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52 días de camino: El desesperado viaje de una familia migrante a Chicago

EL PASO, TEXAS — Esperanza Beatriz Méndez no pudo despedirse de su madre antes de dejar su hogar en Venezuela con sus tres hijos.

Su madre, a quien llamó la persona más importante de su vida, se opuso tan firmemente a que hiciera el peligroso viaje a EEUU que no se despidió de ella. Esperanza lloró afuera de la casa de su madre, pero sabía que tenía que irse, contó.

“Tengo planes: el primero es trabajar y comprar una casa y traer a mi mamá”, dijo. “Espero que esté bien, que no haya caído en depresión y que me espere”.

Esperanza y sus hijos huyeron de Venezuela para escapar de un colapso económico que había cerrado las escuelas de sus hijos y las tiendas de comestibles de su ciudad. Su objetivo ahora: llegar a Chicago y reunirse con un familiar.

El grupo de cinco (Esperanza, sus tres hijos y la novia embarazada de su hijo, además del perro de la familia) recorrieron más de 3,000 millas durante más de siete semanas y sobrevivieron al Tapón del Darién en Panamá, una jungla desgarradora donde observaron, impotentes y horrorizados, cómo otros migrantes fueron arrastrados por los ríos a pocos pasos de ellos. Durmieron en el suelo y experimentaron una desesperación que nunca podrían haber imaginado.

Pero cuando finalmente llegaron a un refugio en EEUU, enfrentaron un nuevo tipo de preocupación. Estaban en un país que no conocían, dirigidos por señales que no podían leer y navegando por complicadas cuadrículas de ciudades que no podían comprender. No tenían servicio celular ni ningún plan real sobre cómo llegar a Chicago.

El Tribune viajó con Esperanza y su familia desde El Paso, una de las regiones fronterizas urbanas más grandes del mundo, hasta Chicago Union Station para comprender mejor lo que los migrantes pexperimentan en el lado estadounidense de su viaje. El viaje tomó más de 48 horas en autobús y tren.

Aproximadamente 11 meses desde que el gobernador de Texas, Greg Abbott, comenzó a enviar inmigrantes de Texas a Chicago, la ciudad ha recibido 176 autobuses y más de 12,000 personas, la mayoría de las cuales son de Venezuela.

Los autobuses a Chicago son enviados no solo por Abbott, sino también por la ciudad de Denver y Caridades Católicas en San Antonio. Denver comenzó a proporcionar transporte gratuito para personas a otros destinos a mediados de diciembre, para gran exasperación de la exalcaldesa Lori Lightfoot, quien en enero exigió en una carta al gobernador de Colorado que la ciudad se detuviera. Meses después, con un nuevo alcalde, los autobuses siguen llegando.

Por lo general, las familias migrantes tienen personas en EE.UU que pueden apoyarlos económicamente para comprar pasajes aéreos o de autobús para llegar a sus ciudades de destino. Pero algunos de Venezuela, como la familia Méndez, llegan sin dinero y con pocas conexiones.

Entonces, en cambio, a través del boca a boca en la frontera, escuchan que pueden ir a El Paso y comprar boletos de autobús baratos a Denver o San Antonio, que los enviarán a otras ciudades, principalmente a Chicago y Nueva York. La mayoría espera solicitar asilo formalmente, una forma de protección que permite permanecer en Estados Unidos a aquellos que enfrentan persecución o daño en su país de origen.

La familia Méndez quería ir a Chicago porque el padre de los dos niños menores vive allí, dijeron. Esperanza dijo que no estaba claro si habría un lugar para quedarse cuando llegaran a Chicago. El padre de los niños había estado en la ciudad durante unos ocho meses, dijeron, y aunque estaban en comunicación con él, no estaban seguros de lo que sucedería.

La familia Méndez

Esperanza se dice afortunada.

Cuando era pequeña, su madre limpiaba hospitales y su padre era carpintero. De adulta, limpiaba casas en Venezuela.

“Pero después de un tiempo ya no pude más”, dijo en referencia a la crisis sociopolítica y económica de su país que obligó a la gente a dejar de pagar los servicios de limpieza.

Desde 2015, más de 7 millones de personas han huido de Venezuela como refugiados y migrantes, convirtiendo su éxodo en la segunda crisis de desplazamiento externo más grande del mundo, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Si bien la mayoría de ellos han aterrizado en países de América Latina y el Caribe, más de 500,000 han llegado a Estados Unidos.

El gobierno de Estados Unidos actualmente permite que hasta 30,000 personas por mes, de Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela, vengan al país por un período de dos años. Más de 48,000 venezolanos han llegado desde el 5 de enero, según datos recientes del Departamento de Seguridad Nacional.

