‘Soy un desastre’. Los sobrevivientes de Surfside luchan por recuperar su vida

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Raysa Rodríguez oye voces.

La despiertan por la noche. Le hablan cuando va en bicicleta. Le suplican cuando está preparando la cena. Es como si los fantasmas de sus amigos y vecinos estuvieran atrapados en su cabeza, un año después de quedar atrapados en los escombros de Champlain Towers South.

Están gimiendo. Gritan. La voz más clara es la de una mujer que grita: “Por favor, ayúdenme. Por favor, no me dejen aquí así”.

“Los oigo morir”, dijo Rodríguez, relacionando los nombres con los números de las unidades y describiendo las personalidades. “Muriendo entre los restos de nuestros apartamentos. Y no pude salvarlos. Me atormenta”.

Los sobrevivientes del derrumbe del edificio de condominios en Surfside dicen que están sufriendo aún más que el 24 de junio de 2021, cuando una buena parte del edificio de 12 pisos frente al mar se derrumbó, un piso colapsó sobre otro a la 1:22 a.m. de ese jueves, con un saldo de 98 fallecidos.

Algunos habitantes y visitantes que se estaban en la sección que quedó en pie escaparon corriendo por las escaleras y trepando por encima de los coches destrozados en el estacionamiento inundado y derrumbado. Otros fueron rescatados de los balcones por los bomberos.

No saben porqué se salvaron. En sus momentos más oscuros, algunos confiesan que desearían no haberlo hecho.

Se esfuerzan por creer que están vivos por alguna razón. Se devanan los sesos buscando una razón. Pero, ¿dónde está la razón en una tragedia incomprensible?

‘Soy un desastre’

“’Agradece que no te haya tocado morir’, hemos escuchado una y otra vez de gente bien intencionada”, dijo Alfredo López. Él, cargando con una vecina anciana, bajó a su esposa y a su hijo por seis tramos de escaleras hasta la playa.

Los sobrevivientes no se sienten bendecidos. Se sienten malditos. Un año después de ser arrojados de la cama por la fuerza de lo que sonó como una explosión, de ver sus paredes balancearse como cortinas, de salir por sus puertas al umbral de un abismo negro donde las unidades de los vecinos habían desaparecido en el vacío, describen el terror de sentir que estuvieron a segundos de precipitarse a la muerte.

“No se puede olvidar ni reemplazar la vida que se ha vivido durante 40 años. En un instante, desapareció”, dijo Esther Gorfinkel, de 89 años, propietaria original de Champlain Towers South, construido en 1981. Creyó que esa noche quedaría sepultada entre los escombros, hasta que López la cargó a su espalda.

Los sobrevivientes están atrapados en el limbo, como refugiados, todavía afligidos, desplazados, incapaces de volver a empezar.

Casi todos se ven con psiquiatras o psicólogos. Se les diagnosticó trastorno de estrés postraumático. Muchos toman antidepresivos, ansiolíticos y somníferos. Tienen tos persistente por el polvo que inhalaron. Están en terapia por el sentimiento de culpa de supervivencia. Recuerdos. Ataques de pánico. Incapacidad para concentrarse en el trabajo. Reacciones de sobresalto ante los ruidos fuertes, cobardía durante las tormentas. Miedo a las alturas. Llanto. No pueden dejar de llorar.

“Soy un desastre. Mi mujer está destrozada emocionalmente. Mi hijo ha intentado ser una roca para nosotros, pero no es el mismo”, dice López, sacando pañuelos de papel de una caja que tiene en su escritorio.

No solo perdieron sus casas cuando su sección fue demolida con dinamita por miedo a que se cayera también, sino que lo perdieron todo, todo. Algunos salieron corriendo descalzos esa noche. Al principio, llevaban ropa interior donada y comían comida donada. Ahora alquilan apartamentos que no pueden pagar o se alojan en las habitaciones que familiares tenían desocupadas.

