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Armando Lucas Correa: ‘No escribo sobre Cuba porque me aburre o no se me da’

Armando Lucas Correa confiesa que no escribe sobre la crisis, las jineteras u otros temas típicos de la literatura reciente de Cuba porque “lo aburren”. Aun así defiende que es “un escritor cubano”, que por demás vive en Nueva York. Y esta no podría ser una elección más feliz para sus lectores, que ahora ven a Leah, la protagonista de su nueva novela, El silencio en sus ojos, moverse por uno de los vecindarios favoritos del West Side de Manhattan, Morningside Heights, a unos pasos de Columbia University.

Correa, que ha publicado con éxito novelas con trasfondo histórico como La niña alemana, La hija olvidada y La viajera nocturna, nos lleva en su primer thriller por el micromundo de Leah, un viejo edificio neoyorquino que remite –al menos en mi caso de inmediato–, al escenario del filme de Roman Polanski Rosemary’s Baby. Algunos críticos han señalado una familiaridad con Rear Window (La ventana indiscreta), de Alfred Hitchcock.

Ese edificio tiene su propia maldición, hay muertes y caídas de sus alturas sin explicación. El diablo anda suelto, pero de una manera sutil, y eso es lo que más impresiona, que la anticipación está bien cocinada, a sotto voce. Algo tremendo está pasando, va a pasar, y el lector no puede despegarse. Extraña la novela cuando tiene que regresar a sus ocupaciones diarias, y ese apego a la lectura es el embrujo con que sueña todo escritor.

Correa ama el cine –lo sé de buena tinta porque cuando éramos colegas en el Nuevo Herald hablábamos de cine con frecuencia– y también la danza. Fue crítico de teatro y danza, como recuerda en esta conversación. Así que no es por gusto que haya elegido para su protagonista una enfermedad muy rara, que se describe en ocasiones como “visión cinematográfica”.

“A veces concibo escenas como si fueran teatrales o cinematográficas”, reconoce en esta entrevista con el Nuevo Herald con motivo de la presentación de El silencio en sus ojos (Penguin Random House) en Miami este martes 20 de febrero, en Books and Books.

Nos alegramos de que podamos seguir a Leah en sus pasos difíciles por Nueva York –es aun mejor que no sea La Habana– y que a la vez las pasiones del escritor –cubano neoyorquino– se mantengan intactas en su novela. El cine, el arte, los videos, las galerías y una librería que se nota que el autor conoce como la palma de la mano, nos regalan el encanto del cosmopolitismo. Aquí no hay exilium tremens porque la vida es tremenda... en cualquier parte.

Correa promete para su próxima novela otro viaje, el de su abuela gallega, y no podemos esperar a seguirlo. Ojalá continúe por el camino del suspenso, porque la historia, Cuba, Galicia, Nueva York y su propio “mundo de ayer” son una combinación inspiradora.

Tus novelas se enmarcaron en un contexto histórico, por lo general, y ahora ‘El silencio en sus ojos’ transcurre en Nueva York y en el presente. ¿Por qué el cambio y por qué eliges ese escenario que sentimos conoces tan bien?

Cuando estaba en medio de la promoción de La niña alemana y terminando de escribir La hija olvidada, libros escritos en pasado, con una carga histórica y procesos investigativos de más de una década, necesitaba escribir algo diferente. Presenté a mi editora la idea de El silencio en sus ojos y pegó el grito en el cielo. ¿Por qué, después de haber vendido más de un millón de copias de La niña alemana quería cambiar de género? Sin dudas, es una pregunta válida, pero yo seguí, en “silencio”, con mi proyecto.

Armando Lucas Correa señala que el edificio donde transcurre su nueva novela, ‘El silencio es sus ojos’, es donde vive en Nueva York.
Armando Lucas Correa señala que el edificio donde transcurre su nueva novela, ‘El silencio es sus ojos’, es donde vive en Nueva York.

