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El califato de Córdoba es un sueño inalcanzable


Hace poco visitamos la mezquita, la catedral y la sinagoga de Córdoba, España, y disfrutamos de lo que los árabes llaman Al-Ándalus, y el resto del mundo, Andalucía. Este rincón de Europa, otrora califato de Córdoba, estuvo gobernado por califas musulmanes desde el año 711 hasta 1236, una época en la que judíos, musulmanes y cristianos vivían en armonía bajo el dominio árabe.

Una de las razones clave de su coexistencia pacífica en el califato de Córdoba fue la armonía social y la tolerancia que fomentaban los gobernantes árabes. Los califas reconocieron la importancia de mantener una sociedad estable y próspera acogiendo la diversidad. Fomentaron el diálogo interreligioso y garantizaron la protección de las minorías religiosas, incluidos judíos y cristianos.

Esto se consiguió mediante el Pacto de Umar, un conjunto de directrices para los no musulmanes que les concedía libertad religiosa, el derecho a practicar su fe y la protección de sus propiedades. Esta política permitió que convivieran todos los credos del “Libro”, contribuyendo a una sociedad pujante y multicultural. Los califas también nombraron a funcionarios judíos y cristianos en cargos administrativos, demostrando así su compromiso con la inclusión y el gobierno compartido.

El califato de Córdoba fue famoso por sus logros intelectuales y culturales, muy influidos por la coexistencia de judíos, musulmanes y cristianos. Los califas crearon bibliotecas, centros de traducción y academias que atraían a eruditos de diversas religiones. Estas instituciones se convirtieron en centros de intercambio intelectual, donde los eruditos participaban en debates, traducían textos antiguos y avanzaban en el conocimiento de diversos campos.

EL CALIFATO DE CÓRDOBA EN LA FILOSOFÍA, LA MEDICINA Y LAS MATEMÁTICAS

Eruditos judíos como Moisés Maimónides hicieron importantes contribuciones a la filosofía, la medicina y las matemáticas durante este periodo. Las obras de Maimónides, entre ellas la Guía de los perplejos, gozaban de gran prestigio entre los intelectuales musulmanes y cristianos. Asimismo, eruditos cristianos como Gerberto de Aurillac, más tarde conocido como el papa Silvestre II, estudiaron en Córdoba y trajeron a Europa los números arábigos y otros avances científicos.

El movimiento de traducción, liderado por eruditos musulmanes, desempeñó un papel crucial en la transmisión de los conocimientos griegos, romanos y persas al mundo occidental. Eruditos judíos y cristianos participaron en este movimiento, traduciendo obras del árabe al latín y a otras lenguas. Este intercambio intelectual fomentó un clima de respeto mutuo y aprecio por las aportaciones de unos y otros, más allá de las fronteras religiosas.

El mecenazgo de las artes y las ciencias por parte de los califas atrajo a artesanos expertos e intelectuales de diferentes orígenes religiosos. Los artesanos judíos y cristianos contribuyeron a la construcción de palacios, jardines y edificios públicos, dejando una marca indeleble en el paisaje arquitectónico del califato de Córdoba.

Tras los inicios de la “Reconquista” de Andalucía por parte de los reyes españoles, en el siglo XIII, el califato empezó a desmoronarse, y los últimos árabes y judíos fueron expulsados de España en 1492.

La España católica estableció la Inquisición para imponer la ortodoxia religiosa, rechazó el fomento del pluralismo y el avance científico del califato y volvió a la Edad Media de la que el resto de Europa estaba a punto de salir. El mundo islámico también perdió.

OCCIDENTE ADOPTÓ UNA ACTITUD DE SUPERIORIDAD SOBRE LOS DEMÁS

En lugar de continuar un camino de paz y prosperidad, acogiendo el conocimiento de los demás y fomentando una sociedad multicultural, la sociedad islámica empezó a replegarse sobre sí misma y a renunciar a los beneficios de la ciencia, las artes y la diversidad y pluralidad sociales.

Occidente vivió el Renacimiento y la Reforma, la Revolución Industrial, la expansión imperial, y adoptó una actitud de superioridad sobre los demás, incluidos los musulmanes que alguna vez los habían eclipsado con una cultura potenciada por el aprendizaje científico y el respeto a la diversidad.

Hoy, Occidente se enfrenta a un fanatismo islámico con el Estado Islámico, Hamás, Hezbolá y los Estados islámicos conservadores, incluido Irán, que están decididos a destruir a Israel y a los judíos, triunfar sobre los cristianos, “recuperar” Al-Ándalus y apoderarse de Europa, todo ello en nombre de la represión y la regresión a un pasado oscuro que nunca debería volver. Este es su sueño.

Sin embargo, todos ellos pasan por alto el punto esencial de Al-Ándalus: la diversidad y el respeto por las culturas y creencias de los demás. El extremismo islámico pretende crear un nuevo califato basado en una interpretación retrógrada del islam en lugar de buscar el crecimiento y el desarrollo que supone sustituir la ortodoxia por el libre pensamiento. Fomenta una mentalidad de odio hacia todo lo diferente, y en esto se parece a quienes en Occidente propugnan la islamofobia y el antisemitismo.

La intolerancia es el tema en cuestión, como vemos a diario en muchos de los países musulmanes de Oriente Medio, donde el odio y la violencia parecen ser el único modus vivendi. ¿Esto puede cambiar? Dudo que mi hijo llegue a verlo en su vida.

LÍDERES SIN ESCRÚPULOS EXPLOTAN EL NACIONALISMO RELIGIOSO

El odio está arraigado hasta tal punto que es imposible razonar con quienes han sido adoctrinados en las creencias supersticiosas fomentadas por líderes religiosos y políticos que promueven esta animosidad para sus propios fines.

