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Los científicos que se aplican sus vacunas caseras contra el coronavirus

El científico especializado en el genoma humano Preston Estep, residente del área de Boston que funge como científico jefe y cofundador de Rapid Deployment Vaccine Collaborative (RaDVaC), se prepara para administrarse la octava versión de una vacuna de péptidos en Massachusetts, el 20 de agosto de 2020. (Kayana Szymczak/The New York Times)
El científico especializado en el genoma humano Preston Estep, residente del área de Boston que funge como científico jefe y cofundador de Rapid Deployment Vaccine Collaborative (RaDVaC), se prepara para administrarse la octava versión de una vacuna de péptidos en Massachusetts, el 20 de agosto de 2020. (Kayana Szymczak/The New York Times)

En abril, más de tres meses antes de que cualquiera de las vacunas contra el coronavirus iniciara la etapa de estudios clínicos amplios, el alcalde de una ciudad ubicada en una pintoresca isla del noroeste del Pacífico invitó a un amigo microbiólogo a vacunarlo.

El intercambio ocurrió en la página de Facebook del alcalde, para horror de varios residentes del lugar, Friday Harbor, que la seguían.

¿¿¿¿Quieres que vaya para que empecemos con tu vacuna????” escribió Johnny Stine, quien encabeza North Coast Biologics, una empresa biotecnológica de Seattle dedicada al estudio de anticuerpos. “No te preocupes, soy inmune. Me he aplicado cinco veces mi vacuna”.

“Suena bien”, escribió Farhad Ghatan, el alcalde, después de hacer algunas preguntas más.

Varios residentes expresaron escepticismo durante el intercambio. El alcalde rebatió a todos y defendió a su amigo de 25 años, argumentando que es “un científico farmacéutico de primera línea”. Cuando los residentes expresaron otras inquietudes, tanto sobre la preparación de Stine como sobre la injusticia de alentarlo a visitar la isla de San Juan a pesar de las restricciones impuestas a los viajes, Stine lanzó insultos vulgares (el más “geek” y menos soez: “Espero que las células epiteliales de tus pulmones expresen de más receptores ACE2 para que mueras más expeditamente de nCoV19”).

Varios residentes reportaron el incidente a distintas agencias policiacas y de regulación. En junio, el fiscal general de Washington promovió juicio en contra de Stine no solo por hacer afirmaciones sin fundamento para convencer al alcalde, sino también por administrarles a alrededor de 30 personas su vacuna, que no ha sido probada, y cobrarle a cada una 400 dólares. En mayo, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos envió una carta en la que le advertía a Stine que dejara de hacer declaraciones “engañosas” sobre su producto.

Aunque sus tácticas de promoción sí eran inusuales, Stine no era en absoluto el único caso de un científico que se dedicó a crear una vacuna experimental contra el coronavirus para sí mismo, su familia, amigos y otras partes interesadas. Decenas de científicos de todo tipo de afiliaciones por todo el mundo lo han hecho, con métodos de lo más variados y un amplio rango de afirmaciones.

El grupo con colaboradores más impresionantes es Rapid Deployment Vaccine Collaborative, o RaDVaC, que cuenta con el famoso genetista de Harvard George Church en su lista de 23 colaboradores. (Sin embargo, la investigación no se realiza en el campus de Harvard: “Aunque el laboratorio del profesor Church trabaja en varios proyectos de investigación relacionados con la COVID-19, le ha dicho a la facultad de Medicina de Harvard que el trabajo relacionado con la vacuna de RaDVaC no se realiza en su laboratorio”, señaló una vocera de la facultad de Medicina de la Universidad de Harvard).

Con todo, los críticos afirman que, aunque sus intenciones sean muy buenas, no es probable que estos científicos hagan un descubrimiento útil porque sus vacunas no se someten a la verdadera prueba de estudios aleatorios ni tienen controles con placebos. Peor aún, estas vacunas podrían causarles distintos tipos de daños a las personas, desde acciones inmunitarias severas y otros efectos secundarios hasta hacerles sentir que están protegidas, sin ser así.