Sus contratos de alquiler de un año terminarán pronto, pero no saben adónde ir. No pueden hacer planes porque no se sabe exactamente cuánto dinero recibirán del acuerdo de conciliación de $1,000 millones en la demanda colectiva contra dos docenas de acusados, entre ellos la empresa de seguridad del edificio, la asociación de condominios, el ingeniero consultor de las renovaciones por los 40 años, el urbanizador y los constructores del condominio de lujo de al lado, Eighty Seven Park. Las partes llegaron a un acuerdo sin admitir ninguna negligencia.

Los propietarios de las 136 unidades de Champlain Towers South recibirán $96 millones por sus pérdidas de propiedad, que se dividirán en proporción al tamaño de cada unidad entre los que viven y los herederos de quienes murieron. Pero no es ni por asomo suficiente para cubrir el valor total de mercado de los condominios, ni tampoco para comprar algo comparable, sobre todo teniendo en cuenta que los precios inmobiliarios se han disparado.

Las amargas disputas en los tribunales con algunos de los familiares de los fallecidos sobre lo que, según los propietarios sobrevivientes, es una asignación injusta de los fondos de la liquidación, el seguro y la venta de terrenos, han sido una fuente incesante de estrés.

“Hemos tenido que reconstruir nuestra vida desde cero”, dijo Steve Rosenthal, quien se aferraba a una bolsa de compras en la que había metido un par de camisas y su cartera mientras bajaba de su balcón en la plataforma de un camión de bomberos.

Tuvo suerte de tener un abrigo deportivo en la tintorería. Alquila en el downtown, pero bromea con que tendrá que mudarse a los Everglades o a West Hialeah. “Piense en todas sus pertenencias, incluyendo su auto, su televisor, su taza de café favorita, por no hablar de sus recuerdos familiares. Hemos tenido que reponer todo, hasta el salero y el pimentero. Empieza la temporada de lluvias y me doy cuenta de que tengo que comprar un impermeable”.

Espíritu vencido

La mayor pérdida fue, por mucho, el sentido de sí misma.

Iliana Monteagudo solía pensar que su mejor cualidad era su carácter amable y extrovertido. Pero su alegría de vivir quedó aplastada en el desastre de Surfside.

“Conmigo, entre mis amigos, mi alegría era algo seguro. En las fiestas hacía reír a la gente”, dice. “Ahora no hablo con nadie. No tengo vida social. No salgo. No uso Facebook. Porque soy una persona triste. Y no quiero que mis amigos estén tristes o sientan pena por mí”.

“Busco desesperadamente mi felicidad y no la encuentro. Falta mi personalidad. No sé cómo recuperarla”.

Monteagudo ni siquiera se siente con fuerzas para asistir a la reunión anual en Miami de los nativos de Ciego de Ávila, su ciudad natal en Cuba.

“Lloro”, dijo, secándose las lágrimas. “Lloro demasiado”.

Iliana Monteagudo, sobreviviente del derrumbe del edificio de condominios Champlain Towers South, dice que además de luchar contra la depresión, la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático, su mayor pérdida fue el sentido de sí misma. 'Estoy buscando desesperadamente mi felicidad y no la encuentro'.
Iliana Monteagudo, sobreviviente del derrumbe del edificio de condominios Champlain Towers South, dice que además de luchar contra la depresión, la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático, su mayor pérdida fue el sentido de sí misma. 'Estoy buscando desesperadamente mi felicidad y no la encuentro'.

Una decisión en una fracción de segundo le salvó la vida

La historia de supervivencia de Monteagudo es quizás la más milagrosa. Es la única persona que escapó por sus propios medios de uno de los pisos superiores destruidos. Bajó seis tramos de escaleras mientras el edificio caía tras ella.

Monteagudo, de 65 años, salió del apartamento 611 durante los siete minutos que transcurrieron entre el momento en que la terraza de la piscina se derrumbó a la 1:15 a.m. y dos secciones del edificio se vinieron abajo con pocos segundos de diferencia, a la 1:22 a.m.

Despertada, dice, por el espíritu de su querida santa, la Virgen de Guadalupe, vio cómo una grieta se desplazaba por la pared de su sala “como una serpiente”. Tras tantear su brassiere —”me dije, no tienes tiempo, ¡olvida el brassiere !”— se puso un vestido de verano, se calzó unas sandalias, tomó su bolsa y apagó su vela de la Virgen de Guadalupe y obedeció las órdenes de su mente de correr rápidamente no hacia la escalera más cercana a su puerta, que se derrumbó en pedazos momentos después, sino hacia la que estaba en el extremo opuesto del pasillo.

