¿Para qué rayos necesitamos una playera de 'rasca y huele' que cuesta $590 dólares?

Caity Weaver
·10  min de lectura

El universo tiende hacia un desorden cada vez mayor; a principios de este año, la casa de moda de lujo Lanvin lanzó varios modelos de playeras de “rasca y huele” con un precio de US$590 dólares.

En otra época, las playeras con aroma habrían sido sombreros sin olor, ya que eso es lo que vendía Jeanne Lanvin en la tienda de sombreros parisina que abrió en 1889, más o menos un siglo y cuarto antes de que un conglomerado chino privado y multimillonario llamado Fosun International adquiriera una participación mayoritaria en la marca de moda de lujo que nació del negocio que ella emprendió.

Las playeras venían en cuatro tallas, tres modelos y dos géneros: cereza (para los hombres), zarzamora (para las mujeres) y fresa (para ambos).

Una playera de "rasca y huele" de la casa de moda de lujo Lanvin, en Nueva York, el 24 de octubre de 2020. (Emiliano Granado/The New York Times)
Una playera de "rasca y huele" de la casa de moda de lujo Lanvin, en Nueva York, el 24 de octubre de 2020. (Emiliano Granado/The New York Times)

Sus aromas eran ligeros, pero no sutiles. Si una persona se para al lado de alguien que la lleva, más cerca de lo que permiten los buenos modales, percibiría el perfume descaradamente sintético de frutos artificiales. La playera de cereza olía a pastillas para la tos sabor cereza. La playera de zarzamora olía a púrpura, el sabor de la uva artificial.

En un correo electrónico, un representante de Lanvin insistió en que los aromas “correspondían a la fruta que se retrataba en la playera”.

En la actualidad, hay aproximadamente 7,700 millones de personas en el planeta y la mayoría no podría fabricar una prenda de “rasca y huele” aunque le pagaras. Bajo ese estándar, Lanvin lleva las de ganar, pero ¿hace uso loable de esta ventaja?

Esa es una de las miles de preguntas que suscitan estas playeras.

También está la interrogante inherente a su diseño: ¿qué tal si (o, desde la perspectiva de Lanvin, por qué no) ciertas cosas (como la tela de una camiseta) olieran más como otras cosas (como chicle de uva)?

Si asumimos, así como parece hacer Lanvin, que los aromas novedosos son algo que deseamos intrínsecamente en nuestra ropa, ¿por qué estas fragancias? ¿Por qué ahora? ¿Cuál es el valor comercial de una playera que huele mucho más a pastillas para la tos sabor cereza que otras playeras? (La apuesta optimista de la empresa: US$590 dólares).

¿Cuánto tiempo puede durar una playera de us$590 dólares antes de que se desgaste y valga solamente US$295 dólares (el precio de venta con descuento que las playeras tendrán a la postre)?

¿Es aceptable que algunas personas gocen la oportunidad de comprar una playera de “rasca y huele” que, junto con el costo de envío, cuesta más que los US$600 dólares suplementarios que se les asignaban cada semana a 30 millones de estadounidenses desempleados para que siguieran teniendo acceso a comida y vivienda tras el brote inicial de la pandemia de coronavirus? ¿A qué huelen las zarzamoras? ¿Y por qué no es gratuito el envío?

Una playera de "rasca y huele" de la casa de moda de lujo Lanvin, en Nueva York, el 25 de octubre de 2020. (Emiliano Granado/The New York Times)
Una playera de "rasca y huele" de la casa de moda de lujo Lanvin, en Nueva York, el 25 de octubre de 2020. (Emiliano Granado/The New York Times)

Lo que olemos

El “rasca y huele” es una característica, una hazaña y una tecnología derivada de los experimentos de Gale Matson, un químico que creció en un pequeño pueblo de Minnesota y después terminó trabajando para su conglomerado local de manufactura global, Minnesota Mining and Manufacturing Co.

Una de las primeras tareas de Matson después de integrarse a la empresa fue refinar la práctica de producción de copias de documentos sin el uso del desprolijo papel carbón. Al modificar una técnica de fabricación conocida como microencapsulación en 1966, inventó lo que ahora conocemos como el “rasca y huele”.

