Los ucranianos en la Irlanda rural reconstruyen sus vidas paso a paso

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Una lugareña conversa con refugiados ucranianos fuera de un albergue en Arranmore, una pequeña isla frente a la costa de Donegal, Irlanda, el 29 de agosto de 2022. (Paulo Nunes dos Santos/The New York Times)
Una lugareña conversa con refugiados ucranianos fuera de un albergue en Arranmore, una pequeña isla frente a la costa de Donegal, Irlanda, el 29 de agosto de 2022. (Paulo Nunes dos Santos/The New York Times)

ISLA DE ARRANMORE, Irlanda — Hay dos banderas que ondean sobre el albergue juvenil de la isla de Arranmore, una porción de tierra frente a la costa noroeste de Irlanda, visible desde el ferri cuando llega a su pequeño puerto: la tricolor irlandesa y la bandera azul y amarilla de Ucrania.

Yaroslava Risukhina, refugiada ucraniana, recuerda el sentimiento de alegría que la invadió cuando vio las banderas que ondeaban sobre el pueblo. “Cuando llegamos en el ferri, era de noche y era hermoso”, dijo, maravillada con la vista desde la habitación que su familia comparte en el albergue. “Aquí, todo el mundo conoce a todo el mundo, todo el mundo dice: ‘Buenos días’, y para nosotros eso es inusual”.

Desde mediados de este verano, ella y sus hijos forman parte de los 25 refugiados ucranianos que viven en la remota isla, cuya población no ha dejado de disminuir durante décadas.

Son unos de los innumerables ucranianos que se enfrentan a la incertidumbre de cómo se desarrollará el próximo capítulo de sus vidas, pues la guerra con Rusia entra en su séptimo mes, lo cual deja claro que su desplazamiento temporal podría convertirse en algo prolongado. Sin embargo, las comunidades que los acogen también se enfrentan a la complejidad de asimilar y mantener a los recién llegados mientras confrontan sus propios retos económicos y sociales.

En Donegal, el condado donde se encuentra la isla de Arranmore, al menos 5000 ucranianos han sido alojados en albergues, hoteles y otros alojamientos privados, y cada día llegan más, según las autoridades locales. Los recién llegados están escolarizando a sus hijos, así como buscando trabajo y vivienda.

Se trata de una alquimia extraña y no probada, puesto que Irlanda se esfuerza por acoger al mayor número de refugiados que jamás haya aceptado el país, mezclando a los ucranianos que huyen de la guerra con los habitantes de las ciudades y pueblos, en su mayoría homogéneos, de sus rincones más rurales.

Risukhina, su hijo y su hija son de Sievierodonetsk, una ciudad del este de Ucrania que quedó destruida en gran parte este verano tras convertirse en un campo de batalla. No sabe si podrá volver ni cuándo. Por ahora está enfocada en que sus hijos empiecen a estudiar en la pequeña escuela local.

Una mujer ucraniana cuida a un niño en un albergue que acoge a familias ucranianas en Arranmore, una pequeña isla frente a la costa de Donegal, Irlanda, el 29 de agosto de 2022. (Paulo Nunes dos Santos/The New York Times)
Una mujer ucraniana cuida a un niño en un albergue que acoge a familias ucranianas en Arranmore, una pequeña isla frente a la costa de Donegal, Irlanda, el 29 de agosto de 2022. (Paulo Nunes dos Santos/The New York Times)

“Pero es como caminar en la niebla”, comentó. “Solo hay que ir paso a paso”.

Cerca de 50.000 ucranianos han llegado a Irlanda en los meses transcurridos desde que el país anunció la exención de visado y ofreció alojamiento y apoyo a los desplazados de acuerdo con la directiva de protección temporal de la Unión Europea.

El número acogido en Irlanda es solo una fracción de los más de siete millones de refugiados ucranianos que Naciones Unidas ha registrado en toda Europa desde el inicio de la guerra en febrero. No obstante, ha resultado ser un reto logístico para un país con solo unos cinco millones de habitantes, que ya sufre una crisis de vivienda, así como escasez de médicos y profesores.

Los ucranianos recién llegados son llevados a un centro de emergencias cada vez más desbordado en Dublín, antes de ser transportados a hoteles y hogares de propiedad privada que el gobierno ha contratado en todo el país. Varios departamentos del gobierno irlandés implicados en el programa no respondieron a las solicitudes para hacer comentarios destinados a este artículo.

