A 14 años de los 'granadazos', aún no se sabe quién atentó contra la población civil en Morelia

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En esta foto de archivo del 15 de septiembre de 2008,
En esta foto de archivo del 15 de septiembre de 2008, la policía y el personal de rescate ayudan a los heridos después de que unos delincuentes lanzaran dos granadas contra una multitud de miles de personas que celebraban el Día de la Independencia, matando a ocho personas e hiriendo a más de 100 en Morelia, oeste de México. (AP)

El 15 de septiembre del 2008 México vivió uno de los peores atentados terroristas que ha dejado el narco a lo largo de su historia de violencia y sangre en el país: dos granadas de fragmentación fueron detonadas entre la población que celebraba las festividades patrias en la plaza principal de Morelia, en el estado de Michoacán.

El atentado, que se atribuyó oficialmente al cartel de la Familia Michoacana, dejó un saldo de siete personas fallecidas y al menos 132 hombres, mujeres y niños que resultaron con lesiones graves. Algunos de los lesionados perdieron una o hasta dos de sus extremidades.

A 14 años de sucedidos los hechos todavía no se sabe a ciencia cierta quienes fueron los autores de ese atentado, las victimas de esa agresión no han recibido justicia ni reparación del daño. Ni los que fueron encarcelados inocentemente por ese hecho han recibido justicia.

Yo platiqué con los que fueron presentados como responsables de los abominables actos conocidos como Los Granadazos, conversé con ellos cuando los conocí en la cárcel federal de Puente Grande, en Jalisco.

Esta es la historia:

Corría el mes de octubre de 2008, cuando los guardias entraron con alboroto al siempre silencioso módulo del coc, se dirigieron hacia el conjunto de celdas del pasillo cuatro. Encapuchados y valientes, con el valor que produce golpear a un hombre esposado y desnudo, condujeron a empujones hasta el área central del coc a tres sujetos, que jadeantes y temerosos rogaban algo de piedad para que cesara la brutal golpiza que recibían.

Por cada petición de clemencia, los custodios respondían con azotes más feroces. Yo estaba en la celda número ocho, al final del pasillo, y hasta allá fue a dar uno de los esposados de pies y manos; en ese punto lo arrinconaron a toletazos y patadas, mientras, desde el fondo de mi aposento, observaba mudamente la paliza que le propinaban, a la vez que atendía la indicación de uno de los comandantes: tirarme al suelo para no ser testigo de la falsa valentía con la que muchas veces actuaban los custodios.

Después de prolongar casi una hora el vapuleo a los recién llegados, se escuchó la instrucción: dos de los detenidos serían trasladados a otro lugar y sólo a uno se le asignaría la celda cuatro de ese mismo corredor, a donde fue arrojado como un trapo viejo que rebotó y retumbó en el eco de aquel espacio reducido; de pronto parecía que se agitaba como un animal a medio morir, con la respiración de un corredor adolorido.

—Ese compita, ¿qué onda con usted? —Le susurró muy de madrugada Noé—, ¿de dónde viene?

—Soy de Michoacán —le contestó de bote pronto, con la voz aun quebrantada por la tunda de hacía unas horas—, vengo de Lázaro Cárdenas. ¿Aquí dónde es?

—Órale, otro que es inocente y que se siente vejado en sus derechos —dijo Noé como respuesta a la interrogante que le planteaba el recién ingresado.

—En serio, ¿aquí dónde es?, ¿a dónde nos trajeron? Yo vengo de Lázaro Cárdenas, pero desde hace una semana que no se en dónde estoy, me han tenido con los ojos vendados y me han traído de un lado para otro. Me han subido como a cuatro aviones y dos helicópteros y la verdad ya me desubiqué.

—¿Pos qué hiciste? ¿Qué te habrás comido para que te hayan dado ese trato? ¿A cuántas violaste?

—No, a ninguna; me confunden.

—Voy, voy; se me hace que éste es otro santito como el reportero que tenemos al fondo. Allá afuera bien cabrones y aquí dicen que no saben de qué los acusan.

—De verdad, amigo, me confunden; me quieren echar la culpa de las granadas que tiraron en Morelia, ahora para el día 15 de septiembre, donde murieron ocho personas y otras 100 están heridas. Pero la neta, yo no tengo nada que ver con esa situación, yo soy mecánico y mi esposa vende cena en la casa por las noches para poder sacar los gastos de la familia.

—¡Órale! —Exclamó Noé en un grito de éxtasis—. ¡¿Tú eres el chingón de las granadas?!

