Alejandro Davidovich o el difícil arte de arruinar tu propio talento

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Spain's Alejandro Davidovich Fokina reacts during his men's singles quarter-final against Netherlands' Botic van de Zandschulp on Day 5 of the ATP Championships tournament at Queen's Club in west London, on June 17, 2022. (Photo by Daniel LEAL / AFP) (Photo by DANIEL LEAL/AFP via Getty Images)
Alejandro Davidovich Fokina se desespera durante el pasado torneo de Queens (Photo by DANIEL LEAL/AFP via Getty Images)

La última vez que hablamos aquí de Alejandro Davidovich Fokina le dimos un poco de merecida suerte. Fue antes de su partido contra Novak Djokovic en Montecarlo y, aunque todos le daban por eliminado, nosotros confiábamos en él. ¿Por qué? Porque es muy bueno. Porque es un ganador junior de Wimbledon y eso no lo regalan. Porque tiene golpes soberbios y momentos en los que parece imparable. De hecho, aquel partido contra el serbio fue un ejemplo de lo que es el malagueño: jugó un partidazo brutal... pero estuvo a punto de perderlo por una pájara mental en el segundo set. Al final, lo sacó adelante.

Decíamos entonces que podía ser una especie de antes y después para el chico (23 años) porque la verdad es que, irregularidad aparte, no estaba teniendo suerte en los sorteos, enfrentándose a rivales poderosísimos y perdiendo los partidos por pequeños detalles. Davidovich llegó a la final de Montecarlo, que es una barbaridad... pero, a partir de ahí, no ha sabido cimentar más éxitos sobre esa poderosa base. Mucho partido perdido en tres sets, mucho rival poderosísimo en los cruces... y para un partido que tenía fácil, en la primera ronda de Roland Garros, contra el holandés Griekspoor, ganó el primer set y se vino abajo en los tres siguientes, consiguiendo siete juegos en total.

Davidovich merece más y lo sabe. Pertenece a una generación extraña, perdida. No hay en los nacidos a finales de los 90 un Nadal o un Alcaraz, pero es que ni siquiera hay un Bautista o un Carreño. Ahí está Pedro Martínez, con sus 25 años, pero poco más. Nicola Kühn ha tenido que cambiar de nacionalidad para dar un giro a su carrera y solo este año ha podido debutar en un Grand Slam después de haber sido finalista en el Roland Garros junior de 2017, el mismo año en el que Davidovich se imponía en la hierba de Wimbledon.

Viéndole jugar, parece imposible que, teniendo en cuenta el nivel medio actual del circuito, el malagueño no haya conseguido superar nunca el puesto 27º de la ATP. No tiene sentido. Davidovich tiene talento para ser un top ten. Tal vez no para pasarse años ahí arriba, pero sí el tiempo suficiente. El máximo problema no es el tenis, sino su cabeza. La capacidad para calmarse, para concentrarse, para no venirse abajo en los momentos clave. Sí, hay mucho de mala suerte en el parón de Davidovich, pero también hay un punto autodestructivo que no nos gusta nada ver.

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Vamos a poner como ejemplo esta edición de Wimbledon. Davidovich llegó como número 37 del mundo, es decir, se quedó justo al filo de ser cabeza de serie. De hecho, si Berrettini y Cilic hubieran anunciado sus bajas antes del sorteo, lo habría sido. Expuesto en la primera ronda a cualquier rival, le toca ni más ni menos que el polaco Hubert Hurkacz, semifinalista el año pasado, y considerado uno de los aspirantes al título justo por detrás de los tres grandes favoritos (Djokovic, Nadal y Berrettini). Ahí tenemos un ejemplo clarísimo de mala suerte, desde luego.

Ahora bien, el partido de Hurkacz es un resumen de la carrera de Davidovich. Durante dos sets y medio es un jugador imparable, adaptado a la perfección a la hierba, capaz de dominar a un top ten y anular su poderosa derecha. Se coloca 7-6, 6-4, 5-3 y 40-0 con su propio saque. Tres bolas de partido. ¿Qué hace entonces? Dar golpes por debajo de las piernas, recrearse en su propia superioridad, perder el saque, perder el set, perder el siguiente y encontrarse 7-4 en contra en el super tie break del quinto. A un paso de la eliminación. Entonces, ya sí, otra vez sin nada que perder, Davidovich gana seis de los siguientes siete puntos y se lleva el partido dos horas después de lo debido.

Si esta historia les ha gustado, la del miércoles contra Jiri Vesely les va a encantar. Vesely es un jugador corpulento y pegador, lo que le hace un rival complicado en hierba. Ahora bien, aparte de eso, no hay mucho que destacar de su tenis. Favorito para pasar a tercera ronda, Davidovich empieza el partido completamente descentrado y pierde el primer set. Recupera hasta ponerse dos a uno, pero el checo consigue llegar al quinto set y ahí la historia se repite: ataque de nervios del español hasta que se ve 1-3 abajo y a partir de ahí, libertad para soltar el brazo y forzar el súper tie break por segunda ronda consecutiva.

Lo visto ahí fue delirante: 3-0 para el checo de entrada, 5-2 minutos después... y, de nuevo, remontada de Davidovich hasta el 7-7. Tres puntos para determinar el ganador. El primero se lo lleva Vesely. El segundo lo pierde el malagueño, que hace un gesto de enorme contrariedad. Pide una pelota para sacar y lo que hace es pegarle un raquetazo a las gradas. Con un warning ya sobre las espaldas. En pleno match point. El juez de silla, Carlos Ramos, le da otro aviso y le quita un punto. El definitivo. Se acabó el partido, después de cuatro horas luchando, por una niñatada.

Uno ve el cuadro que le queda por delante a Vesely hasta semifinales y se pregunta si Davidovich no podría haberlo aprovechado mejor. Se ve que no, pero da pena. Da pena ver tanto talento y tanta facilidad para desaprovecharlo, con acciones que directamente son inimaginables. El español se quedó en la silla durante varios minutos, inmóvil, con la toalla sobre la cabeza. Sabía lo que había hecho. Tal vez hubiera perdido igual, porque remontar dos match points no es fácil... pero ni lo intentó. Se borró. Y eso es lo que más nos duele a todos, empezando, claro está, por él mismo.

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