Sin seguridad, en riesgo constante y con pocas opciones: las carencias marcan el trabajo de los mineros en los pozos de carbón

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Trabajo de mineros
Trabajo de mineros

“Ven rápido, hubo una tragedia en el pozo”. 

María Magdalena Montelongo cuenta que, cuando escuchó por teléfono que algo grave había pasado en el pozo de carbón donde trabaja su hermano Jaime, entró en una especie de trance donde el tiempo se detuvo. 

“Venía en el carro totalmente incrédula. Jaime llevaba trabajando como carbonero desde los 14 años y nunca había tenido ni un accidente. No podía creer que ahora, a sus 61 años, y ya pensionado, le pudiera ocurrir esta desgracia”, lamenta la mujer desde El Pinabete, el pozo ubicado en el municipio de Sabinas, Coahuila, donde 10 mineros están atrapados desde el 3 de agosto. 

Era miércoles, alrededor del mediodía. La rutina había sido la misma que la de cualquier otra jornada: a las 7:00 de la mañana, los mineros se habían introducido por parejas en la cápsula de hierro que desciende lentamente por un túnel vertical estrechísimo y con forma de esófago hasta descender a 60 metros de profundidad. 

Una vez en el fondo, se distribuyeron de nuevo por parejas por las diferentes galerías, equipados con poco más que cascos, martillos y dificultades para respirar. 

Plutarco Ruiz, minero de 56 años, explica que, a diferencia de las minas, que son proyectos muchos más robustos y en los que las empresas suelen invertir más dinero en seguridad y en brindar mejores condiciones laborales, en los pozos verticales es muy raro, por ejemplo, que se instalen sistemas de ventilación. 

Por eso el aire es mucho más sofocante en un pozo, porque los niveles de oxígeno son muy bajos y los de gas muy altos”, dice. Su yerno, Sergio Gabriel Cruz, está entre las personas que continúan atrapadas.  

“Se invierte mucho más en una mina que en un pozo —agrega—. Los patrones procuran que las condiciones sean más seguras y que las minas resistan más tiempo por la misma inversión que hacen. En un pozo de carbón no hay tanta inversión porque, además, no tienen mucho tiempo de vida. A lo sumo pueden durar unos dos años”. 

Ya distribuidos por las diferentes galerías del pozo, a las que llaman “cañones”, las parejas comenzaron a trabajar como siempre, a destajo: uno iba picando con un martillo neumático las paredes y otro “paleaba” el carbón en una carretilla hasta completar la tonelada por la que reciben poco más de 120 pesos. Cuantas más toneladas se logre acumular, más se cobra, pudiendo llegar hasta los 4 mil pesos semanales. Es un sueldo mucho mayor a lo que podrían recibir, por ejemplo, en las maquiladoras, donde los salarios apenas sobrepasan los mil 200 pesos semanales

“En las minas te pagan por día, en el pozo por tonelada. En el pozo, tú eres tu propio patrón, tú decides cuándo empiezas a trabajar y cuándo terminas. Solo te pones las herramientas en la cintura y órale, a correrle para sacar un buen billete”, expone Antonio Cabriales, de 81 años, que también tiene en el pozo a su hijo, Mario Alberto Cabriales Uresti, de 41 años. 

Lee: “Déjenme bajar por mi hijo”: la desesperación de un padre por rescatar a los mineros atrapados en Coahuila

“Es un crimen”

Ese 3 de agosto, el turno de la mañana estaba a punto de terminar. De hecho, varios mineros como Jaime Montelongo ya estaban ascendiendo de nuevo a la superficie, cuando de las profundidades de la tierra brotó un estruendo seguido de un estallido de agua que lo inundó todo. Jaime regresó a tratar de rescatar a sus compañeros, pero él y otros nueve mineros quedaron atrapados, mientras cinco lograron salir. 

El supuesto dueño del pozo que había registrado a trabajadores a su nombre, de nombre Cristian, es un muchacho que “tontamente aceptó ser prestanombres”, denunció la organización Familia Pasta de Conchos. Los dos verdaderos dueños siguen sin conocerse oficialmente. 

Esto es parte del panorama de corrupción que impera en la industria minera de Coahuila, denuncian múltiples mineros entrevistados. 

Aquí hay mucha corrupción y mucha gente embarrada. Por ejemplo, en Sabinas, hay un buen de mansiones. ¿De dónde sacan esos empresarios tanto dinero, si aquí la mayoría de la gente que trabajamos todo el día no tenemos ni para comer? Pues de la corrupción”, dice un veterano minero, que pide omitir su nombre. 

En cualquier caso, ninguno de los que aparecen como responsables de la Compañía Minera El Pinabete había hecho ningún estudio geológico ni de riesgos que pudiera prevenir que las paredes que picaban los mineros estaban conectadas con otra mina aledaña, que llevaba 30 años abandonada y en cuyo interior guardaba casi 2 millones de metros cúbicos de agua. Tampoco tenían asegurados a los trabajadores, como reveló el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien denunció públicamente que el supuesto dueño de la compañía trató de inscribirlos en el Seguro Social el día después del accidente. 

Es decir, los mineros trabajaban sin seguro, sin condiciones de seguridad ni de higiene, en un pozo clandestino que era un polvorín a punto de estallar. 