“Póntela y nadie va a poder hacer mucho al respecto”, opinó Jeffrey Kahn, director del Instituto de Bioética Johns Hopkins Berman. Pero si empiezas a alentar a otros a probar una vacuna que no se ha probado, “vamos de vuelta a la época de medicinas de patente y curanderismo”, comentó, en referencia a los años en que era común la venta de remedios que hacían promesas sensacionales pero engañosas.

‘Nosotros somos los animales’

Farhad Ghatan, alcalce de Friday Harbor, Washington, en la isla San Juan del estado, el 28 de agosto de 2020, aceptó la oferta de una vacuna contra el coronavirus que le hizo un amigo propietario de una empresa biotecnológicoa de Seattle. (Jovelle Tamayo/The New York Times)
Farhad Ghatan, alcalce de Friday Harbor, Washington, en la isla San Juan del estado, el 28 de agosto de 2020, aceptó la oferta de una vacuna contra el coronavirus que le hizo un amigo propietario de una empresa biotecnológicoa de Seattle. (Jovelle Tamayo/The New York Times)

El grupo RaDVac que trabaja en una vacuna y cuya existencia se dio a conocer en la revista MIT Technology Review, se diferencia del proyecto de Stine en dos aspectos muy importantes. Ninguno de los involucrados planea cobrar por la vacuna. Además, a diferencia de las diatribas de Stine plagadas de expletivos en Facebook, RaDVaC preparó un documento científico de 59 páginas en el que explica cómo funciona la vacuna y orienta a otros que quieran trabajar con su fórmula.

“El documento oficial es impresionante”, aseveró Avery August, inmunólogo de la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York, que no está involucrado con RaDVaC.

No obstante, el ímpetu de ambos proyectos es similar. En marzo, Preston Estep, científico investigador del genoma humano y residente del área de Boston, leía sobre los muertos a causa de la pandemia y prometió no quedarse cómodamente al margen. Escribió un correo electrónico dirigido a algunos químicos, biólogos, profesores y doctores que conocía para averiguar si alguno estaba interesado en crear su propia vacuna. Pronto habían diseñado una fórmula para elaborar una vacuna de péptido que podía administrarse con un atomizador en la nariz.

“Es muy sencilla”, explicó Estep. “Consta de cinco ingredientes que podrías mezclar en un consultorio médico”.

El ingrediente principal son pequeños pedazos de proteínas virales, o péptidos, que los científicos ordenaron en línea. Si todo funciona bien, los péptidos entrenan al sistema inmunitario para que se defienda del coronavirus, aunque no esté presente ningún virus real.

A finales de abril, Estep se reunió con varios colaboradores en un laboratorio, donde mezclaron la poción y la atomizaron en sus fosas nasales. Church, mentor de tiempo atrás de Estep, dijo que se la aplicó a solas en su baño para respetar las precauciones de distanciamiento social.

Poco después, Estep le aplicó la vacuna a su hijo de 23 años y otros colaboradores también la compartieron con sus familiares. Hasta ahora, el peor síntoma que alguien ha reportado ha sido nariz congestionada y un ligero dolor de cabeza, dijo Estep. Más adelante, eliminó algunos péptidos y añadió otros para refinar la receta conforme se fueron dando a conocer investigaciones sobre el coronavirus. Hasta este momento, ha aplicado ocho versiones de la vacuna en su nariz.

Por lo regular, el desarrollo de un fármaco comienza con estudios en roedores u otros animales. Para RaDVaC, señaló Estep, “nosotros somos los animales”.

Pero sin estudios clínicos rigurosos, indicó August, no se puede saber con certeza si la vacuna es segura o efectiva. Comentó que teme que, debido al prestigio de los científicos, algunos crean lo contrario.