Primero se detuvo a golpear la puerta de la vecina Hilda Noriega, de 92 años, parcialmente sorda. No hubo respuesta, así que Monteagudo rezó para que Noriega estuviera en casa de su hijo. Noriega no estaba con su hijo; fue la persona de mayor edad que murió en el derrumbe.

Rezando intensamente mientras las escaleras temblaban violentamente en el cuarto piso, Monteagudo consiguió llegar al vestíbulo, y luego se abrió paso entre los escombros del estacionamiento con la ayuda del guardia de seguridad Shamoka Furman, que le dijo: “Agárrate de m, mama”.

Un año después, Monteagudo alquila un apartamento en Miami Beach. Está amueblado como una anodina habitación de hotel, nada que ver con su elegante vivienda en Champlain Towers South, que había comprado seis meses antes del colapso por $600,000 en efectivo: los ahorros de toda su vida y el dinero de un acuerdo de divorcio. Había cumplido su sueño de retirarse en la playa, dijo, mostrando una foto de una luna llena iluminando un camino a través del agua. Había instalado un armario a la medida para guardar su colección de elegantes vestidos y lujosos abrigos, así como las impresionantes joyas de aquellos florecientes años en los que el negocio de su entonces esposo, argentino, prosperaba.

“Perdí mi pasado, todas las fotos de mis padres, de mis hijos, de mis nietos”, dijo. “Perdí mi futuro, mi esperanza de vivir en un lugar agradable”.

Sacudió la cabeza ante la ironía: huyó de Cuba con una maleta. Huyó de Champlain Towers South con un bolso.

“En contra de lo que cabría esperar, un año no significa progreso para mí”, dijo. “He retrocedido”.

Monteagudo se lesionó las rodillas durante su huida. Le duelen y bromea con el ceño fruncido al decir que ya no puede llevar tacones como antes. Toma medcinas para el corazón, tiene palpitaciones, una vez corrió a urgencias porque se olvidó de tomar su anticoagulante y tuvo un pequeño coágulo en el cerebro. Otra vez fue a verificar el contenido de sangre en su orina; saca una foto de su muestra de orina, que parece jugo de betabel. Se le prohíbe beber café.

Monteagudo despliega un conjunto de frascos y dispensadores de pastillas de plástico en la mesa de su comedor, y se lamenta de que antes solo tomaba vitaminas.

“Ahora tengo un cardiólogo, un electrofisiólogo, un neurólogo, un ortopeda y un psiquiatra”, dice. “Tengo citas con los médicos constantemente”.

Le recetaron mirtazapina para la depresión, trifluoperazina y lorazepam para la ansiedad, metocarbamol para el dolor, metoprolol para la angina de pecho y la hipertensión, Entresto para mejorar su función cardíaca, Xarelto para prevenir los coágulos.

La rabia que siente por la disputa del caso de la demanda colectiva la pone enferma, dice. Al igual que otros propietarios sobrevivientes, cree que fueron intimidados por los abogados de algunos de los familiares para que aceptaran un acuerdo a la baja. El juez y los abogados del caso les advirtieron que un estatuto de la Florida no probado pudiera usarse para demandarlos por mantenimiento negligente hasta el valor de sus unidades, ya que su edificio no tenía un seguro adecuado para cubrir una pérdida de vidas tan catastrófica. Los propietarios que sobrevivieron se sintieron culpados y penalizados.

También creen que tienen derecho a una asignación más cercana a la cifra de $150 millones de la que se habló en un principio, que se compone del valor de la propiedad recientemente vendida por $120 millones y del seguro de propiedad del edificio, que ellos, como propietarios, pagaron. Los abogados redujeron esa cifra durante la mediación en febrero porque dijeron que eran pesimistas en cuanto a alcanzar un acuerdo de $1,000 millones. Sin embargo, una vez que lo lo lograron el mes pasado, los propietarios sobrevivientes consideraron que era justo que aumentaran su parte.