El viaje de la familia Méndez a Estados Unidos les tomó poco menos de dos meses, mientras que a algunas personas les puede llevar seis meses o más. Esperanza viajó con su hijo Fabián de 19 años, su hija Yuledy de 10 años y su hijo Pedro de 9 años. La novia de Fabián, embarazada de seis meses, Yolexi Cubillan, también se unió a ellos.

Lo mismo hizo su cachorro mitad chihuahua, Milo, de un año y medio.

A Yuledy, que a menudo vestía de rosa y se recogía el pelo en una larga cola de caballo, le gustaba abrazar a Milo y tomarse selfies con el teléfono de su madre. Pedro tenía problemas para quedarse quieto, exploró los callejones detrás del refugio y golpeteaba sus Crocs contra el suelo del autobús.

En el transcurso del viaje, Yuledy y Pedro fueron compañeros de juegos. Corrieron arriba y abajo de las plataformas del tren, lucharon con los brazos en las aceras, exploraron rincones y puertas en el refugio y le arrojaron patos de goma de plástico a Milo.

Yolexi emprendió el viaje sin su propia familia. Sus dos hermanos, uno mayor y otro menor, permanecieron en Venezuela, contó. Ella era una estudiante, hasta que los maestros abandonaron su escuela.

“Mi hija postiza. ‘Mi segunda hija’, le digo a la gente”, mencionó Esperanza respecto a la novia de su hijo, quien luce frenillos cuando sonríe.

A Fabián le gusta poner las manos sobre el estómago hinchado de Yolexi y comentar las patadas del bebé. Él esperaba un niño, dijo, y ella quería una niña. Él le prometió a su madre que trabajaría para mantener a su familia.

“Pero cuando era más chico, era salvaje. Peor que cualquiera de ellos. Malo. Retrasó todo”, dijo Esperanza, riendo.

Ella regañó a Pedro cuando se alejó a explorar un rincón del refugio y no le dijo a dónde iba. Se reía con Yuledy cuando se ponía un peluche en la cabeza o dibujaba un perro que se parecía a Milo. Se aseguró de que Yolexi comiera y descansara en el refugio.

Esperanza tiene tatuados en el antebrazo los nombres de sus dos hijos y un corazón con las iniciales de sus tres hijos en el tobillo.

“Los niños son nuestro mayor milagro y una bendición”, dijo. “Disfrútalos, quédate con ellos”.

Esperanza tiene un gran quiste en el lado derecho de su cuello por el cual espera recibir tratamiento médico. A ella no le gustaba hablar de eso. Usaba un inhalador y a menudo se quejaba de dolor de cabeza y de tener fiebre.

“Me da vergüenza. Me siento mal”, dijo sobre su quiste. “Traje todos mis papeles, porque quería que me vieran. Quería que me trataran”.

Yuledy miró hacia otro lado cuando su madre habló sobre el quiste.

‘La experiencia más fea de mi vida’

La familia de Esperanza era su mayor preocupación en la selva. El mundo natural no discrimina, dijo Fabian. Los ríos de la densa selva tropical del Darién te llevan y te levantan, no importa quién seas o de dónde vengas.

“La naturaleza no te deja saber lo que está haciendo. No te avisa”, dijo.

El Tapón del Darién es una jungla entre Colombia y Panamá que ha visto un número récord de migrantes cruzando sus 60 millas de selva tropical, montañas y pantanos en los últimos años. Se considera una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Más de 248,000 migrantes cruzaron en 2022, según el gobierno panameño.

También es una de las regiones más húmedas, y mayo y junio son los meses de mayor precipitación. La lluvia crea deslizamientos de tierra e inundaciones repentinas que pueden arrastrar a los migrantes cuando duermen.

“Mucha gente muere”, dijo Esperanza.

La familia Méndez ingresó al Darién el 29 de mayo y salió el 4 de junio.

El agua que fluye a través de la jungla cambia de color de transparente a marrón, dependiendo de qué tan rápido se precipita y agita los sedimentos. En un momento vieron a una mujer con un bebé siendo arrastrada por él. Un hombre corrió y trató de ayudar, pero la corriente era demasiado fuerte y ni la mujer ni el bebé sobrevivieron.

“Era su papá”, dijo Fabian. “Podías escuchar sus gritos”.

Pedro cayó al río mientras sostenía a Milo, pero otro migrante lo sacó.

“La experiencia más fea de mi vida fue ver a mi hijo caer en ese río”, dijo Esperanza. “Ese trauma se quedará conmigo. No quiero volver a cruzar ríos nunca más”.

Fabián y Yolexi continuaron por el río, pero después de ver los ahogamientos, Esperanza tomó un camino diferente con sus dos hijos menores, por una montaña. Se reunieron una hora y media después, dijo Fabián, pero su madre estaba aterrorizada. Odiaba estar separada.

