El estómago, nuestro segundo cerebro

Siempre que escribo sobre algún tema de salud y belleza se me quedan temas en el tintero. Hace dos días les contaba sobre la cavitación, las contraindicaciones y cómo engañamos a la mente para someter al cuerpo a tratamientos peligrosos (y a jornadas de 14 horas de trabajo). Para bien o para mal, a la mente se le puede convencer con razones y palabras, pero el cuerpo tiene la sabiduría repartida en cada una de sus células y hay algunas que no se dejan engañar.

El estómago tiene tantas neuronas como el cerebro de un gato  - iStockphoto
El estómago tiene tantas neuronas como el cerebro de un gato - iStockphoto

¿Les suena conocido "el corazón tiene razones que la razón no entiende" o "sentir mariposas en el estómago"? Bueno, pues los científicos han comprobado que órganos como el estómago no son siervos trabajando bajo las órdenes del cerebro, sino que cuentan con suficientes células nerviosas y conexiones como para afirmar que se trata de un segundo cerebro.

El periodista de la BBC Michael Mosely, famoso por la serie "Al interior del cuerpo humano", participó en un experimento como parte de una exposición en el Museo de Ciencias de Londres. Mosely se tragó un cámara del tamaño de una píldora y pudo ver qué ocurría en su estómago. Lo primero que se encontró fue su desayuno, que estaba convirtiéndose en sustancia digerible mediante constantes movimientos y reacciones químicas. Después un médico le fue explicando qué tipo de tejido correspondía a lo que veía en pantalla.

Moseley quedó atónito al descubrir que hay más de 100 millones de células nerviosas en el estómago, tantas como habría en el cerebro de un gato, de ahí que los científicos llamen a este órgano "el pequeño cerebro", y se trata de una red neuronal que corre por todo el tracto digestivo. El pequeño cerebro no elabora pensamientos, sin embargo, su actividad es compleja e intensa en lo que se refiere a la labor esencial de la digestión; parece fácil, pero es como un laboratorio químico donde se mezclan, comprimen y se extraen los nutrientes y las vitaminas necesarias con increíble precisión. Todas esas neuronas están en contacto cercano con el cerebro del cráneo a través del nervio vago, que usualmente influye en nuestro estado emocional.

"Por ejemplo, cuando sentimos mariposas en el estómago, en realidad es el cerebro del estómago hablándole al cerebro de la cabeza. Cuando nos ponemos nerviosos o sentimos miedo, la sangre se dirige a los músculos porque es la forma en que el estómago se manifiesta", dice Mosely.

A veces ni siquiera pensamos en cuánto crece el estómago cuando comemos, normalmente es del tamaño de un puño, pero modifica su tamaño hasta poder contener cerca de dos litros de contenido. Antes se pensaba que el estómago tenía sensores de tamaño que indicaban al cerebro cuando estaba lleno y eso significaba una orden: "deja de comer". Pero resulta que las señales del estómago son más sofisticadas. Precisamente eso es lo que ha permitido que las operaciones de bypass gástrico sean exitosas.

Uno piensa que reducir el tamaño del estómago es suficiente para detener problemas de obesidad mórbida, por simple lógica: si hay menos espacio, cabe menos comida. Pero lo que ocurre es que al cortar una parte del estómago se producen cambios hormonales, que son los mensajeros químicos que afectan los niveles de hambre y saciedad, lo que deriva en una pérdida de peso. El bypass gástrico separa y aisla una parte del estómago que produce grelina, una hormona que juega un papel importante en la sensación de hambre. Al cortar una parte del estómago se deja de producir grelina y el hambre disminuye. El estómago reducido se reconecta con el intestino delgado a la sección del ileon, que secreta la hormona PYY, sustancia responsable de hacernos sentir satisfechos.

Cuando comemos, toma cerca de 20 minutos para que la comida llegue al ileon, lo que provoca que se libere la hormona PYY y se envíe el mensaje al cerebro: "estoy satisfecho". La operación del bypass hace que el ileon esté más cerca del estómago y que el mensaje llegue más rápido al cerebro de la cabeza. Pero debido a que la operación está indicada sólo para casos extremos, los científicos están interesados en desarrollar un medicamento que imite la acción de la hormona PYY.

Me pregunto por qué no, en vez de inventar una pastilla, emprendemos el camino de regreso: dejar atrás el fast food y sus dinámicas para volver a comer despacio, y en compañía, alimentos hechos con cuidado de principio a fin. Es difícil cambiar un sistema, pero si empezamos a tiempo también estaremos eliminando la urgencia médica del panorama.

Eso me lleva de vuelta al principio del post. Le hemos otorgado tanto poder al cerebro de la cabeza que hemos olvidado cómo escuchar al resto de nuestro cuerpo, a tal grado que hacemos como si no pasara nada, como si las manifestaciones de dolor o de malestar fueran eso, simples molestias que se pueden quitar con analgésicos. Como si un niño quisiera decirnos algo que perturba nuestra comodidad o nuestra rutina, y para no escucharlo le ponemos una cinta adhesiva en la boca. No escucharlo no significa que va a desaparecer.

Otro de los efectos de este silenciamiento corporal es la pérdida de la intuición. Curiosamente, cuando se habla de intuición se le agrega "femenina". ¿De dónde viene esta asociación? Una mirada rápida a la historia me lleva a la odiosa frase de Schopenhauer: "La mujer es un animal de cabellos largos e inteligencia corta", lo cual además de ser sexista, es una mentira. Pero tomo la frase porque es sintomática. Lo cierto es que la inteligencia, como la entendían los viejos filósofos, estaba limitada a lo racional. Lo intuitivo era "de las mujeres". Pero hay otros factores que contribuyen a la asociación identidad-femenina. Por ejemplo, la crianza, la menstruación, la maternidad, la selección de semillas, la preparación de alimentos, la transmisión de lenguaje... Buena parte de esos conocimientos, que históricamente fueron responsabilidades femeninas, se aprehenden no con la razón sino con "los otros cerebros", esos que no hablan con palabras sino que dicen su verdad con sensaciones. La asociación entre intuición y feminidad es histórica, pero no es un absoluto sino una situación dinámica. Ni la inteligencia es masculina ni la intuición es femenina. Todos somos intuitivos, pero a veces los mensajes de nuestro cuerpo nos suenan a lengua muerta.

Por eso me alegra cuando la ciencia nos muestra la necesidad de volver a comunicarnos con nuestro cuerpo, ya no como una materia extraña y fragmentada en "especialidades médicas", sino como una unidad compleja de sensaciones, pensamientos y fuerzas. Sinceramente, yo me siento más tranquila con aquellas personas que confían en su intuición, que saben a qué corresponden sus sensaciones y que tienen bien claro que su cuerpo no está separado de su mente.

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