“Nosotros también somos víctimas, pero somos víctimas vivas. ¿Eso nos convierte en criminales?”, dijo. “No veo justicia para los sobrevivientes. Murió mucha gente inocente, pero eso no es culpa nuestra. Nosotros no destruimos el edificio. ¿Por qué íbamos a dormir allí, igual que sus familiares? Si los sobrevivientes son culpables, también lo son todos los propietarios fallecidos, incluyendo los que vivieron allí mucho tiempo.

“Esto me duele profundamente. ¿Cuál es nuestra culpa? ¿Estar vivos?”

Monteagudo ayuda a gestionar un pequeño centro de vida para adultos cerca de la Universidad Internacional de la Florida, donde puede olvidar temporalmente sus problemas pasando tiempo con los ancianos residentes a los que adora. Se apoya en sus tres hijos y tres nietos y espera ser abuela de su primera nieta. Encuentra consuelo en su fe.

“Quizá Dios tenga un plan mejor para mí en el futuro”, dice. “Nunca le pregunto por qué a mí. Intento no sentir autocompasión. Dios envía los retos más difíciles a los que ama, a los que confía que pueden salir adelante. Si esto era una prueba, no he fallado. Algo bueno tiene que venir. Tiene que llegar”.

Todos conocían su nombre

A Raysa Rodríguez la apodaban “la alcaldesa” en Champlain Towers South. Vivió allí 18 años. Conocía prácticamente a todos, las noticias sobre los hijos y los nietos, los chismes. Cuidaba de los mayores y adoraba a los más jóvenes. La puerta del 907 estaba a menudo abierta, y la gente iba para platicar o hacer confidencias.

“Soy una persona que sabe escuchar”, dijo Rodríguez, de 60 años, quien se jubiló del Servicio Postal tras recuperarse de un cáncer de ovarios.

Adoraba a sus amigos y vecinos. Le encantaba su vida junto al mar. Iba a diario en bicicleta por la playa.

Un año después del derrumbe, vive con sus padres en el extremo oeste de Miami-Dade, en la casa donde creció, en su habitación de la infancia. Es como si hubiera retrocedido en el tiempo. No puede detener el carrete de recuerdos de Surfside que se repite en su cabeza.

“Cierro los ojos y estoy en Champlain Towers South, y veo a la familia Patel en un paseo en bicicleta con su hija de 1 año en el asiento del bebé”, dijo. “Veo a Marcus y Ana Guara y a sus dos niñas en la piscina. Veo a Manny LaFont del 801 con sus hijos Mia y Santi; era un padre muy entusiasta. Veo al pequeño Lorenzo Leone con esos hermosos ojos. Veo a Graciela Catarossi con Stella, jugando en la arena.

Raysa Rodríguez, sobreviviente de Champlain Towers South, fue rescatada de un balcón del segundo piso y ayudó a sus vecinos a salir cuando la torre de condominios se derrumbó el 24 de junio de 2021. Dice que no puede detener el carrete de recuerdos de Surfside que se repite en su cabeza.
Raysa Rodríguez, sobreviviente de Champlain Towers South, fue rescatada de un balcón del segundo piso y ayudó a sus vecinos a salir cuando la torre de condominios se derrumbó el 24 de junio de 2021. Dice que no puede detener el carrete de recuerdos de Surfside que se repite en su cabeza.

“Edgar González organizaba carnes asadas cada día de fiesta. Salía temprano para conseguir una parrilla y poner una sombrilla. Era el hombre más dulce”. Su esposa, Angie, y su hija Deven fueron rescatadas pero él no lo logró.

“Veo a Ray y Mercy Urgelles del 211, a Elena Blasser del 1211. Veo a Arnie Notkin en el vestíbulo con su cuidador. Él decía: ‘Hola, alcaldesa’, y yo decía: ‘Hola, entrenador’. Había sido profesor de educación física. Su esposa, Miriam, tenía miedo a las grúas de Eighty Seven Park, que estaban tan cerca que se habrían estrellado en nuestra alberca. Hilda decía que se estrellarían contra nuestro edificio.

