Las revolucionarias mujeres del teatro de Benito Pérez Galdós

Matilde Moreno interpretando a la duquesita Laura en 'Alma y vida' de Benito Pérez Galdós. Fotografía de Christian Franzen. <a href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:1902-05,_El_Teatro,_Alma_y_vida,_acto_cuarto,_Laura_(Moreno),_Franzen.jpg" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Wikimedia Commons;elm:context_link;itc:0;sec:content-canvas" class="link ">Wikimedia Commons</a>

Entre 1870 y 1918, el autor más destacado del realismo español, Benito Pérez Galdós (1843-1920) publicó su obra. Su producción se caracterizó por estar poblada de mujeres luchadoras que buscaban su lugar en la sociedad.

La crítica subrayó cómo el autor reflejaba de manera destacada las problemáticas de la mujer desde las más variadas perspectivas, con grandes personajes que han pasado a la historia literaria y están en nuestro imaginario: Fortunata, Doña Perfecta, Benigna, Augusta, Tristana o Tormento.

Esta presencia femenina se incrementó en sus obras dramáticas. La razón es muy sencilla: en el momento en el que Galdós comenzó a cultivar el género, la década de los noventa, se estaban recrudeciendo las demandas de las mujeres.

La lucha feminista

Estas demandas habían nacido en el siglo XVIII, con la publicación de Vindicación de los derechos de la mujer (1792), de Mary Wollstonecraft.

Un siglo después, en 1866, las sufragistas Emily Davies y Elizabeth Garret Anderson presentaron a la Cámara de los Comunes británica la Ladies Petition, firmada por 1 499 mujeres, en la que solicitaban el derecho al voto junto a la Sociedad Nacional pro Sufragio de la Mujer, liderada por Lidia Becker.

Desde este momento se sucedieron manifestaciones y detenciones de mujeres en todo el ámbito occidental, algo que no se detuvo hasta que se logró el sufragio a inicios del siglo XX (Nueva Zelanda, 1893; Finlandia, 1907; Rusia-URSS, 1917; Gran Bretaña, 1918; Estados Unidos, 1920; España, 1931…).

Benito Pérez Galdós, en un receso del ensayo de la obra <em>Casandra</em>, junto a la actriz Carmen Cobeña. <a href="https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Casandra_de_P%C3%A9rez_Gald%C3%B3s.JPG" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Wikimedia Commons;elm:context_link;itc:0;sec:content-canvas" class="link ">Wikimedia Commons</a>
Benito Pérez Galdós, en un receso del ensayo de la obra Casandra, junto a la actriz Carmen Cobeña. Wikimedia Commons

Galdós conocía estas luchas y tal vez por ello desde los 90 del siglo XIX las mujeres en sus obras eran más luchadoras e independientes que las de periodos anteriores. Así se ve en personajes como Tristana (1892), Victoria de La loca de la casa (1892), la condesa Halma de Halma (1895), la Benigna de Misericordia (1897) o, incluso, la Lucrecia de El abuelo (1897).

Centrándonos en el teatro, diecisiete de las veintiuna obras escritas y estrenadas estaban protagonizadas por mujeres. Todas ellas se caracterizaron por ser grandes defensoras del derecho de la mujer para desarrollarse en la vida según sus deseos.

Todas eran también mujeres voluntariosas: la duquesa Rosario (en La de San Quintín, 1894), la duquesita Laura (en Alma y Vida, 1902) y la pizpireta Electra –en la obra homónima de 1901– son mujeres sin dobleces, inteligentes y esforzadas. Frente a ellas encontramos galanes románticos con pasados turbulentos, o bien jóvenes cargados de fuertes convicciones científicas, defensores del progreso y trabajadores.

Emprendedoras y cooperativista

Como no podemos detenernos en las diecisiete, mencionaré dos de las obras que llaman la atención.

La primera retrata a una mujer que hoy en día llamaríamos emprendedora. Celia, la protagonista de Celia en los infiernos (1913), intenta aplicar la igualdad en la fábrica familiar en la que ha pedido trabajar. Ya en el primer acto declara:

“Si yo fuera hombre, o si las mujeres gobernaran, yo haría una ley (…) la ley del equilibrio social”.

