territorio ocupado, la mayoría de ellas con autorización de Israel, pero algunas son consideradas irregulares incluso bajo su legislación. Pero el nuevo gobierno se ha propuesto legalizarlas todas.

La Autoridad Nacional Palestina (ANP) advirtió que esto llevará a “una peligrosa escalada” y llamó a sus habitantes a la “resistencia popular”, en un momento en que los ataques entre colonos y palestinos son cada vez más brutales y mortíferos.

"Todo esto es parte de la tierra de Israel. Mi presencia aquí tiene menos que ver con una visión religiosa que con mi carácter sionista”, asegura Shvutya Levi, una ceramista que vive desde hace 25 años en Givat Harel, una de las nueve colonias ilegales en Cisjordania que Israel oficializará, en represalia por varios ataques palestinos en enero.

A medio camino entre las ciudades palestinas de Nablus y Ramala, junto a imponentes viñedos, una sonriente Levi se entusiasma al pensar en la vida que tendrá junto a otras cien familias, cuando el Gobierno israelí instale todos los servicios y mejore las infraestructuras de esta colonia de casitas pintorescas, considerada ilegal por Israel hasta hace escasos meses.

Pero en el contiguo poblado palestino de Ofra, bajo una carpa tapizada con alfombras árabes, Udeh Awad, de 66 años, frunce el ceño mientras toma café y explica que sus vecinos organizan patrullajes nocturnos para defenderse de ataques colonos: “O vivimos en nuestra tierra con dignidad o moriremos por nuestra tierra con dignidad. Pondremos el cuerpo y que dios nos proteja”.

Hace un mes, colonos enmascarados irrumpieron con palos en su ranchería para romper ventanas, paneles solares y quemar autos, denuncia Awad. También se han ido apropiando de más del 30 % de sus tierras agrícolas privadas, mataron a tiros a su hermano en 1988 y arrancan constantemente sus olivos.

Las autoridades israelíes, indiferentes a estos ataques, han demolido cuatro veces su gallinero argumentando que no tiene permiso para construir ninguna estructura suplementaria en su propio patio.

GUERRA SILENCIOSA

Desde fuera la comunidad internacional reprueba la extensión de asentamientos y la demolición de propiedades palestinas, y condena la violencia de ambas partes; mientras la solución de dos Estados se hace cada vez menos factible para este conflicto que degeneró en una de las ocupaciones más largas del mundo.

Los habitantes de la campaña cisjordana, palestinos o israelíes, coinciden en una sola cosa: la vida en esa tierra de lavandas y amapolas rojas es “una guerra silenciosa”, “una guerra sin balas”, “una guerra civil”. Una guerra.

Un conflicto por la tierra que se eterniza ante la ausencia de fronteras claras.

La llamada “línea verde” es el límite de armisticio que israelíes y sus vecinos acordaron en 1949, tras la primera Guerra Árabe-Israelí. Esta frontera, que no incluye a Cisjordania, es reconocida internacionalmente y se ha utilizado en la mayoría de los intentos de paz.

Pero la línea no aparece en el mapa oficial de Israel, que se adjudica todos los territorios palestinos, siguiendo las líneas de alto el fuego de la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando acaparó un vasto territorio a su alrededor.

La ANP afirma que toda el área sobre la “línea verde” -Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este- debe formar parte de un Estado palestino independiente, postura que respalda casi toda la comunidad internacional, mientras Israel sostiene que esa antigua linde caducó.

Estas fronteras contradictorias, siempre tentativas a la espera de una negociación definitiva que no llega, se han ido borrando no solo en la cartografía sino en la realidad: Israel controla militar o administrativamente la mayoría del territorio cisjordano, convertido en un caótico mosaico de poblados judíos y palestinos desconectados entre sí.

De los más de 3 millones de habitantes de Cisjordania, incluido Jerusalén Este, el 14% (más de medio millón) son colonos judíos que viven en 132 asentamientos reconocidos por Israel y otros 147 ilegales, según Peace Now, una reconocida ONG israelí.

En esa misma área Israel ha demolido más de 9.400 estructuras palestinas, provocando el desplazamiento forzado de más de 13.500 personas en los últimos 14 años, según OCHA, la oficina de la ONU para Asuntos Humanitarios. En el mismo lapso y terreno, 828 palestinos y 211 israelíes han muerto por el conflicto.

Yemeli Ortega

(c) Agencia EFE