Repartidores, los nuevos clientes más deseados por la delincuencia en la pandemia

Edgar Sandoval
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NUEVA YORK — Una noche del pasado otoño, Manuel Perez-Saucedo estaba realizando su última entrega de alimentos de ese día en Brooklyn cuando dos hombres en una motocicleta lo siguieron de cerca varias cuadras y luego lo rebasaron.

Pero cuando, minutos después, detuvo su bicicleta eléctrica afuera de su lugar de destino en una calle oscura, los hombres aparecieron de las sombras. Uno de ellos traía una pistola.

“Sabía que me tocaba que me robaran”, comentó. Recordó que, mientras los hombres tomaban su bicicleta que le costó cerca de 1600 dólares, pensaba en su hijo de dos años. “No quería que se quedara sin su padre”.

Perez-Saucedo, de 33 años, es uno de los numerosos repartidores que han sido víctimas de robos y otros tipos de asalto con violencia a medida que esta cifra ha crecido desde que, hace un año, la pandemia empezó a arrasar en la ciudad más grande del país.

El reparto de pedidos de restaurantes y de otros productos se ha convertido en un aspecto más importante de la vida cotidiana en todo el país desde que la pandemia obligó a millones de personas a quedarse en casa. Además, en la ciudad de Nueva York (donde la enfermedad ha cobrado casi 30.000 vidas), los repartidores se han convertido en un salvavidas para las personas que trabajan desde su casa y para los residentes vulnerables a quienes se les ha advertido que no salgan a la calle.

En un día cualquiera, se puede ver a miles de hombres, y una cantidad cada vez mayor de mujeres atravesar las arterias de la ciudad en sus gastadas bicicletas transportando comida para llevar, alimentos y medicamentos en bolsas de plástico.

Sin embargo, ahora que la tasa de desempleo ha llegado a una cifra de dos dígitos y las dificultades económicas han aumentado en los vecindarios menos favorecidos de la ciudad, mismos que ya habían sido sumamente afectados por la pandemia, su visibilidad también los ha hecho blanco de delincuentes oportunistas que buscan una ganancia rápida mediante el robo.

Los empleados de la policía afirman que las bicicletas eléctricas robadas pueden venderse con facilidad en las calles por dinero en efectivo o, bien, que pueden ser desmanteladas para venderlas por piezas. Estas bicicletas pueden costar miles de dólares y son unas herramientas indispensables para los repartidores, quienes casi siempre ganan menos de 60 dólares al día. Pese a su elevado precio de venta, muchos repartidores han llegado a depender de estas bicicletas debido a que pueden alcanzar una velocidad de más de 30 kilómetros por hora y les permiten ir más rápido y hacer más viajes para aumentar así sus escasas ganancias finales.

Según datos de la policía obtenidos por The New York Times, el robo de bicicletas eléctricas se duplicó durante el primer año de la pandemia y en 2020 llegó a 328, en comparación con 166 el año anterior.

Los investigadores afirmaron que los ladrones a menudo usan tarjetas de crédito fraudulentas para hacer pedidos falsos y atraer a los repartidores a sitios apartados. Así que los repartidores se enfrentan a dos pésimas opciones: dejar que se lleven su costosa bicicleta que necesitan para seguir trabajando o arriesgarse a que los lastimen o, incluso, a que los maten.

“Creemos que la mayoría de las veces les ponen trampas”, señaló Rodney Harrison, director del Departamento de Policía de Nueva York, quien hasta hace poco supervisaba la oficina de detectives.

Los investigadores mencionaron que los mayores repuntes de robos se han visto en Manhattan, el sur de Brooklyn y el Bronx. La mayoría de las víctimas fueron amenazadas con objetos punzocortantes, pistolas y otras armas.

Ligia Guallpa, directora del Proyecto Justicia Laboral, una organización sin fines de lucro que representa a los inmigrantes que trabajan en empleos de bajo salario, afirmó que muchos repartidores no informan sobre los robos ni los asaltos. Una gran parte de ellos no tienen documentos para poder trabajar de manera legal en el país y no hablan bien inglés. Muchos temen ser deportados si hacen una denuncia policial.

“Están sin ayuda en las calles”, señaló Guallpa.

