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En un campamento fronterizo atestado en México, se respira frustración y esperanzas rotas

Migrantes se reúnen junto al muro fronterizo del otro lado de El Paso, Texas, desde Ciudad Juárez, México, el martes 27 de diciembre de 2022. (Paul Ratje/The New York Times)
Migrantes se reúnen junto al muro fronterizo del otro lado de El Paso, Texas, desde Ciudad Juárez, México, el martes 27 de diciembre de 2022. (Paul Ratje/The New York Times)

REYNOSA, México — A medida que el sol caía en una ciudad campamento improvisada en México a menos de 1,5 kilómetros del río Bravo el martes, cientos de migrantes se reunieron para compartir la noticia que habían estado temiendo: su espera para cruzar la frontera cercana hacia Estados Unidos se había hecho más larga, larga de manera indefinida.

La información de que la Corte Suprema de Estados Unidos había extendido una política sanitaria que lleva casi dos años en vigor y prácticamente ha cerrado la frontera para muchos migrantes se dispersó por el campamento, lo que dejó esperanzas rotas y una profunda decepción. Roodline Pierre, de 28 años, que estaba entre un gran número de haitianos reunidos alrededor de sus celulares, sacudió su cabeza mientras describía cómo había escapado de una lista larga de dificultades en Haití con su esposa y su hija de 14 meses. Pierre comentó: “No podemos regresar. Abandonamos todo para estar aquí”.

En un breve fallo la tarde del martes, la Corte Suprema bloqueó de manera indefinida una orden previa de la corte que habría levantado la política conocida como Título 42 y le habría permitido a miles de migrantes dirigirse a un puerto de entrada estadounidense y solicitar asilo en Estados Unidos.

La política, que según funcionarios estadounidenses ya no es necesaria para proteger al país contra el coronavirus, permite la expulsión rápida de muchos migrantes que cruzan la frontera sin autorización, y grandes cantidades han estado esperando en México la terminación de la política. En cambio, esta podría mantenerse en vigor durante varios meses más.

Pierre señaló las condiciones paupérrimas a su alrededor. Las personas cocinaban carne en parrillas oxidadas y pilas de leña. Los niños ingresaban y salían de tiendas de campaña a lo largo de la calle. Había desechos y artículos de higiene personal usados esparcidos en un lote de tierra vacío.

Agregó: “Estas no son condiciones para los niños. Ninguna persona debería vivir así. Queremos una vida mejor y ahora estamos varados aquí durante mucho tiempo más”. La política no tiene sentido, indicó Pierre. Manifestó que si a las autoridades estadounidenses les preocupa tanto que la gente lleve la COVID-19 hacia Estados Unidos, ¿por qué no le hacen una prueba a cada persona y permiten que los no contagiados soliciten asilo?

Una línea de hombres, mujeres y niños se había formado afuera de un refugio cercano, Senda de Vida, que tiene un enorme mural de un hombre caminando entre dos banderas, la de México y la de Estados Unidos. La mayoría de los albergues a lo largo de la frontera han llegado a su capacidad máxima y aquellos que no pueden ingresar han tenido que encontrar otros lugares para dormir. Daisy Rezino, de 26 años, que llegó de Guatemala una semana antes con sus dos hijas pequeñas, se alejó de la fila creciente, decepcionada.

Migrantes caminan a lo largo de la frontera donde militares de la Guardia Nacional de Texas instalaron una cerca, como parte de una "fuerza fronteriza de contingencia", vista desde Ciudad Juárez, México, el martes 27 de diciembre de 2022. (Paul Ratje/The New York Times)
Migrantes caminan a lo largo de la frontera donde militares de la Guardia Nacional de Texas instalaron una cerca, como parte de una "fuerza fronteriza de contingencia", vista desde Ciudad Juárez, México, el martes 27 de diciembre de 2022. (Paul Ratje/The New York Times)

Sus dos niñas se acurrucaron con ella para soportar los vientos fríos que trajo la noche.

Después, la mujer mencionó: “No hay espacio para más gente ahí. Vamos a tener que dormir aquí afuera”.

Rezino también había esperado noticias más positivas. No estaba segura si los migrantes de Guatemala serían rechazados en la frontera con el Título 42 en vigor, pero tenía miedo de intentarlo y enfrentar una posible deportación.

Además, señaló: “Experimentamos muchas adversidades para llegar aquí. No entiendo por qué nos tratan de esta manera. Si tan solo vieran las condiciones en las que tenemos que dormir aquí, sin alimentos y sin techo”.

Rezino y otros migrantes aseguraron que las temperaturas frías extremas se volvieron especialmente difíciles durante la Navidad, en particular por la noche. Sin embargo, pese al alza de temperaturas a partir del martes, muchos de los migrantes que acampaban al aire libre aseveraron que estaban decididos a quedarse tanto tiempo como fuera necesario.

Para algunos, como Mario Vazquez, de 57 años, y su amigo Jose Lopez, de 33 años, ambos de Honduras, regresar a casa ya no era una opción. Ambos hombres vendieron la mayoría de sus pertenencias para cubrir los gastos del viaje a la frontera. Junto a sus familiares, habían estado durmiendo durante las dos últimas semanas en tiendas de campaña hechas con sábanas y otros materiales rudimentarios.

Se quedaron en silencio durante varios minutos después de enterarse de que su oportunidad de cruzar y presentar su caso ante un juez de asilo había sido pospuesta de manera indefinida.

Los hombres relataron que deseaban trabajar en Estados Unidos, donde familiares los esperaban, y no serían una carga. Sin embargo, su petición parecía estar fuera de su control.

Vazquez expresó: “Quería cruzar a Estados Unidos. Pero cruzaremos cuando Dios nos permita cruzar. Todo está en sus manos”.

Lopez metió las manos a sus bolsillos e inclinó la cabeza para mostrar que estaba de acuerdo.

© 2022 The New York Times Company