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Tras un año de guerra, Putin está construyendo la Rusia que anhela

Peatones pasan junto a un mural patriótico dedicado a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, en Moscú, el 17 de febrero de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Peatones pasan junto a un mural patriótico dedicado a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, en Moscú, el 17 de febrero de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times)

Los agravios, la paranoia y la mentalidad imperialista que llevaron al presidente Vladimir Putin a invadir Ucrania se han infiltrado de manera profunda en la vida rusa tras un año de guerra: una agitación social amplia, aunque desigual, que ha permitido al líder ruso tener más dominio que nunca en su país.

Los niños recogen latas vacías para hacerle velas a los soldados en las trincheras, mientras en la escuela aprenden en una nueva clase semanal que el ejército ruso siempre ha liberado a la humanidad de “agresores que buscan la dominación del mundo”.

Los museos y teatros, que siguieron siendo burbujas de libertad artística durante las anteriores medidas enérgicas, han visto cómo se evaporaba ese estatus especial y se expulsaba a sus artistas e intérpretes opositores de la guerra. Las nuevas exposiciones organizadas por el Estado llevan títulos como “OTANzismo”, un juego de palabras con “nazismo” que pretende presentar a la alianza militar occidental como una amenaza tan existencial como los nazis de la Segunda Guerra Mundial.

Muchos de los grupos activistas y organizaciones de defensa de los derechos que surgieron en los primeros 30 años de la Rusia postsoviética han llegado a su fin de forma abrupta, mientras que los grupos nacionalistas, antes considerados marginales, han ocupado un lugar central.

Con la llegada este viernes del aniversario de la invasión, el ejército ruso ha sufrido un revés tras otro, quedándose muy lejos de su objetivo de obtener el control de Ucrania. Pero en casa, frente a la escasa resistencia, el año de guerra de Putin le ha permitido ir más lejos de lo que muchos creían posible en la remodelación de Rusia a su imagen.

“El liberalismo en Rusia ha muerto para siempre, gracias a Dios”, se jactaba el sábado en una entrevista telefónica Konstantin Malofeyev, magnate ultraconservador de los negocios. “Cuanto más dura esta guerra, más se limpia la sociedad rusa del liberalismo y del veneno occidental”.

Niños durante una visita al Museo de la Victoria, dedicado a los sacrificios de Rusia y la victoria final sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, en Moscú, el 16 de febrero de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times)
Niños durante una visita al Museo de la Victoria, dedicado a los sacrificios de Rusia y la victoria final sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, en Moscú, el 16 de febrero de 2023. (Nanna Heitmann/The New York Times)

Que la invasión se haya prolongado durante un año ha hecho que la transformación de Rusia sea mucho más profunda, aseguró, de lo que habría sido si las esperanzas de Putin de una rápida victoria se hubieran hecho realidad.

“Si la guerra relámpago hubiera tenido éxito, nada habría cambiado”, afirmó.

Durante años, el Kremlin trató de mantener a Malofeyev a distancia, incluso cuando financiaba a los separatistas prorrusos en el este de Ucrania y pedía que Rusia se reformara para convertirse en un imperio de “valores tradicionales”, libre de la influencia occidental. Pero eso cambió tras la invasión, cuando Putin convirtió los “valores tradicionales” en un grito de guerra —firmando una nueva ley antigay, por ejemplo— mientras se presentaba a sí mismo como otro Pedro el Grande que recuperaba las tierras rusas perdidas.

Lo más importante, según Malofeyev, es que los liberales rusos han sido silenciados o han huido del país, mientras que las empresas occidentales se han marchado de manera voluntaria.

Ese cambio quedó patente el pasado miércoles en una reunión celebrada en la carretera de circunvalación en Moscú, atestada de tráfico, donde algunos de los más destacados activistas de los derechos humanos que han permanecido en Rusia se reunieron para celebrar la última de las muchas despedidas recientes: el Centro Sájarov, un archivo de derechos humanos, centro liberal durante décadas, inauguraba su última exposición antes de cerrar debido a una nueva ley.

El presidente del centro, Vyacheslav Bakhmin, antes disidente soviético, dijo a la multitud reunida que “lo que no podíamos imaginar hace dos años, o incluso hace un año, está ocurriendo hoy”.

