¿Shakespeare o Bieber? Esta ciudad canadiense atrae a devotos de ambos

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Un cartel en Shakespeare, Ontario, cerca de Stratford, una pequeña ciudad que atrae a legiones de turistas, el 21 de agosto de 2022. (Brett Gundlock/The New York Times)
Un cartel en Shakespeare, Ontario, cerca de Stratford, una pequeña ciudad que atrae a legiones de turistas, el 21 de agosto de 2022. (Brett Gundlock/The New York Times)

STRATFORD, Ontario — Es una pequeña ciudad que prácticamente grita “¡Shakespeare!”.

Majestuosos cisnes blancos flotan en el río Avon, no lejos de la calle Falstaff y del parque Anne Hathaway, llamado así por la esposa del dramaturgo. Algunos residentes viven en Romeo Ward, mientras que los jóvenes estudiantes asisten a la escuela primaria Hamlet. Y la obra homónima de la escuela se presenta a menudo en el marco de un renombrado festival de teatro que atrae a legiones de aficionados a Shakespeare de todo el mundo, de abril a octubre.

Stratford, Ontario, impregnada de referencias y veneración por el Bardo, ha recurrido a su vínculo con Shakespeare durante décadas para atraer de manera formal millones de dólares de turistas a una ciudad que, de otro modo, tendría poco atractivo para los viajeros.

“Mi padre siempre decía que tenemos un teatro de categoría mundial atrapado en una comunidad agrícola”, comentó Frank Herr, propietario de segunda generación de un negocio de alquiler de botes y excursiones en barco a lo largo del río Avon.

Entonces, hace unos doce años, un nuevo tipo de entusiastas culturales, normalmente mucho más jóvenes, empezaron a aparecer en las calles de Stratford: los beliebers, o admiradores de la estrella del pop Justin Bieber, un talento autóctono.

A los residentes no les cuesta mucho distinguir a los dos tipos de visitantes. Una pista: ver lo que traen puesto.

“Llevan los libros de Shakespeare en la mano”, aseguró Herr sobre los que están aquí por amor al teatro. “Son gente seria”.

Una imagen de Justin Bieber en el Museo Stratford Perth, en Ontario, Canadá, el 20 de agosto de 2022. (Brett Gundlock/The New York Times)
Una imagen de Justin Bieber en el Museo Stratford Perth, en Ontario, Canadá, el 20 de agosto de 2022. (Brett Gundlock/The New York Times)

Los beliebers, por el contrario, siempre tienen sus celulares listos para documentar con entusiasmo los puntos de referencia, por lo demás monótonos, relacionados con la estrella del pop: el lugar de su primera cita, la emisora de radio local que reprodujo por primera vez su música, el restaurante donde se rumora que comía.

A diferencia de Shakespeare —que nunca pisó esta ciudad, nombrada por su lugar de nacimiento, Stratford-upon-Avon, Inglaterra—, Bieber tiene conexiones genuinas y profundas: se crio aquí y es conocido por muchos.

“Conozco a Justin”, afirmó Herr. “Siempre andaba en monopatín por el cenotafio, y yo siempre lo echaba de allí”, añadió, refiriéndose a un monumento conmemorativo de la Primera Guerra Mundial en los jardines junto al lago Victoria.

Diane Dale, la abuela materna de Bieber, y su marido, Bruce, vivían a diez minutos en auto del centro de Stratford, donde el incipiente cantante, que ahora tiene 28 años, podía encontrarse a menudo tocando música en las escaleras del Teatro Avon bajo la supervisión de sus abuelos, recaudando hasta 200 dólares al día, según dijo en una entrevista reciente.

Esos escalones se convirtieron en una especie de lugar de peregrinación para las admiradoras de Bieber, especialmente para las que aspiraban a convertirse en la encarnación de la canción “One Less Lonely Girl” durante su época como un atractivo ídolo del pop adolescente.

Los negocios de Stratford que se beneficiaron de este segundo grupo de turistas empezaron a hablar del “efecto Bieber”, un juego de palabras con el “efecto Bilbao” en referencia a la ciudad española revitalizada por un museo.