Cuando conoce la fábrica y a sus trabajadores, se siente especialmente atraída por Germán, un representante sindical, defensor de los derechos de los trabajadores y de la igualdad social. Con él conoce otra realidad, la de los pobres, y comparte esa idea de igualdad y necesidad de un mayor equilibrio en el reparto de la riqueza. Incluso se plantea participar en la compra de la empresa para regentarla y compartir beneficios con los trabajadores, una idea completamente innovadora en aquel momento.

Fotografías de la representación de la obra <em>Celia en los infiernos</em> en Madrid, publicadas en el <em>Mundo gráfico</em> del 17 de diciembre de 1913. <a href="https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/results?d=date&d=1913-12-17&d=1913-12-17&g=e&g=i&p=0~1~2010701~0~0" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:Hemeroteca Digital / BNE;elm:context_link;itc:0;sec:content-canvas" class="link ">Hemeroteca Digital / BNE</a>, <a href="http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:CC BY;elm:context_link;itc:0;sec:content-canvas" class="link ">CC BY</a>

Violencia de género y defensa

La segunda pieza, Bárbara (1905), ambientada en Siracusa (Sicilia) en 1815, muestra las desgraciadas circunstancias de una mujer que, en defensa propia, mata a su marido. El matrimonio concertado de Bárbara con el conde Lotario ha durado varios años, llenos de maltratos físicos y psicológicos.

En el primer acto, en una charla entre un anticuario, su esposa y su asistenta, Rosina, esta última comenta:

“Cuando entré en el palacio, el bruto del conde se entretenía en castigar a su esposa. […] No con la mano, señor… la brida de un caballo. […] la condesa huyó de la sala clamando socorro. El bellaco del Conde, detrás, echaba por aquella boca llamaradas del infierno”.

En el brevísimo primer acto se presenta la acción, es decir, el lector-espectador sabe que Bárbara ha asesinado a su marido y que este la ha maltratado de obra y palabra durante todos los años de convivencia.

Portada de la obra teatral <em>Bárbara</em>, de Benito Pérez Galdós, representada por primera vez, y publicada, en 1905. <a href="https://onemorelibrary.com/index.php/es/idiomas/espanol/book/coleccion-benito-perez-galdos-362/barbara-2962" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:One More Library;elm:context_link;itc:0;sec:content-canvas" class="link ">One More Library</a>

En los dramas de la época, la acción se distribuía de la siguiente forma: los actos primero y segundo estaban dedicados a presentar la situación inicial, el tercero al desarrollo definitivo y el cuarto al desenlace.

Pero Galdós coloca la muerte al inicio, porque lo que le interesa plasmar es el desarrollo psicológico que vive la mujer después de hecho semejante. Y, en efecto, esa es la verdadera trama de la obra, qué le sucede a Bárbara y cómo reacciona la sociedad ante un acto tan trágico como un asesinato en defensa propia.

Bárbara siente que es culpable por haber matado a su verdugo cuando temió por su vida. El maltrato físico en Bárbara es una situación que se deriva de una mentalidad patriarcal presente en los personajes de Galdós. Se rastrean sus signos en todos sus estados de conciencia, actos y palabras y se pone en evidencia, sobre todo, en la resistencia a creer que una mujer haya podido asesinar a su marido.

Si bien Galdós muestra una enorme valentía al presentar un tema tan espinoso desde el punto de vista de la víctima, sucumbe a un final creíble, con la entrada de Bárbara en un convento de clausura.

Estos son solo dos de los diecisiete ejemplos de mujeres galdosianas, fuertes y esforzadas, que defendieron su derecho a desarrollarse en la vida según sus deseos, equiparables a las mujeres que luchaban en las calles por la igualdad. Los personajes galdosianos acompañaron (y apoyaron) desde las tablas las reivindicaciones feministas de finales del siglo XIX.