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A partir de una cámara afgana de estilo antiguo surge una nueva visión de la vida bajo el Talibán

KABUL (AP) — El extraño dispositivo atrae a curiosos en todas partes. Desde fuera, parece una simple caja negra y grande montada sobre un trípode. En su interior reside su magia: una cámara y un cuarto oscuro en uno hechos a mano en madera.

Mientras una pequeña multitud se reúne alrededor de la cámara, imágenes de belleza y de dificultades cobran vida desde su oscuro interior: una familia que disfruta de un paseo en un bote en forma de cisne en un lago; niños que trabajan en fábricas de ladrillos; mujeres borradas por velos que las cubren por completo; hombres jóvenes armados que tienen fuego en los ojos.

Sentado para un retrato en una aldea afgana que exhibe cicatrices por la guerra, un combatiente talibán dice: “La vida es mucho más feliz ahora”. Para una joven en la capital afgana, obligada a abandonar la escuela debido a su sexo, ocurre lo contrario: “Mi vida es como la de un preso, como un pájaro en una jaula”.

El instrumento utilizado para registrar estos momentos es una kamra-e-faoree, el nombre afgano de una cámara instantánea. Eran algo común en las calles de las ciudades afganas el siglo pasado, una manera fácil y rápida de hacer retratos, especialmente para documentos de identidad. Sencillas, baratas y portátiles, resistieron medio siglo de cambios dramáticos en este país —desde una monarquía hasta una toma de poder por comunistas, desde invasiones extranjeras hasta insurgencias—, hasta que la tecnología digital del siglo XXI las volvió obsoletas.

Utilizar esta forma de arte local casi extinta para documentar la vida en el Afganistán de la posguerra, desde las ciudades de Herat en el oeste y Kandahar en el sur, hasta la capital Kabul en el este y la urbe de Bamiyán en el centro, produjo cientos de impresiones en blanco y negro que revelan una narrativa compleja y a veces contradictoria.

Realizadas en el transcurso de un mes, las imágenes subrayan cómo en los dos años que han transcurrido desde que los soldados estadounidenses se retiraron y los talibanes regresaron al poder, la vida ha cambiado dramáticamente para muchos afganos, mientras que, para otros, poco ha cambiado a lo largo de las décadas, sin importar quién haya estado en el poder.

Una herramienta de una época pasada, la cámara de cajón da una calidad antigua y atemporal a las imágenes, como si el pasado del país se superpusiera a su presente, lo cual, en algunos aspectos, es así.

A primera vista, las imágenes descoloridas en blanco y negro, a veces ligeramente fuera de foco, transmiten un Afganistán congelado en el tiempo. Pero esa estética es engañosa. Estos son reflejos del país tal como es ahora.

UNA RELACIÓN INCÓMODA CON LA CÁMARA

Durante su primer período en el poder, de 1996 a 2001, los talibanes prohibieron la fotografía de seres humanos y animales por considerarla contraria a las enseñanzas del islam. Muchas cámaras fotográficas de cajón fueron destruidas, aunque algunas fueron toleradas silenciosamente, dicen los fotógrafos afganos. Pero fue el advenimiento de la era digital lo que marcó la sentencia de muerte del dispositivo.

“Estas cosas ya no existen”, dijo Lutfullah Habibzadeh, de 72 años, exfotógrafo que solía usar una kamra-e-faoree en Kabul. “Las cámaras digitales están en el mercado, y (las antiguas) ya no se usan”. Habibzadeh aún conserva su vieja cámara de cajón, una reliquia del siglo pasado que le legó su padre fotógrafo. Ya no funciona, pero él ha conservado con mucho cariño su revestimiento de cuero rojo, decorado con fotografías de muestra.

En las calles de las ciudades afganas hoy en día, los anuncios en las vallas publicitarias tienen la caras cubiertas por pintura en aerosol, y los escaparates de las tiendas de ropa muestran maniquíes con la cabeza envuelta en bolsas de plástico negras, para cumplir con la renovada prohibición sobre la representación de rostros.

Pero la llegada de la era del internet y de los teléfonos inteligentes ha hecho que sea imposible imponer una prohibición a la fotografía. La novedosa visión de una vieja cámara de cajón causa entusiasmo y curiosidad, incluso entre quienes vigilan el cumplimiento de las nuevas reglas. Desde soldados rasos hasta funcionarios de alto rango, muchos talibanes estaban felices de posar para retratos con la cámara de cajón.

