Venezuela: misterio en torno al encarcelamiento de exmarine

JOSHUA GOODMAN
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La foto sin fecha cortesía de la familia Heath muestra a Matthew Heath en la casa de su madre en Knoxville, Tennessee. El ex cabo de marines fue detenido en un retén en Venezuela el 10 de septiembre de 2020, acusado de espía y terrorista al servicio del presidente estadounidense Donald Trump. (Familia Heath via AP)
La foto sin fecha cortesía de la familia Heath muestra a Matthew Heath en la casa de su madre en Knoxville, Tennessee. El ex cabo de marines fue detenido en un retén en Venezuela el 10 de septiembre de 2020, acusado de espía y terrorista al servicio del presidente estadounidense Donald Trump. (Familia Heath via AP)

MEDELLÍN, Colombia (AP) — “¡No se PREOCUPEN!”, dice la críptica nota escrita en un trozo de papel perforado y sacada de contrabando de un bloque de celdas en un sótano húmedo. “¡Han Solo siempre gana!”.

El mensaje, de hace semanas, es lo único que tiene la familia de Matthew Heath para depositar sus esperanzas desde que el excabo de los Marines de los Estados Unidos fuera arrestado en un retén en Venezuela hace dos meses, y acusado por el presidente Nicolás Maduro de ser un terrorista y espiar para Donald Trump.

Y aparte de una breve mención de Maduro cuando fue arrestado, la situación del estadounidense ha pasado prácticamente desapercibida. Nadie de la familia o de la administración Trump ha hablado con Heath. El gobierno de Maduro —que nunca rehúye a lanzar un golpe a los Estados Unidos— tampoco ha compartido ningún video del excontratista como hizo cuando atrapó a dos ex Boinas Verdes ligados a una redada fallida en una playa en mayo.

Ahora, por primera vez, la familia de Heath, en Knoxville, Tennessee, rompe el silencio. En una entrevista con The Associated Press, negaron que Heath fuera a Venezuela con la intención de conspirar contra Maduro, e insisten que él siempre se mantuvo por el camino de la rectitud.

Sin embargo, no saben cómo explicar algunos de sus movimientos, incluido un arresto anterior por cargos de posesión de armas en la vecina Colombia, a donde llegó en marzo en un barco pesquero con otros dos veteranos estadounidenses. Su teoría: trataba de atravesar desesperadamente la punta de Sudamérica durante la cuarentena casi total en busca de transporte hacia Aruba, donde le esperaba un barco que acababa de comprar.

“Creo que era un estadounidense en el lugar equivocado y el momento equivocado”, dijo Everett Rutherford, quien está casado con la tía de Heath. “Fue una idea tonta, y no ayudó una vez que pudieron averiguar su historia”.

Heath, de 39 años, fue arrestado el 10 de septiembre cuando viajaba por la costa caribeña acusado de conspirar con tres venezolanos para sabotear refinerías de petróleo y otra infraestructura con el propósito de instigar disturbios. Las autoridades dijeron que encontraron imágenes de objetivos en el teléfono celular de Heath, y mostraron fotografías tomadas en una locación interior de un lanzagranadas, explosivos plásticos y una bolsa con dólares estadounidenses que dijeron eran transportados por la “célula terrorista”.

Pero muchos sospechan que la evidencia fue plantada. Ninguno de los objetos fue exhibido en las primeras fotografías al exterior tomadas en el retén en el que fueron arrestados. Tampoco se vio en ningún lugar a un sargento de la Guardia Nacional arrestado con el grupo.

Los funcionarios estadounidenses de inmediato negaron haber enviado a Heath a Venezuela y abogaron por un trato humano. Ocurrido inmediatamente después de la frustrada incursión en mayo organizada por la firma de seguridad Silvercorp, con base en Florida, que fracasó terriblemente con la muerte de ocho combatientes venezolanos y dos Boinas Verdes encarcelados, cualquier otro ataque independiente estadounidense habría sido una exageración.

Pero la reputación de Heath para la discreción, su experiencia en señales de inteligencia para los Marines, y su trabajo previo como contratista del gobierno de los Estados Unidos en Irak y Afganistán parecen tomados directamente de una novela de Tom Clancy.

