Ya no somos ciudadanas

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El caso Roe contra Wade ha sido una doctrina toda mi vida. Cuando me gradué de la preparatoria, las fotografías de los alumnos de último año se incluyeron en un álbum de recuerdos. Una de las páginas nos invitaba a imaginar nuestras carreras y salarios diez años después. Yo predije que sería abogada y ganaría la cifra muy realista de 35.000 dólares al año. No era tonta. Sabía que la raza y el género podrían dificultar mucho más que alcanzara esa meta. Jamás se me ocurrió que debiera modificar mis aspiraciones por ser mujer.

En el lapso de una vida, Roe había impulsado a las mujeres de manera tan integral en el mercado del trabajo remunerado que era normal que les pidieran a los preparatorianos de último año que respondieran un ejercicio sin diferenciación de géneros acerca de sus aspiraciones económicas. Hojear ese libro hoy es como leer un cuento de hadas, pero como los que escribían los hermanos Grimm, no como los nuevos de Disney.

Crecí eligiendo dónde y cómo trabajo porque el caso Roe contra Wade me dio muchos de los mismos derechos humanos básicos de los que gozan los hombres, por ejemplo. En distintos grados, millones de mujeres han podido hacer lo mismo.

Ahora que se ha anulado el caso Roe contra Wade, ya no tenemos los mismos derechos en todos los mercados laborales. En un mercado global, un trabajador empoderado es quien puede emigrar. Con el fallo del caso Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization, las mujeres no podemos asumir que será posible que trabajemos en Idaho de manera tan segura como podemos hacerlo en Oregon o Washington. No puedo negociar sueldos ni días de descanso con un empleador con el mismo perfil de riesgo que las personas que no pueden embarazarse. Un empleador que ofrece una paga más baja en un estado donde hay servicios de aborto se beneficia de manera indirecta de la imposibilidad de que las mujeres llevemos nuestro trabajo al mercado abierto en todo Estados Unidos. Gracias a una Corte Suprema deshonesta, ahora las circunstancias connaturales determinarán más las vidas de las mujeres que hace una semana.

Esas circunstancias innatas incluyen la limitación de la vida de las mujeres al volverlas dependientes de la beneficencia corporativa. Algunas compañías, como Dick’s Sporting Goods, de inmediato emitieron comunicados para señalar que ofrecerán reembolsos a las empleadas que tengan que viajar a otros estados para abortar. La generosidad de esa y otras empresas es notable. Sin embargo, implica que las mujeres tendrán que revelar su estado de salud a sus jefes y confiar en sus buenas intenciones. Sin mencionar que también deberán esperar que no cambien la administración ni los dirigentes corporativos. Los empleadores bienintencionados pueden ir y venir. También varían en cuanto al nivel de sus buenas intenciones en lo que respecta a su compromiso de apoyar a los empleados.

Meses antes de que se emitiera la decisión de manera oficial, Starbucks también publicó un comunicado en el que prometió apoyar a las empleadas que necesiten abortar. Pero la misiva especifica que no puede garantizar ese beneficio a las empleadas de las tiendas sindicalizadas. Las iniciativas de sindicalización de Starbucks han aumentado el poder de los trabajadores. Muchos de esos empleados son mujeres y personas que pueden embarazarse. La posibilidad de vincular la ayuda para acceder al aborto con el trabajo no sindicalizado es un ejemplo perfecto de por qué las corporaciones no deben ser árbitros de los derechos humanos.

La opinión de la mayoría en torno al caso Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization argumenta que simplemente se permite que cada estado decida respecto al derecho al aborto. En realidad, los jueces lo están convirtiendo en un privilegio de las corporaciones. Una sociedad no puede mantenerse unida cuando la mitad de la población debe depender tanto de la amabilidad de los extraños para hacer algo tan básico como trabajar.

La economía, la fuerza laboral y los empleos importan por muchas razones, no solo por las monetarias. Los empleos y los ingresos son las unidades básicas de la ciudadanía estadounidense, en la práctica. Los empleos son el medio que nos confiere dignidad. Los ingresos son la manera en que financiamos al Estado, a través de los impuestos y la producción. Los empleos también son la forma en que el Estado cumple con la responsabilidad que tiene con nosotros, pues depende de los empleadores para ofrecer beneficios como la atención médica y la seguridad social.

