La vida sin Amazon (bueno, casi)

John Herrman
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Paquetes de Amazon para su entrega en Nueva York, el 28 de noviembre de 2020. (Karsten Moran/The New York Times)
Paquetes de Amazon para su entrega en Nueva York, el 28 de noviembre de 2020. (Karsten Moran/The New York Times)

Blaze Cromwell, un cajero de 24 años que vive en Washington, D. C., no hace pedidos en Amazon.com ni compra en Whole Foods. No ve películas ni series en Prime Video. No tiene un Ring o un Kindle. Y no usa Audible, Twitch ni Zappos. Es lo más cercano que uno puede estar fuera de Amazon por completo.

Cromwell comenzó a sacar a esa compañía de su vida en 2017, después de leer los informes sobre las condiciones de trabajo de Amazon y lo que él considera como “prácticas poco éticas” en general.

“Razoné que retirarme financieramente de Amazon.com, y más tarde de sus subsidiarias, era una de las cosas materiales que podía hacer como persona de clase trabajadora con ingresos disponibles de vez en cuando”, comentó.

Dejar Amazon requiere cierta determinación, dijo, pero es menos abrumador una vez que se empieza.

“Es cuestión de que la gente cambie tanto sus hábitos como sus expectativas de consumo”, dijo. No es solo una elección, señaló, sino una “práctica” continua. (En ocasiones ha buscado títulos en IMDb, una subsidiaria de Amazon desde 1998. Está en el proceso de encontrar alternativas).

La gente ha estado abogando por el boicot a Amazon durante casi todo el tiempo que la compañía ha existido. En 1999, el programador y activista Richard Stallman lideró uno relacionado con una demanda que la compañía presentó contra Barnes & Noble para proteger una patente que cubría los pedidos de “1 clic”, lo cual él temía que ahogara la competencia en el comercio electrónico (la demanda contra Barnes & Noble fue resuelta, y la patente ha expirado desde entonces).

Se han realizado innumerables intentos de deshacerse de Amazon desde entonces: por parte de autores y libreros, activistas políticos, organizadores laborales, mis colegas. (Incluso los más decididos encuentran su límite al tratar de eliminar los servicios web de Amazon, que cuenta entre sus clientes a miles de otras empresas, incluyendo sitios web y aplicaciones populares, así como The New York Times).

Mientras tanto, Amazon se ha convertido en una compañía más grande y poderosa que casi cualquier minorista del mundo. Vende de todo. Emplea directamente a más de un millón de personas. Su fundador es un nombre muy conocido. Subyace en gran parte del internet. Y está entrelazada con la política por defecto, lo cual provoca la ira de todo el espectro político. (“Mi estudiante universitaria liberal anticapitalista y sus abuelos conservadores boicotean Amazon”, dijo un usuario de Twitter en diciembre).

A diferencia de lo que ocurría en 1999, o incluso en 2009, hoy en día la pregunta de si se debe o no interactuar con Amazon ya ha sido respondida por muchas personas. La decisión ya no depende de visitar la “tienda de todo”. Se trata de tratar de localizar la salida.

“Me negué a ir a Walmart, y cuando era pequeña fui a las protestas de United Farm Worker”, dijo MaryBeth Haslam, de 54 años, una persona que no consume productos de Amazon que vive en Filadelfia. Dejar a Amazon no ha sido particularmente difícil, dijo. “Solo ha sido inconveniente”.

No todas las personas que deciden no comprar en Amazon tienen una crítica coherente o específica de la empresa. Para algunos, es simplemente la representación más visible del consumismo, de la riqueza concentrada y de las grandes empresas, y toma el lugar de Walmart en una variedad de amplias lamentaciones sobre la cultura y la economía.

“El culpable fue Nike por un tiempo. Ha sido Nestlé, luego Coca-Cola”, dijo Tim Hunt, editor de la revista británica sin fines de lucro Ethical Consumer. “Podemos añadir a Amazon a la lista de monstruos corporativos, y no lo digo a la ligera”, comentó.

La mayoría de los que boicotean a Amazon no se hacen ilusiones sobre lo que están haciendo; la empresa claramente no ha sufrido su ausencia, y su número no es tan grande como para hacer demandas. Mucha más gente está recurriendo a Amazon de la que se está alejando. En cambio, para algunos, optar por no usar una compañía que cada vez es más ubicua y asertiva ofrece un sentido de control y voluntad, aunque sea ligero.

El gran alcance de los intereses comerciales de Amazon, incluyendo los dispositivos de vigilancia (Ring), los contratos gubernamentales (a través de Amazon Web Services), y una fuerza de trabajo que incluye tanto a los trabajadores con bajos salarios como a la persona más rica del mundo, hace que encontrar una razón para salirse de Amazon sea casi tan fácil como encontrar algo que comprar en ella. Pero muchas personas no se limitan a enfrentar la culpa, reclamar un sentido de control perdido o luchar contra la idea de que el “consumo ético” suena contradictorio.

Chris Smalls es el antiguo trabajador del almacén de Amazon cuya protesta de marzo sobre las condiciones de trabajo en un centro de despacho de Staten Island, Nueva York, y su posterior despido, lo convirtió en un líder del naciente movimiento para organizar a los trabajadores de Amazon. Ahora es un activista con una potente historia personal y una larga lista de demandas específicas. Ha planeado marchas en las casas de Jeff Bezos.

La ubicuidad de Amazon y los millones de hábitos que sus clientes han formado, ponen a Smalls en una posición extraña y agotadora: apelando a la empatía hacia una fuerza de trabajo en gran parte invisible que está trabajando durante una pandemia, a la vez que simpatiza con los clientes de Amazon acostumbrados a una conveniencia relativamente nueva.

“Hace diez años no ordenábamos papel higiénico en Amazon”, dijo Smalls. “Tal vez ese sea el tiempo que nos tomará superarlo”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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