Mientras las tormentas azotan a California, los campistas en situación de calle intentan sobrevivir en el exterior

El campamento de Lloyd Robertson se ve amenazado por las aguas que crecen y los árboles que caen a lo largo del río de los Americanos, en Sacramento, California, el 9 de enero de 2023. (Max Whittaker/The New York Times).
El campamento de Lloyd Robertson se ve amenazado por las aguas que crecen y los árboles que caen a lo largo del río de los Americanos, en Sacramento, California, el 9 de enero de 2023. (Max Whittaker/The New York Times).

SACRAMENTO, California — El viento que soplaba sobre el río de los Americanos hacía que la lluvia azotara casi de manera horizontal. Tan solo dos noches previas, un árbol de las inmediaciones acabó con la vida de una mujer cuando le cayó encima mientras dormía. A través de la aleta de una tienda de campaña improvisada, José Reyes, de 50 años, se asomaba a ver el aguacero mientras el agua helada golpeaba su agujereada carpa y escurría por un armazón de cama oxidado que usaba como contrapeso. Su saco de dormir estaba empapado, al igual que sus calcetines y las piernas de sus pantalones.

Detrás de él, una joven mordisqueaba unas papas fritas mojadas; tenía los pies descalzos, delgados y pálidos, sobre el suelo lodoso. Reyes —que es parte de un campamento de personas sin techo que durante años ha ocupado esta franja de la carretera en Sacramento— comentó que no habían descansado en varios días.

“Nada más he estado atento al viento”, explicó el lunes en la mañana. “Preguntándome cuál será el próximo árbol que se quiebre”.

Desde la zona rural del condado de Sonoma hasta el enclave de las celebridades en Montecito, una despiadada sucesión de ríos atmosféricos ha puesto a prueba la infraestructura y la resistencia de California. Las calles se han inundado, los diques se han roto, los deslaves han cerrado las autopistas y las ráfagas de viento han provocado apagones de varios días. Se han ordenado evacuaciones en todo el estado y al menos 17 personas han fallecido desde fines de diciembre.

Pero pocas personas han enfrentado desafíos tan difíciles como las más de 170.000 personas sin techo que viven en California. Este estado no solo tiene la población más grande de residentes sin hogar, sino que, a diferencia de quienes están en lugares más fríos, casi el 70 por ciento de ellos duermen en casas de campaña, vehículos o espacios públicos abiertos. En los últimos días, trabajadores sociales los han encontrado acurrucados en los pasos a desnivel y los lechos del río, en los parques y las playas.

El lunes, en el condado de Ventura, los bomberos rescataron de la fuerte lluvia al menos a 14 personas cuando una inundación sin precedentes en el río Ventura engulló un campamento de personas sin techo. Según las autoridades, en el condado de Sacramento, al menos dos personas —Steven Sorensen, de 61 años, y Rebekah Rohde, de 40, una integrante del campamento del río de los Americanos— murieron en dos incidentes diferentes que tuvieron lugar el fin de semana cuando unos árboles enormes debilitados por las tormentas cayeron sobre sus tiendas de campaña.

De acuerdo con un cálculo anual coordinado por el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano federal, el clima extremo provocado por el cambio climático ha aumentado la necesidad de iniciativas para proteger a las personas sin hogar en todo el país, donde cerca de 230.000 personas viven sin cobijo. Entre 2013 y 2021, en el área de Phoenix, casi se duplicaron los decesos de personas en situación de calle relacionados con el calor. El mes pasado, en Salt Lake City, las bajas temperaturas cobraron, en tan solo una semana, la vida de cinco personas sin refugio.

Heather Smiley abraza a su tembloroso perro mientras acampan a lo largo del río de los Americanos, en Sacramento, California, el 9 de enero de 2023. (Max Whittaker/The New York Times).
Heather Smiley abraza a su tembloroso perro mientras acampan a lo largo del río de los Americanos, en Sacramento, California, el 9 de enero de 2023. (Max Whittaker/The New York Times).

En Sacramento, el vecindario American River Parkway tiene tanto una concurrida ciclovía que atraviesa todo el condado como una gran cantidad de campistas sin hogar, quienes la mayor parte del año se mantienen secos debido a la sequía que afecta a California, pero que se encuentran en peligro cuando llueve muy fuerte o cuando la nieve derretida se precipita desde las laderas de la Sierra Nevada, llena los yacimientos y obliga a abrir las presas, que hacen crecer el caudal del río.

Los guardabosques tratan de advertir y desalojar a tantos campistas sin techo como pueden, aunque muchos de ellos insisten en permanecer ahí. Algunas personas en situación de calle dicen que se siente inseguras en los albergues grupales. Otras tienen mascotas que no soportarían dejar y que no pueden ser alojadas fácilmente. Algunas más temen exponerse al COVID-19. Hay también quienes se rehúsan a dejar sus pertenencias o que están en contra de los toques de queda y de la exigencia de permanecer sobrios.

“Muchas personas de nuestro refugio acaban de salir de la cárcel”, señaló Steve Andert, un hombre de 61 años con una amputación que el lunes temprano había salido de un centro para personas sin techo en Sacramento. Quienes no están acostumbrados a los reclusos tienen demasiado miedo como para querer estar cerca, añadió.

El lunes, el despacho de Servicios de Emergencia del gobernador aseguró que se había reunido con más de 400 representantes de organizaciones sin fines de lucro y agencias comunitarias de todo el estado de California para poner en contacto a las personas en situación de calle y a otras poblaciones vulnerables con fundaciones y albergues. Brian Ferguson, vocero de los servicios de emergencia, señaló que el objetivo era adquirir confianza a través de “mensajeros confiables”.