Todos, pese a estar en pleno aislamiento en el coc, supimos claramente del atentado con granadas que ocurrió la noche del 15 de septiembre en la ciudad de Morelia. Ese día teníamos una guardia tranquila, pasó rápida la cena, que recuerdo fue un plato de unicel con dos tostadas de carne de cerdo y un vaso de agua. También nos dieron una guayaba a manera de postre.

Después de la cena, un oficial que rayaba más bien en lo simple y bonachón de un velador de obra negra, y no en la estricta marcialidad en la que se encuadraba la mayoría de los custodios, nos contó a media noche, tal vez cansado de la monotonía del trabajo, que en Morelia, en pleno grito de Independencia, unos vándalos habían detonado granadas de fragmentación contra la población civil.

—Acaban de decir en las noticias de la tele que unos delincuentes tiraron dos granadas en Morelia —dijo el oficial mientras hacía su rondín por el pasillo, encontrando a la mayoría en la plática sobre el amor de Jesús Loya y la Nana Fine—. Dice el noticiero que hay varios muertos y muchos heridos, y dicen que fue La Familia Michoacana.

—Oiga, oficial, ¿las granadas se las tiraron al gobernador? —preguntó Noé muy interesado.

—No, el gobernador estaba dando el grito desde el palacio y la granada fue tirada a donde se encontraba la gente, frente al palacio. Dice el noticiero que fue en la plaza principal, a un lado de la catedral. Está cabrón, muchachos. Ustedes están bien cuidados aquí. Ya ven, tienen su comida a sus horas y hasta vigilancia que les cuida el sueño —dijo algo socarrón.

Esa noche que el oficial nos contó lo de Morelia, estuvimos todos en vilo, porque permitieron a Jesús Loya desahogar su pecho y cantar a todo pulmón en espera de la consabida golpiza, que finalmente lo conduciría a los brazos de su enfermera. Sólo que la guardia de esa noche, laxa y relajada, dejó que la serenata calara hondo en el ánimo y el sueño de todos los internos del coc. No hubo paliza para el recluso, y sí velada para el resto de los segregados.

—¿Y por qué tiraste las granadas a la gente? —preguntó insistente Noé al recién llegado, que aún se dolía de los golpes y batallaba con las cadenas y las esposas que lo sujetaban y le entorpecían hasta el habla.

—Te digo que yo no fui, yo soy mecánico; a mí me detuvieron porque tenían que presentar a alguien en el gobierno. Ya ves cómo es ese pinche enano que tenemos como presidente.

—¿Cuándo y en dónde te detuvieron? —le pregunté, ansioso por conocer alguna noticia del exterior.

—Me detuvieron en Lázaro Cárdenas, al día siguiente de los granadazos. Estaba trabajando en mi casa, en un taller que tengo ahí. Estaba reparando un carro que me llevaron para arreglarle la marcha, cuando me secuestraron. Era un comando armado.

—¿No te detuvo la policía? —lo cuestionó Noé.

—No, al menos no iban en patrullas de la policía. Fueron como unos 20 los que me detuvieron, iban en varias camionetas. Todos llevaban el rostro cubierto, con cuernos de chivo; llegaron y me subieron a una camioneta. No me torturaron ni nada, sólo me tiraron boca abajo y me pusieron una venda en la cara. De la casa me llevaron a un lugar a donde estaba un helicóptero y allí me subieron. Allí fue en donde supe que no estaba solo, que me llevaban junto con otros dos a los que no conozco.

—¿Con cuántos vienes? —Me detuvieron a mí solo, pero en la acusación que me leyeron dice que vengo con los otros dos, con los que se llevaron de aquí.

—¿Ya te leyeron la acusación?, ¿ya firmaste?

—Sí, me leyeron de lo que se me acusa; dicen que soy uno de los tres que aventaron las granadas en Morelia.

—¿Y firmaste de aceptación? —Sí, cómo no iba a firmar si me estaban matando. Me estaban ahogando cuando me entregaron las hojas para que firmara, y dijo el ministerio público que si no lo hacía iban a mandar levantar a mi esposa y a toda mi familia. Y después de haber visto cómo me sacaron de mi casa, no dudo que sí puedan mandar a alguien a que mate a mi esposa y a mis hijos.

—No, a mí se me hace que sí eres el que tiró las granadas… —dudó Noé desde el fondo de su celda, desde donde se escuchaba su voz aguda y hábil, como cuando tenía la mente más ágil y el pensamiento más crítico—. ¿A poco ibas a firmar sólo porque sí la acusación que te manda a la cárcel por lo que te queda de vida?

