La inquietante psicología detrás de un asesino a sueldo: "Soy eficaz porque me importa un c..."
A propósito del estreno de la película The Killer en los cines y en Netflix, exploramos la historia de los hitman, sicarios o asesinos a sueldo
Ovacionada en el Festival de Venecia, The Killer (El asesino), la más reciente película del director David Fincher recién estrenada en los cines y en Netflix ha puesto de nuevo en el tapete una de las profesiones más extrañas y mortíferas de este mundo: la del hitman, sicario, asesino por contrato o asesino a sueldo.
Los asesinos a sueldos son una figura controvertida y, visto desde cierto punto de vista, irresistible: personas (por lo general hombres, aunque también ha habido sicarias mujeres) que matan a otras personas a cambio de una cantidad de dinero.
Esta profesión suele estar asociado con el crimen organizado –mafias, grupos terroristas, carteles del narcotráfico. Sus oficiantes son contratados para eliminar figuras políticas incómodos (así ocurrió recientemente en Ecuador, cuando mataron a tiros al candidato presidencial Fernando Villavicencio), silenciar a rivales, eliminar periodistas, saldar cuentas, etc.
También personas particulares buscan los servicios de un hitman para cobrar algún seguro de vida, solventar un impasse financiero, vengar una infidelidad amorosa o silenciar a algún familiar, amigo o compañero de trabajo que maneje alguna información sensible que el contratante desee mantener oculta.
El hitman interpretado en la película The Killer por el actor irlandés Michael Fassbender es un hombre que elimina a otra personas para clientes de alto perfil. Es frío e implacable; eficiente y efectivo. Y como buen asesino a sueldo, no se pregunta a quién o para quién mata. Las víctimas son problema de otro.
“Si soy eficaz es por un simple hecho” –narra el personaje con pasmosa frialdad en la película–. “Me importa un carajo”.
Es un trabajo y nada más
Estas cuatro palabras describen a cabalidad la psicología básica de los sicarios y su capacidad para deshumanizarse y despersonalizar a sus víctimas.
Según un estudio realizado en 2015 por un equipo de criminólogos de la Universidad de la ciudad de Birmingham en el que se examinaron 27 casos confirmados de asesinatos a sueldo en el Reino Unido, los investigadores lograron determinar que, en efecto, para hacer un trabajo de estos, los sicarios deben enterrar todo vestigio de sentimentalidad o emocionalidad.
Para un asesino a sueldo, él sólo está haciendo un trabajo y la víctima es siempre un “objetivo”, nunca una persona.
“Tú no puedes alinear (apuntar) a un enemigo y empezar a decir: ‘Ay, cómo irá a sufrir la mamá, cómo irán a llorar los hermanos, los primos'. No. Mátelo, y listo’, dijo en alguna oportunidad John Jairo Velásquez, el sicario número uno del célebre –por infame– narcotraficante colombiano, Pablo Escobar Gaviria, líder del también célebre –por infame– Cartel de Medellín.
Velásquez es mejor conocido por su mote: Popeye.
Popeye era un sujeto desagradable, aunque pretendiera lo contrario, cuyos días terminaron en 2019 a causa de un cáncer en el esófago. Según gustaba jactarse en entrevistas o en su canal de YouTube, en su carrera como asesino cometió unos 300 asesinatos y planificó los de cientos (o miles) de jueces, periodistas, magistrados, políticos, así como atentados terroristas masivos.
Aunque Popeye hubiera querido irse a la tumba con el título de “El asesino a sueldo más mortífero de la historia”, la verdad es que sus 300 muertos palidecen ante los más de 500 asesinatos por encargo que perpetró el brasileño Julio Santana en una carrera de casi cuatro décadas.
Según relató el sicario al periodista brasileño Klester Cavalcanti (una serie de testimonios recogidos en el libro de Cavalcanti, El nombre de la muerte), Santana se inició en el camino turbio de los asesinatos por encargo en 1971, cuando apenas tenía 17 años. Ese crimen iniciático fue posiblemente el único que le produjo remordimientos.
