¿Un triunfo aplastante de Biden? Algunos demócratas no pueden evitar susurrar al respecto

Astead W. Herndon
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Una bandera estadounidense ondea sobre el público en un evento de campaña del presidente Donald Trump en Macon, Georgia, el 16 de octubre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)
Una bandera estadounidense ondea sobre el público en un evento de campaña del presidente Donald Trump en Macon, Georgia, el 16 de octubre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

MACON, Georgia — El presidente Donald Trump organizó un mitin en Georgia el 16 de octubre, 18 días antes de las elecciones presidenciales de noviembre. No fue una buena señal para él.

El hecho de que Trump todavía esté haciendo campaña en lo que debería ser un estado republicano seguro —y en otros que deberían estar de su lado sin duda como Iowa y Ohio— es una muestra para muchos demócratas de que la ventaja de Joe Biden en las encuestas es sólida y duradera. Trump también pasó el 19 de octubre en Arizona, un estado que solía ser confiablemente republicano, pero donde su impopularidad ha logrado que Biden sea competitivo.

Para algunos demócratas, la atención de Trump a los estados rojos (republicanos) es también una señal de algo más, algo que pocos en el partido quieren decir en voz alta, debido a las cicatrices que dejó la sorpresiva victoria de Trump en 2016. Es un indicio de que Biden podría conseguir una victoria aplastante en noviembre, y lograr una paliza electoral inusual y ambiciosa que algunos demócratas creen es necesaria para aplacar cualquier duda —o disputas por parte de Trump— de que Biden ganó las elecciones.

Por un lado, este escenario es completamente creíble basado en las semanas y la amplitud de encuestas públicas que muestran a Biden a la cabeza (con amplias y pequeñas ventajas) en estados clave. Sin embargo, esta posibilidad choca de frente con las dificultades políticas de lograr una victoria de este tipo, y quizás en especial, con los obstáculos psicológicos que impiden a los demócratas considerar esta idea. Muchos creen que Trump, tras haber logrado una impactante victoria en el pasado, podría volver a hacerlo, aunque existan diferencias con respecto a 2016 que perjudiquen sus posibilidades.

Esto sí queda claro: las victorias aplastantes en elecciones presidenciales se han vuelto escasas —la última fue en 1988, y una un poco más modesta en 2008— y, cuando se toma en cuenta el margen de error, Trump todavía lleva la delantera o está muy cerca de Biden en muchos de los estados en los que ganó en 2016.

Los demócratas consideran que los estados cambiantes como Texas y Georgia son la clave para una posible victoria abrumadora; Texas no ha votado por un candidato presidencial demócrata desde 1976 y Georgia, desde 1992. Una encuesta de The New York Times y Siena College publicada el 20 de octubre reveló que Biden y Trump están empatados entre los posibles votantes en Georgia.

“Hasta que los demócratas ganen una elección estatal, no seremos un estado púrpura”, afirmó Brian Robinson, consultor político republicano en Georgia. “Quizá somos un estado con algunos tintes púrpura. Pero hasta que ganen, seguiremos siendo un estado rojo”.

Se prevé una derrota tan histórica para Trump, que algunos demócratas creen cada vez más necesario enviar un mensaje político a los republicanos y uno moral al resto del mundo, que tenga además un propósito logístico clave: obtener un claro ganador del Colegio Electoral el 3 de noviembre, en lugar de esperar por un proceso prolongado de conteo de votos.

El presidente Donald Trump sobre el escenario en un evento de campaña en Macon, Georgia, el 16 de octubre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Donald Trump sobre el escenario en un evento de campaña en Macon, Georgia, el 16 de octubre de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

Para muchos, una victoria contundente que logre además que los demócratas controlen el Senado, prepararía el terreno para una presidencia trascendental, no una que solo sirva para sacar a Trump.

“Lo que van a necesitar para hacer avanzar al país es demostrar que hay muchísimas personas que lo apoyan y que están de acuerdo con su agenda política”, dijo María Teresa Kumar, directora ejecutiva de Voto Latino, un grupo de movilización de votantes que respalda a Biden. “Que la gente quiera abordar el cambio climático de una manera enérgica. Que quieran abordar el tema de la atención médica y la educación de una manera osada”.

