Atreverse a cambiar sus destinos

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Un abrazo a las madres en su día
Un abrazo a las madres en su día

Recuerdo unos días de verano, en esos días algo pasaba en Colonia Alexandra, provincia de Santa Fe. Papá venía de trabajar de la Estancia Pájaro Blanco y algo que antes no había pasado, discutían con mamá, no sabíamos mucho el porqué dado que los niños no participábamos de las conversaciones de los mayores.

Con el tiempo supe que el problema lo causó una tía que se quedó los ahorros de dinero con los que papá compraría unas tierras para poder irnos a vivir solos. Eso a mamá la enfurecía cada día hasta al parecer, decidieron separarse. Aprovechando que unos vecinos muy queridos, casi familia, emprenderían su mudanza a Calchaquí, pueblo vecino, mamá decidió seguirlos y llevarnos con ella. Pero, ¿papá quedaba solo? Y así pasó.

Recuerdo que papá estaba sentado solo y derrotado debajo de uno de esos inmensos árboles cuando mamá nos mandó a despedirnos, levantó la cabeza y con ojos vidriosos, solo nos dijo: “Los lleva a matarlos de hambre”. Lo abrazamos muy, muy fuerte, y sin saber que nos depararía el destino, subimos al camión de la mudanza. Nunca me olvidé esa escena que fue quedando atrás mientras el camión se alejaba.

Llegamos al nuevo pueblo, una casa de inquilinato, agradable, nuevos vecinos, nueva iglesia. Mamá enseguida buscó trabajo. No había mucho para elegir, sola y con hijos pequeños, lavandera lo único que encontró. Todo era diferente, también mi alegría porque ya no estaba papá y fui entristeciendo y enfermando y mejorando y enfermando como nunca antes me había pasado.

Hasta que un día escuché a Doña Dominga, mi vecina, decir: “la nena está mal, manden a llamar al padre”. Y así fue, solo con los años pude imaginar lo que habrán sido esos 60 kilómetros a caballo de mi padre hasta el pueblo y por un motivo tan importante. Porque el sarampión se había adueñado de mi cuerpo. Fueron pasando los días y mejoré, pero no solo yo, las relaciones de mis padres también hasta que papá un día me dijo: “No se preocupe hija, me voy, pero voy a volver pronto y con mis cachivaches para quedarme, ustedes no se van a quedar solos”.

Mi abuela intentaría con el tiempo convertir a mi madre en una mujer más que brillante, aunque el destino a ella no se lo permitió.

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