“Theresa Velásquez, que quedó atrapada entre los escombros y los equipos de rescate no pudieron sacarla, la conocí a ella y a sus padres. Vi a su padre Julio en el ascensor con Linda March el día anterior. A él le estaban haciendo una intervención en la espalda y a ella en el cuello, así que les dije que cuando estuvieran mejor daríamos una vuelta en bicicleta.

“Bonnie Epstein vino a contarme sobre la muerte de su tía. Dijo que su familia se estaba reduciendo. Luego los vi a ella y a su esposo, David, en su Tesla azul brillante con su perro Chance y los saludé pero no me paré a hablar, y pienso en su hijo David, que perdió a sus padres.

“Me crucé con Cassie, del 410, en un paseo en bicicleta. Una gran sonrisa en su cara.

“Le envié un mensaje a Sergio Lozano diciéndole: ‘Me encanta ver a tu padre sentado al sol’. Esa fue la última vez que vi a Tony, y la última vez que hablé con su esposa Gladys, me dio una manzanilla para el malestar estomacal de mi madre.

“Dick Augustine y Elaine Sabino eran como mi familia. Los llamaba la Pareja Dispareja. A veces, Dick se me aparece y yo le digo: ‘Lo siento, Dick. Siento mucho no haber podido salvarte’”.

“Tengo buenos recuerdos. Tal variedad de gente, nacionalidades, edades, religiones, opiniones políticas. Puedo ver a todos en la terraza de la alberca, en sus lugares favoritos”.

‘El infierno’

Ciertos detonantes transportan a Rodríguez de vuelta a esa noche. Imágenes de edificios bombardeados en Ucrania. Pasar frente a los rascacielos. Los ascensores la asustan. También el sonido de su madre lavando los platos. Guarda en su teléfono una grabación del derrumbe captada por el dispositivo de seguridad de un amigo y la repite. Suena como una avalancha estruendosa atravesada por los crujidos de las barras de acero que se rompen.

“La gente no entiende el infierno por el que hemos pasado”, dice Rodríguez.

Lo que primero pensó que era un avión estrellándose contra la torre la sacudió hasta hacerla caer al suelo de su habitación. Abrió de un tirón las puertas corredizas de cristal y fue empujada hacia atrás por una columna de polvo blanco. Corrió hacia el pasillo y llamó furiosamente a las puertas de los vecinos hasta que dobló una esquina.

“¡Dios mío! ¡Qué demonios! Todo el edificio ha desaparecido”, gritó. “¿Hay alguien por ahí? ¿Hola? ¿Quién está ahí?”

Ayudó a una amiga, a su hijo, a su cachorro maltés y a una vecina de 80 años con una andadora a subir al primer piso, que estaba bloqueado, y luego a subir al segundo. Encontraron la unidad 209 abierta, salieron a tropezones al balcón, agitaron una baliza de emergencia y esperaron, preguntándose cuándo les caería encima el resto del edificio.

A las 3 a.m., los bomberos los bajaron por una escalera. Un vecino le dijo a Rodríguez que le perturbaba la mirada de sus ojos. No había visto ese tipo de mirada desde que estaba en Vietnam.

Sobrevivir al cáncer fue diferente.

“Hubo el shock inicial de ‘¿Yo?’ Estoy sana. Hago ejercicio, no bebo ni me drogo”, dijo Rodríguez sobre el diagnóstico en 2016. “Luego entiendes que hay un método, un programa de tratamiento. Es un calvario pero es algo predecible. Cuando se me cayó un trozo de pelo en el trabajo, le dije a mi madre que me llevara a la peluquería y me rasuré la cabeza. Después de la primera quimioterapia sabes que estarás agotada.

“El cáncer es un proceso que pone los nervios de punta. El colapso fue un acontecimiento extraño. No tenía ningún control. Estaba totalmente indefensa”.

El terapeuta de Rodríguez, que también trata a un sobreviviente del tiroteo de la secundaria de Parkland, le asegura que mejorará “pero que viviré con este trauma el resto de mi vida”.

“He perdido mi motivación habitual. Lloro todos los días. Cuando pasé por el cáncer me llamaban la paciente feliz. No sé si volveré a ser tan feliz como antes”.