“¡Mami, aquí estoy!” le gritó a ella a través del espeso follaje.

Esperanza dijo que odiaba la lluvia fuerte y el aire frío. El agua de la inundación repentina que se estrelló contra las rocas en la noche cerca de donde dormían, empapándolos a ellos y a sus escasas pertenencias. Perdieron la mayor parte de lo que poseían en el agua creciente.

Pero estas son experiencias de todos, dijo Esperanza. Algunas personas pasan, pero otras no lo logran. Se cansan. No pueden encontrar la fuerza para continuar.

“A veces, no tenía fuerzas”, dijo.

Cuando se sintió débil, sus hijos la ayudaron a seguir adelante, especialmente Yuledy.

“Caminé y caminé sobre montañas hasta que no pude. Me arrodillé y le dije a Dios que estaba lista para mi muerte. Pero vi (a Yuledy) continuar, continuar, y ella me dio fuerzas para hacerlo también”.

“Levántate”, le dijo Yuledy a su madre en su peor momento. “Párate”

Juárez

Después de viajar de Panamá a México en autobús público, la familia Méndez pasó 14 días en Monterrey y cuatro noches en la ciudad fronteriza de Juárez, México. Paralizada por el tráfico de drogas sintéticas y la pobreza, Juárez es conocida por su alto índice de delitos violentos, incluidos asesinatos y secuestros. El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, un centro de estudios mexicano que publica anualmente las 50 ciudades más peligrosas del mundo, clasificó a Juárez en el puesto número 9 en 2022 con más de 1000 homicidios.

Alrededor de una docena de migrantes en el Parque Chamizal en Juárez que hablaron con el Tribune, habían estado esperando semanas para cruzar la frontera, durmiendo en cobijas o mantas y lavando su ropa en baldes de plástico.

Habían sobrevivido al Tapón del Darién y ahora yacían sobre la hierba seca, mirando sus teléfonos. Era mediodía, por lo que otros se habían ido a buscar trabajo temporal. La basura y los juguetes perdidos estaban esparcidos por los caminos alrededor del parque. Una niña venezolana de 3 años con cabello rizado se sentó en una colchoneta con su mamá y comió galletas de fresa.

Mientras algunos pasan semanas o incluso meses en Juárez, Esperanza y su familia pasaron cuatro noches durmiendo cerca del puente. La primera noche, el estruendo de un tren arriba los sobresaltó. Pedro agarró a su madre, gritando.

La única forma en que los solicitantes de asilo pueden solicitar protección en los puertos de entrada de EEUU es programando una cita a través de la nueva aplicación de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) One app, una aplicación móvil oficial utilizada por CBP para inspeccionar y documentar llegadas y salidas en Estados Unidos.

La aplicación ha mejorado significativamente desde que se creó en octubre de 2020 sin opción en español, dijo Crystal Sandoval, directora de iniciativas estratégicas de la sucursal de México del grupo de defensa de inmigrantes Las Américas. Pero las personas que tienen teléfonos con datos más lentos a menudo tardan más en conseguir citas y muchos todavía esperan meses. Es frustrante y puede ponerlos en riesgo, dijo Sandoval.

Y me refiero a ser secuestrado. Ser robado. Ser víctimas de acoso sexual o delitos”, dijo Sandoval.

Tras el fin de una ley fronteriza de la era de la pandemia a principios de mayo que provocó un aumento vertiginoso de la migración a EEUU, la aplicación ha ayudado a mantener bajos los cruces fronterizos ilegales, pero ha aumentado la cantidad de personas que esperan en Juárez una cita para ingresar legalmente. Hubo más de 42,000 encuentros de CBP con migrantes que intentaban ingresar a EEUU en El Paso en abril, y el número disminuyó en decenas de miles en los siguientes dos meses.

Mientras la mayoría de la gente espera una cita en la aplicación, algunos intentan simplemente hacer cola en un puerto de entrada y otros cruzan el río o escalan el muro, por desesperación o huyendo de la violencia.

En el lado de la frontera de El Paso, la cerca se eleva 30 pies sobre la arena. El gobernador Abbott ordenó que se agregaran bucles atados de alambre de púas en la parte superior y lateral de la cerca.

“Afilado como una navaja”, dijo un oficial de inmigración al Tribune.

‘Sentí de todo’

El 11 de julio, Esperanza y su familia se pusieron en fila y, utilizando la aplicación, cruzaron. Se les dijo que esperaran en una pequeña habitación directamente más allá del puente. Esperanza dijo que estaba nerviosa por ser procesada, pero los movieron rápidamente y les preguntaron si querían ir a un refugio.