Para los ucranianos en ciudades y pueblos más grandes, suele ser más fácil encontrar trabajo, así como llegar a las tiendas y escuelas.

Artem Baranovskyi, de 35 años, que ha estado viviendo en un hotel del centro de Letterkenny, la ciudad más grande de Donegal, con otros cientos de familias ucranianas, ya tiene dos empleos —como electricista y trabajador sanitario— y está planeando trasladar a su familia a un apartamento y comprar un auto.

Mientras llevaba a su hijo al colegio un día, dijo: “No dejo de recordarle lo afortunados que somos por estar aquí”.

Pero con el reinicio del ciclo académico, han reubicado en comunidades rurales a algunos ucranianos que habían sido alojados en viviendas para estudiantes en las ciudades. Por ahora, gran parte de la coordinación se produce a nivel local, donde muchos describieron una respuesta a veces caótica, a pesar de la buena voluntad tan grande.

En todo Donegal, la oleada inicial de apoyo ha dado paso a un mosaico de organismos locales, organizaciones benéficas y voluntarios que tienen que encontrar la manera de asentarse y apoyar a los ucranianos. Ayudan a los recién llegados a navegar la burocracia para registrarse con los escasos médicos, encontrar plazas en las escuelas y buscar trabajo en una zona donde históricamente ha sido difícil encontrar trabajo.

Dos personas vitales para estos esfuerzos son Oksana Krysyska y Switlana Pirch, ambas de Ucrania, quienes llevan años viviendo en Donegal. Ahora se pasan el día respondiendo las preguntas de los miles de ucranianos repartidos por el condado.

“Solo intento hacer lo que puedo”, aseguró Krysyska, que ha dedicado su tiempo a esta labor desde que comenzó la guerra.

Incluso en Arranmore, donde los ucranianos dicen que la vida ha sido idílica, la situación no es color de rosa para todos.

Darragh Ward, de 44 años, que creció en la isla, dijo que le preocupa que las escuelas a las que asisten sus hijos se vean desbordadas y señaló la crisis de vivienda más amplia en Irlanda.

“Creo que es un error; deberían atender primero a los suyos”, señaló sobre el gobierno mientras tomaba una copa en el bar local junto al albergue.

Los grupos de ayuda y los voluntarios han pedido una mejor coordinación y comunicación a nivel nacional para calmar los temores que han impulsado estos focos de descontento.

Fiona Hurley, directora general de Nasc, un centro irlandés de derechos de los inmigrantes y refugiados cuyo nombre significa “enlace”, afirmó que el centro había estado abogando para que se nombrara un responsable gubernamental nacional al frente de la coordinación de la respuesta.

“Tenemos que dejar de lado la planificación de emergencias y pasar a la planificación a medio y largo plazo”, explicó Hurley.

Paul Kernan, trabajador comunitario de la Plataforma Intercultural de Donegal, un grupo independiente de Letterkenny que promueve la inclusión y la igualdad, aseguró que se había acumulado cierto resentimiento debido a un sistema que “hace que los desfavorecidos compitan entre sí” por los limitados recursos, mientras las organizaciones se esfuerzan por atender a todos.

“Hemos puesto carteles que dicen: ‘Levántate. Alberga a los irlandeses’ y todo lo demás”, relató. “Y ninguna agencia o autoridad ha dicho una palabra”.

Su grupo está trabajando con colaboradores locales para ofrecer clases de conversación en inglés, entre otros servicios, pero le preocupa la falta de recursos para necesidades como la atención a la salud mental.

En muchos casos, los que acogen a los ucranianos han ido más allá para ofrecer ayuda, dicen muchos grupos locales, al igual que los voluntarios.

Nataliia Zhukova, su marido y su hijo se encuentran entre las 32 personas que viven en una casa de huéspedes readaptada en el pueblo de Doochary, en Donegal, que consta de poco más que un grupo de casas y un bar en un cruce de caminos.

“Me gusta estar aquí”, afirmó Zhukova, de 51 años, mientras elogiaba a sus anfitriones. Extraña su hogar, por supuesto. “Pero el negocio que teníamos, la casa, no son importantes”, aclaró. “Lo más importante son nuestras vidas”.

© 2022 The New York Times Company