Incluso su familia ha preguntado si estaba en algún tipo de misión secreta, aunque no hay evidencia que lo relacione con el fiasco de Silvercorp o cualquier otra posible actividad mercenaria que Maduro dice fue provocada por la recompensa de 15 millones de dólares que ofrecen los Estados Unidos por su cabeza.

“¿Qué hizo Colombia después del ataque del 3 de mayo llamado Operación Gedeón?”, dijo el líder socialista en una conferencia de prensa el miércoles, en referencia a la redada de Silvercorp. “Brindó a los mercenarios más apoyo, más dinero y más armas”.

Sean McFate, quien es profesor en la Universidad Georgetown, dijo que los veteranos ávidos de adrenalina que regresan a casa después de la guerra y que no quieren ser guardias de seguridad en un centro comercial, son un reto creciente para la política exterior de los Estados Unidos.

“Un soldado como Heath, sea o no culpable, es muy atractivo para líderes autoritarios como Maduro, quienes buscan una ventaja con los Estados Unidos”, dijo McFate, quien también fue contratista de seguridad privada tras retirarse del Ejército de los Estados Unidos.

Los funcionarios de los Estados Unidos dicen que les preocupa que Heath sea maltratado. A diferencia de los ex Boinas Verdes Luke Denman y Airan Berry, quienes parecían optimistas y tratados bien en una videollamada reciente con miembros de sus familias, a él se le ha mantenido encerrado en una prisión que la inteligencia militar de Venezuela llama perversamente “la Casa de los Sueños”.

Un informe reciente de las Naciones Unidas describió las instalaciones como sobrepobladas, sin luz o ventilación natural. Exdetenidos relataron a la ONU haber dormido en el piso frío, con poca comida, y obligados a defecar en una bolsa de plástico cambiada una vez por semana.

El único contacto que Heath tuvo con el mundo exterior fue a través de notas de contrabando escritas a mano, una de las cuales menciona a Han Solo —el héroe de su hijo en la saga Star Wars— y otra su tiempo como miembro del cuerpo de seguridad personal del embajador William Taylor cuando encabezó los esfuerzos estadounidenses de reconstrucción en Irak.

“Les envío estas cartas a ciegas y espero que las reciban”, garabateó en una misiva angustiosa dirigida a su familia con fecha del 7 de octubre. “Me han cuestionado mucho y no he dicho una mierda”.

Irónicamente, el mismo Heath habló críticamente del propio trato de los Estados Unidos a prisioneros extranjeros, específicamente iraquíes detenidos en la prisión de Abu Ghraib, donde los reclusos dijeron que sufrieron abusos y torturas.

“Estoy muy enojado por cómo se les faltó al respeto”, le dijo a su periódico local, el Knoxville News Sentinel, en 2004, un año después de que se retiró del ejército de los Estados Unidos y mientras estudiaba en la Universidad de Tennessee. “Estamos confirmando sus peores miedos”.

El representante Chuck Fleischmann, Republicano del este de Tennessee, dijo que su oficina está en contacto estrecho con el Departamento de Estado y la Embajada de los Estados Unidos en Bogotá —la Embajada de los Estados Unidos en Caracas se vio forzada a cerrar el año pasado—, y hace todo lo posible para asegurar que Heath sea liberado.

“Seguimos preocupados por la condición en la que es retenido injustamente y sus posibilidades de un debido proceso”, dijo Fleischmann a la AP en un comunicado.

El fiscal general de Venezuela, Tarek William Saab, no comentó sobre el caso.

Heath se unió al ejército siguiendo los pasos de su padre y varios tíos. Trudy Rutherford, quien ayudó a criar a Heath después de que su madre abandonara a su joven familia, lo considera un hijo. Lo describió como muy trabajador, financieramente estable y afectuoso con la familia, aunque es un tanto callado, sobre todo cuando se trata de hablar de su trabajo.

Según la familia, la improbable cadena de eventos que terminó con Heath recluido e incomunicado en una cárcel venezolana inició a principios de año, cuando Heath compró en Houston un bote de pesca arrastrero de 53 pies llamado Purple Dream.

