Ser perfeccionista no es tan bueno como parece

El bienestar en la vida suele encontrarse en alcanzar un punto medio en la gran mayoría de las cosas, para conseguir un equilibrio personal y emocional. Pero existen rasgos aparentemente positivos, que lo que realmente hacen es romper ese equilibrio y nos traen más inconvenientes que ventajas. 

Es lo que ocurre con el perfeccionismo, un rasgo que suele considerarse positivo y que se asocia a las cosas bien hechas, pero que en realidad es propio de personas con un pensamiento excesivamente rígido, que tienen falta de confianza y seguridad en sí mismas. Para estas personas, que todo lo que hacen y todo lo que las rodea sea perfecto supone una enorme presión que solo les aporta sufrimiento, además de hacer su vida más difícil y complicada.

El exceso de perfeccionismo afecta a todos los niveles de la vida

Puede que una persona perfeccionista alardee de que lo resultados que alcanza en el ámbito laboral son impecables, pero seguramente está descuidando otro aspecto muy importante en cualquier trabajo, que es la efectividad. Y es que la perfección va acompañada de una meticulosidad que, por lo general, obliga a invertir más tiempo del necesario en cada tarea, lo que se convierte en un impedimento para considerar que un trabajo está realmente bien hecho.

El exceso de perfeccionismo también afecta a las relaciones personales, porque se tiende a aplicar la exigente vara de medir a todos los que nos rodean, obligando a las personas que están cerca a no fallar en ningún aspecto, algo que es totalmente imposible. Por eso las relaciones tanto familiares, de amigos, como de pareja, terminan resintiéndose.

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En cuanto a la propia persona que es perfeccionista, aunque considere que el suyo es un rasgo positivo, en realidad se encuentra sumida en una espiral de insatisfacción, estrés e infelicidad, porque vive anhelando una perfección que no existe como tal y le supone una presión excesiva tratar de alcanzarla.

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La perfección, por suerte, no existe

La perfección es una meta variable, que depende de la persona que la marca. Es decir, no existe una marca objetiva que diga que algo está perfecto. Las personas perfeccionistas tienden a decidir, antes de empezar un nuevo objetivo, en qué momento alcanzarán la perfección. El problema es que, cuando parece que se van acercando a su propósito, encuentran inconvenientes en lo que tienen o descubren formas de mejorarlo. De esa manera el listón avanza y habrá que seguir avanzando para lograr la perfección anhelada. La conclusión es que nunca es suficiente, y en lugar de sentirnos bien por el camino andando, comienza la frustración por no llegar nunca a la meta.

El perfeccionismo no es siempre negativo

Aunque a veces el límite es delicado y difuso, ser perfeccionista puede ser también positivo, siempre que se ajuste a unas determinadas características. Por ejemplo, la idea de perfección ha de ir estrechamente ligada a la idea de motivación, asumiendo objetivos realistas que suponen un estímulo y no una presión añadida de manera innecesaria. Que hablemos de objetivos realistas implica que sabes que tienes la capacidad de lograrlos, pero que también estás preparada para que no salga todo como lo habías planificado.

En este caso, estamos hablando de personas que son exigentes consigo mismas, pero que aceptan de manera constructiva que pueden equivocarse o que hay cosas que, sencillamente, no siempre salen bien, sin que eso suponga una experiencia frustrante.

Este perfeccionismo positivo va siempre acompañado de una buena autoestima, que permite que nos premiemos por las cosas bien hechas, y que no nos castiguemos por las que, a pesar del esfuerzo, han salido mal. Y, algo muy importante, este tipo de perfeccionismo nos permite disfrutar del camino, por muy lejos que esté la meta.

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Puede evitar ser excesivamente perfeccionista

Si te consideras una persona muy perfeccionista, pero te cuestionas si en realidad esa cualidad se ha convertido en un inconveniente más que en una ventaja, quizás debas plantearte un cambio de actitud. En primer lugar, debes pensar si esa afán por el perfeccionismo te produce realmente satisfacción o si, por el contrario, cuanto más perfección consigues menos satisfecha te sientes. La razón es que conseguir nuestro objetivo nos añade una presión que nos impide experimentar relajación en las cosas que hacemos.

¿Qué te parece rebajar el listón y pensar en hacer las cosas bien, y no “muy bien”? Al menos en un par de tareas a la semana. Es posible que te preguntes por qué no puedes hacer las cosas tan bien como eres capaz de hacerlas, pero lo esperable es que notes cómo disminuye la presión autoimpuesta con la que habitualmente convives y te sientas más relajada. Si eres capaz de detectarlo podrás ir rebajando el nivel de exigencia hasta conseguir disfrutar del modo en que haces las cosas.

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