“Sabía que no tenía dinero. Yo no tenía nada, así que acepté”, dijo Esperanza.

Si los inmigrantes ingresan a través de la aplicación CBP One, su caso se somete a la discreción de un oficial de CBP y el resultado es aleatorio. Pueden obtener la libertad condicional, lo que significa que pueden viajar libremente en Estados Unidos hasta la fecha asignada por el tribunal para su audiencia de asilo. Pero a veces son puestos arbitrariamente en centros de detención, según los directores de los albergues y los defensores legales.

Los que logran cruzar son llevados a refugios administrados por grupos religiosos o por el gobierno de El Paso cerca de los puertos de entrada. La mayoría de las personas que viajan solas van a la Iglesia del Sagrado Corazón en el centro de El Paso. Otros, como la familia Méndez, son conducidos a iglesias cercanas más pequeñas.

La familia Méndez de cinco miembros más un perro, salió de la cita con CBP a la calle en El Paso. Fueron recogidos por una camioneta con una familia de Haití y llevados a la Iglesia de la Sagrada Familia, un refugio un poco más lejos del puerto de entrada.

Esperanza había dejado todo atrás y tenía miedo de lo que le depararía el futuro.

“Sentí de todo”, dijo.

A trescientos cincuenta y nueve yardas del muro metálico que separa a México de Estados Unidos, la familia Méndez se instaló en la iglesia cercada por una alambrada.

“¡Bienvenidos a Casa Miguel!” un letrero en el exterior estaba pintado con letras rojas brillantes.

Había catres apilados en una esquina y bolsas delgadas llenas de ropa apiladas en un contenedor contra la pared opuesta. Los niños pequeños corrían en círculos, empujando camiones de plástico. Uno usaba pantalones caqui que se le caían. Ella se rió y se revolcó en el suelo.

El refugio es un centro de descanso temporal, un lugar donde las personas pasan la noche antes de organizar el transporte a las ciudades de Estados Unidos. Unas 50 personas son dejadas todos los días, a menudo directamente por CBP desde los puertos de entrada de la ciudad, dijo el reverendo Jarek Jaroslaw Wysoczanski, que dirige la iglesia.

Un médico vio a Pedro, que tenía una infección en la pierna. Era un hongo por dormir en el suelo, dijo Esperanza. El mismo médico le dio a Yolexi un chequeo y vitaminas prenatales. La familia cenó y se durmió.

Esperanza dijo que se levantó temprano para limpiar. Se preguntó si podría encontrar otros refugios para trabajar una vez que llegaran a Chicago.

En el momento somnoliento del día después de la cena, Holy Family estaba notablemente quieta y tranquila. En el estacionamiento, gritos lejanos de niños y hombres jugando al fútbol rebotaban en las paredes de las casas vecinas.

Las camitas de lona dura, o catres, y los juguetes y artículos no perecederos donados proporcionaron la mejor situación de vida que algunos migrantes habían visto en semanas o incluso meses, dijeron varios al Tribune.

“Han sido muy amables con nosotros. Nos han tratado muy bien”, dijo Esperanza.

En un momento de la noche, Esperanza no encontró a Yuledy y eso la llevó a un estado de pánico. Mientras tanto, Yuledy estaba sentada tranquilamente en una mesa en medio del refugio, usando lápices para colorear. Esperanza la regañó por no decirle adónde iba.

Cuando Milo lo mordió, Esperanza se sentó en un catre y lo cosió. Enhebró la aguja y tiró de ella con firmeza, como si hubiera atado los hilos rojos cientos de veces antes.

Su primera noche en el refugio, Esperanza lloró. Había llorado mucho antes de salir de Maracaibo y en lo más profundo de la selva. Había llorado de alivio cuando llegaron al puente en Juárez, México. Pero este era un llanto diferente: un llanto silencioso y cansado sobre cuánto tiempo más les quedaba por recorrer antes de llegar a un lugar con el que habían estado soñando durante meses.

Milo

A la mañana siguiente, Pedro y Yuledy jugaron con Milo y ondearon banderas estadounidenses de plástico. Después de sentarse a desayunar donas y café, Wysoczanski se acercó a Esperanza para confirmar sus planes de viaje.

“Me dijo que nos ayudaría a llegar a Lenver. ¿Sabes qué es Lenver?, preguntó.

Muchos inmigrantes en El Paso compran boletos a Denver o San Antonio porque han escuchado que esas ciudades brindan transporte gratuito a otras ciudades más grandes, como Chicago o Nueva York, según voluntarios de la iglesia.