Afuera de un almacén en Kabul, un grupo de hombres observa atentamente cómo se instala la cámara. Al principio parecen tímidos. Pero cuando emergen los primeros retratos, la curiosidad supera sus reservas y pronto sonríen y bromean mientras esperan a que los fotografíen, y se ofrecen a ayudar cuando un fondo de tela negra se desliza de la pared. A medida que cada hombre pasa al frente para que lo retraten, las sonrisas tentativas son reemplazadas por mandíbulas tensas. Miran directamente hacia la pequeña lente de la cámara y mantienen su pose mientras sostienen sus fusiles de asalto por la empuñadura.

La mayoría de estos hombres se unieron a los talibanes cuando eran adolescentes o tenían apenas más de 20 años, y no han conocido nada más que la guerra. Se sintieron atraídos por el movimiento fundamentalista debido a su ferviente fe musulmana y a su determinación de expulsar a los soldados estadounidenses y de la OTAN que invadieron su país y apoyaron dos décadas de gobiernos afganos, los cuales no lograron combatir la corrupción ni la delincuencia rampantes.

Bahadur Rahaani, un talibán de 52 años con penetrantes ojos azul claro debajo de su turbante negro, dice que está feliz de ver a los talibanes nuevamente en el poder. Con ellos en el gobierno, “Afganistán será reconstruido”, dice. “Sin ellos, no es posible”.

LA PAZ, A UN COSTO

Dos años después de que las milicias talibanes recorrieron el país para tomar nuevamente el poder, hay fuertes ecos de la vida tal como era antes de que las fuerzas de la OTAN lideradas por Estados Unidos los derrocaran del gobierno en 2001.

Una vez más, la nación está gobernada por un movimiento fundamentalista que ha restablecido muchas de las estrictas reglas que impuso en la década de 1990. El primer régimen talibán se destacó por destruir el arte y el patrimonio cultural que consideraba antiislámicos, como los antiguos budas gigantes tallados en acantilados de Bamiyán. Impuso castigos brutales, cortándole las manos a los ladrones, ahorcando a supuestos blasfemos en plazas públicas y apedreando a mujeres acusadas de adulterio.

Una vez más, las ejecuciones y los azotes están de vuelta. La música, el cine, el baile y los espectáculos están prohibidos, y las mujeres se encuentran de nuevo excluidas de casi toda la vida pública, incluida la educación y todas las profesiones, excepto unas pocas.

El retorno a políticas fundamentalistas ha ahuyentado a los donantes, trabajadores humanitarios y socios comerciales occidentales. La pobreza se ha disparado hasta niveles críticos, alimentada por la prohibición de que las mujeres trabajen, los profundos recortes en la ayuda extranjera, y las sanciones internacionales. Pero existe un alivio casi universal por el hecho de que el implacable derramamiento de sangre de las últimas cuatro décadas de invasiones, diversas insurgencias y guerra civil haya cesado en gran medida.

Todavía hay atentados explosivos esporádicos, la mayoría atribuidos a un enemigo de los talibanes: el grupo extremista Estado Islámico del Gran Jorasán, o IS-K. Pero los afganos entrevistados dicen que su país está en una situación mucho más pacífica de la que había tenido en décadas.

Las Naciones Unidas registraron 1.095 civiles muertos en ataques deliberados entre el 15 de agosto de 2021 —cuando los talibanes recuperaron el poder— y el 30 de mayo de 2023. Eso es una fracción de la cifra anual de muertes de civiles durante dos décadas de guerra entre las fuerzas de la OTAN encabezadas por Estados Unidos y los insurgentes.

Incluso aquellos a quienes no les gusta el régimen actual dicen que el pillaje, el secuestro y la corrupción, que eran rampantes durante los gobiernos anteriores, han sido controlados en gran medida.

Pero menos crimen y violencia no necesariamente se traducen en prosperidad y felicidad.

LAS MUJERES, BORRADAS

En un edificio de tres pisos escondido en un callejón de Kabul, varias mujeres trabajan en silencio en un telar. Las manos de Zamarod se mueven rápidamente, sus dedos ágiles revolotean entre hebras de hilo mientras anuda lana de colores a su alrededor para producir una alfombra. Sus movimientos son rápidos, casi bruscos, pero su voz es suave y triste. “Mi vida es como la de un preso”, dice. “Como un pájaro en una jaula”.

