¿Trataban en Brasil de imitar el ataque al capitolio de EEUU? Hay similitudes, dicen analistas

Eraldo Peres/AP

Los brasileños trataban el lunes de poner la casa en orden después del violento ataque del fin de semana contra las principales sedes del gobierno en una revuelta coordinada que, según los expertos, estuvo claramente inspirada en la insurrección del 6 de enero de 2021 contra la sede del Congreso en Estados Unidos.

Miles de seguidores del expresidente Jair Bolsonaro irrumpieron por la fuerza dentro de edificios gubernamentales, volcando muebles, rompiendo ventanas y destrozando estatuas y pinturas dentro del palacio presidencial y los edificios del Congreso y de la Corte Suprema, mientras pedían a los militares que derrocaran al presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva.

Alrededor de 1,200 seguidores del expresidente fueron arrestados el lunes cuando acampaban frente al cuartel general del ejército en Brasilia. Los funcionarios prometieron que llevarán a los responsables ante la justicia y el mundo condenó los hechos como un ataque contra la democracia.

Bolsonaro, quien según informes de prensa brasileños se encuentra actualmente en Orlando, se apresuró a distanciarse de los hechos. “Las manifestaciones pacíficas y respetuosas de la ley son parte de la democracia. Sin embargo, la depredación y el asalto a edificios públicos, como el ocurrido hoy, así como los practicados por la izquierda en 2013 y 2017, violan las reglas”, escribió el exmandatario la noche del domingo en su cuenta de Twitter.

Quienes se encontraban monitoreando la violencia del domingo dijeron que había claros paralelismos entre los eventos en Brasil y el ataque contra el Capitolio de Estados Unidos.

“No hay casualidad en la política. Los actos están claramente inspirados en la invasión del Capitolio”, dijo Bruna Santos, directora del Instituto Brasil del Centro Woodrow Wilson.

Al igual que los seguidores del presidente Donald Trump en 2021, los partidarios de Bolsonaro no creen que su oponente haya ganado legítimamente las elecciones y están dispuestos a hacer uso de la violencia para hacer respetar sus puntos de vista. “Su intención era crear suficiente caos para que los militares intervengan”, dijo Lian Lin, analista de Economist Intelligence Unit, la firma de investigación de la revista británica The Economist.

Además de irrumpir en los principales centros de poder del país, los manifestantes también bloquearon carreteras y la entrada a las instalaciones petroleras con la esperanza de perturbar la economía. Las protestas parecían haberse calmado un poco, pero la situación seguía siendo tensa el lunes, dijo Lin.

Pese a las similitudes, los expertos dijeron que sí hubo diferencias entre los ataques en Washington y Brasilia.

“La diferencia más importante es el tiempo. La invasión del Capitolio tenía el objetivo claro de evitar que Biden jurara, para evitar que su victoria se convirtiera en un hecho consumado. En Brasil se han incumplido todos los plazos (anuncio de resultados, juramentación, toma de posesión)”, explicó Santos.

Debido a esas diferencias, “la posibilidad de que (la revuelta) funcione es mucho más remota, como lo señala la respuesta inmediata de la comunidad internacional. Esto significa que el costo de apoyar tal acción, para los actores políticos e institucionales que tienen algo que perder (parlamentarios, militares) es mucho mayor”, agregó Santos.

Aunque la mayoría de los observadores cree que las instituciones políticas de Brasil prevalecerán, éstos advirtieron que el país sigue estando muy polarizado y que la radicalización de los seguidores de Bolsonaro seguirán presentando grandes retos para la nueva administración.

El domingo, Lula decretó el estado de intervención en la capital, en lo que fue visto como una demostración de fuerza para evitar que la violencia se extendiera a otras zonas del país.

El ministro de Justicia de Brasil, Flávio Dino, dijo a los periodistas que la policía comenzó a rastrear a quienes pagaron a los autobuses para que transportaran a los manifestantes hasta la capital.

En una conferencia de prensa realizada el domingo por la noche, el ministro de Justicia, Flávio Dino, dijo que los edificios serán inspeccionados en busca de pruebas, incluyendo huellas dactilares, videos y fotos, para que la gente involucrada rinda cuentas ante la justicia. Agregó que las autoridades tienen conocimiento de que los manifestantes también tenían la intención de provocar disturbios similares en otras partes del país.

“No lograrán destruir la democracia brasileña. Necesitamos decir eso plenamente, con toda firmeza y convicción”, manifestó Dino. “No aceptaremos el camino de la criminalidad para realizar luchas políticas en Brasil. Un criminal es tratado como un criminal”.

Las personas arrestadas el lunes se suman a los 300 que también fueron detenidas durante los eventos del domingo.

Pero la policía se tardó en reaccionar el domingo, incluso después de la llegada a la capital de más de 100 autobuses, lo que llevó a algunos observadores a preguntarse si las autoridades simplemente ignoraron numerosas advertencias, subestimaron la fuerza de los manifestantes o si eran de alguna manera cómplices.

Los fiscales de la capital dijeron que las fuerzas de seguridad locales en el mejor de los casos habían sido negligentes. Un juez de la corte suprema suspendió temporalmente al gobernador regional. Otro juez criticó a las autoridades por no tomar medidas enérgicas rápidamente contra el “incipiente neofascismo” en Brasil.

Esta historia fue complementada con los servicios cablegráficos de el Nuevo Herald.