Un boleto de autobús a Denver desde El Paso cuesta $90 para un adulto, mientras que los boletos de avión y autobús a las principales ciudades fuera de El Paso pueden costar más de $300. Denver compra boletos de autobús para que las llegadas se dirijan a otros lugares de Estados Unidos, lo que mantiene sus refugios municipales relativamente vacíos. Los inmigrantes ven a Denver como un centro de tránsito con “boletos gratis”.

Alrededor de 15 a 20 veces al año, la iglesia recibe a una familia numerosa con pocos recursos, por lo que los voluntarios se unen para ayudar, dijo Wysoczanski. La familia Méndez era una de esas familias.

Esperanza se sorprendió cuando le dijeron que un viaje en autobús a Denver tomaría más de 10 horas, pero sabía que con cinco personas y un perro, volar sería demasiado costoso. Fue con Wysoczanski a comprar boletos de autobús, trayendo las identificaciones venezolanas de la familia. Sus hijos y Milo se quedaron en el refugio.

Una mujer con un chaleco gris recogió el dinero en efectivo que Wysoczanski sacó de su bolsillo, luego Esperanza preguntó si podía llevar a Milo.

“Lo siento, pero no podrás”, dijo en español. “Es la política de autobuses”.

El rostro de Esperanza cayó. La familia había llevado al pequeño Milo por miles de millas, lo habían llevado a través de la jungla y en un viaje en autobús de 18 horas a Monterrey desde el sur de México. No podían dejarlo.

Pero cuando Esperanza pidió que le devolvieran su dinero, la mujer del mostrador se negó. Ella negó con la cabeza y se alejó.

“¿No podemos registrarlo como un perro de servicio por todo el trauma por el que han pasado?”, dijo Wysoczanski frenéticamente.

Aturdida, Esperanza se paró en el mostrador, llorando. Se había dicho a sí misma repetidas veces durante el viaje que si necesitaba dejar al perro o dárselo a alguien, la devastaría.

Casi media hora después, Wysoczanski y Esperanza todavía estaban en la fila frente al mostrador de boletos del autobús, sin saber qué hacer. La mujer volvió de mala gana, abrió la caja registradora y devolvió los billetes del cajón.

“La próxima vez, preste atención a la política”, dijo.

Wysoczanski y Esperanza se dirigieron a la estación de autobuses Los Angeles Limousine Express cercana y pagaron el mismo precio por un viaje con un perro, bajo la promesa de que estaba vacunado y viajaría en una jaula todo el tiempo.

La familia Méndez, incluido Milo, se iría más tarde esa noche, les dijeron.

Amplias calles pavimentadas

Debido a que la compra de boletos tomó tanto tiempo, Wysoczanski tuvo que irse a una reunión. Esperanza caminó la milla de regreso al refugio desde la estación de autobuses en El Paso, con los techos de Juárez detrás de ella, al otro lado de la frontera.

Recordó su tiempo en el Tapón del Darién mientras caminaba, señalando la parte superior de un hotel de 17 pisos en El Paso: Hotel Paso Del Norte. Su familia escaló más de 11 picos igual de altos a principios del mes anterior, dijo.

Observó las amplias calles pavimentadas de El Paso, hizo preguntas sobre cada tienda y probó palabras en inglés como “flower”. En Venezuela, dijo, la moda era importante. Llevaba ropa de colores brillantes y cuidadosamente escogida. La mayoría de sus pertenencias se perdieron en el Darién.

“¿La ropa es barata aquí?” preguntó, mirando en una vitrina a un maniquí vestido con ropa casual de negocios.

Sostuvo sus papeles de inmigración de cerca. Su fecha de corte asignada para solicitar asilo formalmente no es hasta el 3 de diciembre de 2025. Quiere buscar trabajo, reunir dinero y poner un techo sobre las cabezas de sus hijos, dijo.

Hacia lo desconocido

Desde su primer día en Estados Unidos, la familia Méndez aprendió que la migración no se trata tanto de qué tan bien te puedes mover sino de qué tan bien puedes esperar. El calor de 105ºF mantuvo a casi todos dentro del refugio todo el día, esperando para partir en su transporte ya organizado.

Esperanza y Pedro tomaron café y comieron donas de la mañana, rancias, para pasar el tiempo. A medida que se acercaba la noche, se movían, hablaban entre ellos y recogían sus pertenencias. Cenaron en silencio: espaguetis, ensalada, pan, paletas de hielo y uvas verdes.

Esperanza cargó a Milo en su caja de plástico, donada por uno de los voluntarios del refugio. Wysoczanski empaquetó bolsas de alimentos no perecederos para los viajes.

Luego se amontonaron en el regazo del otro en la camioneta y condujeron a través de El Paso. La gente se reunió frente a la terminal de Los Angeles Limousines. La familia y Wysoczanski se abrazaron y se tomaron fotos en el estacionamiento.

