Esta quizás no sea una Guerra Fría, pero se siente como una

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Un mercado de productos agrícolas en Taipéi, la capital de Taiwán, el 11 de agosto de 2022. Tras la visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi (demócrata por California), a principios de agosto, China canceló tres rondas de conversaciones sobre asuntos militares. (Lam Yik Fei/The New York Times).
Un mercado de productos agrícolas en Taipéi, la capital de Taiwán, el 11 de agosto de 2022. Tras la visita a Taiwán de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi (demócrata por California), a principios de agosto, China canceló tres rondas de conversaciones sobre asuntos militares. (Lam Yik Fei/The New York Times).

Durante una gira a China hace más de una década, Joe Biden, en ese entonces vicepresidente, pronunció un discurso en el que celebró a Estados Unidos como el país más rico del mundo. La riqueza de Estados Unidos, afirmó, era dos veces y medio mayor a la de la nación anfitriona.

Esa tarde, cuando Biden se reunió con su homólogo, Xi Jinping, para dar un paseo informal, el tema de la seguridad dominó la conversación. Biden luego les diría a los periodistas estadounidenses que Xi se había quejado de que Washington estaba enviando aviones de vigilancia para espiar a China, y que Biden le había respondido que esos vuelos continuarían.

En aquel momento, esas diferencias parecían ser relativamente manejables, en gran parte debido a las reuniones periódicas entre los funcionarios de ambas naciones. Hoy, esa brecha de riqueza se ha reducido, los retos en materia de seguridad son más peligrosos y la comunicación es mínima.

Como líderes de sus respectivos países, Biden y Xi se acercan cada vez más a un curso de colisión que corre el riesgo de provocar una nueva versión de la Guerra Fría, según aseguran diplomáticos y analistas. Las tensiones militares, económicas e ideológicas reverberan sin control entre ambas potencias. Los aliados estadounidenses en la región de Asia-Pacífico temen ser asfixiados por Pekín mientras China amplía su arsenal nuclear y compite por la supremacía de los semiconductores.

Además, China, que busca crear una alianza de autocracias, cada vez se acerca más a un propósito común con Rusia: Xi y su homólogo ruso, Vladimir Putin, tienen programado reunirse en persona a finales de esta semana. A pesar de los reveses de Rusia en su guerra con Ucrania durante la última semana, es poco probable que Pekín cambie su enfoque con respecto a la relación. Necesita un socio fuerte en Moscú para hacerle frente a lo que considera es una hegemonía estadounidense.

Mientras tanto, crece la distancia entre Pekín y Washington. Luego de que la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, visitara Taiwán en una muestra de apoyo a la nación con democracia autónoma que China reclama como suya, Pekín canceló tres rondas de conversaciones sobre temas militares y pospuso otras cinco sobre acción climática y crimen internacional. Las charlas militares, aunque esporádicas y a menudo formulistas, todavía se consideraban importantes en un entorno cada vez más inestable, en el que barcos estadounidenses y chinos a menudo navegan peligrosamente cerca uno del otro en las aguas cercanas a China.

“Se está formando una tormenta a nuestro alrededor”, afirmó el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, durante un discurso el mes pasado. “Las relaciones entre Estados Unidos y China están empeorando. Entre ambos existen problemas inabordables, profundas desconfianzas y poca comunicación. Es muy poco probable que esto mejore en el corto plazo”.

El presidente Joe Biden durante una reunión virtual con Xi Jinping, líder de China, en la Casa Blanca, el 15 de noviembre de 2021. Solo han conversado cinco veces desde principios de 2021. (Doug Mills/The New York Times).
El presidente Joe Biden durante una reunión virtual con Xi Jinping, líder de China, en la Casa Blanca, el 15 de noviembre de 2021. Solo han conversado cinco veces desde principios de 2021. (Doug Mills/The New York Times).

Lee declaró que le preocupa que los “errores de cálculo” puedan empeorar la situación con facilidad.

Hasta hace poco, la situación era al menos modestamente mejor.

Luego de que Xi se convirtiera en el máximo líder de China, el presidente Barack Obama no tardó en darle la bienvenida en una propiedad de California. El líder chino visitó cuatro ciudades de Estados Unidos en 2015 y Obama fue a China. Sus delegados se reunían de forma periódica en las capitales de ambos países, y grandes delegaciones de altos funcionarios celebraban foros anuales.

Biden y Xi han conversado solo cinco veces por teléfono desde principios de 2021. Según opinión de diplomáticos y analistas, ese escaso contacto hace que las fricciones sean más peligrosas.

“La ausencia de un diálogo privado sostenido favorece el incremento de la tensión”, aseguró Charles Kupchan, miembro del Consejo de Seguridad Nacional en el gobierno de Obama y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown. “Los desacuerdos se enconan y la desconfianza se va acumulando”.

En una llamada reciente, los dos líderes acordaron fijar una fecha para una reunión cara a cara, la cual probablemente suceda en noviembre en una cumbre de líderes del G20 en Indonesia. Ambos han confirmado su participación, al igual que Putin.

Si sucede, serán sus primeras conversaciones en persona desde que Biden ganó la presidencia. Xi se reunió con Putin a principios de este año en Pekín y se espera que vuelva a reunirse con él esta semana en Uzbekistán, como parte de una gira más amplia, la cual será la primera visita del líder chino a un país extranjero desde el comienzo de la pandemia de COVID-19.

Pekín y Washington intentan restarle importancia a la metáfora de una nueva Guerra Fría. Pero en general, cada vez que cada lado ejecuta alguna medida para obtener ventaja, sus acciones dan la impresión opuesta.

En un artículo publicado en Foreign Affairs este mes, Jessica Chen Weiss, profesora de la Universidad Cornell, escribió que ambas partes “ya están involucradas en una lucha global”.

Dada la profunda desconfianza existente, se requieren nuevas conversaciones, aunque no necesariamente con la gama completa de contacto que se vivió durante el gobierno de Obama, opinó Weiss a través de un correo electrónico. “Dada la intensa desconfianza en ambos lados, las conversaciones no deberían apuntar a crear un nuevo marco o eslogan que cada bando percibirá como un caballo de Troya”, afirmó.

El equilibrio de poder fue distinto durante la Guerra Fría. La Unión Soviética nunca fue competidor económico de Estados Unidos, y Washington pudo sacar provecho de sus altercados con China.

El presidente Richard Nixon persuadió a Mao Zedong para que renunciara a su viejo aliado soviético y se pusiera del lado de Estados Unidos. Nixon y Henry Kissinger, su asesor de seguridad nacional, aprovecharon la nueva alianza para convencer a los soviéticos de iniciar charlas sobre el control de armas, las cuales continuaron en los gobiernos posteriores.

Esas conversaciones se vincularon con reuniones en cumbres que les permitieron a los líderes reunirse con una agenda sustancial en la mano, y ofrecer garantías.

“Hoy, nuestra agenda sobre el control de armamento se ha desvanecido. De hecho, ha ido en reversa”, afirmó Jon Huntsman, quien ha sido embajador de Estados Unidos tanto en China como en Rusia.

Las comunicaciones con la Unión Soviética nunca llegaron al punto bajo en el que se encuentran actualmente con China, afirmó Huntsman. “Los chinos simplemente no quieren conversar”, dijo. “Las luces están apagadas. No hay nada”.

© 2022 The New York Times Company