Vale decir que Santana cometió decenas de asesinatos de dirigentes de izquierda para el gobierno brasileño en tiempos de la dictadura militar. Acostumbraba registrar cada uno de sus trabajos en un libreta hasta un día que dejó de hacerlo. Llevaba 492 asesinatos (y los que faltaban). A diferencia de Popeye, sí ha mostrado señales de arrepentimiento.
Los asesinos originales
Hombres que matan a otros hombres siempre ha habido: en guerras, por luchas territoriales, por honor, por amor, otros. Pero, matar a un hombre no significa necesariamente asesinarlo.
En su primera acepción, la Real Academia Española define el verbo “asesinar” como: “Matar a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa”.
Al parecer, dicho término –“asesino”– proviene de la voz árabe ḥaššāšīn, que significa “adicto al cáñamo o hachís indio”.
Este término se aplicó a los nizaríes, una secta separatista chiíta fundada por el líder religioso y militar Hasan-i Sabbah, que a finales del siglo 11 de nuestra era, ocupó fortalezas en las montañas en Siria e Irán, y logró expandir su alcance hasta territorios mongoles a mediados del siglo 13.
Los nizaríes –o los asesinos– pusieron en práctica desplegaron en una guerra de guerrillas que incluía el espionaje y los asesinatos selectivos de reyes, figuras religiosas y líderes políticos a los que mataban de manera sigilosa cuando estaban desprotegidos.
Esta secta llegó a ser conocida y temida en Europa, donde tenían lugar las Cruzadas, como la Orden de los Asesinos.
En torno a esta orden se han tejido mitos y leyendas que persisten en la actualidad (hay quienes creen que sus miembros siguen actuando desde las sombras) y han logrado permear en la cultura pop. Muestra de ello es la popular serie de videojuegos de ficción histórica Assassin’s Creed, cuya trama enfrenta a la Orden de los Asesinos con los Caballeros Templarios.
Hay sicarios para todos los gustos
Volviendo a nuestra película, The Killer, hay que decir que no todos los asesinos a sueldo resultan tan glamorosos como Michael Fassbender. Este hombre viste ropas costosas, se mueve por el mundo –París, República Dominicana, New Orleans–, practica yoga y oye las canciones de The Smiths mientras espera por su próximo objetivo.
Claro que no todos los hitman son tan eficaces como Popeye o el asesino de la película. Y a veces pasan situaciones disparatadas en este oficio, como le ocurrió a la mujer española que, en 2019, contrató al novio de su hija para que asesinara a su, entonces, pareja, un hombre que le había sacado dinero –más de 60.000 euros– mediante argucias y engaños.
El novio de la hija se ofreció como sicario. Le pidió a la mujer 7.000 euros por matar al hombre, descuartizarlo, vender sus órganos y así recuperar los 60.000 euros. Ella aceptó, a saber si encantada o no por la idea de mandar a su pareja al otro mundo.
Pero, el tiempo fue pasando, la mujer esperaba y nada que se producía el asesinato. Esperó y esperó hasta que no pudo más. Acompañada de su hija, se fue a la estación de policía para denunciar al joven por estafa, pues lo contrató para matar a alguien y no había cumplido su parte. Al final, la mujer, la hija y el novio de la hija acabaron con las tablas en la cabeza: presos por confabular para cometer un asesinato.
Y si el sicario español no pudo cumplir su cometido, algo más o menos similar ocurrió hace unos años en China, cuando un desarrollador inmobiliario contrató a un sicario para que matara a un desarrollador rival.
Ese primer sicario subcontrató a un segundo sicario para que hiciera el trabajo por una porción del monto original de 280.000 dólares, y el segundo sicario subcontrató por una porción de su porción a un tercer sicario, que subcontrató a un cuarto sicario, que subcontrató a un quinto sicario en una rocambolesca cadena de subcontrataciones para asesinar a alguien.
Por supuesto, el quinto y último recibiría unos 14.000 dólares por hacer el trabajo. Pero éste, quizás molesto por tan irrisoria cifra, en lugar de subcontratar a un sexto sicario decidió contactar al desarrollador rival –el objetivo– para contarle sobre el golpe que se había preparado en su contra. Al final, los cinco asesinos a sueldo y el contratante terminaron tras las rejas.
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