En los últimos años, Heath había aprendido a navegar. Su familia dice que mantenía un bote en Key West, Florida —el Cinnabar— con la esperanza de que fuera su boleto a una nueva carrera en el agua, libre del difícil trabajo de seguridad privada que había realizado durante más de una década en el Oriente Medio, recientemente con la firma MVM, con sede en Virginia.

El Purple Dream, con su cabina de acero oxidado y una bandera estadounidense raída, zarpó en algún momento antes de marzo, según la familia de Heath. Hay relatos contradictorios sobre su itinerario, por ejemplo si se mantuvo por la costa centroamericana o se aventuró al este hacia el Caribe.

Sin embargo, el 9 de marzo tuvo que ser asistido en el mar por la Marina de Nicaragua cerca del puerto El Bluff, según un comunicado de prensa del ejército nicaragüense. El 20 de marzo navegó hacia el histórico puerto de Cartagena, según las autoridades marítimas colombianas.

Además de Heath, estaban a bordo el capitán del barco y otras dos personas: Jason Phalin, un SEAL de la Marina recientemente retirado quien es instructor de armas para contratistas financiados por el Departamento de Estado, y Rickey Neil Gary II, un exreservista de los Marines quien, como Heath, participó en la invasión a Irak de 2003, y después hizo la transición a un trabajo en seguridad privada.

Ninguno de los hombres regresó las llamadas o correos electrónicos en los que se les solicitaba un comentario, y la familia de Heath ni siquiera supo sus nombres hasta que la AP los localizó en registros marítimos.

Tanto Heath como Gary habían viajado a Colombia cuando menos una vez antes. Según los registros de migración colombianos, ambos partieron juntos en una embarcación de la isla caribeña de Providencia con destino a México, en agosto de 2019.

El Purple Dream llegó a Cartagena sin previo aviso y reportando problemas mecánicos, pero los hombres nunca entraron legalmente al país, que estaba comenzando a cerrarse debido al nuevo coronavirus. El 23 de marzo, partió con los tres miembros de la tripulación a bordo, y listó como destino Corpus Christi, Texas, según los registros portuarios proporcionados a la AP.

Dos días después, Heath fue arrestado unas 12 horas tierra adentro por carretera. No es claro cómo se escabulló a tierra firme o por qué estaba tan determinado a ingresar a Colombia. Dijo a su familia que había ido a visitar a una novia de quien no sabían prácticamente nada.

En un puesto de control a la entrada de la ciudad de Bucaramanga, la policía descubrió en su bolsa tres cartuchos y 49 rondas de munición para una pistola Glock de 9 mm —probablemente para un arma que guardaba a bordo del barco, dice su familia.

En una audiencia del 23 de octubre, los fiscales colombianos presentaron cargos de posesión de armas contra Heath, que conllevan penas de nueve a 12 años de cárcel. Dijeron que, al momento de ser arrestado, viajaba en una pickup Toyota destartalada con otras cinco personas.

Luis Leal, el conductor del vehículo pero no su propietario registrado, dijo a la AP que había recogido a Heath y a dos hombres y una mujer venezolanos en la intersección de Bosconia cuando conducía al sur desde Cartagena. Leal dijo que era un guardia de seguridad con licencia y por lo tanto estaba exento de la prohibición estricta para conducir durante la cuarentena. Para ganar dinero extra, ofreció llevarlos a Bucaramanga por unos 80 dólares por cabeza.

Dijo que el estadounidense iba acompañado por un traductor a quien identificó en una fotografía policial como Marco Antonio Garcés, uno de los venezolanos arrestados seis meses después con Heath en Venezuela. El otro hombre, identificado por los fiscales como Carlos Eduardo Estrada, fue condenado una década antes por extorsión, según muestran los registros judiciales venezolanos.

Estrada dijo a la AP que el grupo había viajado alrededor de Colombia y se unió a Heath en Tolu, una comunidad en la playa a unas cuantas horas al suroeste de Cartagena. Dijo que creía que Garcés, un pariente lejano, conoció a Heath cuando vivió en Estados Unidos, pero aseguró que desconocía qué estaba haciendo el estadounidense en Colombia. Como la familia de Heath, cree que pudo haber entrado inocentemente a Venezuela para llegar a su bote.