Rodríguez lucha contra “problemas de ira”. Está el acuerdo, que le dejará unos $500,000 para comprar una nueva casa. Están las señales de advertencia que, de haber sido atendidas, podían haber evitado el colapso. Ella culpa a Surfside y a Miami Beach por no escuchar las preocupaciones de los propietarios sobre la proximidad de la construcción del edificio de al lado, que podría haber contribuido a la desestabilización de Champlain Towers South. Ella entregó fotos a la asociación de condominios de la excavación junto al muro sur, cerca del punto donde los modelos por computadora de ingeniería mostraron que la cubierta de la piscina se desconecta del muro durante el colapso de la cubierta. Pero no se hizo nada al respecto.

“Solía despertarme por la mañana con la gratitud de que la playa era mi patio trasero”, dijo. “Ahora me pregunto por qué yo sobreviví y esos niños no. Supongo que tengo más cosas que hacer aquí. Mi hermano dice: ‘Hermana, te quedan siete vidas’”.

La cargó en la espalda para salir

Alberto López no puede dormir. En lugar de dar vueltas en la cama por una pesadilla recurrente, sale a las 4 a.m. y anda en bicicleta. Durante 20 millas. En la oscuridad. Solo.

Alfredo López, que sobrevivió al derrumbe del edificio de condominios Champlain Towers South con su esposa y su hijo, y que cargó a una vecina anciana a la espalda por varios tramos de escaleras para ponerla a salvo, anda en bicicleta a primera hora de la mañana para superar el trauma del derrumbe. Ha encontrado una terapia en los paseos en bicicleta de madrugada.
Alfredo López, que sobrevivió al derrumbe del edificio de condominios Champlain Towers South con su esposa y su hijo, y que cargó a una vecina anciana a la espalda por varios tramos de escaleras para ponerla a salvo, anda en bicicleta a primera hora de la mañana para superar el trauma del derrumbe. Ha encontrado una terapia en los paseos en bicicleta de madrugada.

Pedalea por el Venetian Causeway, luego hacia el norte, casi pero no del todo, hasta donde se encontraban las Champlain Towers South en 87 Street y Collins, bajando por South Beach y volviendo al apartamento de Edgewater que alquila con su esposa, Marian, y su hijo Michael.

“Estoy ejercitando los demonios de mi cuerpo”, dijo López. “Es terapéutico”.

López y su familia estuvieron a tres pies de perecer en el derrumbe del edificio de condominios. Treinta y seis pulgadas. Un año después, lo ocurrido parece más surrealista que nunca.

“La enormidad de las probabilidades; no puedes comprenderlo”, dijo.

Oyeron dos explosiones.

“Michael corrió a nuestra habitación después de la primera, que fue el hundimiento de la terraza en el estacionamiento”, dijo López, que vivía en el apartamento 605. “Le dije que se pusiera los zapatos. Entonces, el segundo sacudió el apartamento como si fuera un terremoto.

“Cuando abrí la puerta, vi un agujero negro ante mí. No vi ningún apartamento a la izquierda. Lo primero que pensé fue que Estelle Hedaya, en el 604, se había ido. Solía verla en los paseos por la playa. Judy Spiegel en el 603 se había ido. Era una abuela abnegada. Hilda Noriega en el 602 se había ido. Era una santa. Hacía ejercicios en la alberca.

“Asumí que estábamos condenados. Corrimos por la escalera junto a los elevadores en pijama”.

Se encontraron con Esther Gorfinkel en pantuflas y bata, sentada en un escalón, sollozando. Mientras los demás pasaban corriendo junto a ella, López la levantó y la inclinó sobre su hombro.

“Tenía una rodilla lesionada, no podía moverse y quería rendirse”, dijo López. “Le dije que eso no era una opción. Imagínate que fuera tu madre. Le dije que teníamos que irnos, que teníamos que irnos ya”.