—No, compa, le digo que no soy. Le estoy diciendo que me confunden. Me están culpando de algo que no hice, me están acusando de pertenecer a Los Zetas y de ser parte de un comando especial que llegó a Michoacán para calentar el estado. Eso es lo que dice en la acusación que me dieron a firmar. Y firmé porque no había para dónde hacerse en ese momento, porque si no firmaba me tirarían de un helicóptero sobre el mar.

—¿A poco firmaste la declaración de culpable en un helicóptero?

—Sí, me subieron a un helicóptero y comenzó a volar, mientras me tenían amarrado y me golpeaban dos soldados…

—¿No que no te habían detenido los soldados, sino que había sido un comando que no eran policías? —lo cuestionó Lupillo desde la celda tres, que también estaba atento a los detalles de la plática.

—No, lo que yo dije no fue que no me detuvieron los soldados, sino que fue un comando de unos 20 los que llegaron a mi casa. Después los que me detuvieron me entregaron con los soldados, porque me llevaron a un lugar en donde estaba un helicóptero y de allí me trasladaron a otro lugar, como a media hora de vuelo, y me subieron a otro helicóptero, y en ese helicóptero, en el segundo, me comenzaron a golpear y a torturar. Y allí fue en donde dos soldados me estuvieron golpeando y me dijeron que si no firmaba lo que ellos querían, la declaración de culpabilidad, me tirarían al mar.

—¿Estaban volando sobre el mar?

—Sí, cuando me quitaron la venda de los ojos, me pusieron de cabeza y me sacaron la mitad del cuerpo, amenazándome con dejarme caer. Y sí lo hubieran hecho, porque sólo me estaban deteniendo del pantalón y de repente me soltaban como para empujarme.

—Aparte de eso, ¿te torturaron de otra forma? —seguía preguntando Noé convertido en improvisado fiscal.

—Sí, cuando me subieron en el segundo helicóptero, en donde ya no estaban los otros dos que pude escuchar al principio, allí me amarraron como a una banca, con los ojos vendados, y me comenzaron a golpear en la panza, me quitaron los zapatos y me pegaban en la planta de los pies con un tolete; también me pegaban en los dedos y me picaban con agujas debajo de las uñas de los pies. Después me comenzaron a golpear en la cara y me ponían una toalla empapada de agua mientras me pegaban en el estómago y me sacaban el aire.

—¿Y qué era lo que te preguntaban?

—Querían que les dijera por qué había tirado las granadas, que les dijera de qué cártel era. Querían que les dijera quién me había mandado. Y cuando más les decía que no sabía, que me estaban confundiendo, más arreciaban los golpes. Me comenzaron a poner una bolsa de cuero en la cara, como de un plástico más duro que el normal, y me decían que a ellos les valía madre que yo fuera culpable o no, pero que lo que sí tenían que hacer era firmar un papel en donde aceptaba la culpabilidad por los granadazos.

Después de una hora de estarme golpeando, me dijeron que me tirarían al mar, que al cabo nadie sabía en dónde me encontraba, y nadie sabía quién me había sacado de mi casa.

—¿Cuántos eran los que estaban contigo en el helicóptero?

—No sé, escuchaba con mucho trabajo a los que me golpeaban, aunque pienso que a lo mejor había al menos otros cuatro más. Sentía más gente de la que escuchaba. Cuando me quitaron la venda para que viera el mar, alcancé a observar más gente en el helicóptero. Pienso que había unos cuatro más aparte de los que me golpearon. Todos estaban vestidos de soldados.

—¿Cuándo decidiste firmar la acusación? —Luego de que me asomaron del helicóptero, por la puerta que estaba abierta; cuando me colgaron de cabeza y hacían como que me soltaban.

—¿Qué les dijiste: “Sí firmo”?…

—Pos nada, ya no me acuerdo, sólo me subieron de nuevo y me arrimaron unas hojas y las comencé a firmar.

—¡¿No leíste lo que decían esas hojas?! —preguntaba Noé desde su estancia, agarrándose de los barrotes y pegando gritos como loco.

—No leí nada, no podía leer, tenía mucho miedo; además estaba todo encandilado y no sabía ni qué decían las hojas, sólo sabía que si firmaba tenía una posibilidad de salir vivo, aunque me cueste trabajo salir de la cárcel y me lleve un buen tiempo en desahogar el proceso que me tiene aquí.

A los pocos días de la narración del Michoacano —como lo bautizó Noé—, un trabajador del área de psicología que atendía de manera personalizada al Gato, le contó a este último lo que se informaba en las noticias: “La Procuraduría General de la República (PGR) carece de pruebas contra los tres procesados entregados por un comando armado al gobierno de Felipe Calderón, que aún esperan condena en el penal de alta seguridad de Puente Grande, Jalisco”.