La joven de 20 años estudiaba ciencias informáticas, pero los talibanes prohibieron el acceso de las mujeres a las universidades antes de que pudiera graduarse. Ahora ella y su hermana de 23 años trabajan en una fábrica de alfombras, apoyándose en una habilidad que su madre les enseñó cuando eran niñas. Se encuentran entre las muy pocas mujeres que pueden ganar dinero fuera del hogar y, al igual que otras, pidieron que sólo se usara su nombre de pila por temor a sufrir represalias por hablar.

Las mujeres han experimentado los cambios más marcados desde el regreso de los talibanes al poder. Deben adherirse a un estricto código de vestimenta, se les prohíbe acceder a la mayoría de los trabajos y se les niegan hasta los placeres más sencillos, como visitar un parque o ir a un restaurante. Las niñas ya no pueden asistir a la escuela más allá del sexto grado y, si desean viajar, las mujeres deben ir acompañadas por un pariente masculino.

Para efectos prácticos, las mujeres están siendo borradas de la vida pública.

Incluso en este entorno, Zamarod no ha renunciado a su sueño de graduarse. “Tenemos que tener esperanza. Esperamos que algún día seremos libres, que la libertad es posible”, afirma. “Es algo extremadamente importante para nosotras".

En otra habitación, Hakima, de 50 años, le enseña a tejer a Freshta, su hija adolescente. Es su única manera de ganarse la vida, aunque todavía sueña que su hija de 16 años se convierta en doctora algún día. “Afganistán ha retrocedido”, dice al ponerse un burka que la cubre por completo con el fin de posar para un retrato. “La gente va de puerta en puerta por un trozo de pan, y nuestros niños se están muriendo”.

Si bien el tiempo ha retrocedido para las mujeres que han perdido independencia financiera y una voz en la vida pública y el gobierno, en las zonas tribales y conservadoras del país, las expectativas para las mujeres siempre han sido diferentes y han cambiado poco a lo largo de los años, incluso durante la presencia militar de Estados Unidos y la OTAN.

Aun así, la educación es una prioridad para muchos afganos. En docenas de entrevistas en todo el país, casi todos —incluidos algunos miembros de los talibanes— dijeron que querían que las niñas y las mujeres reciban una educación. La mayoría dijo que creía que la prohibición de la educación era temporal, y que a la larga se permitiría que las niñas mayores vuelvan a las escuelas. Dicen que mantener a las niñas y mujeres confinadas en casa no ayuda al país ni a su economía.

“Necesitamos doctoras y profesoras”, dice Haji Muhibullah Aloko, un profesor de 34 años de la aldea de Tabin, al oeste de Kandahar. Las mujeres necesitan educación “para que Afganistán mejore en todos los sectores”.

La comunidad internacional se ha negado a reconocer a los talibanes y ha presionado a su dirigencia para que reduzca sus restricciones a las mujeres, pero sin éxito.

“Eso depende de los afganos y no de los extranjeros; no deberían involucrarse”, dice Zabiullah Mujahid, portavoz del gobierno talibán, durante una entrevista en Kandahar, cuna del movimiento en el sur de Afganistán y bastión de los valores conservadores.

“Estamos esperando el momento adecuado en lo que respecta a las escuelas. Y aunque las escuelas están cerradas ahora, no lo estarán para siempre”, agrega. No da un plazo, pero insiste en que “el mundo no debería usar esto como excusa” para no reconocer al gobierno talibán.

INSURGENTES VICTORIOSOS

El pueblo de Tabin se encuentra en lo profundo del valle del río Arghandab, una franja fértil de huertos frutales y canales de riego que atraviesan el polvoriento desierto de la provincia de Kandahar.

Pero a su alrededor, los rastros de la guerra están por todas partes. Los restos abandonados de los puestos de combate estadounidenses tienen advertencias descoloridas de minas y granadas pintadas con aerosol en sus paredes antiexplosiones azotadas por el viento. Marañas abandonadas de alambre de púas cubren el suelo. Casas bombardeadas yacen en ruinas. Y está la presencia omnipresente de jóvenes armados, que se adaptan de una vida en guerra a una de vida en paz.

Los nuevos empleos —vigilancia de las calles, seguridad de los edificios, recolección de basura— son tareas mundanas y necesarias del gobierno. Es menos dramático que pelear una guerra, pero hay un alivio palpable al estar libres de la violencia.

Sin temor a ataques aéreos ni a tiroteos, los niños gritan de alegría al chapotear en un canal de riego, saltando al agua turbia desde un puente.

