Están vacunados y seguirán usando cubrebocas, tal vez para siempre

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Las personas que deciden usar cubrebocas a pesar de que las restricciones federales y estatales están disminuyendo se han convertido en el blanco de la ira pública. (Cindy Schultz/The New York Times)
Las personas que deciden usar cubrebocas a pesar de que las restricciones federales y estatales están disminuyendo se han convertido en el blanco de la ira pública. (Cindy Schultz/The New York Times)

Cada vez que Joe Glickman sale a comprar víveres, se pone una mascarilla N95 en el rostro y un cubrebocas de tela encima. Luego, se pone un par de gafas protectoras.

Ha seguido este protocolo de seguridad durante los últimos 14 meses y no lo modificó después de contagiarse de coronavirus en noviembre. Tampoco cambió cuando, a principios de este mes, completó sus dosis de la vacuna; y, aunque el presidente Joe Biden dijo el jueves que las personas con el esquema de vacunas completo no tienen que usar cubrebocas, Glickman afirmó que planeaba mantener el rumbo.

De hecho, dijo, planea salir a comprar sus víveres con doble cubrebocas y gafas durante al menos los próximos cinco años.

A pesar de que la combinación de recomendaciones de salud pública en constante evolución y la fatiga de la pandemia llevan a más estadounidenses a deshacerse de los cubrebocas que han usado durante más de un año, Glickman está entre los que dicen que planean mantener su rostro cubierto en público de manera indefinida.

Para personas como Glickman, una mezcla de ansiedad, información confusa sobre las nuevas variantes del virus y la aparición de una facción obcecada y numerosa de quienes se resisten a la vacuna significa que la vida sin cubrebocas queda en espera… quizá para siempre.

“No tengo ningún problema con ser una de las pocas personas”, aseguró Glickman, fotógrafo profesional y músico de Albany, Nueva York. “Pero no creo que vaya a ser el único”.

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Joe Glickman lleva dos cubrebocas y gafas protectoras para ir al supermercado, y afirma que piensa seguir así al menos durante los próximos cinco años. (Cindy Schultz/The New York Times)
Joe Glickman lleva dos cubrebocas y gafas protectoras para ir al supermercado, y afirma que piensa seguir así al menos durante los próximos cinco años. (Cindy Schultz/The New York Times)

Ya sean de tela deslumbrante o de polipropileno, los cubrebocas han surgido como un distópico tema contencioso durante la pandemia. Un mapa de los estados que aplicaron la obligatoriedad del uso del cubrebocas se corresponde estrechamente con la preferencia de voto de los habitantes de esos estados en las elecciones presidenciales.

El año pasado, los manifestantes organizaron concentraciones contra los requisitos oficiales del uso de cubrebocas, hicieron hogueras para quemarlos en señal de protesta y desencadenaron enfrentamientos con gritos salvajes cuando se les confrontó por no usarlos dentro de los supermercados.

"Paranoicos", pero no

No obstante, a medida que más estadounidenses se vacunan y las restricciones relacionadas con el virus disminuyen, los cubrebocas están en el centro de un segundo asalto en la pelea cultural del país. Esta vez, las personas que deciden seguir cubriendo sus rostros se han convertido en blanco de la ira pública.

En entrevistas, las personas vacunadas que siguen usando cubrebocas declararon que se sienten cada vez más presionadas, en especial en días más recientes; amigos y familiares los han instado a relajarse, e incluso han sugerido que están paranoicos. En un viaje reciente al supermercado, Glickman dijo que un hombre que entró sin cubrebocas se le quedó mirando fijamente.

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“Estoy confundido”, publicó en Twitter la semana pasada el presentador de noticias retirado Dan Rather, mientras aumentaban las reacciones en la plataforma contra los que siguen usando cubrebocas. “¿Por qué debería importarle a la gente si alguien quiere usarlo en el exterior?”.

Tras las últimas disposiciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés), al menos 20 estados revocaron la obligatoriedad del uso de cubrebocas o emitieron órdenes que eximían a las personas vacunadas de usarlos. Esta semana, el gobernador Andrew Cuomo anunció que, a partir del miércoles, el estado de Nueva York también seguiría los lineamientos de los CDC. Un puñado de otros estados señalaron que aún estaban revisando sus normas.