“Estamos muy agradecidos de haberte conocido. Te llevaremos en nuestros corazones para siempre”, dijo Esperanza.

Llevaba unas mallas negras donadas y una camiseta que decía “sigue a tu corazón”. Sus anteojos estaban colocados en su cabeza y jugueteaba con las cuentas de un rosario escondido debajo de su camisa.

La familia abordó el autobús Limousine a las 7:45 p. m., pero se les ordenó dejar a Milo en el área de almacenamiento de equipaje separada en la parte inferior del autobús durante el viaje de 11 horas. Esperanza no sabía que esa sería la política, y jadeó en estado de shock.

Vertió agua en un recipiente vacío de Cheerios y lo hizo beber por unos momentos antes de subirse.

Luego, la familia se sentó, repegando las piernas contra las charolas de plástico plegables frente a ellos.

Fabián y Yolexi juntaron sus cabezas y se pusieron a ver su teléfono. Yuledy tiró de los pantalones cortos de Pedro y le dijo a su mamá que no se había puesto ropa interior en el refugio.

Las nubes eran densas sobre Juárez cuando el autobús lleno arrancó hacia Nuevo México. Pedro miró por la ventana las montañas que pasaban. Esperanza tomó un video en su teléfono. Yuledy señaló y miró fijamente.

“¡Mira, mami! Cuando la muñequita está roja, está ocupado. Míra”, dijo Yuledy, señalando la figurita afuera del baño.

Saltó por el pasillo del autobús, y Esperanza negó con la cabeza a sabiendas.

El autobús era incómodo, pero la familia Méndez durmió de todos modos, girando sus cuerpos para caber en sus asientos, que rebotaban hacia arriba y hacia abajo. El aire frío salió disparado de las rejillas de ventilación de arriba.

El autobús avanzó, los baches sacudieron las ventanas. Esperanza sostuvo a Yuledy con fuerza en sus brazos.

Procesado rápidamente

Esperanza, Fabián, Yolexi, Yuledy y Pedro se bajaron del autobús en Denver, estiraron las piernas y agarraron sus pertenencias. Nadie sonrió. Ni siquiera cuando sacaron a Milo de su jaula.

“Lo primero que debemos hacer es preguntar dónde está el refugio”, dijo Fabián, con una nube de incertidumbre en su rostro.

La familia salió de la estación a la calle. Yuledy recogió una flor diente de león y se la puso detrás de la oreja. Se pararon en la acera. Unos pocos grupos de migrantes en situaciones similares se encontraban cerca.

Un venezolano de 24 años llamado Owen Ceballos se quedó afuera. Entabló una conversación con Fabián, diciéndole que tenían que ir al Coliseo, donde serían procesados y ayudados.

Ceballos dijo que llegó a Denver hace ocho meses y gana dinero transportando a inmigrantes desde la estación de autobuses hasta el refugio temporal en el Coliseo de Denver.

Se ha ganado la vida por sí mismo; es suficiente para pagar un apartamento decente en la ciudad.

Aceptó $20, o lo que dijo que era la mitad del precio del viaje, porque era todo lo que podían pagar. Un voluntario del refugio de El Paso les había dado dinero en efectivo antes de que se fueran.

Ceballos tocó una canción mexicana, “Supe que me amabas” de Marcela Ganara, en el auto. Esperanza cantó, mirando por la ventana.

Se alinearon afuera del Coliseo con docenas de otros migrantes en busca de dirección. Un hombre con una camisa a cuadros se acercó y les preguntó cuáles eran sus planes.

“Conoces gente en Chicago, ¿sí?” preguntó en español.

Ellos asintieron.

“Chévere”, dijo. “Excelente. Abrimos a las 8″.

El Tribune intentó ingresar al refugio municipal en el estadio de Denver, pero los funcionarios le pidieron que abandonara las instalaciones. Esperanza dijo que la ciudad tampoco le permitió entrar al Coliseo con Milo. Sus hijos entraron mientras ella esperaba afuera. La ciudad inmediatamente les compró cinco boletos de Amtrak que saldrían más tarde esa noche.

“No nos ofrecieron agua ni comida. Nos sentaron en sillas de plástico y nos procesaron rápidamente”, dijo Esperanza.

Denver ha recibido a más de 14,000 inmigrantes desde diciembre y ha comprado unos 6,400 pasajes de autobús y Amtrak por más de $2.3 millones desde entonces, según Victoria Aguilar, portavoz de Denver Human Services. Aproximadamente un tercio de ellos han ido a Chicago, según datos de Denver.

Jesús de la Torre, investigador del Hope Border Institute, que trabaja con migrantes en El Paso, Juárez y Las Cruces, dijo que cuando los gobernadores suben a los migrantes a los autobuses o las organizaciones benéficas y los gobiernos de las ciudades los envían rápidamente, son tratados como peones políticos.

