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En la búsqueda de los responsables de impulsar el cambio climático, nuevos datos identifican a 72.000 culpables de contaminar… y la cuenta sigue

Quema de antorcha en la cuenca Pérmica en Coyanosa, Texas, el 12 de agosto de 2020. (Jessica Lutz/The New York Times).
Quema de antorcha en la cuenca Pérmica en Coyanosa, Texas, el 12 de agosto de 2020. (Jessica Lutz/The New York Times).

Un complejo industrial en expansión en el área oriental de China (río arriba de Shanghái por el río Yangtsé) produce decenas de millones de toneladas de acero al año… y una cantidad inmensa de gases que impulsan el cambio climático.

La empresa propietaria de la planta no ha divulgado las emisiones precisas del sitio. Sin embargo, ahora varios investigadores afirman que sus observaciones desde el espacio muestran que quizá las emisiones de esa fábrica sean mayores que las de todas las demás plantas acereras del planeta.

Sus cálculos forman parte de un nuevo compendio global de emisiones publicado el miércoles por Climate TRACE, organización sin fines de lucro formada por una coalición de grupos ambientalistas, empresas tecnológicas y científicos. Gracias a cierto software que le permite explorar datos de satélites y otras fuentes, Climate TRACE afirma que puede proyectar las emisiones, no solo de países e industrias individuales, sino de instalaciones contaminantes específicas. Su catálogo, un atlas hiperlocal de las actividades humanas que alteran la química del planeta, incluye fábricas de acero y cemento, plantas eléctricas, yacimientos petroleros y de gas, buques de carga y unidades de engorda de ganado. En total, ha identificado 72.612 instalaciones emisoras… y la lista sigue creciendo.

Algunos científicos han medido la concentración atmosférica de dióxido de carbono, metano y otros gases de efecto invernadero desde hace décadas. Saben cuánto aumentan los niveles promedio en todo el mundo y también saben que la quema de combustibles fósiles es el principal factor impulsor de este fenómeno. Pero las cosas se complican cuando intentan asignar la culpa con más precisión y determinar cuánto emiten industrias y empresas específicas, o en qué países.

No hay ningún gobierno ni organización que coloque dispositivos de monitoreo en todas las chimeneas y tubos de escape; en general, más bien proyectan las emisiones a partir de parámetros de actividad, como la cantidad de carbón quemado, la cantidad de acero producido o la cantidad de tráfico en las calles. Por desgracia, esos cálculos no siempre son precisos, además de que es difícil evitar algún conteo doble.

Los satélites de la NASA y sus homólogas japonesa y china pueden medir la cantidad de gases de efecto invernadero en la columna de aire que se encuentra debajo de ellos; el problema es que las nubes y la oscuridad nocturna obstruyen sus observaciones. Además, las mediciones de los satélites no permiten indicar directamente dónde o cuándo se emitieron esos gases. El clima mezcla y dispersa los gases, que se quedan en el cielo durante años o incluso siglos.

La Organización de las Naciones Unidas les pide a los países presentar un informe de sus emisiones para utilizar esos datos como guía durante las conversaciones globales sobre el clima, como la cumbre celebrada este mes en Egipto. Sin embargo, es difícil para muchos gobiernos realizar un conteo total, y qué decir de las empresas y ciudades que fijan sus propios objetivos sobre el clima.

“Nuestra capacidad futura de abordar el cambio climático y evitar sus efectos más peligrosos depende de que podamos obtener datos fiables”, comentó Angel Hsu, experta en política ambiental de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. “Es necesario que midamos las variables para poder gestionarlas”.

Climate TRACE afirma que puede ofrecer cálculos de emisiones más actualizados que los disponibles en este momento y menos dependientes de información proporcionada por los gobiernos sobre las emisiones de su país. Para hacerlo, extrae imágenes de satélite y otros datos a partir de los cuales calcula una medida más precisa de la actividad de producción de instalaciones individuales, lo que a su vez le permite calcular sus emisiones.

Para las plantas acereras, por ejemplo, el grupo emplea la medida del calor emitido por los altos hornos que obtienen los satélites para calcular la producción de acero (la empresa propietaria de la planta acerera de China, Shagang Group, no quiso hacer ningún comentario).

El análisis del grupo sugiere que la industria petrolera y del gas emite mucho más de lo que han informado los países en el pasado, en parte debido a que se creía que las emisiones del proceso de “flaring”, o la quema del metano residual, eran menores, y a las grandes fugas de gas conocidas como “eventos de ultraemisión”. No obstante, en otros sectores, los cálculos de Climate TRACE están en general en línea con los existentes, según indicó uno de los investigadores del grupo, Gavin McCormick.

Contar con datos de las emisiones sitio por sitio clarifica qué proporción del calentamiento global podría mitigarse con solo reducir la huella de carbono de los mayores contaminantes, subrayó McCormick. Climate TRACE ha comenzado a trabajar con seis gobiernos regionales en México, Brasil, Sudáfrica, España e Italia con el propósito de ofrecer información sobre las emisiones locales, explicó uno de los fundadores del grupo, el exvicepresidente Al Gore.

Datos más granulares también pueden ayudar a las empresas a comparar proveedores para minimizar su huella climática, señaló Simon Fischweicher, director de corporaciones y cadenas de suministro de la división para Norteamérica de CDP, organización sin fines de lucro dedicada a recopilar información sobre el impacto ambiental de las empresas.

“Sabemos que vivimos una crisis climática; no necesitamos que nos lo diga una contabilización de emisiones”, aseveró. “La contabilización de emisiones nos indica dónde es necesario tomar decisiones, qué medidas deben aplicarse”.

Otras empresas que respaldan a Climate TRACE son Generation Investment Management, empresa fundada por Gore; la división filantrópica de Google; y las fundaciones de beneficencia de Eric Schmidt, antiguo director ejecutivo de Google, y su esposa, Wendy, así como John Doerr, inversionista de Silicon Valley, y su esposa, Ann. Entre los colaboradores de Climate TRACE se encuentran Minderoo Foundation, fundada por el magnate australiano del mineral de hierro Andrew Forrest.

Acorde con sus raíces en la tecnología, el grupo dio a conocer sus datos y métodos al público antes de someterlos a arbitraje científico, un proceso que puede tardar años. McCormick explicó que planea escribir pronto con sus colaboradores un estudio académico basado en su trabajo.

¿Por qué no lo hicieron antes? “Porque el mundo está en llamas”, respondió McCormick. “Estamos convencidos de la necesidad de revisar todo tipo de investigación, pero no nos convence tanto la filosofía de ‘esperar años para publicar’”.

Ante esto, algunos científicos se muestran recelosos. Jocelyn Turnbull, científica que trabaja en GNS Science, instituto gubernamental de investigación en Nueva Zelanda, comentó que a Climate TRACE todavía le “falta mucho” para demostrar la calidad de sus datos, aunque dijo que el proyecto era “emocionante”. Turnbull ayuda a liderar una iniciativa de la Organización Meteorológica Mundial que coopera con los científicos para darles a los gobiernos información sobre las emisiones.

Philippe Ciais, investigador del Laboratorio de Ciencias Ambientales y del Clima cerca de París, es uno de los líderes del proyecto Carbon Monitor, cuyo objetivo es monitorear las emisiones diarias de dióxido de carbono. Opinó que los métodos de Climate TRACE son “muy prometedores”. Sin embargo, añadió, “mi postura es de escepticismo hacia cualquier trabajo no arbitrado”.

© 2022 The New York Times Company