Razones de peso para proteger y conservar a los mamíferos marinos

Los mamíferos marinos incluyen algunas de las especies más carismáticas e inteligentes del océano, como las ballenas y los delfines. La fascinación por estos animales ha estado presente en muchas civilizaciones humanas a través del tiempo.

En su Historia Animalium (343 a. C.), Aristóteles describió por primera vez no solo las adaptaciones biológicas más importantes de los delfines al ambiente acuático, sino también sus atributos como animales altamente sociales. Y describió una multitud de hechos que demuestran la familiaridad de los delfines, en particular sus manifestaciones de amor y pasión por sus crías.

Herman Melville, autor de Moby Dick (1851), escribió alguna vez: “Me gustan los que se sumergen. Cualquier pez puede nadar cerca de la superficie, pero solo las grandes ballenas son capaces de descender más de cinco millas”.

Sin embargo, ni todo el conocimiento, ni toda la fascinación por estos seres, logró impedir que, durante más de dos siglos, los humanos hayan dado muerte a millones de ballenas, reduciendo sus poblaciones a solo una pequeña fracción de su tamaño original.

Se estima que las poblaciones de cachalote —como Moby Dick— fueron reducidas a un tercio de su tamaño original y las ballenas azules hasta en un 90 por ciento.

Las poblaciones de algunas especies como el rorcual enano y la ballena jorobada se han recuperado en gran medida. Mientras, otras como la ballena franca del Atlántico norte y la ballena azul antártica siguen al borde de la extinción.

Tan solo en el siglo XX, más de 3 millones de ballenas fueron aniquiladas por la caza industrial. Esta cifra representa —al menos en biomasa— la mayor matanza de animales en la historia de la humanidad.

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Joven flautista montado en un delfín. Museo Arqueológico de Madrid. Autor: Maria Lan-Nguyen. (Foto: Wikipedia)

MAMÍFEROS MARINOS INTENSAMENTE EXPLOTADOS

Las ballenas no son las únicas que han sufrido una historia de intensa explotación. Otras especies de mamíferos marinos como las focas, lobos marinos y sirenios también han sido intensamente explotadas para obtener carne, grasa, pieles y otros productos.

A la humanidad le tomó tan solo 27 años llevar a la extinción a la única especie de sirenio que existió en el Pacífico, la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas). Fue descubierta en 1741 cerca de las Islas Aleutianas en Alaska y, tras la intensa explotación por parte de cazadores y exploradores, desapareció por completo en 1768.

Por más increíble que parezca, hoy en día países del primer mundo como Canadá incentivan y perpetúan las actividades de caza comercial de focas arpa (Pagophilus groenlandica). Esta práctica comenzó hace más de cuatro siglos para satisfacer la demanda de pieles finas, carne y grasa en mercados de China y en su mismo territorio.

Aunque las poblaciones de esta especie en la región del Ártico son abundantes y no se encuentran bajo alguna categoría de riesgo, existe un fuerte reclamo por parte de los defensores de los derechos animales, quienes condenan las prácticas por demás brutales con las que estas focas son exterminadas: a golpes de palo, ganchos y disparos de arma de fuego desde embarcaciones en movimiento.

Esta furia por demás inhumana, por si fuera poco, está dirigida principalmente a los más vulnerables, las crías de esta especie. Estas son las más cotizadas debido a la suavidad y calidad de su pelaje.

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Escena de cazadores de ballenas. Tomada del libro “The American whaleman: a study of life and labor in the whaling industry” (1928).

LAS FOCAS NO TIENEN LA CULPA

Como justificación, los pescadores culpan a las focas de la disminución en las poblaciones de bacalao; un argumento cuestionable, ya que este representa solo una pequeña parte de la dieta de estas focas. Otros creen que el verdadero culpable del colapso de esta pesquería es su deficiente manejo.