Kumar agregó: “La única manera de lograr que los republicanos se armen de valor es que esta sea una elección con participación masiva”.

Para un partido que sigue traumatizado por los fantasmas de 2016, el exceso de confianza y la extralimitación son lo último que la mayoría de los demócratas sienten o quieren proyectar.

“Esta batalla electoral está mucho más reñida de lo que sugieren algunos de los expertos que vemos en Twitter y en televisión”, decía un memorando de la semana pasada de la gerente de campaña de Biden, Jennifer O’Malley Dillon. “En los estados clave donde se decidirá esta elección, seguimos cabeza a cabeza con Donald Trump”.

Sin embargo, incluso algunos republicanos han comenzado a hablar sobre una posible paliza causada por una segunda “ola azul” que impulsaría a Biden a obtener una enorme victoria en el Colegio Electoral y ayudaría a los demócratas a retomar el Senado.

La semana pasada, el senador republicano Ben Sasse de Nebraska advirtió a los electores sobre una posible “masacre republicana” en noviembre, con lo que se ganó la ira del presidente en el proceso. El magnate de los medios conservadores Rupert Murdoch les ha dicho a sus amigos que espera que Biden gane de manera aplastante, según un informe publicado que no desmintió.

La campaña de Biden también ha incrementado los viajes y las inversiones en estados que no se esperaba que estuvieran al alcance de los demócratas: envió a Jill Biden a Texas y programó algunos eventos para la senadora Kamala Harris y su esposo en Georgia y Ohio antes de que un miembro del personal diera positivo por coronavirus, lo que limitó el itinerario de viajes de Harris.

No obstante, quizás el mayor indicio de un mapa demócrata expandido son las señales que salen de la campaña de Trump cuando va a lugares como Macon en lugar de intentar gastar recursos en los estados en los que Hillary Clinton ganó en 2016.

Jon Ossoff, el candidato demócrata en una de las dos contiendas por el Senado en Georgia, afirmó que apreciaba el incremento de inversión de Biden en el estado. Sostuvo que una victoria demócrata en el estado representaría más que un escaño adicional en el Senado o 16 votos electorales en una elección presidencial. Según Ossoff, eso quebraría el fuerte control republicano sobre el sur y le propinaría una derrota a la “estrategia sureña” de división racial que ha mantenido a la región sólidamente republicana durante décadas.

Una victoria, dijo Ossof, demostraría que “ya no es posible dividir a los sureños en términos raciales para ganar elecciones. Porque habrá una coalición multirracial que exigirá un liderazgo más progresista”.

En una entrevista reciente, el excandidato presidencial Beto O’Rourke dijo algo similar con respecto a su estado natal de Texas.

Texas, más que cualquier otro estado, tiene la capacidad de decidir todo la misma noche de las elecciones”, dijo. “Y sería demasiado poderoso y tendría tanta justicia poética y política, si el estado con mayor supresión del voto, con un electorado tan diverso, terminara aportando las cifras más importantes que le den la victoria a Joe Biden”.

Robinson, el consultor republicano, afirmó que cree que las encuestas han “representado en exceso” al electorado demócrata.

“Hemos visto por años que las encuestas muestran a los demócratas empatados o a la delantera a mediados de octubre”, dijo Robinson. “Los medios se ponen nerviosos, los demócratas se confían y terminan ganando los republicanos”.

“Si las encuestas muestran un empate en Georgia, eso significa que los republicanos están ganando”, sentenció.

Dennis Jackson, un demócrata de 58 años que realizó su voto anticipado en Atlanta un día antes del mitin de Trump, tiene el mismo escepticismo de Robinson tras la desilusión de las elecciones presidenciales de 2016 y de la contienda a la gubernatura en 2018, cuando la candidata demócrata Stacey Abrams, exlíder de la minoría en la Cámara de Representantes del estado, perdió ante el republicano Brian Kemp por un estrecho margen.

“Más gente se está involucrando”, dijo Jackson, “pero algunas personas no saben cómo funciona esto. Yo sí”.

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This article originally appeared in The New York Times.

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