Manuel Perez-Saucedo, un repartidor de alimentos a quien, en octubre, dos hombres con una pistola le robaron su bicicleta eléctrica de 1600 dólares, en Brooklyn, el 21 de enero de 2021. (Hiroko Masuike/The New York Times)
Manuel Perez-Saucedo, un repartidor de alimentos a quien, en octubre, dos hombres con una pistola le robaron su bicicleta eléctrica de 1600 dólares, en Brooklyn, el 21 de enero de 2021. (Hiroko Masuike/The New York Times)

Las autoridades del transporte aseguraron que, en 2012, la fecha más reciente de la que se tiene información, en Nueva York había alrededor de 50.000 ciclistas en labores comerciales. Según los cálculos de algunos activistas, desde entonces, esa cifra se ha incrementado a cerca de 80.000.

Una de las razones es el aumento en la demanda de comida para llevar, casi siempre a través de aplicaciones como Gruhub y DoorDash.

Guallpa mencionó que, en octubre, más de mil personas participaron en una manifestación organizada por un colectivo conocido como Los Deliveristas Unidos afuera del ayuntamiento para llamar la atención sobre los robos y las malas condiciones laborales, que incluyen los bajos sueldos, la escasez de equipos de protección y la falta de lugares para descansar o ir al baño.

Carlina Rivera, miembro del ayuntamiento de Manhattan, señaló que, durante la pandemia, los repartidores, quienes son considerados trabajadores esenciales, no solo han arriesgado su seguridad, sino también su salud por estar expuestos al virus todos los días. A pesar de que hace poco llenaron los requisitos para ser vacunados, muchos de los trabajadores también enfrentan otros obstáculos, como la falta de acceso a internet para registrar una cita y la desconfianza en el gobierno.

“Son personas que trabajan día y noche y que, sin embargo, han sido excluidas del debate más amplio”, comentó.

Los trabajadores sociales afirman que, aunque los repartidores reunieran el valor de denunciar los delitos a la policía, muchos se enfrentan al trauma psicológico que casi siempre resulta de un encuentro violento.

Perez-Saucedo mencionó que ese asalto a punta de pistola lo seguía atormentando. Según él, desde ese día, observa a su alrededor con más miedo y solo se detiene a entregar comida después de estar seguro de que nadie lo ha seguido.

Recordó que el día que lo asaltaron (el 13 de octubre) recibió varios mensajes de texto de sus compañeros en los que lo alertaban sobre el aumento de robos y de ataques en la zona donde él trabajaba. Fíjate si alguien te sigue, decían algunos mensajes. Ponle candado a tu bicicleta si la dejas lejos, decían otros.

Tenía una última entrega que hacer en Bedford-Stuyvesant antes de las 9 p. m. Se detuvo en un semáforo en rojo y se inquietó cuando vio a dos hombres en una motocicleta unos cuantos metros detrás de él.

Comentó que cuando los hombres aceleraron para rebasarlo, se rio para sus adentros y se sintió ridículo por haber tenido miedo. Sin embargo, estos lo abordaron unos minutos después. Uno de ellos se levantó la camisa y señaló una pistola que llevaba metida detrás del cinturón. El otro, de repente le arrebató de las manos su bicicleta.

“Me habían dicho que les diera lo que quisieran para que no me mataran”, comentó.

Perez-Saucedo, el sostén de su familia, mencionó que a duras penas gana lo suficiente para pagar la renta de su apartamento de dos habitaciones en Crown Heights, la comida y los pañales de su hijo. Después de que lo asaltaron, le pidió prestados 200 dólares a una cuñada y usó todos sus ahorros para comprar una motocicleta eléctrica de 900 dólares. “Va mucho más lento que mi antigua bicicleta”, comentó. “Pero es mejor que nada”.

Perez-Saucedo denunció el robo, pero la policía no ha arrestado a nadie. Según las cifras de los departamentos, el año pasado, la policía resolvió cerca del 36 por ciento de los robos de bicicletas eléctricas. Harrison señaló que el uso de cubrebocas generalizado durante la pandemia ha dificultado identificar a las personas que asaltan a los trabajadores captadas en los videos.

Añadió que le gustaría que hubiera “zonas designadas y bien iluminadas” en toda la ciudad donde los repartidores pudieran entregar la mercancía a la vista de la policía y de toda la gente.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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