La competencia, en muchos casos “aparente”, entre los mamíferos marinos y las pesquerías ha sido documentada en distintas partes del mundo, y México no es la excepción. A lo largo y ancho del Golfo de California, pescadores ribereños han denunciado que los lobos marinos de California (Zalophus californianus) interfieren con sus faenas de pesca robando el pescado de las redes y en ocasiones rompiéndolas, haciéndoles perder tanto la captura como su medio de subsistencia.

Por otro lado, los lobos marinos que rompen los chinchorros, muchas veces se quedan enmallados sufriendo lesiones que vulneran su integridad y en ocasiones les causa una muerte lenta y dolorosa.

Testimonios de los mismos pescadores indican que como consecuencia y en un intento por ahuyentarlos, algunos arremeten en contra de estos animales, golpeándolos con palos, ganchos o incluso disparándoles con armas de fuego, lo que les puede causar heridas graves o incluso la muerte.

Los registros de varamientos de individuos muertos de esta especie son numerosos en todo el Golfo de California y el Pacífico mexicano. Y en ocasiones presentan evidencia de golpes y heridas consistentes con este tipo de agresiones.

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Cacería de focas en el Golfo de San Lorenzo, Quebec, Canadá. 2019. (Foto: Editorial Shutterstock)

CAUSAS DE MUERTE DESCONOCIDAS

No obstante, a la fecha no existe una línea de investigación por parte de las autoridades ambientales con el objetivo de esclarecer las causas de la muerte de estos animales, que en muchas ocasiones aparecen en decenas durante periodos asociados a la extracción de distintos recursos pesqueros.

Lo que sí es verdad es que existen motivos suficientes para considerar que la matanza indiscriminada de mamíferos marinos no es solo un problema de conservación, sino también un problema de bienestar animal. Como consecuencia, la sociedad condena enérgicamente la crueldad a la que son sometidos estos animales marinos en aras de un consumo por demás minoritario y no esencial.

Los mamíferos marinos son animales que presentan estrategias de selección “k”, es decir, producen poca descendencia, tienen una larga gestación, un extenso periodo de cuidado parental y tardan muchos años en alcanzar la madurez sexual. Considerando estos atributos, pareciera incluso poco inteligente hacer uso de este tipo de especies marinas como un recurso extractivo, ya que su aprovechamiento no sería sostenible por mucho tiempo.

Los mamíferos marinos, particularmente los cetáceos, han sido ampliamente considerados como los animales más inteligentes del océano. Sus grandes cerebros han evolucionado por más de 30 millones de años dando lugar a sorprendentes adaptaciones que les han permitido sobrevivir en un ambiente completamente acuático, donde la percepción y comunicación acústica es esencial.

Esto se traduce en una maquinaria cerebral con una capacidad sorprendente de procesar información. A estas características se suman otras ventajas evolutivas, como la capacidad de formar vínculos sociales fuertes, sumamente complejos, pero sobre todo duraderos.

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Lobo marino (Zalophus californianus) enmallado. (Foto: Meganoticias)

DELFINES COMPASIVOS

Existen numerosos relatos sobre la capacidad de los delfines de manifestar compasión por los humanos, ayudándoles en situaciones de naufragio o protegiéndoles de ataques de tiburones. Algunos estudios sugieren que los delfines son capaces de experimentar el dolor emocional del duelo.

En diversas partes del mundo se tienen registros de delfines hembra que cargan sobre sus dorsos los cuerpos de sus crías muertas durante días y hasta semanas. Incluso, un nuevo estudio sugiere que los sonidos que emiten en este contexto son bastante únicos y podrían ser emitidos en busca de apoyo de sus conspecíficos.

Por lo tanto, existe evidencia suficiente para entender que estos animales son capaces de sentir dolor por la pérdida de un ser querido, sentir miedo ante situaciones peligrosas y, por lo tanto, al igual que nosotros, no son ajenos al sufrimiento.