—¿Firmaste en el helicóptero o en las instalaciones de la SIEDO? —lo siguió cuestionando con insistencia Noé, como para tratar de entender mejor la historia o de plano para llenar los huecos que iba dejando el relato.

—Yo firmé mi declaración cuando estaba en el helicóptero, pero después me dieron unas hojas, cuando me llevaron a las oficinas de la AFI, creo que en la ciudad de México; en esas hojas, que me obligaron a memorizar, donde decía cómo fueron los hechos que supuestamente protagonicé: en qué momento llegué a la plaza de Morelia, con quién iba y qué fue lo que yo pensaba antes de tirar las granadas.

”Señalaban qué fue lo que supuestamente hice luego de tirar la granada y a dónde me dirigí; de qué forma era la granada y qué sentí cuando escuché la detonación. Decían allí también qué fue lo que ocurrió en los momentos antes y después de que estalló la granada”.

—Pero tú no habías dicho nada de lo que estaba escrito allí, ¿o sí?

—No, yo nunca dije nada de lo que luego me ordenaron que me aprendiera de memoria.

—¿Y memorizaste esa historia que estaba escrita?

—Sí, me dijeron que la aprendiera de memoria para luego platicarla con algunas personas que me iban a entrevistar.

—¿Te entrevistaron periodistas?

—No, no me entrevistaron para la tele ni para ningún periódico; las entrevistas me las hicieron como cuatro personas distintas, todas de la SIREDO, en un lapso de cinco horas.

—¿Cuánto duraban las entrevistas?

—Como unos 30 minutos cada una. Y allí me estuvieron preguntando lo mismo que me había aprendido de memoria, de las hojas que minutos antes había leído. Incluso, cuando me olvidaba de algo, quienes me entrevistaban me recordaban más o menos cómo iba lo que tenía que decir.

—¿Alguno de tus entrevistadores te dijo de dónde venían?

—Ninguno, todos me entrevistaron en el mismo cuarto de la SIREDO, en una mesa con un mantel negro y varios papeles encima. Todos fueron muy amables. Hasta el gringo que platicó conmigo. Allí ya no hubo mentadas de madre y mucho menos golpes ni tortura. Se portaron muy amables porque ya estaba cooperando. Hasta me dieron agua en un vaso de vidrio. Cuando el primero que me entrevistó me dijo, antes de que comenzaran a grabar la entrevista, que me traerían agua, yo pensé que otra vez me iban a ahogar, pero luego entró una policía con un vaso de agua en la mano y la neta, eso me desarmó. Comencé a platicarles todo lo que me aprendí de memoria.

—¿También te entrevistó un gringo?

—Sí, me estuvo preguntando lo mismo que los otros, y antes de terminar me dijo que sería mejor para mí que me declarara culpable y que ellos me ayudarían a salir más adelante, y que si yo quería ellos me podían llevar a Estados Unidos a que se me dictara sentencia allá.

La plática, que transcurría bajo la aguda conducción de Noé, fue interrumpida en punto de las seis de la mañana por el pase de lista y la posterior orden de baño. Este último resultaba todo un ritual: un oficial se paraba frente a cada una de las minúsculas celdas para vigilar que estuviéramos bajo la regadera —aun cuando el agua estaba a un grado de la congelación—, y determinaba en qué momento debíamos salir de la ducha, en cuánto tiempo enjabonarnos y en qué instante terminaba la limpieza corporal.

Tras la ducha venía el desayuno: por lo general dos paladas de frijoles nadando en agua, acompañados de un puño de nopales guisados, dos tortillas y un pedazo de gelatina de flan, todo en un reducido plato, y mezclado a propósito por el cocinero, quien era de los pocos civiles que entraban en ese pasillo y disfrutaba las muestras de repulsión y las ganas de vomitar que experimentaba cada uno de nosotros.

Al término del almuerzo —que debíamos consumir en un lapso de cinco minutos, porque después pasaba un guardia para retirar el plato—, quedábamos sin mayor ocupación para el resto del día. Era la mejor rutina del mundo, consideraba Noé en tono de broma: nos levantamos, desayunamos y nos desocupamos, eso ni los millonarios de México lo hacen. Y cada vez que hacía alusión a ese chascarrillo —uno de sus favoritos— terminaba festejándose con una sonora carcajada.

—Ese compa michoacano, ¿está despierto?