Solo durante 58 de los 246 años que tiene la economía del país, las mujeres hemos podido hacer valer —gracias al Título VII de la Ley de Derechos Civiles— la ciudadanía total que adquirimos de manera efectiva a través de nuestros empleos. Hemos podido emigrar del sur al norte y al oeste en busca de mejores salarios y más oportunidades. El acceso al aborto nos otorgó a las mujeres más y mejores oportunidades económicas, y estas hicieron que las mujeres fuéramos más viables ante la ley. Hemos creado oportunidades económicas, aun si por estas se nos paga menos que a los hombres. De cualquier modo, todos los trabajos remunerados nos volvieron más libres al hacernos más íntegras a los ojos de los tribunales y las instituciones.

Hoy en día pagamos un precio más alto que los hombres por esa misma libertad, y es un precio que nuestras hijas heredarán. Muchas de las personas que celebran la decisión del caso Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization sienten nostalgia por la economía que precedió a la Segunda Guerra Mundial. Esa economía evitaba que las mujeres compitieran con los hombres en el mercado laboral remunerado. También dependía de los sindicatos para proteger los ingresos de los hombres de la clase trabajadora. Esa economía ya no existe. Esta economía no proporcionará mágicamente buenos empleos y buenos salarios para que los hombres los compartan con sus esposas e hijos.

Como mujer negra, heredé las deudas que el racismo blanco impuso a los medios de subsistencia de mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Sé muy bien cómo es heredar eso: hace que tu vida sea más pobre, hace que tus comunidades sean más pobres y condena a toda una sociedad.

Que todos seamos menos libres que el jueves pasado incluso ahora es un lugar común. Pero, de hecho, eso es más cierto en el caso de las mujeres pobres y los hombres trans que para los demás. No confundamos el daño específico con el daño localizado. Cuando las mujeres no se pueden mover de manera libre por este país con la seguridad de tener derechos humanos básicos mientras emigran, todos quedamos anclados a la pobreza de sus opciones.

Hay días todavía peores por venir. Según los indicios, la anulación del caso Roe contra Wade es solo el comienzo de decisiones que podrían dar marcha atrás a derechos humanos de todos los estadounidenses que fueron muy difíciles de obtener. El juez Clarence Thomas advirtió que los derechos de las personas de la comunidad LGBTQ, el acceso a los métodos anticonceptivos y la privacidad de la atención médica quizás estén en la mira de la Corte Suprema.

Aún estoy anonadada por haber despertado en un mundo nuevo. Pero ese sentir no puede transformarse en inercia. Podemos y debemos hacer donativos a organizaciones que proporcionen servicios de interrupción del embarazo en nuestras comunidades locales. Sin embargo, las donaciones no nos salvarán. La ciudadanía del consumo nos ha entrenado para pensar que nuestras políticas son un conjunto de transacciones que podemos adquirir de la misma manera en que compramos un auto o un par de zapatos nuevos. Restaurar los derechos humanos requerirá participación política directa y una resistencia tremenda. No tengo muchas esperanzas.

El juez Samuel Alito redactó la decisión de la mayoría. La periodista Stephanie Mencimer escribió en el sitio web Mother Jones que era de esperarse que “fuera Alito” quien redactara la decisión de la mayoría. Alito dice que la Corte Suprema no puede preocuparse por la manera en que sus decisiones afectan a la gente. Linda Greenhouse calificó su opinión de arrogante en el Times. Yo siempre espero arrogancia de una corte conservadora. Para mí es más relevante que la decisión haya sido tan descarada.

Esta es una corte que no le tiene miedo al electorado y a la que no le da vergüenza revelar su postura. Al emperador no le importa no llevar ropa puesta. Nancy Pelosi leyó un poema. El presidente Biden expresó un compromiso tibio con los derechos de las mujeres. Nadie parece temer al pueblo. Eso es solo culpa del pueblo.

Ahora la batalla está en los estados, donde muchos académicos en materia legal no saben cómo interpretar esta nueva realidad. Algunos estados tienen problemas para determinar quién tiene autoridad en qué. Otros estados quieren rehusarse a ejecutar los mandatos del fallo del caso Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization, pero no saben cómo hacerlo. Debemos estar atentos para definir cómo será la vida después del caso Roe contra Wade. Será difícil. Seguramente habrá retrocesos. Pero no hay otra manera de avanzar y hay muchos caminos para seguir retrocediendo.

Tressie McMillan Cottom (@tressiemcphd) es profesora asociada en la Escuela Chapel Hill de Información y Biblioteconomía, de la Universidad de Carolina del Norte, autora de Thick: And Other Essays y becaria de MacArthur 2020.

© 2022 The New York Times Company

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