Su concepto básico es el siguiente: un montón de pequeñas bolitas cubiertas de plástico, rellenas de una sustancia aromatizada, pueden diseñarse de modo que estallen con un ligero contacto físico (Matson sugería “la presión de una uña”) y liberen su aroma en el aire.

Las patentes de Matson describen cómo creaba cápsulas rellenas de “una parte de aceite perfumado y dos partes de dietil ftalato” y las cubría con una hoja de papel. El papel no tenía ningún olor hasta que las cápsulas se reventaban cuando alguien las rascaba.

Desde la década de 1960 se han usado formas de microencapsulación para preservar las atractivas franjas de colores en la pasta dental y para crear la misteriosa sustancia de cristal líquido al interior de aquellos anillos que cambian de color según tu estado de ánimo.

Hoy en día, una aplicación común es la de disfrazar el amargo sabor de los ingredientes farmacéuticos de los medicamentos. La misma tecnología está presente, como bien sabemos, en las calcomanías, los timbres, el papel pintado, las carátulas de discos y las playeras “rasca y huele”.

El yugo de la propiedad

El problema que conlleva una playera de US$590 dólares es que, al comprar una, enseguida te conviertes en un asistente humano de una playera de US$590 dólares. Tu compensación por desempeñar este papel se limita al nivel de alegría que te genere usar la prenda.

Además del mantenimiento básico de la playera —que implica planchar las arrugas testarudas que se formaron en su viaje por mar y tierra dentro de una caja de cartón, así como lavar a mano el algodón para preservar el aroma de la fruta estampada (el olor a cereza desapareció después de una sola lavada; jamás lavé la playera de zarzamora por temor a que ocurriera lo mismo)—, hay un componente adicional de agotamiento mental.

Siempre existe la tentación de quitarte la playera antes de comer, practicar alguna actividad física ligera o dar un paso al exterior en caso de que atraiga a las abejas, un comportamiento que pareciera socavar la decisión de comprar una prenda que en primera instancia supuestamente es para vestirse.

Por otro lado, podrías usarla con normalidad y terminar con una playera de US$590 dólares que ya no está aromatizada, con mangas muy cortas y una mancha apenas visible pero indeleble de salsa de enchilada al frente y dos pequeños agujeros al reverso cerca del dobladillo inferior —agujeros que para ti son un misterio tan grande como el del electrón, ya que le has dado a esta playera todas las comodidades y ventajas de la vida— que ya ni siquiera puedes donar, porque ¿quién querría una playera con manchas y agujeros que ya no tiene el atractivo de venta original, que seguramente era, debió haber sido, que esta playera podía evocar los inconfundibles aromas de frutas artificiales?

Un portavoz de Lanvin declaró que las playeras llevaban un estampado digital, que el aroma de “rasca y huele” estaba diseñado para resistir hasta 50 lavadas y que la idea se le ocurrió al director creativo de Lanvin, Bruno Sialelli, cuando se topó con una playera con aroma a té verde en unas vacaciones que pasó en Okinawa.

¿Sabes a qué huelen las frutas?

Los primeros sabores frutales sintéticos, muchos fabricados a partir de compuestos que aún se usan en los saborizantes de la actualidad, fueron productos derivados de la Revolución Industrial… literalmente. Se originaron como subproductos del tratamiento del carbón y el combustible o como los restos de la destilación de alcohol puro.

Nadia Berenstein, historiadora de sabores, dijo que las industrias nuevas de esa época basadas en la quema de combustibles fósiles liberaban “todas estas moléculas ricas en carbono” que los químicos podían “analizar y manipular de distintas maneras para reorganizarlas de cierta forma”. Al cambiar la estructura de las moléculas —al calentarlas, por ejemplo, o al agregarles ácido sulfúrico para formar nuevos compuestos— los primeros científicos del sabor lograron alterar sus cualidades sensoriales.

“Aroma” es un sustantivo conciso que describe un tremendo caos de moléculas lo suficientemente volátiles como para salir disparadas hacia el interior de nuestras cavidades nasales, donde los receptores sensoriales se las describen a nuestros cerebros. La mayoría de los aromas que percibimos en la vida cotidiana están formados por combinaciones extensas y complejas de compuestos químicos; a menudo hay varios cientos de ellos en cada fragancia. Por lo tanto, reproducir un aroma con exactitud, a un grado molecular, requiere un nivel astronómico de precisión y esfuerzo.