—Sí, compita, aquí ando, más adolorido que nada, ahorita que me enfrié con el baño de agua helada, pero más tranquilo. Estoy seguro de que esta situación se va a aclarar pronto.

—Órale, ¿y qué delitos son los que le achacan?

—Me acusan de delincuencia organizada, terrorismo y portación de arma de fuego de uso exclusivo del Ejército, lesiones y homicidio.

—¿Y con qué cártel lo relacionan? —Dicen que soy de Los Zetas, pero la neta, no tengo nada que ver con ellos. Si usted viera las condiciones en las que me encuentro: tengo que trabajar para sacar a la familia adelante, mi esposa vende cena y yo trabajo de mecánico; a veces me tengo que aventar varios turnos en el transporte público de Lázaro Cárdenas, para cubrir los gastos de la casa.

—Bueno, el que seas pobre no quiere decir que no seas delincuente —insistió Noé.

—No tengo por qué echarte mentiras. Lo que te estoy diciendo es cierto. Yo estoy seguro de que no hice lo que me acusan, y tengo la seguridad de que voy a salir muy pronto, porque los verdaderos responsables pronto van a caer. Porque a mí me levantaron mientras estaba trabajando, yo no estaba en Morelia cuando pasó lo de las explosiones…

El Michoacano no alcanzó a terminar su defensa frente a las dudas de Noé, cuando el agudo ruido de una sirena comenzó a sonar. Era la primera vez que se escuchaba ese zumbido en el penal. Noé pegaba gritos y brincos como loco dentro de su celda, al igual que algunos más lo hacían desde otros puntos del presidio, según se alcanzaba a percibir.

De pronto, junto con el sonido de la sirena que inundaba toda la cárcel, también se oía una algarabía con matices de fondo.

—¡Ya se fugó otro¡ ¡Ya se fugó otro¡ —gritaba Noé, como poseído, desde el interior de su celda—. Ahora sí se los cargó la chingada, putos oficiales, aquí les guardo un lugarcito en mi celda. ¿Quién es el valiente que se va a venir a quedar conmigo esta noche? ¡Hasta que me voy a coger a uno de estos putos uniformados de negro! —exclamaba El Gato en su loco frenesí activado por la alarma.

No habían transcurrido ni cinco minutos de aquellos acontecimientos —casi al mediodía del 6 de noviembre de 2008— cuando el servicio de electricidad fue suspendido y toda el área se llenó de policías encapuchados y oficiales con equipo antimotines, quienes ordenaron a los presos permanecer en silencio, tirados al piso, con las manos por detrás y los pies cruzados.

Hasta el pasillo cuatro se podía escuchar la movilización que se vivía en todo el penal, porque poco a poco se apagaba el barullo de algunos reos, principalmente los del módulo ocho de población, ubicados a pocos metros de distancia del coc.

El sonido de la alarma seguía zumbando en el aire, a la par del sobrevuelo de un helicóptero, mientras desde el patio que corresponde al pasillo cuatro, una voz marcial gritaba que el preso ya estaba sometido. Después supimos, por la versión de un oficial de guardia que platicaba con Noé, que la alerta había sido activada por un preso que de manera muy violenta agredió a dos vigilantes del pasillo tres, y en un descuido huyó hacia el patio que comparten los pasillos tres y cuatro; allí, sin ninguna posibilidad, intentó escalar una de las paredes, lo cual se consideró como un código rojo y se activó el sistema de alerta de fuga de internos, que no se había escuchado en esa cárcel desde la fuga del Chapo Guzmán.

Los internos que vivieron personalmente la fuga del Chapo —y los días posteriores al hecho— reconocieron de inmediato el zumbido característico de la sirena, que se activó por primera vez la noche del 19 de enero de 2001. Ahora, varios años después, un recluso del pasillo tres, en un acto de desesperación, intentó evadir la vigilancia para salir de ese lugar, aprovechando —contó uno de los guardias— su traslado a una consulta con el encargado de aplicar estudios para asignar tareas laborales y de terapia ocupacional, una vez que fuera sentenciado, según le comentó el propio funcionario. Eso propició la desesperada acción del reo, que fue sometido a punta de balazos de goma, cuando se hallaba contra la pared de aquel patio.

De acuerdo con el código de tratamiento de conducta para los internos de la cárcel federal de Puente Grande, tras un intento de fuga —hecho que se considera así cuando un preso no obedece las órdenes del custodio que lo traslada y camina cinco pasos sin escuchar advertencias— sobreviene una sanción validada por el Consejo Técnico Interdisciplinario, integrado por los encargados de las principales áreas de colaboración en el interior del penal, en donde —con solemnidad de magistrados— se dictan sentencias de aislamiento total, que van de 10 a 120 días, hasta llegar al extremo de recomendar el traslado a otra cárcel federal.

