Robert McElroy: “Es imposible que haya un papa norteamericano”

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Monseñor McElroy
Monseñor McElroy

ROMA.- Robert McElroy, arzobispo de San Diego, California, es uno de los 20 prelados que este sábado será creado cardenal por el papa Francisco, en el octavo consistorio de su pontificado. La designación de McElroy, elector en un futuro cónclave (como otros 16 prelados menores de 80), como muchas de las designaciones que suele hacer el Pontífice argentino, descolocó en Estados Unidos. Nunca antes San Diego había tenido cardenal. Y el ala conservadora esperaba que el birrete color púrpura fuera para el arzobispo de Los Ángeles -la diócesis más grande del país e históricamente liderada por un purpurado-, que encabeza José Gómez, presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, del Opus Dei.

De 68 años, considerado uno de intelectuales más brillantes de la jerarquía eclesiástica norteamericana –estudió en Harvard, Stanford y en la Universidad Gregoriana- y progresista, McElroy es un gran sostenedor de Francisco. Recibirá este sábado, en una ceremonia solemne en la Basílica de San Pedro, el birrete y anillo cardenalicios. Y participará el lunes y martes en una reunión de cardenales de todo el mundo que reflexionarán sobre “Predicad el Evangelio”, la constitución apostólica con la que el Papa reformó la curia romana radicalmente.

En una entrevista con LA NACION en un salón del Pontificio Colegio Norteamericano de esta capital, en la que habló de la polarización de su país y de los desafíos de la Iglesia, McElroy aseguró que la reunión de cardenales no será un “ensayo general” del próximo cónclave, como algunos creen. Aunque admitió que sí será una oportunidad para que los purpurados vayan conociéndose. Consideró “imposible”, además, que pueda haber el día de mañana un papa norteamericano. Aunque destacó que, a diferencia del pasado, gracias a la internacionalización del colegio cardenalicio de Francisco, en los futuros cónclaves ya no habrá un modelo “europeo”, ni “limitaciones sobre quién puede ser el papa, porque los marcos anteriores se han roto”.

-¿Qué significa para usted convertirse en cardenal?

-Para mí hay tres niveles: uno tiene que ver con la afirmación personal, por lo que le estoy muy agradecido al Santo Padre. Pero también hay un elemento de invitación: los cardenales estamos llamados a tres cosas principales, que son participar en un cónclave como electores si este ocurre, pero también, en segundo lugar, ser promotores de una unidad “afectiva” de los obispos con el Santo Padre; y digo unidad “afectiva”, que no significa unidad de doctrina, sino en el sentido de unidad en comunión. En tercer lugar, y es muy importante sobre todo para Estados Unidos, los cardenales estamos llamados a centrarnos en una identidad global de la Iglesia y de la humanidad. Porque en Estados Unidos -y yo mismo me siento culpable-, a menudo lo vemos todos a través de un prisma norteamericano y es importante, como católicos en general, de tratar de corregir eso para entender que somos una comunidad mucho mayor.

-Hablando de Iglesia estadounidense ¿por qué el Papa parece tener allí una gran oposición o, al menos, muy ruidosa?

-Me parece que es importante no sobredimensionar la oposición porque la mayoría de la gente le tiene un gran aprecio al Papa y esto es lo importante. Sí, hay grupos en la sociedad norteamericana descontentos, pero hay que ponerlo en contexto. Yo estoy en una diócesis del sur de Estados Unidos cuya población es mitad hispana y luego hay grandes comunidades filipinas y vietnamitas, y cuando voy a esas parroquias no existe esa polarización que sí hay en la comunidad anglo. Ahí hay una polarización entre los católicos que quieren más inclusión, comunidad LGTB, mujeres, marginalizados y los que están más preocupados por la integridad doctrinal, son dos polos.

-¿Es posible superar esa polarización?

