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Los beduinos de Israel, los grandes olvidados del Estado incluso en tiempos de guerra

Al Bat (Israel), 30 nov (EFE).- Jwaed, un chico beduino de 14 años, no tuvo para dónde correr cuando los cohetes del grupo islamista Hamás alcanzaron su aldea en el desierto del Néguev, en el sur de Israel. Murió al instante junto a su hermano, ante la total desprotección de un Estado que no reconoce su comunidad árabe y seminómada.

Sentado sobre una alfombra multicolor, Ibrahim al Quran, padre de Jwaed, se acomoda el turbante y ofrece dátiles y café.

Este lugar entre dunas, donde los bramidos de los camellos se pierden entre el estrépito de las ventiscas, se llama Al Bat; y al igual que las otras 36 comunidades beduinas no reconocidas por Israel -donde viven unas 80.000 personas-, no existe en el mapa oficial.

Así, el sistema de defensa antiaéreo israelí, la poderosa Cúpula de Hierro, clasificó estas zonas como despobladas, y no intercepta -como lo hace en el resto del país- los cohetes que las milicias lanzan desde la Franja de Gaza cada vez que estalla una escalada, denuncia el Consejo Regional de Pueblos Beduinos No Reconocidos (RCUV, por su sigla en inglés).

Consultado por EFE para confirmar esta información, el Ejército israelí se negó a responder "por razones obvias de seguridad".

Las sirenas antiaéreas que se activan en la mayoría de las poblaciones israelíes no suenan en las comunidades beduinas no reconocidas y, aunque sonaran, sería inútil, pues no tienen búnkeres hacia donde correr.

Tampoco tienen clínicas, ni ambulancias... ni carreteras, ni internet, ni electricidad, ni agua.

“Racismo institucional”

“Nuestros hijos fueron las primeras victimas mortales del ataque” que Hamás perpetró el 7 de octubre y que desató la guerra con Israel, cuenta Al Quran, refiriéndose al lanzamiento de unos 3.000 cohetes por parte del grupo islamista.

En total, seis personas murieron en Al Bat -todas por impacto de cohetes- de las cuales cinco eran menores de edad. Otro niño beduino de 5 años murió en Arara en las mismas circunstancias.

“Mis hijos eran como cualquier otro niño, les gustaba aprender, jugar, eran muy dulces”, recuerda Ibrahim.

Sus vecinos piensan que su tragedia “pudo evitarse”, si el Estado otorgara la misma infraestructura de seguridad a las poblaciones beduinas que a las judías.

“Es vergonzoso, hay una institucionalización del racismo en Israel”, denuncia Nati Yefet, jefe de medios del RCUV.

Israel busca que los más de 300.0000 beduinos que viven en su territorio desde hace cientos de años, mucho antes del establecimiento del Estado en 1948, renuncien a su estilo de vida agrícola para habitar reducidas y empobrecidas zonas urbanas que les ha concedido. Unos 192.000 beduinos ya lo hicieron.

Para desplazarlos, derriba sus viviendas del desierto e instala áreas industriales, de entrenamiento y tiro militar, bosques artificiales y hasta asentamientos judíos.

“El sionismo ha buscado históricamente tener la menor cantidad de árabes posible en la menor extensión de tierra”, deplora Yefet, quien asegura que la inmensa mayoría de los beduinos no se perciben como palestinos y no buscan una confrontación nacionalista, sino ser parte de Israel.

El año pasado, las demoliciones de estructuras beduinas aumentaron hasta alcanzar 2.580, según la ONG Foro de Coexistencia del Néguev (NCF).

Jalil al Amour, habitante de Alsara, cuenta a EFE que las más de 50 casas de su comunidad recibieron órdenes de demolición en 2006, que finalmente fueron revocadas en 2014 tras tortuosos litigios. Todavía conserva en su puerta el documento que ordenaba la destrucción de su hogar.

“Hay que guardar los souvenirs de la única democracia de Oriente Medio”, dice con sarcasmo.

Jugando bajo aviones de combate

En su pueblo, los niños juegan fútbol entre las dunas y las niñas conversan bajo los olivos o alimentan a las gallinas. Sobre ellos, sobrevuelan con estruendo y a gran velocidad los aviones de combate que el Ejército israelí envía a Gaza.

“Nos ponen muy nerviosos, nos recuerda el primer día de guerra… No sentimos seguridad ni calma”, confiesa Al Amour, cubriéndose los oídos con las manos.

NCF denuncia trastornos por estrés y crisis de ansiedad en estas comunidades por no contar con infraestructura de seguridad.

Los habitantes de Az Zarnug se esconden bajo la mesa o la cama cuando escuchan los cohetes aunque saben que es inútil; y el director de la escuela local afirma que los niños "se abrazan y oran", según un reporte de la organización.

El ataque de Hamás dejó en total 19 beduinos muertos: además de los siete por impacto de cohete, diez fueron masacrados por los milicianos que se infiltraron en aldeas israelíes, y otros dos, miembros del Ejército israelí, murieron combatiéndolos. Otros seis fueron secuestrados como rehenes por Hamás.

El beduino Amer Abu Sabila, de 25 años, murió en Sdérot mientras ayudaba a una familia judía a escapar de los milicianos. La madre y el padre fueron asesinados a tiros al igual que Amer, pero las dos niñas han sobrevivido.

“Amer era un hombre bueno”, dice Rada, su esposa, con la voz quebrada.

Sentada en la sala de cojines tradicionales de su precario hogar en Sahabi, esta mujer de 24 años y con 5 meses de embarazo dice que todavía tiene la sensación de que su esposo regresará para abrazar a sus hijos de cuatro y dos años.

Yemeli Ortega

(c) Agencia EFE