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La catedral francesa de San Dionisio, nacimiento del gótico en el mundo

La catedral de San Dionisio (Saint-Denis, en francés) es probablemente la más importante de Francia y, sin lugar a dudas, una de las más relevantes de Europa. Lo es porque con ella nació un estilo que marcó el arte medieval europeo durante siglos por convertirse en la obra experimental para el nacimiento del gótico, un estilo que terminará por extenderse al resto del continente definiendo prácticamente la arquitectura, la pintura y la escultura a partir del siglo XII.

También lo es porque ese templo mayor del cristianismo, sito en las afueras de París, a unos 10 km del centro de la capital, fue la necrópolis en que se enterraron 42 reyes de Francia, 32 reinas, 63 príncipes y princesas, así como 10 personalidades del Reino. Fue Dagoberto, rey de los francos, quien fundó la primera abadía de Saint-Denis, razón por la cual fue enterrado allí tras su muerte en 639 d.C. Los monjes quisieron rendirle homenaje siglos después y construyeron en el siglo XIII la tumba monumental que, en estilo gótico, podemos ver hoy entre las de su esposa Nantilda y su hijo Clodoveo II.

Tumbas de Clodoveo I y Childiberto I, su hijo. Fotos cortesía/William Navarrete
Tumbas de Clodoveo I y Childiberto I, su hijo. Fotos cortesía/William Navarrete

A pesar de que la Catedral se encuentra a poca distancia de la capital y de que la línea 13 del metro tiene una estación a dos manzanas de donde se encuentra, hacía muchos años que no la visitaba. La ciudad de Saint-Denis, limítrofe con París, es un municipio independiente de la región de Ile-de-France (Isla de Francia).

Desde la década de 1920 el sitio se convirtió en un barrio de emigrantes, siendo los españoles exiliados durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), los primeros en instalarse en la zona que aún hoy se llama Cristino García o Pequeña España, muy cerca de donde se construyó luego el Estadio de Francia. También llegan polacos, armenios, judíos de Europa del Este, portugueses e italianos, todos entre las dos guerras mundiales huyendo de dictaduras y persecuciones, y atraídos por el auge del sector industrial en este suburbio de la megalópolis parisina. Luego, a partir de 1964, tras los procesos de descolonización africana Saint-Denis se convirtió en el sitio de mayor presencia de extranjeros en Francia, siendo hoy en día las poblaciones africanas (tanto del norte como al sur del Sahara) y la portuguesa las que predominan.

Rosetón del transepto. Fotos cortesía/William Navarrete
Rosetón del transepto. Fotos cortesía/William Navarrete

Saint-Denis ha ido adquiriendo con el tiempo notoriedad como zona poco segura, de modo que, el parisino de hoy considera que, exceptuando una rápida visita a la Catedral, no vale la pena llegarse hasta allí. El municipio ha sido, además, desde hace más de cinco décadas, uno de los bastiones electorales del casi extinto Partido Comunista francés hasta que en 2020 un alcalde comunista dejara su puesto a otro socialista.

El caso es que, recientemente, realizando una investigación de terreno sobre la presencia de portugueses en este municipio, visité la famosa Catedral. Lo primero que me llamó la atención fueron las obras que se llevan a cabo en este momento en el lugar de la torre campanario norte del edificio desmontada desde mediados del siglo XIX cuando una tempestad fragilizó la estructura. Su reconstrucción total y de la flecha está prevista para el 2028, pero las excavaciones arqueológicas realizadas para fijar sus cimientos dejaron al descubierto más de 60 sarcófagos, la mayoría merovingios, que datan de los siglos V al VII.

Se trata en muchos casos de sepulcros de la primera iglesia que fue dedicada a san Dionisio, un obispo misionario martirizado en el año 250 y junto a Santa Genoveva, y quien es patrón de la capital francesa.

Fue el abate Suger quien, a partir de 1140, lanzó las primeras grandes transformaciones de la antigua abadía que la dotaron de su configuración actual. Las obras se extendieron hasta el 1144 convirtiéndola en obra maestra del primer gótico, completamente terminada ya bajo el reinado de los Capetos, aunque no tuvo rango de Catedral hasta 1966.