-En Estados Unidos la polarización tiene que ver con la política y con la pertenencia e identificación cultural a un partido político, lo cual pasó a ser un sinónimo de una visión cultural y particular del mundo –cuando uno dice soy un republicano o soy un demócrata no es sólo que uno vota por tal o cual candidato-, y esta polarización entre estas dos visiones del mundo ahora se han colado en la vida de la Iglesia con una influencia muy corrosiva y peligrosa. La sinodalidad, caminar juntos, escuchar, es la manera de superar esto. Y lo bueno es que la gran mayoría de los católicos en Estados Unidos, un 60%, está en el medio y sólo hay un 20% polarizado de un lado y otro 20% del otro, por lo que sí, aunque es un desafío, se puede tener esperanza de poder superar esta polarización.

-Usted está en la misma línea de Francisco en muchos temas que van desde el ambiente a la justicia económica y social y la necesidad de una Iglesia abierta a todos. ¿Cuáles son las cosas que más lo impresionan del Papa?

-Una es su uso pastoral de los gestos y símbolos: la gente por ejemplo no se olvida del momento de cuándo fue a pagar la cuenta de su hotel, o cuando se detuvo para abrazar a un hombre muy enfermo que estaba entre la multitud o un Jueves Santo fue una cárcel de menores. Son momentos simbólicos que realmente cautivaron a la gente. El Papa tiene un enorme sentido de saber cómo los gestos simbólicos comunican realidades muy importantes de nuestra fe, sin palabras. Lo segundo que me impresiona es el énfasis de este Papa en la teología pastoral y su imagen de la Iglesia como un hospital de campaña: creo que es muy iluminadora y refleja la realidad de que todos nosotros en la Iglesia venimos con heridas que necesitan curarse.

-La Iglesia todavía está enfrentando el escándalo por abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes. ¿Cree que sigue siendo su mayor desafío?

-Pienso que es algo que no tenemos que dejar nunca que se salga del foco central. Muchos pasos que se han tomado han ayudado mucho a minimizar los riesgos de que vuelva a haber abusos en el futuro, pero hay que seguir con la guardia en alto. Pienso, de hecho, que el problema no fue sólo que había sacerdotes que abusaban, pero el pecado también era que, pese a que se sabía que abusaban, los sacaban de un lugar y los trasladaban a otro, en una actitud que es fruto de una cultura clerical. Por eso la Iglesia tiene que seguir poniendo un foco central en el tema y también porque hay muchas personas que han sido heridas por abusos clericales.

-¿Qué otro gran desafío vislumbra?

-En culturas como la nuestra, la sangría de jóvenes, jóvenes que dejan la Iglesia. Creo que ése es un desafío primario.

-Este consistorio de cardenales es visto por muchos analistas como una suerte de ensayo general del próximo cónclave. El Papa tiene 85 años, ya dijo varias veces que no tendrá problemas en renunciar si su salud no es buena... ¿Hay semejante clima de pre-cónclave?

-No. Pienso que más que discutir “Predicad el Evangelio” (la constitución apostólica que reformó la curia), es un momento para que los cardenales podamos conocernos mejor, en pequeños grupos. En parte por la internacionalización del Colegio Cardenalicio y porque el papa Francisco eligió a cardenales de partes del mundo extremos generalmente no elegidos, muchos cardenales no se conocen. Y es un momento para conocernos mejor y creo que es más eso, que un ensayo para el cónclave...

-Usted será el décimo cardenal elector estadounidense: ¿Cree que es posible un papa norteamericano?

-No. No es posible y creo que no debería ser posible. Y la razón es que Estados Unidos tiene un poder cultural y económico tan enorme en el mundo que tener a un papa norteamericano sería algo disruptivo. Sería demasiada concentración de autoridad en una cultura y pienso que un papa especialmente debe tener perspectivas que van más allá de Estados Unidos. Yo me opondría a un candidato norteamericano, no me lo puedo imaginar, por esas razones.

-Después de Francisco ¿se imagina a otro papa latinoamericano o a un asiático?

-Creo que todo dependerá de lo que se perciba que es la necesidad de la Iglesia en ese momento y quiénes son los candidatos que representan esas necesidades. No creo que haya ningún modelo que gobernará los cónclaves futuros de la manera en la que históricamente estuvieron centrados en los italianos, por ejemplo. Ese modelo se rompió ahora con Francisco y el molde europeo, también: no hay limitaciones sobre quién puede ser el papa, porque los marcos anteriores se han roto.