Luego se supo que el temerario recluso que intentó fugarse era del pasillo dos y llegó a la cárcel federal proveniente de Aguascalientes, señalado como jefe de Los Zetas en esa plaza. Estaba acusado de haber participado en enfrentamientos con las fuerzas federales en esa región, en donde había ejecutado al menos a cinco miembros del Ejército.

—Le dicen El Patotas —un día le comentó a Noé el oficial que le filtraba datos— y su expediente sólo trae 42 homicidios.

—Por eso la desesperación del vato —respondió Noé, en un breve diálogo casi a hurtadillas.

—Él sabe que no va a volver a la calle, por eso se aventó el tiro para que lo mataran, pero le dieron con balas de goma. No le resultó como lo esperaba, pero ya se lo llevaron a La Palma. Ayer acordaron que se fuera de traslado y hoy muy temprano vinieron por él —finiquitó el oficial.

Después de aquel incidente, que se suscitó cuando El Michoacano explicaba que no tuvo nada que ver con las granadas en Morelia, se decretó una estricta disciplina en el interior de la cárcel: nadie podía hablar, nadie podía bañarse ni solicitar servicio médico; se cancelaron visitas y movimientos a los juzgados, salvo los que fueran estrictamente obligatorios y reconocidos como tales por los jueces.

Tras esos días sin comer —que literalmente fueron de ayuno porque sólo nos alimentaban una vez al día: medio vaso de arroz con leche, dos tortillas y un puño de hongos sancochados—, volvió la tortura al coc. Noé, al no recibir su medicamento, comenzó a desvariar, impregnando de noche y de día aquellas sucias paredes del pasillo cuatro con sus inacabables monólogos, en los cuales siempre era el actor central de sendas historias y aventuras de narco.

Y también, ante la ausencia de su Nana Fine, desde el pasillo tres de esa misma área de confinamiento, Jesús Loya pasaba los días en plena serenata. Mientras Loya cantaba a todo pulmón —con algunos toques de dolor en sus notas, por la ausencia de la mujer amada, y ante la imposibilidad de que lo llevaran sangrando hasta el área de enfermería—, desde su celda Noé El Gato hilvanaba diálogos en su mente, que iban desde escenas cotidianas de su infancia hasta presuntos hechos ocurridos en las filas de diversos cárteles del narcotráfico.

—¡Eh!, pinche reportero, ¿quieres una historia para que la cuentes cuando salgas de aquí? —me despertó uno de esos días la voz ronca de Noé, quien desde su celda busca un destinatario para sus narraciones.

—Arráncate, Noé, soy todo oídos —respondí, con la conciencia de que en ese momento él no estaba del todo lúcido, además de que no lo quería provocar y soportar todo el día sus amenazas de muerte si me negaba a escucharlo, como ya había ocurrido en otras ocasiones; después de todo no había mucho qué hacer en medio de aquellas cuatro paredes que se estrechaban cada vez más, conforme transcurría el día.

—¿Sabías que este penal es una bomba de tiempo?

—No, ¿por qué dices eso? —Porque aquí hay presos de todos los cárteles, sin estar separados. Todos están revueltos. Y el día menos pensado se va a armar una pelea que nadie la va a detener. Yo estoy aquí desde hace 12 años y he visto cómo se ha ido poblando de gente de todos los cárteles que van saliendo, y a los jefes del penal ni les interesa que se revuelvan los de uno y otros grupos.

—¿De qué cárteles hay gente detenida aquí?

—De todos, y todos conviven todos los días, allá en el área de población. Allá no es como aquí, que nos tienen encuerados y sin hacer nada en todo el día; en población se da un trato más normal, no como una cárcel estatal, pero al menos se deja que haya grupos platicando en actividades diarias, tal vez no como cuando estaba El Chapo, pero sí todos salen al patio y hacen deporte juntos o llevan actividades de pintura, van a la escuela, a misa o al comedor juntos.

—Dime algunos de los presos más famosos que te acuerdes, de los que están aquí.

—Pos aquí hay principalmente de los cárteles de los Beltrán, de Amado Carrillo, de La Línea, del Golfo, del Jalisco Nueva Generación, del Milenio, de los Valencia, de Los Zetas, de los Arellano Félix, La Familia y del Chapo. Creo que la mayoría en este penal pertenece al cártel de Los Zetas.

