El Nueva York de Ivana

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Richard Gere e Ivana Trump durante la Gala del Met en el Museo Metropolitano de Arte, en Manhattan, el 1 de mayo de 2006. (Marvi Lacar/The New York Times)
Richard Gere e Ivana Trump durante la Gala del Met en el Museo Metropolitano de Arte, en Manhattan, el 1 de mayo de 2006. (Marvi Lacar/The New York Times)

NUEVA YORK — En el Nueva York del “más es más” de las décadas de 1980 y 1990, cuando Ivana Trump estaba en la cúspide de su poder, las “redes sociales” eran las páginas de sociales y las columnas de chismes y la mejor forma de hacerse de un nombre era salir de fiesta… y mucho.

Ivana salía de fiesta.

“Sin duda, ella sabía cómo aparecer en los periódicos”, comentó el autor George Rush, quien, con su esposa, Joanna Molloy, escribía la columna de chismes “Rush & Molloy” en The New York Daily News de 1995 a 2010.

Ella estaba en todos los mejores eventos de Nueva York, sonriendo junto a los más ricos, famosos y poderosos de la ciudad.

Se codeaba con Estée Lauder en el Lincoln Center. Se sentaba al lado de Luciano Pavarotti en una cena en el restaurante frente al lago de Central Park. Se reía con Jackie Mason, le contaba historias a Michael Douglas, Fabio la llevaba en brazos como si fuera una novia y saludaba de mano a Don King.

Sus vestidos, joyas y cabello brillaban y eran un tanto exagerados, incluso para los estándares de los ochenta: un llamativo vestido rosa metálico que llegaba hasta el suelo, con incrustaciones de cristales, adornado con un péplum y una estola a juego, los metros de tela caían sobre un hombro, rematados con una gargantilla rígida de perlas y joyas que eran la cereza del pastel.

“Sin duda, era parte del tejido de la vida nocturna de Nueva York, en todo Manhattan”, comentó Michael Musto, quien fue columnista de la vida nocturna de Village Voice.

Si te fascinaban las revistas y la prensa rosa, Ivana Trump, cuya muerte a los 73 años se anunció el jueves, estaba en todas ellas. Le sobraba vida y además era uno de los muchos personajes que coexistían en Manhattan.

“Donald nunca se mostró muy interesado en la sociedad neoyorquina”, comentó Bob Colacello, autor y comentarista social que escribió un reportaje de portada de Vanity Fair en 1992 sobre Ivana Trump. “Pero Ivana sí quería ser parte de toda la escena social. Así que comenzó a participar de manera más activa en la filantropía, la ruta que los nuevos ricos neoyorquinos siempre han usado para volverse parte de la clase dominante”.

Si creciste en Nueva York, algunos nombres te resultan familiares porque también eran mansiones, museos, calles y barrios: Hamilton, Bloomingdale, Hewitt, Cooper, Vanderbilt, Astor. Pero el nombre Trump era nuevo y aparecía en brillantes letras doradas en un edificio, en lugar de estar grabado sobre una piedra de principios de siglo.

Tal vez, al principio, Ivana Trump era demasiado llamativa, tenía demasiada hambre de fama, era una nueva rica, muy nueva, para los viejos ricos de la ciudad. Pero irrumpió en sus círculos. “Recuerdo que una vez fui al Derbi de Kentucky y Marylou Whitney la había invitado en su avión”, dijo Rush, refiriéndose a Marie Louise Whitney, la esposa de Cornelius Vanderbilt Whitney. “Los Whitney eran sin duda el mejor apellido con el que te podías codear”.

Colacello recuerda: “Una de las cosas que Donald e Ivana tenían más en común era que a ambos les encantaba la publicidad. Ambos querían ser famosos. En cierto sentido, les interesaba más ser famosos que ser ricos”.

Después de todos los eventos, galas y cenas de beneficencia, fue la noticia del divorcio lo que impulsó a Ivana Trump —quien ya se había hecho de un nombre propio en Nueva York— de la página de sociales a la portada de la revista. Hubo encabezados que incluían juegos de palabras de mal gusto (“Ivana Better Deal”), pero también algunos aliados solidarios.

“Me gustaba ella, su dinamismo, su buen humor y su agilidad para moverse entre los acelerados y peligrosos círculos sociales de Nueva York”, dijo Rush. “Y su resiliencia. Su capacidad para sobrevivir a ese matrimonio y rehacerse a sí misma”.

Y lo siguió haciendo durante décadas.

“Vino a una fiesta que di en Lucky Cheng’s, que era un restaurante de drag queens”, dijo Musto. Recordó que Ivana no solo era “encantadora”, sino también generosa: cuando una invitada admiró sus joyas (de la Colección Ivana Trump, por supuesto), ella se quitó el collar y se lo entregó a la desconocida. “Claro, no creo que valiera millones”, dijo Musto. “Pero es un buen detalle”.

Musto agregó que, aunque no sabía mucho sobre la política personal de Ivana, la admiraba por haber “sobrevivido a Donald con estilo”. Y siempre era bienvenida en las fiestas del centro de la ciudad: “Créeme, las drag queens estaban encantadas de verla, porque algunas de ellas solían emularla al vestir”.

De vez en cuando, si también te gustaba la vida nocturna, la veías, con un conjunto reluciente, con el cabello bañado de laca. Ella y su fastuoso peinado muchas veces aparecían en la mesa de gala de las comidas benéficas y en la primera fila de los desfiles de moda.

Algunos la recordarán como llena de la clase de alegría de vivir de la que disfruta cualquier madre soltera adinerada que vive en Nueva York.

“Creía en la alta sociedad, pero tenía los pies en la tierra”, dijo Colacello. Su exmarido pasó cuatro años en Washington D. C. y luego se trasladó a Florida; Ivana Trump se quedó en Nueva York, en el Upper East Side, hasta el final.

Una de las últimas fotografías de Ivana que aparecieron en la prensa sensacionalista fue tomada mucho después de su glamuroso apogeo. Pero ahí estaba en 2018, vestida con una chaqueta con estampado de leopardo mientras compraba algo de carne a un vendedor en la calle 64 Este.

Colacello rió y agregó: “Seguramente, se hizo amiga del tipo”.

© 2022 The New York Times Company

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