“Llegamos al vestíbulo, pero la puerta estaba bloqueada. Bajamos al estacionamiento y vadeamos el agua hasta los tobillos, con cables y escombros por todas partes. Vimos un auto apoyado en otro con una losa de concreto encima. Trepamos por ese montón y salimos a rastras cerca de la piscina. Llevaba a Esther en la espalda. La coloqué en un camastro y corrí a buscar a los paramédicos. Podía oír a la gente lamentándose entre los escombros. Me sentí fatal por no haber podido ayudarlos.

“¿Por qué yo salgo y muere un encanto como Edgar González? Estaba empezando una nueva carrera como abogado y llevaba un traje que ya no le quedaba bien y me dijo: ‘Mírame con este traje de mono’, y yo le dije: ‘Edgar, estás guapísimo’”.

López y Gorfinkel siguen en contacto. Ella vive con su hijo. Celebró su 89 cumpleaños el 9 de junio.

“No estoy bien”, dijo Gorfinkel. Echa de menos a sus dos pájaros mascota que murieron en la demolición. “No fue fácil para mí entonces, y ahora estoy peor”.

López, de 62 años, no está seguro de cómo evaluar su propia recuperación.

“Avanzas, entonces te te das un golpe y te caes”, dijo.

Le preocupa la salud mental de Marian. Es secretaria de la primaria Ruth K. Broad y conocía a varios de los niños que murieron. También los conocía de la iglesia católica de San José, a pocas manzanas de las Champlain Towers South, donde es ministra de Eucaristía. Michael, que se graduó en Bioquímica, dejó su carrera en suspenso para ayudar a sus padres. Consiguió un empleo como asistente de preescolar en la escuela.

López está trabajando en la aceptación. Es un trabajo duro. Tiene que erradicar el resentimiento que creció y creció durante meses por la forma en que se trató a los propietarios sobrevivientes en los tribunales, chivos expiatorios para los angustiados familiares que necesitaban alguien a quien culpar, dice.

“Estamos hartos de los malos tratos”, dijo. “No tenemos nada más que ver con ese derrumbe que sus seres queridos. Ninguna parte tiene la culpa. Fue una combinación de factores y quizá nunca tengamos una respuesta completa”. Ninguna de las empresas que llegaron a un acuerdo de conciliación admitió su culpabilidad. Así que no hay responsabilidad y no hay caso penal. Esa es la realidad. ¿Qué vas a hacer? ¿Enojarte?”.

López se sintió desolado cuando los propietarios fueron presionados para llegar a un acuerdo de conciliación por la mitad del valor de sus condominios, o menos. Así que cuando llegó el acuerdo de conciliación de $1,000 millones con las aseguradoras, los propietarios esperaban que su parte aumentara, al menos hasta el precio de venta del terreno, que era de $120 millones. El juez del Tribunal de Circuito Michael Hanzman les dio un aumento menor, de $83 a $96 millones. Y es probable que los abogados se vayan con $100 millones.

“Pensar que valemos más muertos que vivos; triste pero cierto”, dijo López. “Pensar que no vamos a estar enteros, es duro, pero 96 es mejor que 83. Hay que aceptarlo y seguir adelante”.

Como parte de su nueva perspectiva, López llevó a su esposa a la playa de Champlain Towers South por primera vez hace dos semanas. Ella estudió los 98 nombres colocados en la valla que rodea el lugar mientras él extendía una manta en la arena.

“Nos sentamos en la playa, nos tomamos una botella de vino, nos tomamos un selfie y sacamos fotos del agujero donde estaba nuestro edificio”, dijo López. “Nos alegramos. Decidimos que esta es nuestra hermosa playa y que vamos a volver. Quiero darle la vuelta y recordar los buenos momentos y hacer otros nuevos. Hay gente que todavía no puede volver a esa playa. Les digo que no lo fuercen, y que cuando estén preparados les veré allí con una botella de vino”.

Durante sus insomnes paseos en bicicleta, López solía descargar la rabia. Ahora intenta reflexionar.

“Veo a personas sin hogar. Pienso en cómo tu vida se tuerce una noche y pierdes tu casa y acabas en la calle. Nos puede pasar a cualquiera de nosotros”, dice. “Solo por la gracia de Dios sigo adelante.

“No estoy agradecido y nunca lo estaré. Por favor, no me digan que esté agradecido. Pero me estoy acercando a la aceptación”.

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