Silgessio Garcés, un oficial retirado de la Fuerza Aérea, dijo a la AP que su hijo perfeccionó su inglés cuando trabajó durante ocho meses como cocinero en Atlanta mientras trataba de conseguir asilo. Pero decidió regresar a casa en 2018 cuando enfermó su madre.

Dijo que, en febrero, el hombre de 24 años viajó a Colombia para tratar de renovar su visa para los Estados Unidos y se quedó varado allá cuando se declaró la cuarentena. No sabe dónde se quedó su hijo ni cómo logró mantenerse económicamente en Colombia, y tampoco mencionó ninguna relación con un estadounidense. Lo único que sabe es que, a finales de agosto o principios de septiembre, su hijo se escabulló por la frontera y el 9 de septiembre llamó desde la ciudad de Maracaibo, al oeste de Venezuela, para concretar el ser recogido en una ciudad a la mitad del camino a Caracas.

“Llamó y dijo que estaba cruzando el puente del lago y que debería llegar por la tarde”, dijo Garcés a la AP. Unas horas después, llegó una segunda llamada en la que Garcés, quien sonaba desesperado, espetó “mamá” varias veces antes de que la línea se cortara.

La familia de Heath no sabe qué lo llevó a cruzar hacia Venezuela. El año pasado, el Departamento de Estado recomendó a los estadounidenses no viajar a ese país y advirtió sobre disturbios civiles, hospitales en ruinas y el riesgo de arresto arbitrario o secuestro.

El contacto fue menos frecuente tras ser liberado de la prisión colombiana a mediados de abril, después de unas cuantas semanas, aunque continuó pidiendo dinero a sus familiares y amigos. En total, la familia ha contabilizado 27.000 dólares que le enviaron a Colombia.

Asustado por su experiencia en la cárcel, su familia cree que fue engañado o posiblemente extorsionado por personas que se aprovecharon de su desesperación por regresar a casa. En abril, dijo a su familia que viajó a Puerto Bolívar, en la península de La Guajira, en Colombia, creyendo que iba a tomar un barco a Aruba. Pero el barco nunca apareció. En junio su abuela falleció y se perdió el cumpleaños número 11 de su hijo.

“En cualquier lugar del mundo que estuviera, siempre volaba a casa para su cumpleaños”, dijo Rutherford, quien también estuvo encarcelado en el extranjero durante un mes, en Turkmenistán, durante una larga carrera petrolera en ambientes peligrosos y autoritarios. “Incluso cuando estuvo desplegado en Irak, una vez voló a casa para una visita de tres días”.

El Purple Dream fue visto después en Aruba, a donde llegó sin previo aviso al puerto de Oranjestead, alrededor de la medianoche del 21 de julio, con dos personas a bordo, según la Guardia Costera del Caribe de los Países Bajos. Las autoridades portuarias, por radio, dijeron al barco que las fronteras estaban cerradas debido al coronavirus.

“El capitán me informó que han estado en el agua 20 días y están muy cansados”, según el reporte de un funcionario del puerto sobre el incidente.

Finalmente, el barco y su tripulación, que dijeron habían zarpado de Key West, fueron escoltados al puerto. La embarcación permanece en la isla, pendiente de venta por parte del fiscal. No es claro qué ocurrió con los dos tripulantes, a quienes las autoridades de Aruba se negaron a identificar, o incluso por qué el barco atracó allí.

Ese es sólo uno de los muchos misterios sobre el tiempo de Heath en Sudamérica, y que se suma a la sensación de desesperanza de su familia. Sin embargo, aunque Trudy Rutherford dijo que desearía saber más sobre los esfuerzos de su sobrino, está segura de que él no hizo nada malo.

“Cada día me despierto sintiéndome enferma y quiero vomitar”, dijo Rutherford, con la voz alzándose de ira por el miedo a cómo sea tratado Heath. “Sólo lo quiero de vuelta”.

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Contribuyeron con este reporte los periodistas de The Associated Press Fabiola Sánchez y Scott Smith, en Caracas, Venezuela; Stephan Kogelman, en Bonaire; y el investigador Randy Herschaft, en Nueva York.

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Contacte al equipo de investigación global de la AP en investigative@ap.org.

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Joshua Goodman en Twitter: www.twitter.com/APjoshgoodman