”Cuando estaba en población vi muchos pleitos entre miembros de diversos grupos, que se daban a matar sin motivo. Se llegaron a picar sólo porque se sabían de bandos distintos, y eso no les importaba a los directivos de la cárcel. Alguna vez escuché a una psicóloga decir que al penal le convenía que los presos nos matáramos entre sí, porque finalmente le ahorraríamos una lana al gobierno federal. ¡Méndiga vieja arrastrada! Ojalá que el gobierno federal la cuide cuando me la coja aquí en la celda.”

—Pero allá, adentro, en población, no hay forma de que haya armas, ¿o sí?

—Todo se puede, no hay nada imposible. Mientras haya dinero, cualquiera puede comprar algo de seguridad aquí adentro, aunque esto sea un penal de máxima seguridad.

—¿Entonces en la población hay gente que tiene armas?

—Tal vez no como las conoces tú, pero allá adentro la gente sí está armada, lista para cualquier enfrentamiento entre bandas. Allá mucha gente puede hacer una punta con el hueso de espinazo que le dan en la comida, con el palito de la paleta Payaso; hasta con los huesos de durazno se puede hacer algo para defenderse.

—A tu gusto, ¿cuáles son los grupos que más gente tienen para un enfrentamiento entre pandillas?

—Yo creo que en esta cárcel, con toda la seguridad que se presume, ni cuenta se dan de que los que más organizados pueden estar son los del Chapo y los de los Beltrán, pues aquí hay primos del Chapito que son igual de respetados que el jefe, y también aquí está El Mochomo; Alfredo Beltrán Leyva, que la gente lo quiere mucho y es muy respetado; cualquiera ni lo duda en matarse por hacerle un paro o para ayudarle en algo.

—Pero todos los reos están separados por módulos, ¿no? ¿A poco hay posibilidad de que se junten?

—Sí, la cárcel está dividida en módulos, y los módulos están separados unos de otros. Normalmente no hay posibilidad de que se junten los presos, pero en una bronca grande, cualquiera se avienta el tiro de abrir las puertas para entrar a otro módulo y hacer de todo este penal una gran mierda.

—¿De verdad crees que aquí esté la gente más peligrosa de México? —Aquí está la selección nacional de la delincuencia organizada y no organizada… Dicen que aquí hay fácilmente unos 120 presos identificados como jefes de plaza de Los Zetas. La otra vez escuché a dos guardias decir, aquí, a la salida del pasillo, cerca del diamante, mientras esperaba a que me llevaran a psicología, que esto ya era una bomba de tiempo, por tanto delincuente peligroso que llegaba.

”Uno de ellos, que es comandante, aseguraba que a su buen cálculo ya eran más de 70 jefes de plaza del cártel del Golfo, que tenían a por lo menos unos 83 presos identificados como jefes de plaza o mandos importantes del cártel del Chapo, además de unos 45 jefes del cártel de La Familia Michoacana, sin contar a los jefes de La Línea, de los Arellano Félix.

”Y sí es de creer lo que decían los guardias, porque si te fijas, todos los días llegan nuevos detenidos; tú has visto que desde mayo pasado el coc se encuentra saturado, no hay celda vacía. Para darles espacio a los presos que arriban, deben reacomodar a los que ya están aquí, por eso ya no duran en aislamiento tanto tiempo, duran menos de lo que marca la ley, la cual establece que un reo que llega a esta cárcel, puede permanecer [en aislamiento] entre 10 y 30 días, mientras le hacen los estudios necesarios para ubicarlo en algún módulo de población; pero es tanta gente la que ingresa que, a ti te consta, hay presos que sólo duran cinco días en estos pasillos y de inmediato se los llevan al área de población.

”A los únicos que no mueven es a los cinco méndigos que estamos en este pasillo —dijo mientras una risita burlona hacía más cruel el comentario—; estamos todos jodidos, somos los únicos que no mueven para nada. El Lupillo, Valeriano, Miguel, tú y yo llegamos al coc para quedarnos. De Lupillo lo entiendo —comenzó a responderse a sí mismo—, porque está quebrado de las patas por los balazos que le metieron cuando lo detuvieron; a Miguel también lo tienen porque le desbarataron la cadera cuando se agarró a balazos; a Valeriano lo tienen aquí porque ni la muerte se lo quiso llevar; a mí me tienen como reliquia, por loco… ¿Pero a ti?, yo no veo que estés enfermo ni loco; se me hace que tú sí eres un pez gordo de la delincuencia organizada y no quieres decir nada…”

—Me estabas diciendo que la gente recluida en esta cárcel representa una bomba de tiempo…

—¡Méndigo!, sácale al tema…

—¿A partir de qué año comenzó a saturarse este penal?