“Esto es un crimen que no puede quedar impune. Porque, en caso de que no salgan con vida, para mí esto es un crimen”, denuncia María Magdalena Montelongo, que apunta: “Los responsables de lo sucedido son, por un lado, los dueños de los pozos, y por otro, las autoridades que autorizan estos trabajos clandestinos”. 

Familia Pasta de Conchos, que toma su nombre del siniestro sucedido en 2006 en esa mina donde murieron 65 mineros —de los que 63 continúan sepultados a 16 años—, recuerda que hechos como el de El Pinabete no son extraordinarios en la región carbonífera de Coahuila, donde abunda el “carbón rojo”; es decir, el carbón extraído por empresas clandestinas, ilegales, o bien, por compañías que, aun siendo legales, ponen en riesgo la salud y la vida de los mineros por obtener mayores ganancias. 

En el informe El carbón rojo de Coahuila: aquí acaba el silencio, publicado en 2017 por la agrupación, se contabilizan al menos 310 siniestros mineros en los que murieron hasta 3 mil 103 mineros. Y en los últimos cinco años, los accidentes han continuado, como el que tuvo lugar en junio del año pasado en el ejido Rancherías, municipio de Múzquiz, donde quedaron atrapados otros siete trabajadores. 

“Los accidentes se siguen repitiendo porque siguen sin tener protocolos de atención a emergencias mineras y porque tampoco hay medidas de no repetición”, dijo a este medio la activista Cristina Auerbach para esta nota.

“Los mineros trabajan bajo circunstancias muy malas, a pesar de que son quienes generan el carbón debajo de las entrañas de la tierra para que todos podamos tener luz y electricidad. Y todo por unos pocos pesos la jornada”, apunta María Magdalena Montelongo. 

El minero Plutarco Ruiz, que sobrevivió en 2010 hasta siete días atrapado en una mina tras un siniestro muy similar al de El Pinabete, señala que los mineros conocen muy bien los riesgos de su trabajo y de los pozos clandestinos, aunque muchas veces enfrentar esos riesgos y las malas condiciones laborales y de seguridad ya es visto por los mismos trabajadores como algo natural en su profesión. Algo que ya viene de muchas décadas atrás. 

“Es un legado que ya traemos de nuestros abuelos y de nuestros padres, y ya te acostumbras a trabajar en estas malas condiciones”, dice. 

“Pero quienes tienen la responsabilidad de la seguridad de los mineros son los patrones y las instancias gubernamentales correspondientes. Ellos son los responsables y los que tienen que vigilar que todo esté bien en los trabajos. Pero no lo están haciendo y algo está fallando. Por eso están pasando estos accidentes”. 

Sin opciones 

En las minas de carbón de Coahuila, los trabajadores se juegan la vida por poco menos de 12 mil pesos mensuales, de acuerdo con la página Data México, aunque los trabajadores de los pozos que van a destajo pueden llegar a sacar unos 16 mil pesos. No son salarios altos, pero para muchos es la única fuente de empleo posible, o la única que ofrece un sueldo algo más atractivo. 

“El sueldo en las maquiladoras es muy bajo y los hombres prefieren irse a trabajar a los pozos de carbón, aunque el riesgo es mucho más latente que en una maquiladora”, apunta Aída Almansa, vecina de Cloete, una localidad de apenas 4 mil 500 habitantes a pocos kilómetros de El Pinabete, donde la gran mayoría de la gente se emplea en los pozos como en los que quedaron atrapados los 10 mineros. 

“O sea, si naces en esta zona, o te empleas en el pozo… o te cruzas de ‘mojarrita’ para el otro lado”, agrega la mujer, para hacer referencia a que muchas personas también tratan de cruzar sin documentados (como mojados) a Estados Unidos, cuyo paso por Eagle Pass está a tan solo hora y media de distancia en la frontera norte. 

Por ejemplo, Cecilia Cruz, tía del minero atrapado Sergio Gabriel Cruz, dice que su sobrino estuvo un tiempo trabajando en fábricas, pero ganaba muy poco. “En los pozos ganaba algo más y trabajaba menos horas”, asegura. Además, a sus 41 años, encontrar empleo no era una tarea sencilla en la región, de ahí que como el resto aceptó el trabajo, aun cuando no tuviera prestaciones como seguro social ni pensión.

“En los pozos, el patrón le hace mucho al pendejo para no pagar el seguro”, dice tajante Pedro Martínez, un veterano minero de voz ronca y potente. “Y eso en las minas no pasa, ahí está todo mucho más controlado, y la seguridad también. Pero en los pozos, sobre todo los jóvenes se meten a veces a lo pendejo por ganar algo más de dinero. Es una lástima, porque, además, el día de mañana se van a topar contra el suelo cuando no tengan nada de pensión. Aunque ahora ganen un buen dinero, si no le inyectan a cotizar… el día de mañana van a estar jodidos”. 

Plutarco Ruiz se retiró de la minería un año después de haber permanecido atrapado siete días en un pozo. Tras toda una vida dedicado al carbón, tuvo que abandonar su pasión. 

“Yo, como minero, no tenía miedo a los accidentes. Me podían bajar a la profundidad que fuera que yo no sentía miedo alguno. Pero cuando te pasa algo como lo que le ha sucedido a mi yerno y a esos mineros, y cuando vives algo como lo que yo viví, empiezas a verlo todo distinto. Empiezas a valorar si realmente vale la pena seguir trabajando en estas condiciones tan malas”, concluye. 

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