Los trabajadores sociales de algunas ciudades afirman que es muy necesario ese esfuerzo adicional.

“Ni la ciudad ni el condado han podido reunirse con las personas para poder ofrecerles un alojamiento de emergencia que en verdad satisfaga sus necesidades”, comentó Talya Husbands-Hankin, quien dirige Love and Justice in the Streets, una organización en defensa de los sintecho en Oakland. El lunes, Husbands-Hankin estaba repartiendo café caliente, sacos de dormir y carpas en los campamentos de la ciudad.

“Como resultado de eso, se está dejando a las personas desamparadas en circunstancias muy inseguras”, aseveró Husbands-Hankin. “La tormenta en realidad pone al descubierto el problema principal: la inseguridad que implica vivir fuera sin ningún cobijo”.

La renuencia a ir a un albergue, incluso en las peores circunstancias, exacerba los peligros del clima extremo para las personas sin hogar y para las municipalidades que luchan por protegerlas.

Justo afuera de un campamento de Oakland conocido como Wood Street, había desechos y basura flotando en el agua que llegaba hasta los tobillos. Durante los últimos meses, han sido desalojados los residentes de ese campamento, que solía ser uno de los más grandes del área de la bahía, y se han ido a las calles aledañas que ahora están parcialmente inundadas. Había más desalojos planeados para el lunes, pero un juez federal decidió suspenderlos temporalmente aludiendo al mal tiempo.

Las autoridades del condado de Alameda y de la ciudad de Oakland señalaron que equipos de asistencia social estaban visitando los campamentos de toda la región para brindarle a la gente información sobre el clima y sus opciones de alojamiento. Dijeron que habían aumentado el número de camas en los albergues de emergencia y que todavía había camas disponibles. La ciudad señaló que los servicios para animales podían ofrecerles alojamiento nocturno a las mascotas.

Ramona Choyce, de 44 años, comentó que no pensaba que debieran obligar a las personas a ir a los albergues. “¿Qué es un albergue?” fue su pregunta retórica mientras caminaba con dificultad por el agua que estaba justo fuera del campamento en Wood Street y separaba algunos materiales reciclables que pensaba vender para poder comprar propano. Choyce nos contó que tenía cuatro perros y que prefería la privacidad de su casa rodante. “No puedo regalarlos y ya”, añadió refiriéndose a sus mascotas. “Son mis hijos”.

En Los Ángeles, donde la nueva alcaldesa declaró un estado de emergencia para enfrentar la crisis de los sintecho de la ciudad, a los activistas les preocupaba sobre todo un asentamiento de campamentos de personas en situación de calle ubicado en el centro. Entre las 4400 personas sin techo que habitan ahí, menos de la mitad se siente protegida.

“La mayoría de ellas llevan años viviendo en la calle y son bastante hábiles para sobrevivir en las calles, pero este clima frío y lluvioso incrementa las probabilidades de que fallezcan por encontrarse expuestas al mal clima, cosa que nos preocupa mucho”, señaló Mike Arnold, presidente y director general de Midnight Mission, un refugio establecido desde hace mucho tiempo en esa área.

En vista de las advertencias de inundaciones repentinas en el condado de Los Ángeles, las organizaciones locales estuvieron repartiendo material para protegerse de la lluvia, ponchos y hasta casas de campaña, las cuales pocas veces distribuyen por temor a que los beneficiarios dejen de buscar alojamiento. Pero la escasez de camas temporales ha limitado las opciones, problema que se agravó por el coronavirus, así como el fin de una iniciativa estatal destinada a proporcionar habitaciones en hoteles y moteles durante la pandemia.

Este albergue, el cual cuenta con aproximadamente 270 camas y, al igual que la mayoría de los albergues de la zona, está a punto de exceder su capacidad, ha estado tratando de ver cómo instalar con rapidez toldos provisionales en su explanada exterior para ofrecer refugio, aunque sea sin calefacción.

“El COVID ha complicado mucho toda la capacidad de nuestras organizaciones para responder con prontitud a condiciones de mucho frío y lluvia”, señaló Arnold. “Antes teníamos un espacio parecido al de un gimnasio y un comedor público que podíamos abrir para invitar a que pasara la gente y no tuviera frío. Pero cuando el COVID llega al refugio, se propaga como la pólvora”.

En todo el condado de Los Ángeles, donde hay cerca de 70.000 personas sin techo, las autoridades también se han enfocado en alertar a quienes viven en campamentos a lo largo de las orillas de concreto del río Los Ángeles, una cinta de agua de 82 kilómetros que puede crecer con rapidez.

Mientras California se preparaba para afrontar la semana, de norte a sur, el afán de proteger a las personas que viven en el exterior planteó preguntas más serias, entre ellas el problema existencial de cuánto tiempo podrán resistir el actual embate tanto el lugar como su población.

“Todo está arruinado por el agua”, comentó Gary Holmes, de 55 años, cuando abrió la aleta de su tienda de campaña a la orilla del lago Merrit, justo al oriente del centro de Oakland.

Las mantas, la cobija y el colchón de Holmes estaban empapados. Una parte de su tienda de campaña había sido desgarrada por una rama de árbol que cayó y que por poco le pega. Para mantenerse seco en la noche, Holmes a veces se acuesta sobre una bolsa de basura o quema un rollo de papel higiénico para conservar el calor. “Esto me hizo pensar que es peor de lo que yo creía”, comentó.

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