—Fue a partir de 2006, antes estaba como abandonado, más tranquilo. Los que estábamos aquí no teníamos tanta bronca, llevábamos tranquila la fiesta porque éramos muy pocos. Nos prestaban libros, teníamos actividades de pintura, escuela, deportes, visita, buena comida; incluso en Navidad nos daban un aguinaldo con cacahuates y dulces… hasta que comenzaron a llenar el penal de gente a lo puro pendejo.

”Fue cuando se hizo de esto un desmadre por las medidas de seguridad que comenzaron a aplicar. Cuando el Chapito se les peló, se pusieron perros y más roñosos, no se podía llevar la vida con tranquilidad. Y después llegó este méndigo presidente enano que ordenó hacer más difícil la vida en este reclusorio.

—¿Antes no había aquí tanta gente acusada de narco?

—Sí, desde 2004 empezaron a llegar algunos presos reconocidos como jefes del narco, pero son gente que no causó problemas, al contrario, dieron más seguridad a este lugar, porque evitaba broncas de cualquier tipo y siempre aconsejaban a su gente no pelear y llevar la fiesta en paz.

—¿A quiénes recuerdas que hayan llegado aquí…?

—Me acuerdo, porque he convivido con ellos en diversos módulos, de gente bien chida como Rafita Caro Quintero, Oliverio Chávez Araujo, Miguel Ángel Bernal Olguín, Mario Aburto y Daniel Arizmendi El Mochaorejas, luego de que los trasladaron de Almoloya en ese año [2004].

—¿De quién más? —También me acuerdo de Alejandro El Tyson [García Quirarte], Carlos González [Rocha] El Balazo, Adolfo El Fito Muñoz [Castañeda], Juan Ramón El Jetón [Ramos Trujillo], Juan Carlos El Ceviche [Espinoza Gutiérrez] y José Luis El Joe [Cortés Murillo], porque jugaba con ellos al basquetbol y son bien buenos para el ajedrez. Además, ellos me hacían el paro mandándome depositar para poder comprar en la tienda que se abre cada 10 días en el módulo.

”Recuerdo también que en ese mismo tiempo llegaron Edin [José Aragón], Orlando de Jesús [Rodríguez], José Jonás [Pacheco], José Armando León [Hernández y José Celvin [Wosbeli Camposeco], ellos son ex kaibiles que los detuvieron allá por Chiapas, porque estaban relacionados con el cártel del Golfo. En ese grupo también llegó Rafael Ortega y Miguel Ángel Paredes [González].

”Aquí también están Javier Hugo Urquiza [Inzunza], Flavio Manuel Castro [León] y José Uistisengo [Barraza], unos tipos muy cercanos a los Beltrán; están en diversos módulos de la cárcel, pero he escuchado muchas historias de ellos. A todos no los conozco, pero con la mayoría si nos hemos tratado y se han portado a toda madre.

”Poquito antes de que llegaras tú, el penal se puso en máxima alerta para recibir el ingreso de un grupo de zetas que fue trasladado desde la ciudad de México hasta aquí. El grupo estaba encabezado por El Munra [Javier Sierra Ávalos], al que señalan como jefe de Los Zetas en la frontera de Coahuila. Junto con él trajeron a Alfredo Zamora [Gómez], Eliú Elías López [Flores], Sergio Ontiveros [Regalado], Roque Esquivel [Hernández], Jaime Martínez [Ortiz] y Jesús Alejandro Córdova [Hernández]; todos ellos están dispersos en los módulos cinco, siete y dos, pero en todo el penal se habla de ellos, porque tienen muchos conocidos por todas partes.”

—¿De quién más te acuerdas? —También sé que están aquí, porque los he tratado, Héctor Manuel León, Eudocio Hernández [Bautista], Ramón León [Machado], Juan Carlos Rivera [Valenzuela], Daniel Monzón [Parra], Raúl Valenzuela [Barraza], Erick Alonso Rivas [Ríos] y Eleazar Inzunza [Obeso]… creo que éstos son todos del grupo del Chapito. ”Y de otros reconocidos, tú mismo has escuchado cuando vienen algunos guardias a decirme los ingresos del día, como la otra vez que el comandante Changuito me estuvo platicando que había llegado Mateo Díaz López, que dicen es el líder de Los Zetas en Tabasco; llegó con su compita Darwin Bermúdez Zamora. Y las últimas estrellitas que han llegado, tus paisanos de Michoacán, que tiraron las granadas.”

Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.