“Existe una clara necesidad de que las personas obtengan transporte desde las ciudades fronterizas hasta las ciudades de destino. Pero necesitamos un sistema de coordinación nacional que pueda ayudar a las personas a llegar a sus destinos. Necesitamos que las ciudades de destino sean conscientes de la cantidad de personas que llegan. Tenemos que hacerlo de una manera humana y coordinada”, dijo.

Los funcionarios de Denver subieron a la familia a un autobús que los dejó en la estación de tren. La brusquedad los sobresaltó y se instalaron en el andén frente al mapa de trenes.

‘Que bonito’

¿Cuándo llegará el tren aquí? ¿Por qué tarda tanto? ¿Cómo sabremos dónde embarcar? Todas sus preguntas quedaron sin respuesta.

Un hombre que se presentó como Enrique se acercó a la familia y les preguntó adónde iban, si necesitaban algo. Intercambió números de WhatsApp con Yolexi.

“No seas tímida, yo necesito a alguien como tu… Te ayudo en lo que sea, pero a ti sola”, le escribió más tarde.

La familia se sentó, viendo pasar a los peatones que se dirigían al concierto del viernes de Taylor Swift. Los fanáticos usaron chándales brillantes y deslumbrantes. Pasó una chica de cabello rubio y un vestido rojo suelto, y Esperanza la miró con asombro.

“Qué linda”, le dijo a Yuledy.

Cerca de allí, se estaba jugando el partido Rockies-Yankees en el Coors Field y se escucharon los rugidos de los aficionados. Los fanáticos de Colorado usaron camisetas deportivas de lino blanco y morado prensado. Algunos miraban a la familia al pasar, pero otros los ignoraban.

“Es hermoso aquí”, dijo Esperanza, notando las macetas llenas de flores moradas y rojas. “Si se ve así en todas partes, entonces estaremos bien”.

Pero Esperanza también tenía fiebre y dolor. Tenía hambre y nostalgia.

Echaba de menos los sonidos de la lengua maracucho, la variedad del español que generalmente se habla en el estado de Zulia, en el noroeste de Venezuela, de donde es originaria. Añoraba la cocina de su madre, la casa de tres cuartos que habían dejado atrás, la vecina que le daba pena a su hijo mayor Fabián por no cerrar bien la puerta. Por sus dos gatos, tres perros, dos conejos. Para caraotas negras: frijoles negros que se cuecen a fuego lento en una estufa. Para un café divino y suave.

La familia yacía sobre mantas sobre el concreto, estirando los bocadillos que habían recibido en el refugio en El Paso. Esperanza partió un sándwich de mantequilla de cacahuate y mermelada y se lo comió lentamente, cada rebanada de pan individualmente.

El tren se retrasó tres horas. Yuledy y Pedro exploraron las habitaciones en Union Station de Denver, lucharon con los brazos cerca de la barandilla, lanzaron botellas de agua de plástico y corrieron entre sí en la plataforma. Yolexi y Fabian jugaron con la cara del otro y se rieron.

Se hizo de noche y empezó a llover. Finalmente, la bocina de un tren sonó en la distancia. Esperanza y sus hijos juntaron sus almohadas y bolsas y se alinearon.

Amtrak

En el tren, Yuledy se quedó dormida y también Esperanza. Durmieron mucho tiempo. Cuando Esperanza se despertó, al principio tuvo miedo cuando abrió los ojos y vio el campo borroso: depósitos de chatarra, parques de casas rodantes y campos de béisbol. Volvió a dormir.

Era su primera vez en un tren. Durmieron hasta la tarde.

“Tuve frío anoche”, dijo Yuledy cuando se despertó, frotándose los hombros.

El Amtrak se sentía espacioso en comparación con el autobús Limousine de El Paso.

Pedro y Yuledi corrían con botellas de agua de plástico, explorando. Encontraron el vagón comedor y el baño.

“Los niños menores de 13 años deben estar acompañados por un adulto”, dijo el hombre que dirigía el café por el intercomunicador.

Pasaron por Nebraska, Iowa e Illinois, y la familia comentó lo que vieron por la ventana. Las hileras de maíz que se doblaban como una ilusión óptica. Los árboles, los campos.

“Me recuerda a un lugar en Venezuela llamado Mene Grande”, dijo Yolexi, refiriéndose a las colinas al sureste de Maracaibo.

Pasaron por un lago y Esperanza se lo señaló a Yuledy.

“Ella quiere aprender a nadar. Ella siempre me ha dicho eso”, dijo.

Las horas de correr en una dirección y el soplar del aire de la ventilación, el olor a café rancio y el olor corporal retorcieron el estómago de Esperanza. Ella hizo una mueca y presionó su cabeza contra la ventana.

