Todos los caminos del cerebro conducen al claustro

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A diferencia de otras zonas del cerebro con nombres célebres como el hipocampo y la amígdala, el claustro no ha forjado todavía su reputación en nuestro imaginario cultural.

Con aspecto de fina hoja de cerezo, se halla en las profundidades del cerebro, enclaustrado entre el putamen y la ínsula. Desde allí, desempeña una función relacional clave: es el nodo más conectado del sistema nervioso humano, nexo crucial en el denso entramado de neuronas que es el cerebro. Igual que los pasillos de un monasterio desembocan en el amplio patio rodeado por arcos, todos los senderos cerebrales confluyen en el claustro.

Un nodo de comunicación

De las neuronas de nuestra sesera emergen largos “brazos” (axones) a través de los cuales se comunican con otras compañeras desde la distancia. La comunicación entre áreas remotas es esencial para el funcionamiento del cerebro. Es más, una comunicación cerebral descoordinada es causa de enfermedades neurodegenerativas y psiquiátricas.

En este contexto, la enorme capacidad del claustro para divulgar sus mensajes a áreas distantes lo convierten en un extraordinario candidato a director de la orquesta del cerebro.

Este enclave sorprendió al mismísimo Francis Crick, premio Nobel por el descubrimiento de la estructura del ADN, que en los últimos años de su investigación aseguraba sentirse fascinado por la capacidad de interconexión del claustro. Llegó a sugerir que el claustro era el núcleo cerebral de la conciencia.

Al investigar empíricamente esta propuesta se observó que alterar repentinamente la actividad del claustro generaba una pérdida de conciencia que podía revertirse al cesar la perturbación.

Otros estudios han planteado que el claustro se encarga de integrar información proveniente de diferentes sentidos, como la vista y el oído, ayudando así a construir una percepción cohesiva y unificada.

Una tercera propuesta sugiere que el claustro filtra la información relevante proveniente del mundo exterior, guiando así nuestra atención allá donde es requerida.

A pesar de las múltiples propuestas sobre la labor del claustro, hasta el momento, el único consenso es que su función principal nos es todavía desconocida.

¿Dan pistas las lesiones del claustro?

En contraste, conocemos al hipocampo como guardián de la memoria y a la amígdala como cuna de las emociones y, en particular, del miedo. Y lo tenemos tan claro a partir del estudio de pacientes que padecen lesiones específicas a estas áreas.

El nombre propio más conocido de las neurociencias es probablemente el de Henry Molaison (HM), el paciente cuyo hipocampo fue extirpado para curar la devastadora epilepsia que padecía. Aunque HM dejara de sufrir ataques epilépticos tras la intervención, perdió a su vez la capacidad de crear nuevos recuerdos. La memoria de HM se detuvo a los 27 años de edad que tenía antes de la intervención y no consiguió recordar ni un solo día de los que pasó tratando de recuperarse, primero de su operación y, después, de su amnesia.

Otras iniciales populares en neurociencias son las de la paciente SM, que, como consecuencia de la enfermedad Urbach-Wiethe, perdió no solo su amígdala, sino también su habilidad de sentir miedo. Tras su enfermedad, SM era misteriosamente capaz de acariciar arañas y besar serpientes sin vacilar, así como de ver películas como “El Silencio de los Corderos” sin siquiera pestañear.

Pero, ¿y el claustro? ¿Podemos entender para qué sirve estudiando a pacientes sin claustro? ¿Perciben, quizás, el mundo de manera desintegrada y desorganizada? La fina y alargada forma del claustro, así como su confinamiento entre estructuras adyacentes, hacen que lesiones específicas de esta área sean infrecuentes. No obstante, un estudio reciente trató de documentar los casos que, hasta el día de hoy, han descrito a pacientes con lesiones del claustro.

A diferencia de la reveladora sintomatología de HM y SM, los pacientes con lesiones del claustro padecen síntomas dispares y heterogéneos. Más de uno sufre del Síndrome de Cotard, una condición neuropsiquiátrica que afecta a poco más de un centenar de personas en el mundo. Consiste en desarrollar la creencia de haber muerto, estar en descomposición o haber perdido órganos internos.

Pacientes con el claustro dañado muestran también delirios con temáticas religiosas y amorosas. Además, varios pacientes con lesiones del claustro muestran alteraciones en sus patrones de sueño, desorientación y pérdidas espontáneas de conciencia. Alterar la actividad neuronal del claustro parece generar, también, sensaciones de dolor y quemazón.

En mamíferos, pájaros y reptiles

A pesar de los esfuerzos de este estudio, la función principal del claustro se nos escapa todavía. No obstante, sabemos que esta estructura ha sido preservada a lo largo de la evolución, lo cual indica que debe contribuir a alguna función vital. De hecho, todos los mamíferos tienen claustro, y homólogos del mismo existen también en pájaros y reptiles.

Común a todos estos claustros evolutivamente diversos es su abundante conectividad con otras áreas cerebrales. Gracias a esta vital propiedad, el claustro pudo haber surgido como estructura de coordinación de procesos fundamentales y evolutivamente antiguos, como es el sueño, en especies como reptiles y pájaros. En mamíferos, la conectividad del claustro y su emplazamiento como nodo de múltiples redes cerebrales podrían haber sido aprovechados por otros sistemas cerebrales, por ejemplo los que regulan procesos cognitivos como la percepción y la atención.

Quizás, gracias a la protección otorgada por su enclaustramiento y a sus densas conexiones con otras áreas, el claustro se presta a ser utilizado por varios sistemas cerebrales para ejercer diversas funciones. Eso explicaría por qué se manifiesta en observaciones empíricas dispares y difíciles de interpretar.

Mientras su multifuncionalidad del claustro se va esclareciendo, la aparente monofuncionalidad de otras áreas cerebrales como el hipocampo y la amígdala comienza a ser cuestionada.

Este artículo fue finalista en la II edición del certamen de divulgación joven organizado por la Fundación Lilly y The Conversation España.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Irene Echeverria Altuna no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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