La novela se desarrollaría en el presente, en Morningside Heights, en un edificio del 1905 cubierto de hiedra, frente al Morningside Park, en el campus de la Universidad de Columbia, en la librería Book Culture, en el restaurante Le Monde. Es mi barrio, es mi edificio, es mi apartamento.

¿Cómo elegiste este tema –y esta enfermedad– para la novela?

Para uno de los personajes que estaba desarrollando para una de mis novelas históricas necesitaba encontrar una enfermedad que fuese reversible y que tuviera que ver con la percepción. Ahí llegué a la ceguera y una de las enfermedades que encontré fue la prosopagnosia, término poco atractivo, también conocido como face blindness o agnosia facial, que no es más que la incapacidad de reconocer rostros. Sin embargo, esa ceguera no se ajustaba a mi relato. Fue entonces cuando descubrí la akinetopsia: la dificultad del individuo de percibir objetos en movimiento. Un trastorno de la percepción del movimiento. Debo admitir que solo la idea de esta alteración en la estructura del cerebro debido a una lesión que puede ser reversible ya era en sí, para mí, un elemento literario fascinante.

‘El silencio en sus ojos’ se clasifica como ‘tu primer thriller’. ¿Cómo llegas a dominar el suspenso tan bien y en qué te inspiraste?

Al escribir no estoy pensando de inmediato en un género, en una estructura, eso viene después. Mientras escribía La hija olvidada, en un capítulo en que uno de los personajes se suicida en una bañera —uno de mis pasajes favoritos—, mi editora, que ahora es mi agente y amiga, me dijo: “Armando, aquí hay demasiadas muertes, demasiada sangre. Esto no es un thriller”. Realicé algunos ajustes en la escena, pero la esencia permaneció. Como ves, lo que realmente disfruto a nivel creativo es contar historias. Los géneros literarios son secundarios. En cada libro que escribo, siempre presto especial atención al estilo y al ritmo. La trama debe desarrollarse a un ritmo coherente. A veces concibo escenas como si fueran teatrales o cinematográficas.

Silencio… es un libro que se terminó durante la pandemia, encerrados en una casa que tenemos en medio de un bosque en las afueras de Nueva York. Esa claustrofobia, quizás, se puede percibir en la novela.

Eres un autor cubano que no escribe sobre Cuba, y eso me maravilla. ¿Es a propósito?

Siempre he defendido que soy un autor cubano, no cubanoamericano. No porque no esté orgulloso de mi ciudadanía estadounidense —lo estoy—, sino porque hoy vivo en Nueva York y, en unos años, quién sabe donde. A veces, en el universo en español en Estados Unidos o cuando voy a las ferias de libros en Latinoamérica, intentan llamarme cubanoamericano, con la intención de crear una barrera. Al final, lo usan para separar a los escritores que viven en Cuba y los que viven en el exilio. Picasso vivió, hizo toda su carrera y murió en Francia. Nunca he escuchado que lo llamen español francés. Y más que español, era malagueño. O a Zoé Valdés, que lleva viviendo en París el mismo tiempo que yo en Nueva York, a nadie se le ocurre llamarla cubano francesa.

Soy un escritor cubano que vive en Nueva York, que ha escrito libros sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el Holocausto; aunque las tramas se desarrollen en Berlín, Hamburgo u Oradour-sur-Glane, no hay razón para excluirme de la literatura cubana. La obra maestra de Marguerite Yourcenar es Memorias de Adriano, no se considera literatura italiana o griega. Ella, que fue ciudadana estadounidense por más de 30 años, se convirtió en la primera mujer en ser miembro de la Academia Francesa, y vivió y murió en Maine.

Sí, no escribo sobre el Período Especial, los balseros, las jineteras, la nostalgia por el pasado en Cuba, los “mágicos” años 80 o sobre las crisis económicas en Cuba. Lo evito conscientemente. ¿Sabes por qué? Porque me aburre, o para ser más preciso o justo, porque no se me da. Ahora he caído en la trampa. Acabo de terminar el primer borrador de una novela inspirada en la vida de mi abuela, Lo que fuimos ayer, que abarcará todo el siglo XX en Cuba desde la perspectiva de una familia de inmigrantes gallegos. Se desarrollará principalmente en Guantánamo, con un breve exilio en Nueva York y finalizará en La Habana. En fin, Cuba nos ata.