Con tal grandeza, belleza y carisma, no es extraño que la gran mayoría de los mamíferos marinos sean muy populares como atractivo turístico. El aprovechamiento no extractivo de mamíferos marinos es parte de la industria del ecoturismo y del turismo de vida silvestre, el cual genera cuantiosos beneficios económicos a las comunidades costeras que promueven la observación de ballenas, delfines, focas y lobos marinos como parte de su oferta de turismo náutico.

En 2009, un estudio sobre el estado de la industria del avistamiento de ballenas y delfines en el mundo estimó que, tan solo en 2008, 13 millones de personas participaron en algún viaje para observar ballenas o delfines en 119 países y territorios, generando una derrama de más de 2,000 millones de dólares al año.

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Un rorcual enano es descargado en un puerto japonés. Este país mata cientos de ballenas al año con “fines científicos” y planea abrir de nuevo la caza comercial en sus aguas. (Foto: Kyodo News/AP)

TURISMO CON ANIMALES MARINOS

Ese mismo año existían alrededor de 3,300 operadores de este tipo de turismo alrededor del mundo, los cuales emplearon a unas 13,200 personas. En México, la observación de ballenas es una industria en crecimiento que genera unos 25 millones de dólares anuales.

Otros mamíferos marinos también generan valor a la industria. Tan solo entre el 2011 y el 2012, el turismo náutico que ofreció al lobo marino como atractivo turístico en la bahía de Mazatlán, generó una derrama económica de más de 600,000 dólares.

Sin embargo, hoy por hoy sabemos que no existe turismo sin impacto. De hecho, no existe ninguna actividad humana productiva que no tenga un impacto, aunque sea mínimo, sobre el entorno natural.

Las malas prácticas en el aprovechamiento no extractivo de la vida silvestre, como pueden ser el acercamiento brusco y constante a los animales, la falta de respeto a las necesidades básicas de espacio para que estos animales lleven a cabo sus actividades diarias como alimentarse, sociabilizar, cuidar a sus crías y reproducirse, pueden tener efectos negativos sobre individuos y poblaciones.

Algunos impactos pueden ser instantáneos —golpes, cortes de propela, estrés— y otros, como el ruido y el hostigamiento sostenido, podrían tener efectos a largo plazo que podrían reducir su capacidad reproductiva, aumentar su vulnerabilidad a la depredación o afectar su capacidad para enfrentar la variabilidad ambiental.

El turismo con mamíferos marinos puede generar cuantiosos beneficios económicos, así como también oportunidades para el aprendizaje, la investigación científica y la promoción del valor de existencia de estos seres y su importancia en los ecosistemas marinos.

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Una hembra de delfín nariz de botella acarrea a su bebé muerto. (Fuente: Bearzi)

REGULAR Y VERIFICAR LOS MARES

No obstante, garantizar su desarrollo de manera sustentable requiere de regulaciones adecuadas y de una diligente verificación de su cumplimiento, así como de entrenamiento especial para los operadores y la promoción de las mejores prácticas para el beneficio de los turistas y de los animales.

En México, existe la Norma Oficial Mexicana 1316, la cual establece los lineamientos y especificaciones a los que deben sujetarse las actividades de observación de ballenas para garantizar su protección y conservación, así como la de su medio natural y la cual es de observancia obligatoria para todos aquellos que realicen dichas actividades en aguas de jurisdicción federal de los Estados Unidos Mexicanos.

Sin embargo, la explosiva expansión de las actividades de observación de ballenas en destinos turísticos del Pacifico Mexicano como Puerto Vallarta, Los Cabos y recientemente Mazatlán, parece requerir más que reglas claras.

Los operativos por parte de PROFEPA para garantizar el cumplimiento de la NOM-131 y así lograr el aprovechamiento sustentable de las ballenas como recurso no extractivo hasta hoy no han probado ser una medida eficiente para la prevención. Y la emisión de autorizaciones pareciera no tener ningún tipo de criterio de selección que garantice las mejores prácticas.

Es común observar embarcaciones, sobre todo privadas, de todos tipos y tamaños, alrededor de las ballenas, realizando acercamientos inapropiados y siguiendo a las ballenas por tiempos superiores a los permitidos.

