Nunca es tarde para aprender tango y enamorarse

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[“Nunca es tarde” es una serie sobre personas que van en pos de sus sueños a su propio paso].

Nancy Cardwell ha hecho dos grandes cambios en su vida. El primero fue dejar su trabajo como editora de un importante diario en Nueva York para hacer voluntariado en Habitat for Humanity. El segundo fue un poco más drástico: mudarse a Buenos Aires a la edad de 62 años luego de enamorarse del tango… y de un bailarín de tango llamado Luis Gallardo.

Cardwell, ahora de 75 años, empezó en The Wall Street Journal en 1969 y ascendió en el escalafón hasta convertirse en subeditora de la publicación, y en la mujer de más alto rango en el diario en aquel momento. Sin embargo, a finales de los años 80, fue apartada de la jefatura como parte de una restructuración de los principales cargos editoriales y se sintió frustrada.

En agosto de 1991 volvía de un viaje de pesca en Montana cuando se bajó del avión en el aeropuerto de La Guardia, que estaba en construcción y muy caliente. “Ya fue”, recuerda que se dijo a sí misma. “Me voy de aquí”.

Vendió su apartamento en Nueva York y se mudó a Americus, Georgia (15.000 habitantes), para trabajar en la organización Habitat for Humanity. “Llegas a la cumbre de tu profesión”, recordó que se dijo a sí misma. “No tienes que demostrar nada más. Si ya no lo quieres hacer, no lo hagas”.

Con el tiempo se mudó a la Costa Este y se estableció en Arlington, Virginia, donde comenzó una carrera como editora independiente de libros. A los 58 años la invitaron a un evento de tango al que acudió a regañadientes. Seis meses más tarde tomaba clases de tango cinco veces por semana. Celebró su cumpleaños 60 con un viaje a Buenos Aires, donde bailó tango y practicó su español. Volvió una y otra vez y cada viaje se prolongaba un poco más. Contrataba un “bailarín taxi” —un bailarín profesional de tango que la llevaba a las milongas— y se quedaba bailando hasta las 3 a. m.

Una noche se le acercó Luis, a quien ella ya había visto en la pista de baile. Siguieron reuniéndose y bailando en varias milongas hasta el fin de su viaje. Él le pidió que le escribiera (se había sacado una cuenta de correo electrónico solo para que ella le escribiera) y, un día, ella recibió un mensaje donde él le preguntaba cuándo volvería a Argentina. Ella volvió en noviembre y estaban bailando cuando él le dijo: “Creo que vas a ser uno de los mayores amores de mi vida”. El año siguiente ella se mudó a Argentina. Se casaron en 2014 y ahora dividen su tiempo entre Arlington y Buenos Aires.

Aún bailan al menos tres veces por semana.

La siguiente entrevista ha sido editada y condensada.

¿Cuál es el atractivo particular del tango?

El tango es una danza de guiar y seguir, es como una conversación. Es íntimo más que sexi. Antes de conocer a Luis le empecé a decir a la gente: “el 90 por ciento de lo que quiero de un hombre lo consigo en la pista de baile”. El tango me enseñó que la intimidad no requiere duración. La longitud de tres minutos de un tango es suficiente. Aprendió que los argentinos le dicen al tango el amor de tres minutos”.

¿Qué te parecía la soltería antes de conocer a Luis?

Te crían con la idea de que estarás en una pareja o casado, pero yo simplemente me rehusaba a aceptar que ser soltera no estaba bien. Mi mamá me enseñó que la felicidad es una alternativa y que hay que elegir. Si no te gusta una situación o necesitas cambiar la situación o necesitas cambiar cómo te sientes al respecto porque ir infeliz por la vida no se vale.

¿Pasaste mucho tiempo considerando la decisión de mudarte a Argentina?

Creo que la mudanza no me dio miedo porque no parecía gran cosa. Ya iba de visita por tiempos cada vez más prolongados y estaba pensando instalarme más tiempo. Pero Luis hizo de Buenos Aires mi hogar. Me dio un círculo de amigos, familia, una posición en la comunidad tanguera y una comprensión de cómo es ser argentino. Lo más importante, me quería y me hizo comprender el apoyo y el compañerismo de un modo que nunca había experimentado.

¿Cuál es la clave para encontrar el amor?

Ambos estábamos en muy buenas condiciones cuando nos conocimos. Siempre le digo a la gente que nunca estuve tan feliz como el día antes de conocerlo. No que ahora estoy menos feliz, pero no estaba buscando nada. No creo que el romanticismo y las relaciones siempre brindan felicidad, pero la felicidad es lo que permite que sucedan.

¿Crees que las cosas habrían sido distintas si esto te hubiera sucedido 10 años antes o 10 años después?

No creo que habría sido diferente. Pero creo que entre mayor eres, te vuelves más seguro de ti mismo. No porque te vuelvas mejor en lo que hacías, sino porque te importa menos lo que piensa la gente. Por ejemplo, hablo español con soltura, pero cometo todo tipo de errores. Ahora que sé lo que valgo, mi valía, quién soy en el mundo, no procede de lo bien que hable español. Y esa sensación te da cierta libertad para animarte y hacer cosas que como alguien más joven tal vez no estabas dispuesto a hacer.

Si tuvieras una amiga que viniera y te dijera ‘Me aficioné al tango, viajé a Buenos aires, conocí a este hombre, piensa que es el mejor bailarín del mundo, ¿debería mudarme a Argentina para estar con él?’, qué le dirías?

Probablemente le diría que lo intente. Hay una desventaja de ser soltero. Te hace falta tener la familia y la pareja, que son buenas. Me habría contentado de tenerlas, pero no las tenía. Pero hay una ventaja de ser soltero, lo que significa que puedes hacer cualquier cosa que quieres. No tienes que comprar zapatos deportivos para nadie. No tienes que mandar a nadie a Harvard. Si tienes la desventaja por qué no aprovechar la ventaja.

© 2022 The New York Times Company

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