Monumento funerario de Luis XII y Ana de Bretaña. Fotos cortesía/William Navarrete
Monumento funerario de Luis XII y Ana de Bretaña. Fotos cortesía/William Navarrete

La visita debe realizarse en dos tiempos. Primero, concentrándose en los elementos propios del gótico a partir del tímpano central que representa una escena del Juicio Final y el del pórtico Sur la última comunión de san Dionisio. Apenas atravesamos el nártex observaremos las estructuras de bóvedas de crucería típicas del gótico y, una vez frente a la gran nave central la sensación de elevación que procura el estilo recién estrenado y que servirá de inspiración para la construcción de las catedrales de Chartres, Meaux y Senlís. El deambulatorio y las capillas radiantes del coro datan de la época de Suger. Y los pórticos laterales también debe ser visitados.

Por otra parte, es posible admirar los vitrales góticos más antiguos del mundo, aunque solo hayan sobrevivido unos diez, aunque incompletos ya que algunos paneles fueron desperdigados durante las revueltas posteriores a 1789.

En un segundo tiempo, debemos focalizarnos en la gran cantidad de tumbas y conjuntos funerarios, muchos de éstos con sus esculturas de yacientes que representaban todo el cuerpo del difunto con los ojos abiertos. Auténtico museo de la escultura, la abadía acogió todos estos sarcófagos antes que la revolución de 1789 nacionalizara los bienes de la Iglesia, y los revolucionarios provocaran verdaderos estragos en 1793 con la dispersión de muchas de las osamentas de los nobles enterrados.

Esculturas conmemorativas de Luis XVI y María Antonieta de Austria. Fotos cortesía/William Navarrete
Esculturas conmemorativas de Luis XVI y María Antonieta de Austria. Fotos cortesía/William Navarrete

En total hay 79 yacientes repartidos entre las naves laterales, el coro, el deambulatorio y la cripta. Catorce de ellos fueron encargados en el siglo XIII por San Luis, rey de Francia, con miras a realzar la dinastía merovingia de la cual los Capetos se consideraban herederos. Sobresalen los de Clodoveo (primer rey cristiano de Francia), Bertha (conocida como “Pies Grandes”), Pepino el Breve, Luis VI el Gordo, entre otros. Le siguen los de Felipe IV el Hermoso, Carlos VI, Isabeau de Baviera, Charles Martes, Carlos de Anjou, Francisco I y muchos más, casi todos decorados a sus pies con leones o perros de mármol, símbolos de fuerza y fidelidad.

Ceneotafio de Luis XVII, el hijo malogrado de Luis XVI. Fotos cortesía/William Navarrete
Ceneotafio de Luis XVII, el hijo malogrado de Luis XVI. Fotos cortesía/William Navarrete

Son también de exquisita factura las tumbas renacentistas como las de Luis XII y Ana de Bretaña, Enrique II, Catalina de Médicis o el caballero Du Guesclin, condestable de Francia quien murió, dicen, por tomar agua muy fría en 1380. En la cripta puede verse la capilla de los Borbones con cenotafios del siglo XIX, así como el corazón de Luis XVII. Fue en 1817, con la Restauración, que Luis XVIII ordenó que se trasladaran a este sitio los cuerpos de los desgraciados Luis XVI y María Antonieta, guillotinados durante la Revolución. El último rey inhumado en la basílica fue el propio Luis XVIII quien también creó el osario de los reyes, para reunir todos los huesos dispersos y profanados por los revolucionarios en 1789.

Yaciente de Bertrand du Guesclin, condestable de Francia. Fotos cortesía/William Navarrete
Yaciente de Bertrand du Guesclin, condestable de Francia. Fotos cortesía/William Navarrete

Vale la pena visitar también el Tesoro, en donde se conservan y exhiben piezas muy valiosas como el trono de Dagoberto, el águila de Suger, un juego de ajedrez de Carlomagno, el cetro de Carlos V, entre otras enseñas reales, piezas de orfebrería medieval, camafeos y ornamentos.

Saliendo de la Catedral, frente al Museo de la Legión de Honor y un agradable parque, dos restaurantes (Les Arts y Le Mets du Roy) ofrecen un menú de cocina francesa, ideal para completar la visita al monumento, antes de tomar el metro que le llevará de regreso a París.

William Navarrete es un escritor franco-cubano establecido en París.