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La cola de una ballena jorobada mientras se sumerge junto a una embarcación llena de turistas en la costa de Mazatlán, Sinaloa. (Foto: Oscar Guzón, Onca Exploraciones)

DE LA CURIOSIDAD A LA AMENAZA

A los impactos generados por nuestra curiosidad y fascinación por estar cerca de estos seres hay que añadir una larga lista de amenazas potentes y latentes, como el enmallamiento en redes de pesca, las colisiones con embarcaciones, las malas prácticas turísticas y la degradación de su hábitat, ya sea por contaminación en general o por los desarrollos urbanos y turísticos costeros.

Sin embargo, hoy por hoy la principal amenaza para los mamíferos marinos sigue siendo la captura incidental en artes de pesca. La última estimación mundial sobre captura incidental indicó que más de 300,000 cetáceos y casi 350,000 pinnípedos mueren al año en redes de pesca alrededor del mundo, particularmente en redes de enmalle o “chinchorros”.

En México, la ballena jorobada es una de las especies más propensas a quedar atrapada en redes de pesca. Para atender este problema, organizaciones de la sociedad civil, instituciones académicas y de gobierno crearon la Raben (Red Nacional de Asistencia a Ballenas Enmalladas), un equipo interinstitucional de personas capacitadas para llevar a cabo rescates de ballenas en redes.

En el Pacífico mexicano y la Península de Baja California existen 15 equipos capacitados con 180 miembros y con las herramientas necesarias para rescatar a las ballenas que se enredan en artes de pesca. En los últimos ocho años, la Raben ha logrado atender hasta 148 reportes de ballenas enmalladas y ha rescatado a otras 57.

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Turistas a bordo de una embarcación observan ballenas. Al fondo, el puerto de Mazatlán, Sinaloa. (Foto: Oscar Guzón, Onca Exploraciones)

LAS BALLENAS ESTÁN ACABÁNDOSE

Mientras que 148 ballenas parecen demasiadas, la realidad es que el número real de casos en México es aún desconocido, ya que estas solo son las que se reportan, mientras que la mayoría pasan desapercibidas por los seres humanos y, en última instancia, pierden la lucha y se ahogan en el mar.

Podría parecer también que 57 ballenas rescatadas son muy pocas, sin embargo, cada ballena cuenta y mucho, sobre todo si tomamos en cuenta que donde sea que haya ballenas, los animales más grandes del planeta, también habrá los más pequeños, el fitoplancton.

Estas algas microscópicas contribuyen con el 50 por ciento del oxígeno disponible en la atmósfera y lo logran mediante la captura de aproximadamente 37,000 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono, más o menos el 40 por ciento del total producido en el planeta.

Los científicos han descubierto que la presencia de las ballenas contribuye al crecimiento de las poblaciones de fitoplancton. Tal parece que los desechos fecales de las ballenas contienen nutrientes esenciales para el crecimiento del fitoplancton, como el hierro y el nitrógeno.

Además, el movimiento de las ballenas a través de la columna de agua inyecta estos nutrientes a la superficie, tanto a nivel local como a lo largo de sus rutas migratorias, ayudando a “fertilizar” el mar.

Por lo tanto, entre más ballenas, más fitoplancton, y entre más fitoplancton, más oxígeno y menos dióxido de carbono.

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Una ballena jorobada transita muy cerca de la costa en Mazatlán, Sinaloa. Al fondo, un buque carguero espera su entrada al puerto. (Foto: Oscar Guzón, Onca Exploraciones)

LAS BALLENAS COMBATEN EL CARBÓN

Pero eso no lo es todo, el potencial de captura de carbono que tienen las ballenas va más allá de su poder fertilizador en los océanos. A lo largo de sus vidas, las ballenas acumulan grandes cantidades de carbono en sus cuerpos. Cuando mueren, sus cuerpos se hunden y caen hasta el fondo del océano llevándose consigo unas 33 toneladas de carbono que quedarán secuestradas de la atmósfera por siglos. En contraste, por ejemplo, el potencial de captura de carbono de un árbol es de unos 22 kilogramos al año.