¿Fue traumática tu salida de Cuba? ¿Cómo fue volver después de 17 años?

Todas las salidas son traumáticas, quizás unas más peligrosas que otras. Yo salí en octubre de 1991 y nunca pude regresar. Comencé a trabajar en el Nuevo Herald y me convertí en persona non grata para la dictadura. Durante la primera visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, el gobierno cubano me concedió la visa después de años de negativa y llegando a La Habana no me permitieron entrar, me devolvieron en el mismo avión sin explicaciones.

Cuando el presidente Obama restauró las relaciones diplomáticas con Cuba, Publishers Weekly organizó un viaje a La Habana con la primera delegación de editores y libreros estadounidenses. Como yo dirigía entonces la revista People en Español, me incluyeron en la delegación. Mi editora en Atria Books insistió en que fuera, porque mi primera novela, La niña alemana, estaba por salir. Logré entrar y fui al Castillo del Morro. Pude ver La Habana, desde el mismo lugar que los 900 refugiados judíos del MS Saint Louis en 1939. Me comprometí a regresar al año siguiente con la misma delegación; mi editorial llevaría 100 copias de La niña alemana para donarlas al pequeño museo del Holocausto en una sinagoga en el Vedado. Al llegar a La Habana, el gobierno cubano decomisó los 100 libros en la aduana. ¿Qué más te puedo decir?

Te conocimos primero como periodista y director de People en español, ¿qué tomaste para tus novelas de esta experiencia?

Antes de ser periodista y editor en jefe de People en Español, fui crítico de teatro y danza. Estudié en el Instituto Superior de Arte, en La Habana, Licenciatura en Teatrología y Dramaturgia, y trabajé como editor de la revista de artes escénicas Tablas. Incluso hice crítica de danza en el Nuevo Herald. Creo que mi formación dramatúrgica es evidente en todas mis novelas, así como mi formación periodística, esa obsesión por los detalles, la investigación y la precisión.

Una de tus facetas más importantes es la de padre, ¿preparas algo para niños y jóvenes? ¿Tienes algún consejo para guiarlos en la lectura?

Emma, mi hija mayor, ya tiene 18 años y los mellizos, Anna y Lucas cumplieron 14. Ya pasaron la etapa de los libros infantiles. Ahora puedo leer en paralelo con Emma, y es algo que disfruto mucho. Hubo un momento que consideré escribir algo para niños, pero realmente no tengo tiempo. Estoy concentrado en las novelas que quiero escribir.

Le escuchaste a tu abuela decir que ‘Cuba pagaría 100 años’ por devolver a los judíos perseguidos del St. Louis. ¿Estamos pagando una culpa como país?

Mi abuela era una mujer sabia y a la que le debo me haya transmitido la historia del MS Saint Louis. En 1939, ella estaba embarazada de mi mamá cuando el trasatlántico lleno de refugiados judíos llegó al puerto de La Habana. A ella le debo mi próxima novela Lo que fuimos ayer. Escuchar de niño su frase que he utilizado más de una vez en mis novelas: “Cuba va a pagar muy duro, por los próximos cien años, por lo que le hicieron a los refugiados judíos”, me ha perseguido. Pero con la culpa no se llega a ninguna parte. Ana María Karman, una sobreviviente del MS Saint Louis que vive en Toronto, Canadá, me dijo que “la historia tiende a repetirse y no aprendemos de ella”.

¿Eres de los que crees que desde el arte se puede mejorar el mundo?

El arte nos libera, nos enriquece, nos hace mejores. El mundo es un concepto demasiado grande y abstracto. Si empezamos por mejorar al individuo, quién sabe.

Presentación de ‘El silencio en sus ojos’, martes 20 de febrero, 7 p.m, en la librería Books & Books, 265 Aragon Ave., Coral Gables. Correa conversará con la escritora y periodista Mirta Ojito.