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Bolsonaro espera en Florida mientras sus partidarios le hacen el trabajo sucio en Brasil | Opinión

Mientras el ex presidente brasileño Jair Bolsonaro se retiraba a una comunidad cerrada de lujo en la Florida –donde se le ha visto haciendo cosas mundanas como ir a comprar comestibles–, sus depredadores partidarios pintarrajearon el domingo el Congreso, el edificio de la oficina presidencial y la Corte Suprema de Brasil.

Es imposible no ver la ironía de otro líder de extrema derecha que, durante años, incitó a sus bases con acusaciones infundadas de fraude electoral. Se marcha, dejando que el trabajo sucio lo haga su ejército de leales ciegos. A continuación aterriza en el Estado del Sol, hogar de Donald Trump, que incitó a la invasión del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero con teorías conspirativas similares, y semillero de la política de extrema derecha de Estados Unidos de la mano del gobernador Ron DeSantis y otros republicanos.

No hay dos caras de lo que ocurrió el domingo en Brasilia, la capital de Brasil, ni en el Capitolio de Estados Unidos en 2021. No fueron meras expresiones de una opinión o de insatisfacción con el gobierno. Como acertadamente describió el ministro de Justicia de Brasil, fueron actos de terrorismo y golpismo.

Y no es de extrañar. Desde que Bolsonaro perdió las elecciones de octubre frente a Luiz Inácio “Lula” da Silva, ha existido la amenaza y el miedo a la violencia. Días antes de la toma de posesión de Lula la semana pasada, se descubrió una bomba en un camión de combustible cerca del aeropuerto de Brasilia.

La marca de la política conservadora difundida por Bolsonaro, y Trump, no puede disociarse de la violencia. Están impregnados de la creencia de que el “progreso” debe lograrse a toda costa, incluso si eso significa desmantelar la democracia que les permitió ser elegidos en primer lugar. Poco les diferencia de los movimientos fascistas del siglo XX.

No es de extrañar que un movimiento político que predica la aniquilación completa de los oponentes, que se alimenta de la desinformación y el odio hacia las minorías culmine con un ataque a las instituciones democráticas. Es preocupante –aunque esperado– que los partidarios de Bolsonaro en Miami saludaran como una heroína a una congresista brasileña y aliada de Bolsonaro que siguió, mientras apuntaba con un arma, a un hombre negro en Sao Paulo tras una discusión el día antes de las elecciones de octubre. Actúan de forma muy parecida a los asistentes a los mítines de Trump que vitorearon cuando el ex presidente dijo que le gustaría golpear en la cara a un manifestante.

La turba rabiosa de Brasil actuó pocos días después del segundo aniversario del 6 de enero. En ambos casos, la intención era anular los resultados de unas elecciones limpias. Uno pretendía impedir que el Congreso certificara los resultados del Colegio Electoral que daban la victoria a Joe Biden. El otro exige una intervención militar como el golpe de 1964 que envió a Brasil a 20 años de un régimen autoritario que torturó y asesinó a disidentes.

La principal diferencia es que el Congreso brasileño no estaba reunido el domingo. A diferencia de Biden el 6 de enero de 2021, Lula ya había jurado como presidente. Así que es poco probable que el asalto a los edificios de Brasilia pudiera haber conseguido algo más que sembrar el miedo y el caos en la democracia más grande de América Latina.

Sin embargo, los radicales de Bolsonaro se han dejado convencer por noticias falsas y teorías absurdas que circulan por aplicaciones de chat como WhatsApp de que el ejército brasileño solo está esperando una señal para interferir.

Los alborotadores rompieron ventanas, derribaron muebles, agujerearon un cuadro de un renombrado artista brasileño, arrancaron la puerta del despacho de un juez de la Corte Suprema y mucho más. Ni siquiera se salvó un reloj traído por el rey portugués a Brasil en 1808. Hasta el momento, más de 400 personas han sido arrestadas, según CNN Brasil. Otras 1,200 que habían acampado frente al cuartel militar en Brasilia han sido detenidas.

Nadie esperaba que Bolsonaro actuara como un estadista mientras todo esto sucedía. Bolsonaro, que permanece en Orlando mientras enfrenta posiblemente cargos penales en Brasil relacionados con sus actos como presidente. Podría estar enfrentando cargos criminales en su país relacionados con sus actividades como presidente.

Tuiteó el domingo que la depredación e invasión de edificios públicos están “fuera de las reglas”. Luego procedió a hacerse la víctima, escribiendo –mientras la policía desalojaba a sus partidarios del interior de esos mismos edificios– que rechaza las acusaciones “infundadas” de Lula.

Al día siguiente, mientras su país seguía tratando de dar sentido a la violencia ejercida en su nombre, publicó varios posts enumerando lo que describió como 37 logros de su mandato presidencial.

El trumpismo y el bolsonarismo no se definen por la autorreflexión y el amor a la patria. Su principal rasgo es el autoengaño. No hay hechos, ni argumentos, ni súplicas que detengan a estos hombres –y a sus zombis seguidores– de infligir daño a estas democracias.

La estadía de Bolsonaro en la Florida –donde la popularidad de Trump no hizo más que crecer tras su primer mandato– es un vergonzoso recordatorio de que demasiada gente está bebiendo su Kool-Aid envenenado.