Por lo tanto, es fácil pensar que incrementar las poblaciones de ballenas podría ser una solución natural para mitigar los impactos del cambio climático global. Proteger a las ballenas podría aumentar significativamente la captura de dióxido de carbono a nivel mundial y contribuir a una disminución del calentamiento causado por estos gases de invernadero.

La población actual de grandes ballenas en el planeta es tan solo una pequeña fracción de su tamaño original (aproximadamente 1.3 millones). Si lográramos que las poblaciones de ballenas aumentaran a su tamaño original —de entre 4 millones y 5 millones—, tendríamos menos dióxido de carbono en la atmósfera y océanos más productivos.

De hecho, se estima que tan solo un incremento del 1 por ciento en la productividad oceánica derivada de un aumento en las poblaciones de ballenas, secuestraría de la atmósfera millones de toneladas adicionales de carbono al año, lo que sería equivalente a la repentina aparición de miles de millones de árboles maduros sobre la tierra.

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Miembros del equipo de la Red de Atención a Ballenas Enmalladas atienden una ballena jorobada severamente enmmallada en un chinchorro frente a las costas de Cabo San Lucas, BCS. (Foto: Oscar Ortiz)

INVERSIONES MEDIOAMBIENTALES

Una ballena puede vivir hasta 60 años, es solo cuestión de hacer cuentas. Es probable que, a la larga, resulte incluso más barato esto que reforestar o aplicar tecnologías complicadas y altamente costosas para secuestrar el carbono de manera artificial.

No obstante, para recuperar las poblaciones de ballenas se necesita garantizar que los beneficios de conservarlas excedan por mucho los costos de hacerlo. Se ha estimado que el valor promedio de una ballena es de unos 2 millones de dólares, considerando el valor del carbono secuestrado a lo largo de su vida y el valor de este en el mercado, el valor de su efecto en la productividad oceánica y su consecuente impacto positivo en las pesquerías, así como su valor para la industria de la observación de ballenas.

Ahora bien, eso es solo gracias a las ballenas. Pero todas las especies de mamíferos marinos juegan un papel clave para la salud de los océanos y la vida en el planeta. Estos, al ser la mayoría depredadores, controlan las poblaciones de invertebrados, peces y otras presas, sobre todo de los individuos enfermos o viejos, regulando así el tamaño y la descendencia de las poblaciones. También por ser especies “tope” en la cadena trófica suelen ser buenos indicadores de la salud de los ecosistemas que habitan.

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Un grupo de cachalotes juegan en la superficie en las aguas profundas del Golfo de México. (Fto: Manolo Fernández, Proyecto Bonanza)

PROTEGER LA VIDA MARINA

Sin duda existen razones de peso para proteger y conservar a las ballenas y otros mamíferos marinos. No obstante, pareciera que lo que se requiere es un cambio radical de perspectiva por parte de los gobiernos e instancias internacionales para reconocer e implementar soluciones integrales que estén orientadas al bienestar y la supervivencia de la raza humana, basadas en la comunión con el mundo natural y la vida silvestre.

Decía el gran explorador Jacques Yves Cousteau: “Solo protegemos lo que amamos, solo amamos lo que entendemos y solo entendemos lo que se nos enseña”. La educación y la toma de conciencia sobre nosotros mismos y nuestro entorno es fundamental para reconectar a la sociedad con la naturaleza, con el océano y con la vida misma.

Si no exploramos el mar, si no nos aventuramos a conocer la fascinante vida que albergan nuestros mares mexicanos, ¿cómo podremos protegerlo? N

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Los doctores Oscar Guzón Zatarain y Marlenne Manzano Sarabia son profesores e investigadores de la Facultad de Ciencias del Mar, en la Universidad Autónoma de Sinaloa, y pertenecen a la organización Legado Azul México.

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