“La vida es mucho más alegre ahora. Antes había mucha brutalidad y agresión”, dice Abdul Halim Hilal, de 28 años, mientras se protege del sol abrasador bajo una morera antes de posar para un retrato. “Personas inocentes morían. Las aldeas eran bombardeadas. No podíamos soportarlo”.

Se unió a los talibanes cuando era adolescente, con la creencia de que era su deber moral luchar contra las fuerzas extranjeras. Perdió a unos 20 amigos en la guerra, y más resultaron heridos. Le duele el recuerdo de sus hermanos de armas muertos cuando ve a sus hijos sin padre, pero lo reconforta la creencia inquebrantable de que su sacrificio valió la pena.

“Los que fueron asesinados luchaban para sacrificarse por el país”, dice. “Es por la sangre que dieron que ahora estamos aquí, dando entrevistas libremente, y los musulmanes aquí viven en paz”.

Un aldeano pasa y mira al grupo de niños y adultos curiosos reunidos alrededor de la cámara de cajón. “Es tan extraño”, murmura. “Solíamos luchar contra estos extranjeros, y ahora están aquí tomando fotografías”.

Mujiburahman Faqer, un combatiente talibán de 26 años, ahora dirige un puesto de control en Kabul donde no ocurren incidentes. Al igual que muchos otros, se le dificulta adaptarse a una mentalidad de tiempos de paz porque lo único que ha conocido es la guerra. “En mi cabeza me había preparado para el sacrificio”, dice, “y sigo listo”.

UNA ECONOMÍA A PIQUE Y UNA LUCHA POR SOBREVIVIR

La seguridad ha mejorado desde el fin de la insurgencia contra las fuerzas estadounidenses. Pero con la paz llegó una economía en caída libre.

Cuando los talibanes volvieron a tomar el poder en 2021, los donantes internacionales retiraron el financiamiento, congelaron los activos afganos en el extranjero, aislaron al sector financiero del paí

Esa presión, combinada con la prohibición casi total de que las mujeres trabajen, ha hundido la economía. El ingreso per cápita se redujo aproximadamente un 30% el año pasado en comparación con 2020, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Casi la mitad de los 40 millones de habitantes de Afganistán se enfrentan ahora a una grave inseguridad alimentaria, dice el Programa Mundial de Alimentos de la ONU. La desnutrición está por encima de los umbrales de emergencia en 25 de 34 provincias.

La lucha por la supervivencia es algo que Kasnia ya conoce a sus 4 años. En una fábrica de ladrillos en las afueras de Kabul, saca barro con sus pequeñas manos y lo amasa hasta que es lo suficientemente flexible para un molde de ladrillo. Después de innumerables repeticiones, sus movimientos son automáticos. Trabaja seis días a la semana desde el amanecer hasta el atardecer, con breves descansos para el desayuno y el almuerzo, laborando duro junto a sus hermanos y su padre, una familia entre muchas en una amplia fábrica donde los niños se convierten en obreros a los 3 años.

“Todo el mundo desea que sus hijos estudien y se conviertan en profesores, médicos, ingenieros, y que beneficien el futuro del país”, dice su padre, Wahidullah, de 35 años, quien sólo tiene un nombre, al igual que sus hijos.

A pesar de que toda la familia trabaja, con frecuencia no hay suficiente dinero para comer y viven al día gracias al crédito de comerciantes. De sus tres hijos y tres hijas, todos excepto el menor son ladrilleros.

“Cuando era joven, mi sueño era tener una vida cómoda, tener una oficina bonita, tener un buen auto, ir a parques, viajar por mi país y al extranjero, ir a Europa”, recuerda. En lugar de ello “fabrico ladrillos”. No hay amargura en su voz, sólo la aceptación de un destino inevitable.

Muchos afganos han recurrido a vender sus pertenencias —todo, desde muebles hasta ropa y zapatos— para sobrevivir.

Cuando los talibanes prohibieron las películas, Nabi Attai no tenía nada a lo que pudiera recurrir. Ahora con poco más de 70 años, el actor apareció en una docena de series de televisión y 76 películas en su vida, incluida la cinta “Osama”, ganadora del Globo de Oro en 2003. Ahora está en la miseria.

Su casa, escondida en un laberinto de callejones empinados, ya casi está desprovista de muebles, que vendió en el bazar para alimentar a su familia extendida. También vendió su amado televisor.

Después de 42 años de actuación, Attai no tiene trabajo. Tampoco sus dos hijos, quienes también estaban en el negocio del cine y la música. A Attai le alegra que las calles sean seguras ahora, pero tiene 13 familiares a los cuales alimentar y ninguna forma de hacerlo.