“Se ha construido un nuevo sistema de valores”, dijo después Aleksandr Daniel, experto en disidentes soviéticos. “Valores públicos brutales y arcaicos”.

Hace un año, cuando Washington advirtió de una invasión inminente, la mayoría de los rusos descartaron la posibilidad; Putin, después de todo, se había presentado como un presidente amante de la paz que nunca atacaría a otro país. Así que, tras el inicio de la invasión —que dejó atónitos a algunos de los ayudantes más cercanos del presidente—, el Kremlin se apresuró a ajustar su propaganda para justificarla.

Fue Occidente quien entró en guerra contra Rusia al respaldar a los “nazis” que tomaron el poder en Ucrania en 2014, acusaba el falso mensaje, y el objetivo de la “operación militar especial” de Putin era poner fin a la guerra que Occidente había iniciado.

En una serie de discursos destinados a apuntalar el apoyo interno, Putin presentó la invasión como una guerra casi santa por la identidad misma de Rusia, y declaró que estaba luchando para evitar que las normas liberales de género y la aceptación de la homosexualidad le fueran impuestas por un Occidente agresivo.

Se desplegó todo el poder del Estado para difundir e imponer ese mensaje. Los canales nacionales de televisión, todos controlados por el Kremlin, abandonaron la programación de entretenimiento en favor de más noticias y discusiones políticas; se ordenó a las escuelas que añadieran una ceremonia periódica de izado de bandera y educación “patriótica”; la policía persiguió a personas por ofensas como publicaciones antibélicas en Facebook, contribuyendo a expulsar del país a cientos de miles de rusos.

“La sociedad en general se ha descarrilado”, aseguró en una entrevista telefónica Sergei Chernyshov, director de un instituto privado en la metrópolis siberiana de Novosibirsk. “Han dado la vuelta a las ideas del bien y del mal”.

Al mismo tiempo, argumentó, la vida cotidiana ha cambiado poco para los rusos que no tienen a un familiar combatiente en Ucrania, lo que ha ocultado o atenuado los costos de la guerra. Funcionarios occidentales estiman que al menos 200.000 rusos han muerto o resultado heridos en Ucrania, un balance mucho más grave de lo que habían previsto los analistas cuando comenzó el enfrentamiento. Sin embargo, la economía ha sufrido mucho menos de lo anticipado, y las sanciones occidentales no han conseguido reducir drásticamente la calidad de vida de los rusos promedio, aunque muchas marcas occidentales se hayan marchado.

“Una de las observaciones más aterradoras, creo, es que, en su mayor parte, nada ha cambiado para la gente”, explicó Chernyshov, quien describió el ritmo urbano de restaurantes y conciertos, y a sus estudiantes saliendo de citas. “Esta tragedia queda relegada a la periferia”.

En Moscú, la nueva ideología de guerra de Putin se exhibe en el Museo de la Victoria, un complejo en la cima de una colina dedicado a la derrota de la Alemania nazi por la Unión Soviética. Una nueva exposición, “NATOzismo”, declara que “el propósito de crear la OTAN era lograr la dominación mundial”. Una segunda, “Nazismo cotidiano”, incluye artefactos del Batallón Azov de Ucrania, que tiene conexiones con la extrema derecha, como prueba de la falsa afirmación de que Ucrania está cometiendo un “genocidio” contra los rusos.

“Fue aterrador, espeluznante y horrible”, afirmó Liza, de 19 años, una de las visitantes de la exposición, que no quiso dar su apellido debido a la sensibilidad política del tema. Dijo sentirse angustiada al conocer este comportamiento de los ucranianos, tal y como lo presenta la propaganda rusa. “No debería ser así”, opinó, mostrando su apoyo a la invasión de Putin.

En Moscú, en el acto de despedida celebrado en el Centro Sájarov, algunos de los asistentes de más edad señalaron que, en el arco de la historia rusa, la represión de la disidencia por parte del Kremlin no era nada nuevo. Yan Rachinsky, presidente de Memorial, el grupo de defensa de los derechos que se vio obligado a disolverse a finales de 2021, aseguró que los soviéticos prohibieron tantas cosas “que ya no quedaba nada que prohibir”.

“Pero no se puede prohibir que la gente piense”, añadió Rachinsky. “Lo que hacen hoy las autoridades no les garantiza ninguna longevidad”.

c.2023 The New York Times Company