Seguridad adicional

No obstante, para algunas personas, ninguna libertad recién adquirida les convencerá de revelar sus rostros todavía. Después de un año, dicen que se han acostumbrado a los cubrebocas y se alegran de la seguridad adicional que proporcionan.

Un día después del anuncio de los CDC, George Jones, de 82 años, un cartero jubilado, se paró bajo el sol afuera de las casas General Grant donde vive en Harlem, en la ciudad de Nueva York, y dijo que se quedaría con su cubrebocas quirúrgico azul (a pesar de ser incómodo e inconveniente) por lo menos durante otro año.

“No tengo prisa; ¿por qué habría de tenerla?”, dijo Jones, quien tuvo su segunda dosis de la vacuna hace aproximadamente un mes y medio. Hasta que la ciudad de Nueva York alcance un nivel mayor de vacunación (solo el 40 por ciento está vacunado por completo) cree que es demasiado arriesgado quitárselo. “Estar vivo es más importante. Eso es lo que cuenta. Soy un hombre mayor: me gustaría seguir vivo todo el tiempo posible”.

En Broadway, un grupo de jóvenes pasó junto a él, sin cubrebocas a la vista. Jones dijo que lo entendía: “Los jóvenes se creen inmunes, y espero que lo sean”.

Efectos positivos

Los datos de salud pública muestran que es probable que el uso de cubrebocas y el distanciamiento social hayan tenido efectos positivos de gran alcance, más allá de frenar la propagación del COVID-19. Mientras que más de 34.000 adultos murieron a causa de la influenza en la temporada 2018-19, este año las muertes van camino a quedarse en cientos, según los datos de los CDC. Los usuarios de cubrebocas afirman que al parecer sus síntomas de alergia estacional disminuyeron.

Leni Cohen, de 51 años, una maestra de jardín de niños jubilada de la ciudad de Nueva York que tiene un sistema inmunológico debilitado, dijo que planeaba seguir usando cubrebocas cuando ayudara como maestra sustituta, pero lo que más le gustaría es que sus alumnos siguieran usándolo.

“Aunque los alumnos del jardín de niños son adorables, comparten sus secreciones con gran facilidad”, escribió Cohen en un correo electrónico en el que enumeraba las enfermedades, como resfriados, faringitis estreptocócica, neumonía, gripe y parvovirus, que le han contagiado sus alumnos a lo largo de los años.

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Para siempre

“¡Este año es muy diferente!”, continuó. “Los niños no se chupan el pelo ni se meten los objetos del salón de clases o los pulgares a la boca. Tienen la boca y la nariz cubiertas, así que estoy (prácticamente) protegida de su tos y estornudos. Considero que hay que seguir con los cubrebocas. Nunca me he sentido tan segura en un aula llena de niños de 5 y 6 años”.

Barry J. Neely, de 41 años, compositor de Los Ángeles, enfermó de coronavirus en marzo de 2020 y luchó contra los síntomas durante meses. También ha luchado con el sentimiento de culpa de haber contagiado sin querer a las personas con las que estuvo en contacto antes de su diagnóstico, que llegó en un momento en el que el gobierno desaconsejaba el uso del cubrebocas.

Ahora planea llevar uno siempre que se sienta mal, a perpetuidad.

“No es difícil usar cubrebocas”, dijo Neely. “No lo es en absoluto”.

Añadió que se inspira en varios países de Asia oriental, donde usar cubrebocas cuando uno se siente mal no solo es socialmente aceptable, sino que se toma como un acto de consideración.

“Si hace un año pude propagar un virus, y luego aprendí que usar cubrebocas es importante para evitar la propagación de este virus, ¿qué tiene de malo usarlo si tengo un resfriado común?”, dijo.

Para algunos de los llamados “perma-maskers” (usuarios permanentes de cubrebocas), la decisión se debe a un trauma: enfermaron de coronavirus o han visto morir a sus seres queridos, y dicen que quitarse el cubrebocas los hace sentirse terriblemente vulnerables.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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