Pidió a las autoridades locales que le dieran cualquier trabajo, incluso recoger basura, pero no había nada. Así que empezó a vender sus pertenencias. “En este momento no tengo esperanzas”, dice. Incluso el mendigar se castiga ahora con prisión bajo el régimen talibán.

Desde el año pasado, se ha vuelto frágil. Sus mejillas están hundidas y su cuerpo más delgado. Hay una tristeza en sus ojos que rara vez desaparece, incluso cuando relata sus días de gloria.

“Antes realizábamos buenas películas”, dice. “Que Dios tenga piedad y se permitan nuevamente la música y el cine, y que el pueblo reconstruya el país codo a codo, y el gobierno se acerque a la gente y nos acojamos unos a otros como amigos y hermanos”.

DESTELLOS DE OSTENTACIÓN

Las luces brillantes de los salones de bodas atraviesan la penumbra a medida que la noche cae en Kabul, pequeños destellos de ostentación en la oscuridad.

A pesar de la crisis económica, los salones de bodas hacen un buen negocio, impulsados en parte por migrantes afganos más ricos, que regresan a casa para ceremonias matrimoniales tradicionales ahora que la situación de seguridad ha mejorado.

Las bodas son una parte muy importante de la cultura afgana, y en ocasiones las familias se van a la quiebra con tal de asegurar una fiesta lujosa para cientos o hasta miles de invitados.

La construcción del salón de bodas Imperial Continental comenzó hace cuatro años, pero fue interrumpida por la pandemia de COVID-19 y la toma del poder por parte de los talibanes. El opulento lugar finalmente abrió sus puertas el año pasado.

Mohammad Wesal Quaoni, el gerente de 30 años, es una figura refinada con un traje elegante mientras recorre los glamorosos y cavernosos salones y lidia con cuatro bodas en una noche. El excatedrático de economía y política de la Universidad de Kabul trata de garantizar que el negocio prospere en medio de los problemas económicos del país. No es fácil.

“El negocio está débil”, dice, y las onerosas normas y regulaciones gubernamentales no ayudan. Los talibanes están aumentando los impuestos, pero dice que no hay suficiente comercio para sustentar una base impositiva saludable.

La prohibición de la música y el baile tampoco ayuda. Atrás quedaron los músicos en vivo e incluso los DJ que generaban ingresos adicionales, dice Quaoni. Las bodas están segregadas por sexo, pero, por primera vez, a veces hay un poco más de diversión para las mujeres.

Ocasionalmente, las mujeres y las niñas disfrutan de música grabada en la sección de mujeres. “Si quieren, lo hacen”, con restricciones o no, dijo. “Las mujeres son así”.

Ochocientos kilómetros (500 millas) al oeste de la capital, en las afueras de la ciudad de Herat, el empresario Abdul Khaleq Khodadadi, de 39 años, enfrenta retos completamente diferentes.

La empresa Rayan Saffron Company, de la que es vicepresidente, exporta el preciado azafrán a clientes, principalmente en Europa y Estados Unidos. Pero la toma del gobierno por los talibanes y las sanciones que siguieron dejaron a muchos clientes extranjeros reacios a hacer negocios con una empresa afgana, a pesar de que es una de las pocas a las que todavía se les permite emplear mujeres, cuyas manos se consideran más adecuadas que las de los hombres para extraer y manipular las delicadas flores de azafrán.

El aislamiento del sector bancario también ha dejado a muchas empresas afganas sin posibilidad de comerciar, excepto a través de un tercer país, generalmente Pakistán, lo que aumenta significativamente los costos. Y además está la sequía que ha diezmado los cultivos, incluido el del azafrán.

Su compañía se había propuesto aumentar su producción este año. En cambio, cayó a la mitad del nivel que tenía hace tres años, revela.

Pero Khodadadi dice que está decidido a perseverar. Para él, los negocios exitosos son la mejor manera de curar las heridas de Afganistán.

En los caóticos primeros días de la toma del poder por parte de los talibanes, Khodadadi sintió una intensa presión para unirse a las decenas de miles de personas que huyeron, confiesa. Tenía una visa y sus familiares y amigos lo instaron a irse, pero él se negó.

“Fue muy, muy duro”, recuerda. “Pero ... si me voy, si toda la gente talentosa y educada se va, ¿quién formará este país? ¿Cuándo resolverá este país los problemas?”

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Esta historia contó con fondos del Centro Pulitzer. La AP es la única responsable de todo el contenido.

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