No obstante, uno de los problemas de la fama del pop es que puede ser inconstante. A medida que los fans han ido dejando atrás su encaprichamiento adolescente con el músico, la “fiebre Bieber” se ha enfriado y el número de peregrinos ha disminuido.

Los problemas que desde hace tiempo afligen a otras ciudades canadienses, como el aumento del precio de la vivienda y la drogadicción, se asoman más a menudo a través de la pintoresca fachada de Stratford, una ciudad de casi 33.000 habitantes rodeada de extensos campos de maíz en la región agrícola del suroeste de Ontario.

No obstante, más de 400 años después de su muerte, la fuerza magnética de Shakespeare sigue intacta.

El festival de teatro, que atrae a más de 500.000 visitantes en un año normal y emplea a cerca de mil personas, incluye en su repertorio clásicos de Shakespeare, musicales al estilo de Broadway y obras modernas.

A principios de la pandemia de coronavirus, el festival volvió a sus raíces, representando una serie limitada de espectáculos al aire libre bajo marquesinas, como hizo durante sus cuatro primeras temporadas, a partir de 1953. En 1957, el edificio del Teatro del Festival se inauguró con una representación de verano de “Hamlet”, con el actor canadiense Christopher Plummer en el papel principal.

La producción de este año está protagonizada por una mujer, Amaka Umeh, la primera actriz negra que interpreta a Hamlet en el festival.

Aunque no se sabe qué popularidad tendrá Bieber dentro de cuatro siglos, el atractivo de alguien que ha vendido más de cien millones de sencillos digitales solo en Estados Unidos no se disipa de la noche a la mañana.

Y Stratford ha tomado medidas para conmemorar de manera permanente su juventud en ese lugar.

Los abuelos de Bieber habían guardado cajas con sus pertenencias, incluyendo hojas de puntuación de concursos de talentos y una batería pagada por la comunidad en un esfuerzo de financiamiento colectivo, hasta que un museo local les ofreció la oportunidad de exponer los objetos.

“Ha cambiado el museo para siempre, de muchas maneras”, señaló John Kastner, director general del Stratford Perth Museum.

Tras informar al periódico local que el museo iba a inaugurar una exposición, “Justin Bieber: Steps to Stardom”, en febrero de 2018, Kastner dijo que le llovieron llamadas de medios internacionales.

“Íbamos a hacer una sola sala, como una sala de tres metros por tres metros”, explicó Kastner. Llamó a su curador. “Le dije: ‘Tenemos un problema’”.

Redujeron la exposición agrícola que se había planeado para el espacio contiguo, lo que resultó útil para acomodar a los 18.000 visitantes en el primer año de la exposición de Bieber, un enorme aumento en la asistencia en comparación con los 850 que visitaron el museo en 2013.

La exposición de Bieber, que se podrá ver al menos hasta el año que viene, ha aportado miles de dólares en compras de productos de recuerdo, según Kastner, lo que ha dado al modesto museo un buen colchón financiero.

Bieber también ha visitado el museo varias veces, marcando su nombre con tiza en la pizarra de invitados y donando algunos recuerdos más recientes, como la invitación de su boda y el menú de la recepción, con un plato llamado “Boloñesa de la abuela Diane”.

Pero incluso antes de que los beliebers descendieran a la ciudad, jóvenes venían a Stratford en autobuses gracias a las visitas escolares organizadas, con entre 50.000 y 100.000 estudiantes que llegaban cada año desde Estados Unidos y todo Canadá.

Los residentes de larga data de Stratford, como Madeleine McCormick, funcionaria de prisiones jubilada, dijeron que a veces puede parecer que las preocupaciones de los residentes se dejan de lado en favor de los turistas.

Sin embargo, McCormick reconoce las ventajas de la vibrante comunidad de artistas y gente creativa que atrajo a su marido, un músico, a su órbita.

“Es un lugar extraño”, opinó. “Nunca habrá otro lugar como este, debido al teatro”.

Y a Justin Bieber.

© 2022 The New York Times Company