Vacuna a través de Facebook

En la historia ha habido varios casos de científicos que abiertamente probaron vacunas en sí mismos y en sus hijos, pero en décadas recientes ha sido menos común, según Susan E. Lederer, historiadora médica de la Universidad de Wisconsin-Madison. Las normas que marcan qué es aceptable ética y legalmente para probar y distribuir tu propio producto médico varían de una institución a otra y de un país a otro.

En agosto, el Instituto de Investigación Científica para Problemas de Seguridad Biológica, una institución gubernamental en Kazajistán, anunció que siete empleados habían sido las primeras personas en probar la vacuna contra la COVID-19 que estaban desarrollando. Investigadores rusos y chinos que forman parte de instituciones académicas han hecho anuncios similares durante la pandemia.

El problema con el producto de Stine, según el fiscal general Bob Ferguson de Washington, no es que lo haya tomado. Es que haya “vendido esta supuesta vacuna a residentes de Washington que están asustados y más dispuestos a buscar una cura milagrosa durante una pandemia mundial”, subrayó Ferguson en un comunicado. El procedimiento también cita que las afirmaciones de Stine carecen de fundamento en cuanto a su seguridad o eficacia.

En marzo, unos cuantos meses después del anuncio de que se había vacunado, al igual que a sus dos hijos adolescentes, publicó un anuncio en la página de Facebook de North Coast Biologics. Stine dijo en una entrevista que, gracias a sus décadas de trabajo con anticuerpos, sabía que fabricar una vacuna sería “de lo más fácil”.

Describió una tarea que sonaba muy parecida a algo escrito en libretos para Hollywood que nunca lograron concretarse en una película. Fabrica anticuerpos que pueden emplearse contra distintos patógenos y los vende a empresas que pueden utilizarlos para desarrollar fármacos, pero es posible que no lo hagan. Según se indica en el juicio promovido por el fiscal general de Washington, la compañía de Stine fue objeto de una disolución administrativa en 2012.

Para hacer esta vacuna, utilizó una secuencia genética de la proteína puntiaguda del exterior del coronavirus a fin de hacer una versión sintética. La colocó en una solución salina, se inyectó apenas debajo de la superficie de la piel del brazo y después se aplicó una prueba de valoración para identificar anticuerpos en su torrente sanguíneo. “Me llevó doce días desde descargar la secuencia hasta salir positivo en la prueba de valoración”, afirmó.

En su anuncio de Facebook, decía que había quedado inmune al virus y le ofrecía a “cualquier interesado” la oportunidad de “pagar 400 dólares/persona”.

Un acuerdo al que a fin de cuentas llegó Stine con la fiscalía estipula que debe reembolsarles el dinero a las 30 personas que recibieron su vacuna.

Stine dice que su vacuna es similar a una vacuna recombinante que está desarrollando la Universidad de Pittsburgh en Pensilvania. También afirma que una aplicación no solo protege a las personas del virus, sino que también funciona como tratamiento para quienes ya padecen la enfermedad. Louis Falo, investigador principal del proyecto desarrollado en la Universidad de Pittsburgh, dijo que no cree que la vacuna de Stine pueda ser segura ni efectiva con base en su método de realización. Aunque lo fuera, señaló, no es probable que ayude a las personas que ya están enfermas.

El alcalde de Friday Harbor mencionó que se arrepiente de haber respondido el mensaje de Stine en su muro de Facebook en vez de hacerlo por mensaje privado, mas no ve por qué debería pedir disculpas por aceptar la fórmula de su amigo de manera gratuita. “Prefiero tener la oportunidad de contar con cierta protección en lugar de no tener ningún tipo de protección y solo seguir esperando”, comentó Ghatan.

Aseguró que por el momento han preferido no reunirse debido a la controversia. Pero dice que se vacunará si vuelve a tener oportunidad de hacerlo.

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This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company