Después de casi 18 horas en el tren, finalmente se le acabó la paciencia. Pedro saltó emocionado, diciéndole que iba a explorar el carro de abajo.

“Por favor, no me hagas bajar y encontrarte”, dijo.

Las luces se atenuaron y les dijo a Pedro y Yuledy que se sentaran. Dijo que estaba cansada de viajar. Le dolía el cuerpo. Deseaba poder entender lo que decía la gente por el intercomunicador.

¿Qué hacemos?

Los campos se volvieron edificios dispersos, que luego se convirtieron en rascacielos, y Pedro y Yuledy miraron por la ventana el horizonte emergente de Chicago.

“Mi papá está allí y dice por teléfono que hay muchas ardillas allí”, dijo Yuledy. “Ardillas negras”.

Pedro asomó la barbilla y miró el andén del tren con asombro. El tren redujo la velocidad hasta detenerse.

Cincuenta y dos días después de salir de Venezuela, después de caminar penosamente a través de la jungla, atravesar montañas y viajar en autobús y tren, la familia de cinco integrantes llevó sus maletas al andén del tren en Chicago Union Station, sin tener idea de a dónde se dirigían. Esperanza agarró con fuerza la jaula para perros.

“Bienvenidos al gran salón”, decía un letrero que no podían leer.

Eran solo alrededor de las 6:00 p. m., pero estaban cansados, incluso desorientados, cuando entraron arrastrando los pies en la aireada sala de espera. La gente rodaba maletas detrás de ellos y los anuncios resonaban en inglés. Milo gritó desde su jaula.

Admiraron los techos altos, las tallas ornamentadas y los largos bancos de madera. Incluso se tomaron una foto frente a la bandera estadounidense que colgaba.

La luz cálida y los letreros luminosos no lograron calmar el miedo de Esperanza. Su rostro estaba contorsionado por la preocupación, que contagió a Yuledy. Por primera vez desde que llegó a El Paso, parecía que Yuledy iba a llorar.

“¿Qué hacemos?” preguntó Esperanza.

Fabián no tenía respuestas.

“Me dijeron que un autobús nos recogería y nos llevaría a una casita donde nos procesarían y nos llevarían a un albergue”, dijo Esperanza.

Caminaron por West Jackson Boulevard hacia el frente de la estación y se sentaron junto a una gran columna, buscando refugios en sus teléfonos. Los peatones pasaban con vestidos florales, bebían alcohol y subían a Ubers.

“Escuché que están otorgando contratos de arrendamiento de dos años en Denver, pero no lo sé. Y ya nos hemos ido. ¿Tienes señal? preguntó Esperanza.

Fabián negó con la cabeza. Paseó de un lado a otro, mirando los coches que pasaban volando por South Canal Street.

“Estoy un poco cansado”, dijo Pedro, apoyándose contra una pared.

Esperanza dijo que esperaba que Chicago fuera mejor que Denver, pero ahora, perdida cerca de la estación de tren sin saber a dónde ir, tenía dudas.

“Para (Denver) es más fácil enviarnos lejos que mantenernos allí. Es cierto, ¿verdad? Nos procesaron rápidamente. Es más fácil para ellos”, dijo, recordando su tiempo en el Denver Coliseum. “Nos sacaron. Me sacaron”.

La familia había escuchado que el sólido sistema de refugios de Chicago tenía muchos beneficios: tarjetas de identificación para los niños, oportunidades laborales y ayuda para la vivienda.

“No quiero vivir en un refugio toda mi vida”, dijo Esperanza. “Me gustaría ir a algún lugar donde esté bien. Donde tendré oportunidades”.

Se sentó y vio pasar a Chicago frente a ella.

Lo habían logrado. Esto es.

Esperanza contó cómo cuando salieron de la selva y se dirigían a Panamá hace como seis semanas, se encontraron con un grupo de migrantes que habían sobrevivido al viaje, reunidos en lo que ella llamó un “círculo de migración”. Yuledy y Pedro se habían desvanecido brevemente en el círculo de personas, y cuando ella se acercó al grupo, emergieron con comida.

Miró a sus hijos sentados a su lado en la acera.

“Son tan valientes”, dijo. “Gracias a Dios están a salvo y saludables”.

Cantó suavemente para sí misma.

Nota: Miles de migrantes han llegado a Union Station de Chicago en las mismas circunstancias que la familia Méndez durante el año pasado, y más de 800 están durmiendo actualmente en las estaciones de policía con una gran necesidad de servicios de salud y reasentamiento. Según la ciudad, todos los días siguen llegando buses de migrantes del Sur.

Este texto fue traducido por Leticia Espinosa/TCA