El odio que motiva a los extremistas islámicos está arraigado hasta tal punto que es imposible razonar con quienes están completamente adoctrinados en sus respectivas ideologías. Los extremos mandan, y esto es cierto mucho más allá del actual conflicto islámico con Israel.

En Europa vimos a las fuerzas ortodoxas serbias aniquilar a los musulmanes bosnios en Srebrenica en los años 1990, a los rusos utilizar a su Iglesia ortodoxa para justificar su objetivo de destruir Ucrania mediante una invasión que sigue cobrando miles de vidas, y a China, donde oímos que las autoridades oprimen y encarcelan a su minoría musulmana uigur en nombre de la ortodoxia atea.

Distintos líderes sin escrúpulos utilizan el nacionalismo religioso, los medios de comunicación e incluso la violencia para manipular, ejercer el poder y someter a la gente a su voluntad para lograr sus objetivos personales. ¿Se repite la historia? Me parece que sí.

Las guerras religiosas han cobrado millones de vidas desde el siglo XV, cuando los reyes cristianos Fernando e Isabel expulsaron a los últimos musulmanes y judíos de la península ibérica. España se replegó sobre sí misma, adoptando los elementos asfixiantes de la Iglesia católica de Roma y la teología católica extremista que condenaba a quienes se negaban a seguir sus dictados. El mensaje de Jesucristo —amarse los unos a los otros— parecía haberse sustituido por el de “obedecer o morir”.

NADIE RECUERDA EL BIENESTAR DEL CALIFATO DE CÓRDOBA

Esta filosofía continuó durante la expansión del colonialismo europeo, en el que la espada abrió el camino a la cruz, y en el que las poblaciones indígenas de todo el mundo eran consideradas como posesiones prescindibles. ¿Le recuerda esto a algo? En la actualidad, el islam se encuentra en su siglo XV.

Su base ha sido secuestrada por quienes detestan el cambio, odian al “otro”, buscan matar a todos los infieles, tienen como objetivo primordial librar al mundo de los infieles y pretenden imponer una ortodoxia que sencillamente no existía en la gloriosa época del islam del califato de Córdoba.

En noviembre de 1095, el papa Urbano II pronunció un famoso sermón en el que pedía la liberación de Jerusalén de los musulmanes y recuperar Tierra Santa al grito de “Deus vult” (“Dios lo quiere”).

Como jefe de los Estados pontificios y líder supremo de los europeos mediante el control que la Iglesia ejercía sobre la sociedad, proclamó una “guerra santa” como respuesta a la creciente amenaza que representaban los monarcas para la autoridad general de la Iglesia.

Los terroristas islámicos y sus partidarios pretenden acabar con el gobierno de los dirigentes árabes laicos y con cualquier forma democrática de gobierno que suponga una amenaza para su ideología religiosa y su poder sobre las masas.

INSTAURAR EL REINO DE DIOS MEDIANTE EL ASESINATO

Al grito de “Allahu akbar” pretenden librar al mundo islámico de la influencia terrenal e instaurar el Reino de Dios mediante el asesinato indiscriminado, la violencia inimaginable y la esclavitud psicológica. Buscan el mismo poder absoluto y teocrático que los hombres de la Iglesia católica buscaron hace siglos.  ¿El objetivo del terrorismo actual es el control de la tierra o el control de las mentes?

Los enemigos del islam en la actualidad no son solo los israelíes y los judíos, sino que también incluyen a los Estados árabes y a los extremistas musulmanes que rechazan o niegan a los palestinos sus derechos a un Estado y a la paz. Irán rechaza cualquier compromiso con Israel. Y Hamás, en palabras de uno de sus líderes entrevistado por un canal de noticias libanés hace unas semanas, cree que los islamistas deben librar al mundo de los judíos y conquistar el planeta en nombre del islam.

El crecimiento del fundamentalismo religioso no se limita al islam ni a Oriente Medio. De hecho, el nuevo presidente del Congreso de Estados Unidos es un cristiano fundamentalista que basa su política en una noción bíblica del gobierno que cuenta con el apoyo de millones de estadounidenses. Su idea de gobernar según el Libro y no según la Constitución probablemente dividirá aún más lo que una vez fue una gran nación.

¿VOLVERÁ ALGÚN DÍA AQUEL ESPLENDOR?

La tecnología también ejerce un papel. Permite a los que gobernarían a través del miedo y el odio crear comunidades que escapan al control de los gobiernos y sirven plenamente a sus necesidades logísticas y propagandísticas. Y ha traído a nuestras computadoras y teléfonos inteligentes las horribles consecuencias del fundamentalismo religioso desbocado.

Mientras la gente atribuya cualidades humanas a una deidad —envidia, venganza, odio y violencia— es probable que utilicen los deseos percibidos de esta deidad para justificar cualquier crueldad y vileza que decreten necesarias para mantener su superioridad sobre los demás.

Mientras la gente otorgue a la religión un papel crítico en la gobernanza, la utilizará para excluir a aquellos que son diferentes y construir muros en lugar de puentes.

Y mientras el nacionalismo, la ortodoxia y el excepcionalismo se perciban como la voluntad de una deidad, se utilizarán para justificar la guerra, la injusticia y la opresión.

Por desgracia, nada cambiará si la naturaleza humana retrocede respecto a los progresos realizados desde el siglo XV. Lamentablemente, en muchos rincones del mundo las fuerzas de la división no han cambiado y hay pocos indicios de que esto vaya a mejorar pronto. El califato de Córdoba sigue siendo por ahora un sueño inalcanzable. ¿Regresará algún día aquel esplendor? N

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Eduardo del Buey es diplomático, internacionalista, catedrático y experto en comunicaciones internacionales. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.

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