Por suerte para los que se dedican a reproducir aromas, una buena aproximación suele ser suficiente para cumplir el objetivo.

El atractivo de los saborizantes artificiales en la época en que se crearon, según Berenstein, era la novedad que representaban. Gracias a la proliferación repentina de las tiendas de golosinas (que a su vez fue consecuencia de la producción intensificada del azúcar blanco con niveles de pureza cada vez más elevados), los sabores como la fresa falsa se volvieron tan generalizados que se sumaron a un fenómeno estadounidense que Berenstein llamó “la experiencia sensorial y cultural en masa de las tantas cosas que podemos asociar con las cualidades de una fresa”.

En otras palabras, “creo que los sabores falsos suelen moldear nuestras expectativas sobre cómo deberían saber los alimentos reales”, explicó Berenstein.

Los primeros químicos del sabor no tenían la intención de descifrar el patrón molecular de, por ejemplo, una verdadera manzana (una tarea ardua que habría requerido reducir lo que Berenstein describió como “literalmente una tonelada de manzanas” a un par de milímetros de aceite aromático volátil). Eran científicos que registraban los aromas de las nuevas sustancias con las que habían comenzado a experimentar. Algunos de ellos notaron que el compuesto químico valerianato de amilo tenía un olor parecido a una manzana. ¿Por qué no venderlo como “esencia de manzana”?

Hoy en día, dijo Berenstein, es posible identificar composiciones químicas correctas con mucha más precisión: “Si colocas una muestra de aroma de fresa en un cromatógrafo de gases acoplado a un espectrómetro de masas, obtendrás una lectura que enlista de 3 a 400 compuestos químicos diferentes que son volátiles en ella”.

Por lo tanto, aunque tal vez le es posible a Lanvin fabricar una playera que huele exactamente igual a zarzamoras verdaderas —que, cuando las compras en el supermercado solo despiden un vago olor a bosque húmedo— la fragancia resultante quizá no sea del agrado de la mayoría de la gente.

“Las personas tal vez no querrían comprar ropa que ya huele un poco a tierra”, comentó Berenstein.

El año sin aromas

El sentido del olfato está íntimamente ligado a nuestros recuerdos. Los olores y los aromas están químicamente diseñados para provocar nostalgia.

Con esto en mente, inhalé el algodón con la indignidad urgente de un náufrago al tocar tierra firme. Sin embargo, la acción física de oler una camiseta me remontó a momentos de mi infancia que no tenían relación con los aromas en sí.

Estoy segura de que recibí una que otra calcomanía aromatizada en un examen sorpresa en la primaria, pero según recuerdo, mis primeros años conscientes olían a cosas “sin fragancia”: los lápices de madera que afilaba hasta el cansancio, el olor a metal pintado que se impregnaba en las manos tras estar en estructuras de juego anticuadas e imprácticas en el parque, el aroma a papel viejo de los libros de tapa blanda que compartía toda la clase, las nubes sofocantes de gis liberado con el golpeteo de los borradores (aunque se prohibió que los borradores se limpiaran así por esta razón).

En un intento por separar la nostalgia de las playeras, opté por recordar los olfateos reconfortantes que le daba a mi ropa y a mi cabello cuando iba en el auto de regreso a casa después de visitar a mi abuela, deleitándome con la agradable fragancia de “abuelita” que me rodeaba hasta que desaparecía con el lavado. Ese aroma era fuerte. Se impregnaba. Luego mi madre señaló que se trataba del humo de los cigarrillos que mi abuela fumaba constantemente; hasta la fecha, si paso junto a alguien que fuma en la calle, lo primero que me viene a la mente es la imagen de una casa impecable.

¿Acaso esta ola de recuerdos, sin relación con las esencias frutales artificiales, vale 590 dólares, o es quizá invaluable?

“Me sorprendería mucho que el proceso de poner estos aromas en estas playeras costara más de un par de dólares”, mencionó Berenstein.

En enero, Lanvin lanzará una nueva playera con olor a plátano. Se venderá al menudeo por US$350 dólares.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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